Nazismo, fascismo y ¨vichismo¨: la Historia y la Arqueología al servicio de los regímenes autoritarios de Europa

Nazismo, fascismo y ¨vichismo¨: la Historia y la Arqueología al servicio de los regímenes autoritarios de Europa

Por: Glaydson José da Silva

Introducción

El universo de comparaciones ligado a los regímenes autoritarios que asolaron Europa durante la primera mitad del siglo XX es amplio y complejo y, así como se parecen en varios aspectos, también de la misma forma son diferentes. Mi objetivo, en esta ocasión, no consistirá en analizar contrastes, singularidades, sino algunas convergencias en lo que concierne al papel legitimador desempeñado por la historia de la Antigüedad y su arqueología dentro de este contexto. La restricción a los regímenes anunciados (nazismo, fascismo y vichismo), más que delimitación temática, se explica por el hecho de que los usos y apropiaciones de los pasados nacionales que tuvieron su base en el mundo antiguo fueron llevados, en Alemania, Italia y Francia, a consecuencias más extremas.

La historia y la arqueología –ciencias del pasado– son pensadas y practicadas en el presente y confieren, tanto a arqueólogos como a historiadores, huellas del tiempo presente en sus oficios: dominios que, aunque tienen el estudio del pasado como objeto, no siempre se dieron cuenta de ello ni intentaron hacerlo. En lo que se refiere a los estudios sobre la Antigüedad clásica, esta es una característica muy marcada en virtud del conservadurismo del medio y del ejercicio de una práctica historiográfica por lo demás ensimismada. No se puede hablar de Antigüedad, griega o romana, o sobre cualquiera otra, sin recurrir necesariamente, aparte de estos adjetivos, a una clara mención sobre a cuál “antigüedad” se está haciendo referencia. Con respecto a la Antigüedad clásica no sería mejor, por ejemplo, preguntarse ¿cuál antigüedad? ¿Nos referimos acaso a la renacentista del siglo XV y XVII que buscó su modelo en el pensamiento clásico? ¿O quizás a aquella, comparativista, de los siglos XVI y XVII que, tras el descubrimiento de los amerindios, se desarrolló alrededor del establecimiento de paralelos etnocentristas? ¿O aquella de 1789 que servía a los intereses de jacobinos o girondinos? ¿Aquella del siglo XIX que ayudó a forjar los ideales de identidad, continuidad y comunidad de los estados-nación? ¿O aquella del siglo XX que, al servicio de los arquitectos de la modernidad, hombres europeos, blancos y católicos, sirvió para legitimar regímenes autocráticos y prácticas políticas? Estas son grandes generalizaciones, pero, aunque pretenciosas, pueden condensar el pensamiento sobre la antigüedad a lo largo de los siglos y tornar estos raciocinios monológicos, por otro lado verosímiles, apuntando siempre hacia una Antigüedad guiada, imaginada y reconstruida (Silva, 2004).

Estas diferentes antigüedades, o mejor dicho, estas diferentes lecturas de la Antigüedad apuntan siempre a la presencia del pensamiento antiguo en la elaboración de las prácticas políticas, de las doctrinas, de los juegos identitarios, en fin, de las visiones sobre lo que es el hombre y el mundo en Occidente. Todo esto representa, para el estudioso del mundo antiguo de hoy en día, problemas cuyas soluciones no son siempre consensuales. ¿Qué lugar ocupa la recepción de los documentos relacionados con el mundo greco-romano en las sociedades contemporáneas? ¿Es igual su recepción en Europa que en otros lugares del mundo, por ejemplo, en América u Oriente? ¿Son estos documentos el testimonio de la herencia clásica occidental tal como se reivindica? Para comprender el significado de la palabra “herencia” pueden dejarse de lado los diccionarios; siempre se la relaciona a la idea de patrimonio pasado, transmitido por una persona o por un grupo, por sucesión. Un patrimonio que siempre es reivindicado por herederos directos o por aquellos que juzgan que poseen los derechos de herencia. En el caso de las civilizaciones antiguas, cuyo “legado” constituye el patrimonio cultural, cabe resaltar que este siempre ha sido un objeto en litigio. Compete a los arqueólogos, historiadores y estudiosos del mundo antiguo, hoy en día, una mayor discusión y problematización de la idea de herencia y de herencia del mundo clásico. Inclusive, tal vez se deba rechazar la herencia atribuida a las sociedades modernas e indagar, a ese respecto, quienes son los beneficiarios de esta herencia clásica y lo que ellos reivindicaron o reivindican.

