¿Qué Memorias para qué políticas?

¿Qué Memorias para qué políticas?1

Por Alejandra Oberti 2 y Roberto Pittaluga 3

Recontar las historias -personales y políticas- de las víctimas implica restituirlos como sujetos. Historias personales: padre, madre, hijo, hija, sindicalista, compañera, militante, estudiosa, artista, fumador, deportista, tímida, alegre… reaparecen en los relatos de aquellos que los conocieron -familiares, amigos-; personas y no siluetas.

Extractos 

PRESENTACIÓN

Una aproximación a una revisión crítica de algunos ejercicios de memoria que han tenido por objeto la experiencia de la izquierda armada en los años 70.

INTRODUCTION

Este texto es una primera aproximación a una revisión crítica de algunos ejercicios de memoria que han tenido por objeto, fundamentalmente, la experiencia de la izquierda armada en los años 70.

TEXTO

En una carta a César de Paepe en 1870, Marx afirmaba que “[el] drama de los franceses, incluso de los obreros, son los grandes recuerdos. Es necesario que los acontecimientos pongan fin de una vez por todas a ese culto reaccionario del pasado”.

… Lo que molestaba a Marx no era el recuerdo en sí mismo, sino la particular forma del recuerdo “francés”, incluso en su versión jacobina. De esta preocupación marxiana por el uso político de la memoria y del pasado, por su presencia activa en la actualidad, nos interesa destacar aquí esa afirmación en torno a una de las posibles configuraciones de la memoria: el “culto reaccionario del pasado”, esos “grandes recuerdos” como obstáculos, como impedimentos de una política emancipatoria. No es este el único texto donde Marx, de manera explícita, señala su preocupación por el uso político de la memoria y del pasado, por su presencia actuante en la actualidad.

Marx advierte:

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”. Y agrega más adelante: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado”

5. Marx postula a la memoria como un campo de conflicto en estrecha vinculación con la política, y clama porque los acontecimientos (la política) rescaten a los sujetos de las garras aprisionantes de esos mismos recuerdos, de una memoria en particular. Toda memoria es, entonces, una construcción de memoria; qué se recuerda, qué se olvida y qué sentidos se le otorgan a los recuerdos no es algo que esté implícito en el curso de los acontecimientos sino que obedece a una selección con implicancias éticas y políticas. Se deshace, de este modo, una tendencia habitual del punto de vista progresista, que señala que cuanta más memoria, cuanto más recordemos, mejor. Y con “mejor” lo que se quiere decir es que toda construcción de la memoria histórica por las clases subalternas tiene necesariamente connotaciones positivas, empalmando este punto de vista con la actual explosión de memorias de alcance mundial. A diferencia de este progresismo, la propuesta de Marx implica más bien el reconocimiento de que toda memoria es productiva, en tanto selecciona qué recordar y qué olvidar; y su apuesta, consecuentemente, es por una memoria consciente de sus dimensiones políticas y éticas y de sus efectos en esos campos de la sociabilidad, es decir, una memoria que sabe que realiza un trabajo en el presente y para el futuro. En los últimos años el tema de la memoria ha cobrado una significativa relevancia. Lo que Hermann Lübbe ha llamado la musealización del mundo parece ser, como afirma Andreas Huyssen, la imperiosa necesidad de recordar absolutamente todo 6.

Esa memorialización, ese aferramiento al pasado, es para algunos una suerte de respuesta compensatoria a la angustia de un presente cuya fugacidad es vivida como la más clara evidencia de que hoy más que nunca “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Estos gestos de buscar anclajes firmes en el pasado, de darles sólidas ubicaciones a espacios experienciales actuales casi inaprensibles, intentando transportar al presente todo el pasado, son el fruto de un paulatino pero tenaz cambio en nuestra temporalidad. .. el auge de la memorialización actual implica el paso de los “futuros presentes” a los “pretéritos presentes”; pero inmediatamente advierte -tal como el Marx que citamos más arriba- que esas supuestas facultades compensatorias de la memorialización frente al vértigo de un presente efímero, tendrían más bien efectos conservadores y no darían cuenta, por otro lado, del hecho de que los mismos procesos de construcción de memoria están atravesados por las dinámicas fugaces de ese cambio de nuestra temporalidad. La musealización y la memorialización como impulsos por recordarlo todo podrían significar, finalmente, que todo puede ser olvidado:emergió en los últimos años un cada vez más extenso y rico debate teórico y político en torno a la(s) memoria(s). Si este fenómeno es parte indisociable de las transformaciones del nuevo siglo, en el caso latinoamericano, el carácter más centralmente político de las memorias en conflicto -para utilizar la acertada expresión de Jelin8 – tiene en la Argentina un anclaje más denso y traumático: proviene de un momento de la historia política cuyas consecuencias en el presente y en los años venideros todavía no se advierten -o no quieren advertirse plenamente.

