Descubriendo a Larissa Adler Lomnitz .

Incorporación de Larissa Adler Lomnitz al Colegio de Antropólogos de Chile
Juan Carlos Skewes V.*
ADDITUM
Caminar por la otra vereda no es empresa fácil. No es fácil pero –si de antropología se trata– ¡vaya si que es fructífera! Transitar por el otro lado hace posible ver el mundo de un modo diverso. Transitar por la ribera del frente permite adentrarse en la vida, para –a fuerza de puras preguntas– desentrañar de ella algunas respuestas.
Larissa ha transitado por esa otra vereda y, cuando todos iban, ella volvía. Y vaya, ¡qué valor supone transitar de ese modo! Porque no se está alineado con lo verdaderamente importante, con lo estructural si se quiere. No.

En la otra orilla uno se entretiene con cosas que desde esta vera parecen nimias. Un par de favores entre conocidos de la clase media chilena –de esta siempre postergada clase a la que una buena parte de nosotros pertenecemos –bajo la mirada de un intelectual de los sesenta, de esos poderosos, sobrecogedores, de esos que sí entendían la realidad, no era más que un acto nimio, intrascendente. ¿Favores? Sólo si llegara a necesitar uno.
Salvo, claro está, si se transita por la vereda de enfrente, porque entonces esa insignificancia de la vida social –los favores– se puede transformar en la clave para comprender la organización de la vida social en una sociedad compleja. Y la nimiedad comienza a alinearse con los “grandes” de la época.
La otra orilla, la vereda del frente trae sorpresas -como que el trabajo de una estudiante de pregrado de antropología, que habla de una insignificancia, como son los favores que las personas de clase media chilena se hacen entre sí– pasa a compartir páginas con autores más que consagrados, ritualmente idolatrados, como Maurice Godelier o Marshall Sahlins. Es nuestra, déjenme llamarla así, Larissa chilensis; nuestra porque –como lo ha escrito– es donde más en casa pudo sentirse: nacida en Francia, crecida en Colombia, avecindada en Israel, con estancias en los Estados Unidos, radicada en México, es nuestra Larissa Adler Lomnitz, transitando siempre por la vereda del frente, a tropezones con una avenida que corre en sentido contrario.
Ese estudio, Reciprocity of Favors in the Middle Class of Chile (1971; George Dalton [ed.]), publicado dos años después de otro sobre patrones de ingestión de alcohol entre
mapuche (1969), abriría las ventanas para que una idea, un concepto, una noción, viniera a desmoronar esa eterna discusión entre las teorías estructurales y de la modernización acerca de la pobreza. De pronto, lo tan importante comenzó a eclipsarse. Una pregunta sencilla, suscitada en México, frente a un grupo de instaladores de alfombras, acerca de cómo sobreviven los marginados, vino a reposicionar nuestro entendimiento, nuestra preocupación, nuestra ciencia respecto de los marginados de América Latina. Y ya no se pudo obviar lo que antaño fuera nimio: los pobres sobreviven gracias a las redes sociales a través de las que obtiene recursos básicos para su existencia en los medios urbanos. Aquellos favores, que tanto nos singularizan como clase media chilena, iluminaron otros territorios.