El área de “estudios clásicos” es, entre las disciplinas académicas, la que está mas alejada del campo de la política moderna. Por cuenta de esto, más que reconocer su pequeño espacio de maniobra, se la concibe como el punto más aislado contenido en una “torre de marfil”. Cuestionando este presupuesto propio del estereotipo de aislamiento y alineación, atribuido a los estudios clásicos, Martín Bernal (2003: 9) lo ve como si se estuvieran incorporando a ellos los patrones sociales y culturales de los contextos en los que se desarrollaron, proveyendo a cambio argumentos a favor de la noción de una incuestionable superioridad europea sobre todos los otros continentes (Bernal, 2003: 9). Los aspectos considerados arriba no son muy considerados, incluso hoy en día, dentro de los estudios de la Antigüedad. Esta área del dominio histórico, conservadora, jerárquica y patriarcal, permanece, aún en la actualidad, poco problematizada y mucho menos, teorizada. Desde la década de los noventa se ha intentado, por parte de historiadores de los más diversos orígenes, combatir este rancio universo. En Europa, lugar donde conoció y desempeñó bien el papel de legitimadora histórica de la cultura europea occidental, bajo la sombra de los estados-nación, aunque no por sí sola, la disciplina experimenta hoy en día una especie de agitación teórica que la relaciona con problemáticas, propias de la teoría histórica contemporánea, marcadamente innovadoras, a pesar de aun estar resintiéndose de un largo período a-teórico.

Parece haber una especie de voluntad extra más para comprender que para explicar, un deseo de romper con los modelos descriptivos y normativos que, aún a las puertas del siglo XXI, oscurecían, y aún oscurecen, este dominio del conocimiento. En los denominados países del “tercer mundo”, o periféricos, los históricos de sus territorios y pueblos colonizados parecen haberle impuesto a ellos las duras marcas de la violación colonial, manifiestas desde la elección de los temas hasta las formas de abordarlos, elecciones que poseen lazos estrechos con un pasado en el cual no siempre la pasividad y la supervivencia dentro de los imperios coloniales fueron objeto de problematización, tal vez por haber sido concebidas apriorísticamente como ya dadas por la historiografía. Por otro lado, con algunas excepciones, en muchos de estos países, como Brasil y los demás países del cono sur, la ausencia de una cierta “tradición clásica” parece haber contribuido en el desarrollo de una historiografía menos comprometida con valores identitarios y nacionales. Esto los eximía y los exime de la necesidad casi constante con la que los países europeos justifican su presente a expensas gloriosas de un no siempre glorioso o adecuado pasado clásico que, por tal motivo, es imaginado, creado y forjado.

Los estudios de la Antigüedad y las historias nacionales

En lo que se refiere a los estudios sobre la Antigüedad y su relación con los nacionalismos, la instancia del tiempo presente, antes que cualquier otra, es la que determina la producción de las memorias nacionales, tal vez la más querida de entre las actividades narcisistas de las naciones europeas. Constructora de un discurso ligado a la producción de evidencias históricas con relación a los pasados nacionales, es para la memoria, en su dialéctica de recordar/olvidar, y para aquellos que la administran, que corresponde la producción de pasados comunes, la producción de las adecuaciones y deformaciones históricas. Memorias forjadas; las memorias de la nación encontrarán su origen y razón de ser en las necesidades de justificar –de justificar el presente en el que fueran concebidas, como si una gran entidad, moldeada en la persona del Winston Smith, de George Orwell, al frente del Ministerio de la Verdad tuviera por objeto adulterar el pasado, siempre recordando que quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado (Orwell, 1998: 36).