La represión del terrorismo de Estado desde el año 1976 al 83 ha dejado su propia marca en la temporalidad política de nuestra sociedad: su figura central son los/as desaparecidos/as. Los/as desaparecidos/as obligan a un trabajo de memoria difícil, sumamente complejo, en tanto son una ausencia presente. Al mismo tiempo imponen una ruptura en las categorías espaciales y temporales que constituyen nuestra experiencia: los desaparecidos son un no-lugar y tampoco tienen un tiempo propio (sus imágenes están congeladas en el instante pasado de su secuestro pero habitan también nuestro tiempo presente). Cuáles son las implicancias de esta presencia-ausencia para la sociedad actual es una pregunta que no podemos más que formular. … se quiso hacer de/con los desaparecidos un olvido total, un olvido del olvido, y por lo tanto una expulsión absoluta de cualquier forma de memoria: la figura de la desaparición, a través de impedirle a un ser humano su propia muerte, su muerte particular, quiso eliminar su existencia, borrar toda huella de que allí había habido un hombre, una mujer.

El olvido del olvido era la meta de la desaparición, y junto con esa desaparición de la existencias particulares de hombres y mujeres concretos desaparecían también sus ambiciones, deseos y apuestas, sus futuros posibles. Un objetivo y una situación que eran plenamente conscientes para los principales exponentes del terrorismo de Estado, . Quizás la “desaparición” sea aún más siniestra, quizás en el olvido del olvido como meta se esconda también la amenaza subyacente, la pretensión del poder de decirnos: puedo reducirte tanto, hasta que nunca hayas existido. Y esa amenaza necesita, para funcionar, ser parte de nuestra cotidianeidad, de nuestra temporalidad.

En consecuencia, los sentidos de la memoria de la represión no pueden dejar de estar presentes en cualquier intervención crítica en las redes de enunciación del presente.

En este sentido, insistir en la búsqueda de las huellas del pasado es reconocer que los sentidos otorgados actualmente a ese pasado están, de algún modo, condicionados por el dolor y la aflicción producidos por desapariciones, torturas, muertes, exilios y prisiones, pero también por los efectos de la supresión de aquella apuesta política que se vivía como desafío al orden y que las variadas experiencias de esos años significaron de diversas maneras y desde distintos ángulos. … la explosión de actos de memoria no nos lleva necesariamente por un camino liberador : no nos ayuda a construir la emancipación ni nos libera del peso presente de ese pasado).

Para que la memoria actúe en sentido emancipatorio, su proceso de construcción requiere de la configuración de un nuevo horizonte de expectativas emancipatorias que precisa, en el mismo movimiento de su gestación, de una reapropiación crítica de la experiencia del pasado, refundado así el pretérito como espacio experiencial para una memoria crítica.

Apropiación que sólo será crítica en la medida que disuelva las plasmaciones rituales y sacralizadas de ese pasado, que sea capaz de dilucidar las argumentaciones de aquellas políticas, y que desvanezca así, las veneraciones supersticiosas y los homenajes mitologizantes, para devolver su humanidad (y la nuestra) a la militancia de los años 60 y 70.

Por ello, el problema no es si hay que trabajar o no en la preservación de la memoria histórica, sino de qué memoria estamos hablando, qué recordar, aún -y quizás más importante- cómo hacerlo. Ninguna construcción de la memoria en sentido emancipatorio puede pensarse como nuevo momento del terror, avalando entonces no sólo su existencia pasada sino también su persistencia presente.

