OBSERVATORIO LATINOAMERICANO 8. DOSSIER CHILE, 2011

INTRODUCCIÓN INÉS NERCESIAN∗

Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, docente de Historia Social Latinoamericana en la misma universidad y becaria del CONICET con sede en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. Correo electrónico: inercesian@hotmail.com.

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Estudiar la historia de Chile durante el siglo XX es siempre una invitación a debatir las más diversas experiencias políticas. Este Dossier espera acercarnos a esa diversidad, recorriendo una pregunta pocas veces transitada: ¿por qué Chile, ese largo y angosto país, se convirtió en un “laboratorio de experiencias políticas”?1

Mirado en su larga duración, Chile se destaca por ser un caso de formación temprana del Estado, rasgo compartido con Paraguay y Brasil. Como muchos de los Estados en ciernes, a excepción de la monarquía constitucional brasileña (1822-1889) y brevemente Haití y México, la forma de organización estatal fue la república representativa que, en el caso de Chile, asumió el carácter centralista y unitario. Tras el triunfo conservador en las guerras civiles del primer cuarto del siglo XIX,2 se constituyó un régimen político oligárquico profundamente excluyente y verticalista. Este sistema político modelado por la Constitución de Diego Portales en 1833 tuvo, además, un presidencialismo y una centralización del poder exacerbados. La Guerra del Pacífico (1879-1883), que enfrentó al país trasandino con Perú y Bolivia, contribuyó a modificar las reglas políticas. De la República conservadora se pasó, luego del conflicto bélico y de las guerras civiles de 1891, a un nuevo sistema con rasgos parlamentaristas, aunque también oligárquico. Así, la historia política del siglo XIX estuvo trazada más por continuidades que rupturas – pese que el conflicto social estuvo presente –, pues el régimen político excluyente y las bases sociales sobre las cuales se respaldaba continuaron vigentes. El siglo XX chileno ha sido, en palabras de Juan Carlos Gómez Leyton (2010), un siglo corto: comenzó en los años 1920-1930 a partir de la impugnación al orden oligárquico y fue interrumpido por el golpe de estado de 1973. Los veinte y treinta fueron años de profundos cambios económicos, sociales, políticos y culturales en toda América Latina. Es cierto que la gravitación de los militares en la política, ya sea en sus versiones reformistas o reaccionarias, fue un rasgo compartido por varios países. Con todo, en Chile ocurrió una experiencia sin parangón: la instauración de la breve República Socialista en 1932, liderada por un militar de la aviación, Marmaduque Grove. Tras este episodio Grove se convirtió en el fundador del Partido Socialista (1933). Interesa este hecho, no tanto por su radicalidad – y menos por su duración (fueron sólo trece días) – sino porque señaló el agotamiento del orden oligárquico de un modo peculiar: “planteó la necesidad de cambios radicales e introdujo el tema del socialismo como una alternativa ∗

 

Agradezco especialmente la colaboración de Juan Carlos Gómez Leyton en el presente Dossier.

1 Se trata de una expresión de Federico Engels acerca de Francia, recordada para Chile por Emir Sader (2009).

2 Las tentativas de los liberales de modelar un Estado bajo su signo hallaron un límite en la posesión del poder económico real, pues había un desfase entre la élite gobernante – que representaba aspiraciones liberales e incluso democráticas – y las conservadoras clases dominantes en el terreno de la propiedad. (Grez, en el presente Dossier). Esta hipótesis que propone Sergio Grez interesa muy especialmente porque constituye una clave para pensar incluso más allá del siglo XIX: el desfase entre la posesión del gobierno y del verdadero poder político-económico ha sido una tensión observable durante buena parte del siglo XX. 9 materializable, como una posibilidad” (Moulian, 1985: 50). Era la primera vez en la historia política chilena que pasaba por el gobierno un proyecto socialista. Así, en estas primeras décadas del siglo XX, comenzaba a macerar el proyecto de construcción de una modernidad socialista, que disputó de un modo complejo y por momentos muy tortuosamente la hegemonía del poder político. Paradojalmente, esta construcción debió elaborarse y consolidarse en una sociedad profundamente conservadora que – como en ningún otro país del Cono Sur – mantenía aferrada la estructura de la hacienda, matriz societal de la política excluyente. Esto fue así hasta el año 1967, cuando la reforma en la estructura de la tierra, clave de bóveda del orden oligárquico, resquebrajó las bases sobre las cuales se cimentaba el poder político.