Delicada, pero con el mismo poder para matar que una bomba (Hobsbawm, 1998: 17), y vehículo para la memoria, la Historia, discurso sobre el pasado, existe en el presente. No existe una mejor perspectiva que esta para comprender el funcionamiento de la Historia y de la Arqueología del mundo antiguo, tanto en lo que concierne a los discursos sobre las naciones en la Europa de los siglos XVIII al XX, como también a los discursos imperio-colonialistas de los regímenes europeos autocráticos en cuestión. Se puede deducir que ambos discursos obedecen, en Europa, a una triple función: reafirmar una identidad, garantizar una continuidad y consolidar una comunidad de destinos (Revel, 2001). Es alrededor de estas perspectivas que se establecieron muchos de los discursos sobre el mundo romano en este período. Es importante observar que no es raro entonces encontrarlos acompañados por los intereses políticos de los que reivindicaron una cierta herencia clásica, lo que en la actualidad no es muy distinto.

Bajo la protección dictatorial de los legados, Roma fue imaginada y construida, de distintas formas, en los más diversos lugares y épocas, legitimando o desautorizando grupos, prácticas y políticas. Pero entre todos estos legados, apropiados o fruto de invenciones, la idea de imperio y de su perennidad, así como todo lo que esto significa, tal vez sea la que más ha marcado a Occidente. La efigie del Imperio Romano, como observara Richard Hingley, “proporcionó un mito de origen para muchos pueblos de Europa y, en particular, para la Historia de occidente como un todo” (2002: 29), proporcionando, en consecuencia, en muchas naciones que se proclaman herederas, derechos naturales del Imperio.

El pasado imperial de países como Inglaterra y Francia, tuvieron en el Imperio Romano su mayor fuente de legitimación.
El uso de la imagen del Imperio Romano permite introducir entonces, además de la idea del derecho imperialista de las naciones emergentes, la idea de pertenencia a la nación, actuando en el forjamiento de las identidades nacionales. El ideal de potencia, imperialismo y civilización de los europeos modernos, de esta forma, se convierte en el mismo de los romanos, quienes les trasmitieron una especie de “misión imperial civilizatoria”. El poder “civilizador” de Occidente conduce al orden, establece la paz y logra que impere el progreso. La romanización es para librar a los pueblos de la barbarie. Esta fórmula bizarra parece muy actual hoy en día si se considera el papel ejercido por los Estados Unidos frente a los países de Oriente y del llamado Tercer Mundo. Vidal-Naquet apuntaba, pertinentemente, a comienzos de la década de los ochenta, que “solo nuestra época es mejor que las demás en su capacidad de comprender lo que sucedió cuando los griegos impusieron su modelo de civilización a Oriente” (1980: 16).

Justificación de imperios modernos, el Imperio Romano ayuda a construir los sentidos de pertenencia, identidades y nacionalidades, dentro de un universo de préstamos simbólicos, sentidos construidos e interpretaciones falsas de las varias tentativas de las naciones europeas por establecer “pasados apropiados”. La expresión “invención de las tradiciones”, acuñada por Hobsbawm, se aplica en este caso con perfección. Para él, “toda tradición inventada utiliza la historia como legitimadora de acciones y como cimiento de cohesión grupal” (Hobsbawm, 1984: 14). Al perpetuar lo recreado, como si hubiera existido por siempre en la memoria nacional, los grupos sociales tienen por objetivo establecer una continuidad en relación con el pasado histórico, tanto étnicamente como en torno a algunas instituciones. La idea de valores transmitidos se liga de este modo a la evocación de una cierta esencia ancestral, a una idea de antigüedad de la nación y de sus valores, perpetuadas en las imágenes de la vida nacional con el objetivo de forjar identidades a través del uso de la idea de permanencia.