...Desaparecerlos implicó arrancarlos de su entorno inmediato -la casa, la familia- y de su contexto político-social -la militancia, el barrio, la organización, el sindicato, la agrupación, la fábrica, la universidad, la escuela-, aislarlos de todo lo que los constituía como sujetos para después torturarlos y finalmente borrarlos de “la faz de la tierra”. .. En este contexto, saber qué pasó es ir a contracorriente del dispositivo del terror que se esforzó por borrar sus huellas  es arrancarle al olvido el nombre y el rostro del desaparecido. 

Si hasta hace muy pocos años era notable la ausencia de debate sobre los años ´70, en los últimos años surgieron algunos trabajos sobre todo testimoniales y periodísticos, que buscan dar cuenta de lo acontecido en ese período. Entre esos trabajos es notable la proliferación de testimonios de militantes vinculados a la lucha armada en los cuales se abona una especie de leyenda heroica que no permite una discusión crítica de los sucesos… Por Supresión de la apuesta política, supresión de los cuerpos, del derecho al duelo, de la identidad (apropiación de niño/as, hoy adultos/as) terminan confundidas en una sola y gigantesca operación de terror y obligan a repetir una y otra vez, en actos y conmemoraciones, que el daño ha sido cometido. La catástrofe llevada adelante por el poder obliga a reactualizar día a día la advertencia acerca de la brutalidad de la violencia pero a la vez obturan la posibilidad de revisitar críticamente ese pasado reciente. Si las herencias del pasado constituyen el terreno sobre el cual plantear deseos y proyectos que a su vez serían impensables si no se los pone en relación con el futuro, si el pasado no se encuentra separado del futuro sino que lo redefine en función del horizonte de expectativas de cada tiempo presente, entonces no poder revisitar ese pasado, no poder analizar críticamente el horizonte de expectativas que animaba aquella lucha política -y la lucha armada como parte de la misma- en el pasado reciente implica no poder trazar un nuevo horizonte de expectativas para el mañana de hoy. Pero, ¿es posible reinscribir el recuerdo de lo acontecido sin apelar a la repetición ritual? O dicho de otro modo, yendo más allá de contar una y otra vez lo que el poder ha hecho con ellos/as.

¿Cómo reinscribir ese recuerdo en un relato más amplio? 

Si, como decíamos más arriba, una parte del pasado es restituido por el proceso arqueológico de desenterrar los restos, la otra parte se puede reponer reinsert ándolos discursivamente en aquel lugar de donde fueron arrancados: su biografía y su historia.

Recontar las historias -personales y políticas- de las víctimas implica restituirlos como sujetos. Historias personales: padre, madre, hijo, hija, sindicalista, compañera, militante, estudiosa, artista, fumador, deportista, tímida, alegre… reaparecen en los relatos de aquellos que los conocieron -familiares, amigos-; personas y no siluetas.

El espesor producido por la propia vida y que les fue quitado por la desaparición volvería a surgir, no con la intención de admirar contemplativamente lo que eran -como si eso fuera posible- antes de que el poder se ensañase con ellos/as, sino con el objetivo de abrir fisuras, brechas en el muro aparentemente impenetrable de lo que la desaparición les hizo y también a todas/os nosotros/as. Abrir brechas que no pretenden reponerles una voz que ya no tienen sino simplemente permitir(nos) hablar el pasado con el lenguaje crítico del presente. Una vez abandonada la tentación contemplativa, una vez recuperada la “biografía” hay además que revisitar la politicidad, lo cual implica mirar críticamente las acciones de estos/as sujetos/as -muchos/as de ellos/as marcados/as políticamente- y reasumir la conflictividad que se perdió. Reasumir la conflictividad es parte de restituir esa humanidad robada, pero eso no puede significar, si no queremos atarnos a una suerte de memoria nostálgica de aquello que había antes de la derrota, obviar el hecho mismo de la derrota política de aquella apuesta. Hablar de derrota, y de las responsabilidades políticas de la izquierda en la misma resulta, también, indispensable. 

Leer el artículo completo  http://www.memoriaabierta.org.ar/materiales/pdf/que_memorias_para_que_politicas.pdf

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