3 Los treinta fueron años de luchas antifascistas en el mundo. Este hecho se sumó al legado que había dejado aquella brevísima República Socialista y así, Chile volvía ser escenario de otra novedosa experiencia política. Tras años de diálogos dentro del campo de la izquierda, en 1936 se formó el Frente Popular, una coalición que nucleaba a Comunistas, Socialistas y al centro político Radical. En 1938 el Frente ganó las elecciones y gobernó desde entonces hasta el año 1947. La reforma agraria, una medida aletargada que hubiera permitido desmantelar el bloque hegemónico de poder, nunca se efectuó. Ésa fue una de las principales limitaciones del Frente, pues la posesión del gobierno no implicaba la posesión del poder político real. El Frente Popular tuvo una vida relativamente corta: en 1943 se apartó el partido Socialista (cuestionando el carácter moderado de la política frente populista)4 y, en 1947, ya entrada la guerra fría, el presidente radical, Gabriel González Videla (1946-1952) expulsó a los comunistas de la coalición. Un año después, proclamó Ley de Defensa Permanente de la Democracia (1948-1958) con la cual se quitaba a los comunistas de la ciudadanía política. En el campo de la izquierda, el Frente Popular dejó un legado insoslayable, que perduró hasta la década de 1970: la confianza en las coaliciones políticas, capaces de reunir posiciones diversas dentro de un mismo frente, y en la viabilidad del camino institucional. A partir de entonces, comunistas y socialistas compartieron elecciones en reiteradas oportunidades: en 1952 con el Frente del Pueblo, en 1958 y 1964 con el Frente de Acción Popular (FRAP) y en 1970 con la Unidad Popular (UP), que finalmente le dio la victoria a Salvador Allende. En el mismo año que se daba por concluida la experiencia del Frente Popular, comenzaba a tomar forma una institución clave en la historia política de la región. En 1947, el embajador chileno, Hernán Santa Cruz, presentó una iniciativa ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la creación de una Comisión Económica para América Latina (CEPAL), cuya función sería la de estudiar los problemas económicos estructurales de América Latina y su relación con el resto del mundo, en la coyuntura de la segunda posguerra. Pese a las resistencias de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, ésta finalmente se aprobó en 1948 y, puesto que el gobierno chileno había sido uno de sus principales promotores, su país fue elegido para ser sede de la organización. Más tarde, en 1957, también por iniciativa de la ONU, se creó la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), cuya función era la de promover el desarrollo del campo de las Ciencias Sociales.5 Otra 3 La tesis de las matrices societales fue expuesta por Ansaldi (2007). La larga duración del sistema de haciendas es, tal vez, sólo parangonable con el caso peruano, cuya reforma agraria se efectuó durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado, 1968-1975.

4 Esto se definió en el 8° Congreso del Partido Socialista, en el cual, además, se eligió a Salvador Allende como secretario general.