Instrumento ideológico de la historia y de la arqueología, esta memoria fabricada ejerció un gran papel en la definición de los propósitos colonizadores, imperiales, operando en la construcción discursiva de hechos y eventos de un pasado “desdoblado por los europeos y pueblos del mundo occidental, en general, para esculpir identidades que se oponen a la construcción de Occidente y del no-Occidente y crear una ascendencia cultural” (Hingley, 2002: 28), sirviendo frecuentemente para la glorificación de la patria y la legitimación del estado.

Fue bajo la dirección de los regímenes autoritarios, más que en cualquier otro período, que estas disciplinas fueron conducidas a sus usos más extremos –sea en el Portugal salazarista, la Francia de Vichy, la España de Franco, la Alemania de Hitler, el Irak de Saddan Hussein, la Unión Soviética de Stalin, o en otros países donde la historia y la arqueología estuvieron al servicio de grupos autoritarios en el poder. Llamadas a pronunciarse, ya fuera para legitimar los linajes étnicos gloriosos o para conferir derechos territoriales basados en ancestrales derechos de ocupación de espacios, la historia antigua y la arqueología del mundo antiguo tuvieron en este dominio un papel definidor. Desde los inicios de la década de los noventa, principalmente, los estudios multidisciplinares procuran comprender las apropiaciones del pasado histórico y arqueológico por parte de los diferentes países de Europa durante el proceso de construcción de su identidad. Esta tradición de apropiación del “pasado nacional”, que asume enormes dimensiones en el siglo XIX, hará eco en la Europa del siglo XX, principalmente en el contexto de las dos grandes guerras y tendrá, en el discurso de los orígenes nacionales, una de sus mayores fuentes de inspiración.

Italia

De entre todos los países europeos, Italia sea tal vez en donde el uso de la Antigüedad para el servicio de los gobiernos autoritarios haya alcanzado su punto máximo. Es sobre la Ciudad Eterna que, en la lucha por el poder, el futuro Duce conducirá su marcha, evocando oportunamente la continuidad y la herencia de la Roma imperial. Sede de la Italia unificada, Roma también representa el pasado glorioso al que el fascismo se liga y del cual se declara, vanagloriándose, heredero.

El discurso retórico en torno a la superioridad latina se centrará en la continuidad de la Roma moderna en relación con la grandiosidad de la antigua Roma imperial, apelando exhaustivamente al mito de la romanidad. Esta relación entre la ciudad antigua y la moderna será una característica común en los discursos de Mussolini y también acompañará las publicaciones y manifestaciones oficiales del partido fascista.

Las referencias constantes a una romanidad gloriosa, triunfante, se relacionan con la idea de proyecto que el fascismo manejaba con respecto a Italia y su expansión territorial. No es raro, por lo tanto, que Mussolini asocie directamente su figura a la imagen de César y Augusto, y a toda la simbología que ellos representan, obligando a la Roma fascista a la necesidad de adecuarse a la imagen de una Roma ideal.
Más allá de las palabras, los instrumentos de persuasión de esta práctica son bien conocidos y evidentes: la historia y la arqueología. La grandiosidad evocada encontrará su lugar en la construcción o reconstrucción de la monumentalidad arquitectónica romana, en la cual el uso reiterado de una continuidad material y política de la nación es notoria. La romanidad es, en este dominio, la manifestación de la gloria imperial utilizada para fines nacionalistas, imperialistas y fascistas. En este sentido, la moderna Roma bajo el comando del Duce, y ejecutada por los arquitectos de la Roma, es renovada y limpiada de su pasado medieval y renacentista, elementos vistos como símbolos decadentes de los cuales el régimen no se veía a sí mismo como heredero. Mussolini, en su discurso Per la cittadinanza di Roma, del 21 de abril de 1924, dijo: “Se extiende delante de ustedes un período de por lo menos cinco años para completar lo que fue comenzado y para iniciar la mayor obra del segundo tiempo. Mis ideas son claras, mis órdenes precisas. Estoy seguro que ellas se convertirán en una realidad concreta. En cinco años, Roma deberá aparecer maravillosa ante todos los pueblos del mundo: vasta, ordenada, poderosa, como era en la época del primer imperio de Augusto.