Larissa, de paso, recuperaba la rica tradición inaugurada por Marcel Mauss vía Karl Polanyi: la del intercambio. La reciprocidad podía ser ahora vista, en la mirada de Larissa, ya no como asunto del pasado. Era también materia del presente. Materia urgente para los desposeídos que podían inventar una economía en las afueras del mercado. Y si miramos a la vereda del frente hoy, a la vereda de nuestras estudiantes, de nuestra Esperanza (Alvarez para el caso) veremos que algo de futuro se anida también en una reciprocidad que se despliega en las ferias del trueque que toman cuerpo en Brasil y ahora en Chile, en Los Molinos, en Tralcao y en Valdivia.
Con la publicación, a comienzos de los setenta, de Cómo sobreviven los marginados (1975), las ciencias sociales fueron llamadas a torcer su rumbo. No sin reticencias. Un crítico temprano plantea que “uno quisiera que la Doctora Lomnitz hubiese provisto de mayor información acerca de las decisiones de alto nivel y políticas que crean las condiciones para la emergencia de la marginalidad” (Kurtz 1979: 178) . ¿Para qué si era de eso de lo que más y de lo único que se había escrito? La necesidad era otra: saber como se veía el mundo desde la otra orilla. Y así lo han reconocido los lectores y lectoras que han obligado la publicación de catorce ediciones de este título. La noción de red vino a invadir nuestro ámbito de pensamiento. Y vaya si no era curioso y hasta contradictorio el término. En efecto, las redes están hechas simultáneamente para contener como para dejar escurrir; son poderosos instrumentos de unión que, a la vez, permiten escurrir; son medios para filtrar que nunca dejan de retener. Semejante concepto, una de cuyas virtudes es la simpleza que tres letras en español (o en inglés), permite hacerse cargo de un mundo.
Y no sólo del mundo de los marginados a quienes los mismos vínculos que permiten su existencia son los que los atrapan. Mientras todos corríamos detrás de Larissa, ahora ella se nos volvió a cambiar de acera. Y se fue, sin que lo supiéramos, a merodear en el mundo de los ricos. Familias notables que duraban varias generaciones y, entre las que no son menores las redes que se tejen, como las que las clases medidas se encargan de forjar. Una diferencia no menor, no obstante, hace que los ricos urdan sus redes hacia delante y hacia atrás en el tiempo, al tanto que los pobres se circunscriban a la espacialidad a que la contingencia les condena. Así como la vecindad fomenta redes que permiten evidenciar lealtades y deslealtades, los patrimonios aseguran semejante proyección al pasar de las generaciones. Pero son, siempre, redes, redes y estrategias de vida y de sobrevida.

Y no deben ser tales estrategias tan distintas de las empleadas por nuestra Larissa, hija y madre de antropólogos, pero por sobre todo antropóloga, para hacer frente a los mundos divididos en los que –para suerte de la Antropología– le tocó vivir. Entremezclada entre progenitores y parientes de izquierdas y de derechas, estudiando en colegios para niños, viviendo en países otros, haciendo etnografías urbanas cuando lo que correspondía era hacerlo en el medio rural indígena, creando antropología en un Departamento de Matemáticas. Una búsqueda de identidad, de arraigo, de vinculación. Su vida entera parece un largo, sostenido, e interminable trabajo de terreno. En Larissa ha cobrado vida la etnografía que le dio la vida, que le ha permitido, como ella misma sostiene, “ser normal a pesar de ser diferente”.
Es difícil, si no imposible, pensar hoy los conceptos de sociedad y de cultura sin Larissa. Como difícil es, aunque nimio parezca –y a mí no me parece– pensar sin ella al Colegio de Antropólogos de Chile. Invito, pues, a mis colegas, Francisca Márquez, Presidenta, y Mario Muñoz, Secretario, a hacer posible un Colegio de Antropólogos de Chile con Larissa.
Additum: Incorporación de Larissa Adler Lomnitz al Colegio de Antropólogos de Chile
Bibliografía
Kurtz, Donald V. 1979. “Networks and Marginality: Life in a Mexican Shantytown”. Larissa Adler Lomnitz, Cinna Lomnitz. Review. American Anthropologist 81, 1: 177-178.
Lomnitz, Larissa A. 2004. “Family, Networks and Academics”. Ethnos 69, 1: 113-126.
Lomnitz, Larissa A. 1971. “Reciprocity of Favors in the Middle Class of Chile. In Studies in Economic Anthropology”. Edited by G. Dalton. American Anthropological Association.
Lomnitz, Larissa A. 1975. Cómo sobreviven los marginados. México: Siglo XXI.

Revista Austral de Ciencias Sociales 13: 111-114, 2007
* Ph. D. Antropología. Instituto de Ciencias Sociales y Director de la Escuela de Graduados, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Austral de Chile. C.P. 567, Valdivia, Chile. E-mail: jskewes@uach.cl

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