5 Como parte del despliegue del campo de las ciencias sociales hay que señalar la creación del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) en 1967 en la Universidad de los Andes en Bogotá. 10 vez, Chile fue el lugar elegido para la Secretaría General hasta que el golpe de estado de 1973 exigió buscar un nuevo lugar. Los años 1950 fueron momentos críticos en toda la región. La recomposición de las economías del centro capitalista, luego de la segunda posguerra, comenzó a exigir redefiniciones económicas a nivel local y eso implicó, en muchos casos, cimbronazos dentro del bloque hegemónico de poder. El gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958) llevó adelante políticas sociales y económicas zigzagueantes, que fueron desde el nacionalismo popular hasta la intención de aplicar medidas monetaristas y ortodoxas. Luego, con la victoria del derechista Jorge Alessandri (1958-1964), hubo un intento de llevar adelante un modelo económico desarrollista de corte tecnocrático y empresarial, aunque sin éxito. La alianza entre latifundistas y la burguesía, en la cual primaron los rasgos culturales de los primeros por sobre los de la segunda6 y, además, el fuerte conservadurismo de la burguesía, dinamitaron las expectativas de Alessandri. Es posible marcar un contraste con Argentina y Brasil, dos países en los cuales el modelo desarrollista pudo ponerse en práctica, en forma relativa. En ambos casos, la experiencia populista previa había generado condiciones favorables, pues esta había legado un marcado tono nacionalista e industrialista, volcado hacia el mercado interno, y un modo de hacer política basado en el esquema de alianzas en y desde el Estado, entre las burguesías y el movimiento obrero.7 En esta coyuntura crítica se produjo la Revolución Cubana. A partir de entonces, toda América Latina entraba en una nueva temporalidad. El gobierno norteamericano, preocupado por un posible despertar de fuerzas revolucionarias en el continente, se dispuso a evaluar posibles caminos alternativos. Según su diagnóstico, el proceso de modernización en los países andinos, entre los cuales se encontraba Chile, demandaban “‘drastic revision of the semi-feudal agrarian structure of society’ y esta necesidad era tan opresiva que, si las clases poseedoras impedían la revolución de las clases medias, la revolución obrera y campesina se tornaría inevitable” (en Moniz Bandeira, 2001: 273). Bajo estas premisas fue elaborada la política norteamericana, Alianza para el Progreso, cuyo propósito era avanzar en algunas reformas “desde arriba” para evitar un avance revolucionario. El impacto de estos acontecimientos alcanzó al gobierno de Alessandri quien, en 1962, debió efectuar una vuelta de timón y realizar algunas medidas en sintonía con el programa que impulsaba Estados Unidos: la Ley General de Elecciones y una muy tímida reforma agraria. Esta última fue tan deslucida que se le dio el nombre de “reforma del macetero” (Mazzei, 2004). La Alianza para el Progreso tuvo su aplicación durante el gobierno Demócrata Cristiano de Eduardo Frei Montalva (1964-1970). La temprana injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos (al menos desde mediados de los años 1950) y la enorme influencia de las tesis cepalinas en el pensamiento de Eduardo Frei fueron sustanciales para la aplicación del programa. Asimismo, los cambios ideológicos de la Iglesia Católica, que había adoptado políticas de “integración” y

6 Esta idea es retomada, en parte, de Moulián (2006).

7 En Argentina, Arturo Frondizi (1958-1962) contó con el caudal de sufragios provenientes del peronismo, mediante un acuerdo ideado por Juan Domingo Perón (en el exilio desde 1955). En Brasil, el gobierno de Juselino Kubistschek (1955-1960) contó con el apoyo del varguismo y con la estructura del PTB (Partido Trabalhista Brasileiro). La hipótesis de la alianza de clases para comprender el populismo corresponde a Weffort (1999) y es retomada y problematizada por Ansaldi (2007). En México, la alianza policlasista del gobierno populista de Lázaro Cárdenas (1934-1940) incluyó al movimiento campesino, un actor insoslayable en la política mexicana luego de 1910. Pese a que algunos autores sostienen que el gobierno del chileno Carlos Ibáñez (1952-1958) asumió rasgos populistas, la ausencia de esta alianza policlasita pone en dudas esa caracterización. El debate sobre gobierno de Ibáñez puede leerse en Grugel (1994) y Drake (1992).

11 “humanización del capitalismo” como estrategia de contención al comunismo, irradiaron sobre la Democracia Cristiana. En este marco, el programa impulsado por los Estados Unidos representaba una buena fórmula para contener el sostenido crecimiento electoral de la izquierda política. En efecto, el progreso del candidato socialista, Salvador Allende, en las elecciones de 1952 y 1958, alertaba a las fuerzas del centro y la derecha chilena, como a ningún otro país del Cono Sur.

8 Así, se desplegó un proceso de modernización capitalista de carácter reformista, que adoptó como doctrina oficial la “Revolución en Libertad”, en contraste notable con la modernización conservadora aplicada en muchos países de la región.