“Continúen liberando el eje del gran canal de todo lo que continúa obstruyéndolo. Limpien los alrededores de Augusto, del teatro de Marcelo, del Capitolio, del Panteón. Todo lo que allí se desarrolló, durante los siglos de decadencia, debe desaparecer. En cinco años, desde la plaza Colonna, a través de un gran pasaje, deberá hacerse visible el cuerpo del Panteón. Continúen, igualmente, liberando de construcciones parásitas y profanas los majestuosos templos de la Roma cristiana. Los monumentos milenarios de nuestra historia deben descansar enormes en su soledad necesaria. (…) voy a retirar de las monumentales calles de Roma la estúpida contaminación de los tranvías, pero daré a cambio los más modernos medios de comunicación a las nuevas ciudades que surgirán en círculo, alrededor de la antigua. Una línea directa, que deberá ser la más larga y ancha del mundo, ostentará la impetuosidad del mare nostrum, desde una Ostia resucitada hasta el corazón de la ciudad (…)”.

Los ejemplos de destrucción patrimonial durante este período son varios. Entre 1924 y 1931, por ejemplo, “todas las casas que se encontraban, frecuentemente, en mal estado, que databan del Renacimiento y del siglo XVIII fueron demolidas, entre Tibre y la calle Cavour” (Seronde-Babonaux, 1980: 119 apud FORO, 2001: 210). De esta forma se limpiaba la ciudad de su indeseado pasado, por no ser glorioso o útil, y se hacía evidente a los ojos de los italianos y del mundo la grandiosidad de Augusto y de los césares en una Roma monumental, cuya potencia se reafirmaba.

Se expurgaba de este modo siglos de decadencia. En el segundo aniversario de la Marcha sobre Roma, en octubre de 1932, Mussolini inauguraba su Via del Impero, limpia –la nueva Via Sacra del fascismo, adornada con estatuas de César, Augusto, Trajano– para servir al culto de lo antiguo y a la gloria del Imperio y del espacio conmemorativo de la ufanía italiana. Bajo la sombra del pasado recreado se yergue la nueva Roma, que puede vanagloriarse y celebrar sus emperadores y hombres fuertes, o sus grandes poetas y apólogos, como Horacio y Virgilio. La Ciudad Eterna resurge entonces, durante el fascismo, con sus propósitos colonialistas e imperialistas, que regresaron para quedarse. En el bervete, Fascismo, elaborado por el propio Mussolini (con la colaboración de Giovanni Gentile) para la Enciclopedia italiana, constaba: “si cada siglo posee su doctrina, parece, por mil indicios, que el nuestro es el del fascismo” (Mussolini, 1949: 850). Refiriéndose a su propio artículo, el Duce decía que “(…) en Italia, hoy en día, la hora no es la de la Historia. Nada ha sido concluido. Es el tiempo de los mitos”. Podría agregarse, tiempo de las historias construidas.

Alemania

Similar a lo acontecido en Italia, el uso de la Antigüedad en la Alemania nazi tomó dimensiones nada despreciables. En lo que se refiere al arte como medio de difusión de la ideología del Nacional Socialismo, dos fueron sus fuentes de mayor actuación: la arquitectura y la escultura. El nazismo encuentra, en las tendencias colosales de la arquitectura neoclásica de Albert Speer, y en las esculturas de la misma inspiración de Arno Breker, una de las formas más virulentas de reafirmación. Visto desde muchos siglos después debía sugerir, a aquellos que lo observaran desde una larga distancia temporal, la idea de magnificencia de aquellos que lo vivieron, la idea de la existencia de una raza limpia, pura, civilizada, que habría tenido en el arte la exaltación de sus valores raciales. Como lo evidenciaban las ruinas greco-romanas a los ojos del Führer, la gloriosa existencia de la cuna de la civilización, su imperio, quizás ya en ruinas siglos después,debería dar muestras de la supremacía de la civilización en la que se vivió. Ligada a los cánones estéticos de la Antigüedad clásica, la arquitectura y la escultura nazi se preocuparía por la creación de espacios conmemorativos, de palcos para la celebración de la nueva era, donde el pasado visual de la ciudad sería visto siempre en conflicto con la nueva ideología. La Antigüedad renacería allí, según las bellas y tristes palabras de Pierre Villard, “al precio de la sangre y del horror” (Villard, 1972: 18).