9 Durante el gobierno de Frei se produjo la estatización – mediante una negociación pactada con los capitales norteamericanos – de parte de la minería del cobre, considerada por el gobierno la “viga maestra” de la economía chilena. Asimismo, se llevaron a cabo dos medidas de crucial relevancia para la historia política chilena: la promulgación de la Ley de Sindicalización Campesina y la ley que modificaba la estructura de tenencia de la tierra (Ley Ley N° 16.640). La reforma agraria desmanteló el viejo sistema de las haciendas y abrió un camino de democracia plena y de participación popular, que llevó a la victoria de Salvador Allende en 1970. Los años sesenta, es cierto, fueron momentos de gran desarrollo del pensamiento latinoamericano en toda la región. Con todo, en Chile, el hecho de que coexistieran distintas instituciones como la CEPAL,10 la FLACSO y la propia Universidad de Chile, desde la cual se desplegaron espacios de investigación como el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO), vigorizó la circulación de ideas y el despliegue del pensamiento latinoamericano.11 Pero además, el Chile de Frei ofrecía un refugio para todos aquellos intelectuales, académicos o militantes políticos que debían escapar de gobiernos dictatoriales o con fuertes rasgos represivos. En 1969, tras largas discusiones, los socialistas accedían a formar un frente más amplio que incluía a distintas fuerzas políticas (el Partido Radical, el Movimiento de Acción Popular Unitaria, el Partido Socialdemócrata y la Acción Popular Independiente) y, así, se formó la Unidad Popular. El legado frentepopulista, que había mostrado la viabilidad del camino institucional, y el liderazgo de Salvador Allende fueron significativos para la consolidación de esta nueva coalición electoral. La originalidad del proyecto de la UP, posiblemente nutrido de los largos debates en el campo de la izquierda desde los años 1950, generaba expectativas en la izquierda chilena y latinoamericana. Las elecciones de 1970 dieron ganador a la UP con un 36,2 %. Pese al intento de las derechas de revertir esta victoria, Allende fue ratificado en el Congreso y el 4 de noviembre de ese año asumió la presidencia. El gobierno de Allende contó con un fuerte acompañamiento del campo popular; inclusive, de fuerzas radicales como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) (1965), 8 En las elecciones de 1952, Salvador Allende había alcanzado un 5,4 % y en las de 1958 un 28,5 %, a sólo a treinta mil votos del ganador, el derechista Jorge Alessandri (Moulián, 2006: 189).

9 La dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), la dictadura institucional en Brasil (1964- 1985), la autoproclamada “Revolución Libertadora” (1955-1958) y la, también autoproclamada, “Revolución Argentina” (1966-1973), y el gobierno constitucional con elementos represivos en Uruguay (1967-1972). En Argentina y Uruguay estos regímenes fueron la antesala de las dictaduras institucionales de los años setenta. 10 Dos instituciones más fueron creadas desde la CEPAL: el Centro Latinoamericano e Demografía (CELADE) (1957) y el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES) (1962) (Véase Ansaldi, 1991). 11 Fueron significativas dos instituciones más: el Programa de Estudios Económicos Latinoamericanos para Graduados (ESCOLATINA) de la universidad de Chile y el Programa Regional de Empleo para América Latina y el Caribe (PREALC) (1968), dependiente de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

12 liderado por Miguel Enríquez, aunque, en el caso de este último, se trató de un apoyo crítico.12 Es posible sostener que, en Chile, el modelo del tránsito institucional hacia el socialismo primó por sobre la vía armada. En cuanto a las acciones directas, el MIR tenía un posicionamiento más declamatorio que resolutivo y, puesto en contraste con otras experiencias revolucionarias del Cono Sur (Argentina, Brasil y Uruguay), este rasgo se hizo más notorio. El gobierno de la Unidad Popular avanzó con la reforma agraria y la nacionalización del cobre. A diferencia de la expropiación negociada y con cuantiosas indemnizaciones del gobierno de Frei, Allende no indemnizó a las empresas norteamericanas, pues las ganancias extraordinarias que éstas habían obtenido constituían en sí mismas una sobrada compensación. La nacionalización del cobre fue aprobada unánimemente por el Congreso. Claro, esta medida no afectaba – al menos en forma directa – a los intereses económicos locales. Lo contrario ocurrió con la ya mencionada reforma agraria y con la creación del Área de Propiedad Social (APS), ambas medidas profundamente resistidas por los latifundistas locales y los grandes empresarios. Si el Chile de los años cincuenta y sesenta había sido un lugar de acogida para intelectuales, académicos y militantes políticos, más todavía durante el gobierno de la Unidad Popular. Al primer conjunto de exiliados brasileños por causa de la dictadura (1964) se fueron sumando algunos argentinos y un grupo todavía más nutrido de militantes uruguayos que huían del gobierno Colorado de Juan María Bordaberry (1972-1973: constitucional/1973-1976: de facto). Pero además, Chile entusiasmaba. Eran momentos en los cuales todo el campo de la izquierda discutía temas como: “vía armada o vía pacífica”, “reforma o revolución”, “revolución democráticoburguesa o revolución socialista” y la experiencia de la Unidad Popular impactaba por su originalidad, plasmada en la “vía chilena al socialismo”, y por el enorme apoyo popular. En 1973 ocurrió el golpe de estado y la instauración de la dictadura institucional (1973-1990). La pregunta que conmueve a estas reflexiones es por qué la dictadura chilena pudo extremar un proyecto neoliberal – evidentemente más profundo que sus pares conosureñas13 – que logró penetrar en todas las dimensiones de la sociedad y alcanzar una larga continuidad. Una mirada a contrapelo de los sentidos más comunes, como la que propone Verónica Valdivia en la introducción al trabajo colectivo realizado con Rolando Álvarez y Julio Pinto (2006), constituye una buena puerta de entrada. Según su perspectiva, al recorrer el camino inverso que siguieron izquierdas y derechas en el Chile de la década de 1970, es posible observar una izquierda a la defensiva y acosada, y una derecha proyectual y políticamente a la ofensiva. Con la Unidad Popular, la izquierda cerraba un ciclo de casi un siglo de disputas por la construcción de una hegemonía socialista. Por el contrario, las derechas, que en los años sesenta parecían estar en una fase de repliegue, comenzaban allí un proceso de articulación y de recambio generacional y partidario con la disolución del viejo Partido Nacional y con la consolidación del Movimiento Gremial liderado por Jaime Guzmán. Este proceso de articulación y de elaboración de un proyecto político de rasgos

12 Al respecto, véase el texto de Sebastián Leiva del presente Dossier. Interesa esta relación entre la Unidad y el MIR porque constituye un hecho político singular comparable a lo ocurrido, más tarde y a instancias de la experiencia chilena, con el Frente Amplio (1971) y el Movimiento Independiente-26 de Marzo – éste vinculado al Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros – en Uruguay.

13 Paraguay y Brasil son casos singulares, pues allí no hubo aplicación del modelo neoliberal, al menos durante estos años sesenta y setenta. Una primera mirada nos revela que ambos regímenes se instalaron antes de que las ideas neoliberales entraran en franco apogeo. Con todo, es evidente que esa explicación no resulta suficiente. Seguramente, el Estado, la composición de las clases y el tipo de inserción en la economía mundial constituyan elementos significativos para explorar una hipótesis al respecto. 13 autoritarios y profundamente excluyentes se puso en marcha con la dictadura militar pero tuvo un alcance de largo aliento, incluso más allá del régimen.14 La transición chilena tuvo elementos similares a otras dictaduras conosureñas, en cuanto a su carácter negociado.15 Con todo, Chile constituye un caso singular por haber dado forma a una democracia “tutelada”, cimentada sobre las pautas del régimen dictatorial: la Constitución de 1980 (aunque varias veces modificada) y una particular institución electoral, el sistema binominal. Rodrigo Baño (en el presente Dossier) propone una interesante reflexión al respecto. El autor nos convoca a estudiar aquellos condicionamientos sociales que marcaron la transición, apartándonos de miradas puramente politológicas e institucionalistas. Esta perspectiva es clave para estudiar no sólo el caso chileno, sino también las otras transiciones a la democracia del Cono Sur. Un análisis comparativo en ese sentido es, posiblemente, una deuda pendiente en el campo de las ciencias sociales. Finalmente, no todo ha sido continuidad en la historia política reciente de Chile. Aun en esta sociedad que mantiene legados de la dictadura han germinado distintos movimientos sociales que comenzaron a disputar seriamente la hegemonía neoliberal. No es casualidad que suene una voz cada vez más potente en reclamo de Asamblea Constituyente, que tome vigor el movimiento mapuche y que la enorme movilización estudiantil de estos últimos días haya logrado poner en jaque al gobierno derechista de Sebastián Piñera.