Destruida, despojada de todo patrimonio histórico y arqueológico que no le fuera conveniente, la Berlín de Hitler, así como la Roma de Mussolini, tendrá, en la escala monumental de su arquitectura y esculturas, la materialización de los ideales megalomaníacos del Führer. Ahí esta el espacio donde el individuo no tiene lugar, y se pierde, para encontrarse en medio de una ideología estética aglutinadora del pensamiento nacional, en su ostentación totalitaria, que encarnaba al mismo tiempo los símbolos de poder, de gloria, de fuerza, de autoridad y, también, aquellos de impotencia, de miedo y de terror. Esta opresión del individuo, en virtud de la exaltación del pueblo, encontrará en la arqueología uno de sus instrumentos de mayor relevancia. En este sentido, la arqueología prehistórica y del mundo clásico desempeñarán, para el Reich milenario, un papel relevante y estarán fuertemente comprometidas con la ideología nazi.

Obsesionado por el pasado, el nazismo encontró, en el dominio arqueológico, un instrumental adecuado para la legitimación de las ideologías raciales e imperialistas del Reich, siendo todo esto muy coherente con la lógica hitleriana: Ein Volk, ein Reich, ein Führer (un pueblo, un Reich, un Führer). Para esta empresa, colaboraron en gran medida los historiadores, lingüistas y filólogos en el ejercicio de sus profesiones, llevando hasta el extremo las propuestas de Hitler cuando decía que “el arte de leer y de estudiar consiste en conservar lo esencial y olvidar lo accesorio” (Hitler, 1939: 20). En lo que se refiere a la arqueología, lo que hace del papel de la arqueología algo tan singular es “su posición dentro del aparato de propaganda y expansión del regimen” (Schnapp, 2003: 105) y su consecuente asociación con la destrucción de los patrimonios arqueológicos, así como también con los pillajes y crímenes raciales. Como en el fascismo, muchos prestigiosos intelectuales de los dominios arqueológicos, y también históricos, colaboraron con el nazismo y se beneficiaron de él. Para agradecer los beneficios conseguidos por la conquista del poder o de la permanencia de él en sus áreas, mediante cargos, sillas universitarias y presupuesto para investigación, ellos no dudaron en deformar la historia, saquear patrimonios arqueológicos y asesinar la memoria, haciéndose cómplices de crímenes de guerra hediondos (Schnapp, 1981: 306).

Como en Italia, la disciplina en Alemania se comprometerá con los orígenes nacionales del linaje superior y en la construcción de la idea de unidad y continuidades culturales del pueblo alemán, postulando la superioridad de los germanos respecto a otros pueblos. Con los ojos puestos en la literatura romántica del siglo XIX, muchos intelectuales alemanes buscarán legitimar este presupuesto con la creación de evidencias de un origen germánico, cuyo tronco lingüístico y racial sería más elevado que el de los demás. Apólogos de la existencia de una raza, lengua y cultura particulares, y de la relación entre raza y territorio, necesaria para justificar la nación alemana (Urheimat), estos encajaron de modo fácil en la política del Reich, para la cual los conceptos de Urvolk y Ursprache (pueblo y lengua originales) de Johan Fichte (1762-1814) funcionaban perfectamente el mismo binomio hitlerista que postulaba que el motor de la historia reposaba en el antagonismo de las razas, en la dominación del más débil por el más fuerte, en fin, en el embate entre los fundadores de la cultura y los destructores de la cultura. En la senda del patriotismo fanático de Kossina, en su ideología pangermanista, los alemanes reivindicaron, por sus orígenes ancestrales, fundamentados en las evidencias arqueológicas, derechos de herencia sobre muchos territorios. Para el Reich, la investigación arqueológica estaba destinada a legitimar la superioridad racial “aria”, proveyendo un testimonio de permanencia de vacíos de expansión territorial atribuidos a la raza o cultura germánica (Reinerth, 1936; Wahle, 1941 apud Olivier, 1998: 250). Bajo el patrocinio de Hitler, el Reich solo utilizó la ciencia histórica y la arqueología para dar un respaldo científico a aquello que su líder ya había postulado, años atrás, con relación a los arios en Mein Kampf.