Acerca del Dossier.

Este Dossier se abrió con una convocatoria amplia que invitaba a las y los colegas a contribuir con sus trabajos de investigación en curso. Aunque es posible plantear una pregunta que involucra a todos los textos, como hemos hecho más arriba, es evidente que no hay homogeneidad en cuanto a enfoques, perspectivas de análisis, metodologías e, inclusive, posicionamientos políticos. El objetivo del Dossier es reunir estudios que, en la pura diversidad, puedan nutrir a la reflexión sobre la historia sociopolítica chilena desde una perspectiva latinoamericana.

El apartado Miradas de larga duración se inicia con el trabajo de Sergio Grez Toso, quien ofrece un estudio de largo aliento sobre la construcción política chilena, desde la formación del Estado hasta la actualidad. En algún sentido, este material vertebra el presente Dossier. El texto articula las dimensiones social y política y se monta sobre una periodización más general que da cuenta de los grandes ciclos de acumulación capitalista. Así, es posible observar cómo se expresó la tensión conflicto-orden, en cada uno de los momentos de la historia política chilena. El trabajo de Carlos Vivallos Espinoza y Alejandra Brito Peña, que analiza las transformaciones de la identidad obrera de los mineros del carbón de Lota, puede ensamblarse con el texto anterior. Este material, si bien enfatiza en el estudio de las transformaciones de la segunda mitad del siglo XX, traza puentes analíticos hacia los inicios de la explotación de la minería del cobre de mediados del siglo XIX. En una clave que discute el problema de la llamada modernización económica, los autores revelan la contracara del modelo económico neoliberal que llevó al cierre definitivo de los últimos yacimientos en la ciudad de Lota. Derechas, izquierdas y centros políticos. Entre los años treinta y la transición democrática se abre con el trabajo de Ernesto Bohoslavsky, quien analiza los insumos ideológicos de 14 Al respecto véase el apartado sobre la dictadura en el presente Dossier. 15 Nos referimos particularmente a las experiencias de Brasil y Uruguay y, en menor medida, Argentina. En este último caso, la derrota de los militares en la guerra de Malvinas (1982) y la enorme movilización popular colocó a los militares argentinos en una posición de mayor debilidad. Es por ello que muchos autores suelen señalar a la transición argentina como un caso de una salida por colapso. 14 las derechas, durante el período 1932-1973. El autor distingue distintos momentos históricos en los cuales las derechas modelaron un discurso ideológico anticomunista de acuerdo a cómo se estructuraban las fuerzas de izquierda local y mundial. Así, es posible señalar tres momentos significativos: los años treinta, la segunda guerra mundial y el período que corrió entre mediados de la década de 1960 hasta la dictadura militar. El trabajo de Sebastián Leiva Flores discurre en los años setenta. El texto analiza la construcción política del poder popular por parte del MIR chileno, durante los años de la Unidad Popular. El autor propone una mirada profunda sobre la construcción de esa política, analizando sus influencias teóricas e históricas y cómo ello se articuló en el nivel de la militancia de base y la dirección partidaria.

Cristina Moyano Barahona analiza el socialismo renovado en la coyuntura de transición a la democracia. La autora reconstruye los aportes de un grupo de intelectuales del MAPU, cuyo trabajo académico y político contribuyó a construir nuevos sentidos semánticos de las nociones de Democracia y Socialismo, en el momento transicional. Así, es posible observar cómo la revisión del concepto democracia permitió posicionar al socialismo renovado en una posición clave durante la transición. La dictadura institucional es el apartado más homogéneo en cuanto a afinidad temática y recorte temporal.

Verónica Valdivia analiza el proceso de regionalización y municipalización del modelo económico neoliberal llevado a cabo por el régimen. La autora demuestra que hubo, dentro de la corporación militar, una mixtura ideológica entre las tendencias corporativistas, la herencia ibañista de los años cincuenta y las nuevas doctrinas (Doctrina de Seguridad Nacional y elementos de la geopolítica), cuya síntesis colocó a la cuestión del desarrollo en el lugar de barrera de contención del marxismo. Estas transformaciones ideológico políticas de los militares explican, en parte, la buena acogida que tuvieron las recetas neoliberales. El proceso de regionalización fue una muestra de esta hibridación ideológica, pues permitía estimular el desarrollo y retomar el control territorial frenando el avance de la lucha popular. El trabajo de Gabriela Gomes dialoga profundamente con el texto anterior. La autora analiza la articulación de las ideas del corporativismo y el neoliberalismo en el repertorio ideológico de la dictadura, que se vio plasmado en su proyecto político institucional. Contrariamente a las posiciones más comunes, que enfatizan en los elementos neoliberales, el texto demuestra que ambas corrientes fueron funcionales al régimen: mientras se implantó un orden liberal en lo económico, se proyectó un modelo de rasgos corporativos y conservadores en el plano político. Isabel Torres Dujisin completa el apartado de la dictadura institucional con un análisis sobre el accionar de la derecha política, durante el régimen y su fase transicional. La autora sostiene la derecha chilena ha tenido históricamente una posición retaguardista: aun sin alcanzar el cargo de la presidencia en buena parte del siglo XX, las derechas conseguían mantener un importante peso político en el Congreso. El análisis del devenir político de los dos partidos nacidos bajo la dictadura militar (Unión Democrática Independiente y Renovación Nacional), instala la polémica acerca del carácter (democrático o no) de la derecha chilena, así como también, sienta elementos para comprender la política actual.

Democracia, memoria y ciudadanía en el Chile de la transición se inicia con el texto de Rodrigo Baño quien propone una interesante reflexión sobre el proceso de transición hacia la democracia. A diferencia de la mayoría de los análisis que puso atención en la dimensión política e institucional del proceso, el autor propone pensar a la democracia como un sistema de dominación y al proceso de transición, como la consecuencia de una correlación de fuerzas determinada. Así, se observa que en el momento de la transición, la izquierda y el movimiento popular no lograron articular un proyecto político alternativo que los posicionara como un actor central del proceso y que, en definitiva, le permitiera disputar la hegemonía del poder político del Estado. En esta correlación de fuerzas, desfavorable para el campo popular, fue posible la consolidación de una alternativa democrática sin reformas socioeconómicas. Camila Fernanda Sastre Díaz estudia la construcción de la memoria en la coyuntura posdictatorial. Su trabajo muestra cómo los gobiernos de la Concertación contribuyeron a construir un relato histórico que pretendió solapar el conflicto, 15 mediante dos operaciones: asociar al período del gobierno de la Unidad Popular con un momento de caos e ingobernabilidad y reivindicar la necesidad de contribuir a la unidad nacional. Esta pretensión de ocultar el conflicto muestra el carácter profundamente político de la memoria, cuya disputa se enmarca – retomando el planteo del texto anterior – en una correlación de fuerzas determinada.