Todo lo que despierta nuestra admiración sobre esta tierra, ciencia y arte, técnica e iniciativa, se debe a la actividad creadora de pueblos poco numerosos y, quizás, al origen de una sola raza. De ellos depende la continuidad de toda la civilización. Todas las grandes civilizaciones del pasado cayeron en la decadencia simplemente porque la raza originaria creadora se extinguió por la mezcla de su sangre. Todo lo que vemos hoy en día, como civilización humana, como productos del arte, de la ciencia y de la técnica es casi, exclusivamente, el fruto de la actividad creadora de los arios. Podemos, de este modo, concluir, no sin razón, que, recíprocamente, fueron ellos los únicos fundadores de una humanidad superior y que ellos representaron el tipo primitivo de lo que nosotros concebimos tras el nombre de hombre. (Hitler, 1938: 94-95).

Prototipo del humano civilizado, el ario es el Prometeo de la humanidad (Hitler, 1939: 260), de raza pura y, por lo tanto, superior. Alrededor de este discurso es que las ciencias del Reich se estructuraron, entre ellas la historia y la arqueología.

Francia

Francia experimentó, durante los cuatro años de ocupación alemana (1940-1944), un regimen antirrepublicano, marcado por la colaboración activa con el nazismo y por la persecución y exterminio de los judíos (Olivier, 1998: 242; Marrus y Paxton, 1981, por ejemplo). Al contrario de lo que sucedió en la Italia fascista (país al que puede asociarse fácilmente con la Roma antigua y su idea de imperio), y a la Alemania hitlerista (que reivindicaba su pasado de superioridad asociada a los pueblos del norte), la Francia de Vichy, derrotada por Alemania, también usó la antigüedad en la búsqueda de sus orígenes, pero no para ostentar su gloria sino para justificar su derrota militar y su colaboracionismo con el Reich alemán. La estética de la arquitectura y de la escultura no tuvo, bajo Vichy, la presencia conocida en los casos de Alemania e Italia. La utilización de la antigüedad romana aquí fue otra. Como en aquellos países, la arqueología e historia del mundo antiguo en la Francia de Vichy fueron manipuladas, asociadas a un dispositivo de reeducación de la juventud y de (re)interpretación del pasado nacional, estas disciplinas fueron utilizadas extensivamente por el “petainismo”. Insertada en ellas, la historia de la Galia se rescribió durante este período.

Esta forma de ver el pasado implica una relación con el presente de la Francia de Vichy, ya que permite, convenientemente, ligar el pasado de los galos y de los romanos al momento histórico vivido por franceses y alemanes. Este nuevo pasado galo, utilizado como instrumento de propaganda, tenía por objetivo demostrar que de la unión de vencidos y vencedores resultó una nueva y mejor sociedad, de la cual, las ideas de superación y progreso son indisolubles: “(…) el régimen de Vichy establece (…) un paralelo entre la derrota de 1940 frente a los alemanes y aquella del año 52 a. C. frente a los romanos: al igual que con la conquista romana, que debería dar origen a la civilización galo-romana, la victoria nazi debe ser la ocasión de un renacimiento para el pueblo francés, finalmente libre de la nefasta herencia de la Revolución y del Socialismo, e integrado a una nueva Europa” (Olivier, 1998: 244). Vercingetorix derrotado, conciente de su papel de salvador junto a su pueblo, es la figura heroica que mejor representa la posibilidad de demostrar, por medio del pasado, la opción que Francia, y los franceses, debían adoptar frente a una situación similar en pleno siglo XX. Su rendición es el símbolo del triunfo de la civilización. El programa educativo de Vichy tenía por objetivo construir, al lado de los grandes héroes franceses, la figura del mariscal Pétain como el salvador moral de un país ocupado por extranjeros, de la misma forma que también fueron salvación moral, en ocasiones similares, Vercingetorix y Juana de Arco.

En lo concerniente a la arqueología nazi y su papel en el régimen, es necesario observar que ella estuvo fuertemente comprometida con los valores legitimadores de la dominación, y gracias a ella se daría prioridad a la excavación de sitios arqueológicos que atestiguaran una cierta relación con la presencia germana en territorio francés, así como también a la excavación de sitios galo-romanos ya establecidos los paralelos entre las sociedades galo-romana, Francia y la nueva Europa. Como conclusión se puede decir, respecto a los regímenes autoritarios en cuestión, que, de una forma un tanto evidente, en la búsqueda de la constitución de identidades se asemejan en muchas de sus propuestas, constituyendo de esta forma una base común en la cual, el mundo antiguo, griego y romano (y no solo ese), sirvió como espejo para sus contemporáneos.

Todos estos países propusieron un mundo mejor, nuevo y moderno, pacífico y disciplinado, organizado y civilizado, para el cual no se podía prescindir de un “nuevo hombre” fuerte; enemigos del presente, sus líderes echaban nostálgicas miradas a un pasado glorioso , uniforme y sin conflictos que debería resurgir en la actualidad. Estos propusieron una continuidad histórica, cuyas “rupturas” debían ignorarse y sus vestigios desaparecer. Apologistas de sus pasados, crearon servicios, órganos e institutos encargados de estudiarlos, mitificarlos, difundirlos y, algo muy común, crearlos –proyecto para el cual no hicieron falta artistas, intelectuales y científicos comprometidos con verdaderas alquimias de la razón; indistintamente, sus gobiernos procuraron actuar sobre la juventud (virilizándola), la educación y la escuela. Cosificaron el trabajo y la técnica como salvadoras de un mundo en crisis, promesa de un futuro mejor; otorgaron al hombre, a la mujer, a la familia, en fin, papeles extremadamente conservadores en los cortes sociales, tanto en estos dominios como también en las políticas agrarias (verdaderas vocaciones nacionales) y demográficas. No es raro entonces que sus propuestas fueran comparadas a las de Augusto, primer emperador romano. Estas naciones naturalizaron el racismo con bases científicas. En fin, tuvieron líderes valientes, emprendedores, salvadores de mundos en crisis y desestructurados por la política y la moral derrocadas de sus pueblos, es decir, sus héroes. Podrían encontrarse paralelos y referencias hasta el cansancio. Fácilmente, el mundo antiguo es representado y leído en medio de todas estas características de los regímenes autocráticos europeos. Autorizando o desautorizando prácticas, legitimando y, en fin, sirviendo como espejo de la honra, poder y gloria de las naciones y de la megalomanía de sus líderes. Una historia antigua sería poco seria y crítica si no considerara esto, que no considerara que su escritura está insertada, clavada, marcada por el tiempo presente, que no considerara que su estudio no está desvinculado de las tradiciones histórico-interpretativas de sus objetos.

Agradecimientos

Quiero agradecer a Pedro Paulo Funari (Unicamp) y a Laurent Olivier (Université de Paris I/ Musée des Antiquités Nationales de Saint-Germain-en-Laye), por las discusiones y sugerencias con respecto al texto.

Quiero también dar las gracias a Fabio Adriano Hering y Adilton Luís Martins por su solicitud y presteza alrededor del trabajo común que significó la mesa de “História Nacional e Construções Identitárias na Europa: usos e abusos da Antigüidade”. Las ideas desarrolladas en este artículo son de mi autoría y responsabilidad mía. Agradezco también a la doctora Lourdes S. Domínguez por su gestión para que sea publicado en Cuba.

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VIDAL-NAQUET, P. (1980): Le Monde de 15 de decembro de 1980.

VILLARD, P. (1972): “Antiquité et Weltanschauung Hitlérienne”, en Revue d’Histoire de la Deuxième Guerre Mondiale, 88, octobre 1972.

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