Chile actual. Entre el orden neoliberal y el conflicto social se abre con el trabajo de Juan Carlos Gómez Leyton, quien analiza la “nueva derecha política chilena” – que no es tan nueva, como bien nos recuerda. Según Gómez Leyton, la victoria de Sebastián Piñera en las últimas elecciones de 2009 no está asociada a un supuesto cambio del comportamiento electoral de las y los ciudadanos nacionales, según su condición socio-económica; sino a dos factores sociales y políticos: la configuración de una ciudadanía abstencionista y, sobre todo, la ausencia de un proyecto político contra hegemónico. El trabajo de Gómez Leyton alerta sobre un dato electoral contundente. En las últimas elecciones presidenciales, cerca del 42 % de la población no expresó su voluntad política, ya sea por no estar inscriptos en el padrón electoral o bien por la abstención, incluyendo los votos blancos o nulos. En un registro analítico diferente, Pedro Rosas Aravena propone una discusión profunda y compleja acerca de la construcción de ciudadanía en la sociedad neoliberal actual. El autor sostiene que es necesario historizar esa construcción ciudadana a partir de una mirada que reflexione, también, sobre la democracia, el carácter de la política y el papel del sujeto. Sus análisis respecto del disciplinamiento social y los interrogantes en torno a la conformación de una subjetividad colectiva y transformadora constituyen una muy buena puerta de entrada para reflexionar sobre el conflicto social del presente.

Juan Aedo Guzmán y Camila Fernanda Sastre Díaz nos acercan sus reflexiones sobre las movilizaciones estudiantiles actuales. Se trata de un artículo elaborado al calor de la lucha pues los autores han sido – y son – observadores y actores partícipes del conflicto. Con todo, la pregunta por el desenlace de estos acontecimientos y por el devenir político chileno quedará como un signo de interrogación. El presente Dossier será publicado y el conflicto estudiantil aún gozará de una saludable vigencia. … 16 Bibliografía citada Ansaldi, Waldo (1991): La búsqueda de América Latina, Buenos Aires, Cuadernos Instituto de Investigaciones- Facultad de Ciencias Sociales, Buenos Aires. Ansaldi, Waldo (director) (2007): La democracia en América Latina, un barco a la deriva, Fondo de Cultura Económico, Buenos Aires. Drake, Paul (1992): Socialismo y populismo. Chile, 1936-1973, Instituto de Historia, Valparaíso. Gómez Leyton Juan Carlos (2010): Política, democracia y ciudadanía en una sociedad neoliberal (Chile: 1990- 2010), Editorial Arcis-CLACSO, Santiago de Chile. Grez Toso, Sergio: “Bicentenario en Chile. La celebración de una laboriosa construcción política”, en el presente Dossier. Grugel, Jean (1994): “El populismo y el Sistema político en Chile-Ibañismo (1952-1958)” en Álvarez Juncos, José y González Leandri, Ricardo (compiladores): El populismo en España y América, Editorial Catriel, Madrid. Leiva, Sebastián: “El MIR chileno y la construcción de su política de poder popular: el aporte de la militancia y la “dirección estratégica” del Comité Central”, en el presente Dossier. Mazzei de Grazia, Leonardo (2004): “Chile: del Estado desarrollista y empresario a la revolución neoliberal. Una síntesis”, en Ansaldi, Waldo (coord.): Calidoscopio Latinoamericano. Imágenes históricas para un debate vigente, Ariel, Buenos Aires. Moniz Bandeira, Luiz Alberto (2007): De Martí a Fidel. La Revolución Cubana y América Latina, Norma, Buenos Aires. Moulian, Tomás (1985): “Violencia, gradualismo y reformas en el desarrollo político chileno”, en Aldunate Aldolfo, Flisfisch Angel y Moulian Tomás: Estudios sobre el sistema de partidos en Chile, FLACSO, Santiago de Chile, pp.13-68. Moulian, Tomás (2006): Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973), LOMUniversidad Arcis, Santiago. Sader Emir (2009): El nuevo topo. Los caminos de la izquierda latinoamericana, Siglo XXI – CLACSO, Buenos Aires. Torres Dujisin, Isabel (2009): “La década de los sesenta en Chile: la utopía como proyecto”, en HAOL Historia Actual On Line, nº 19, Primavera 2009, pp. 139-149. Valdivia Verónica, Álvarez Rolando, Pinto Julio (2006): Su revolución contra nuestra revolución, LOM, Santiago.

 

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