Arqueología

Las huellas de la Memoria en el espacio público.

extracto de tesis

Gloria Lapeña Gallego Tesis Doctoral

A lo largo de la Historia, cuando una civilización conquistaba una ciudad, terminaba adaptándola a su cultura y costumbres. Sin embargo, no todas las huellas son borradas, y la convivencia del pasado con el presente se traduce en un Patrimonio Arqueológico que permanece conservado y expuesto al ciudadano que transita por el espacio público. De esta manera, la ciudad, entendida como un conjunto indisoluble de arquitecturas y sociedades que las habitan, constituye un receptáculo de Memoria objeto de estudio por parte de la Arqueología y la Historia, ciencias que a partir de los años setenta acercan sus investigaciones a las necesidades de una sociedad plural. En este contexto, el artista toma una posición crítica y trabaja en torno al archivo y la huella arqueológica para hacer frente al olvido. La presente Tesis surge de la necesidad de generar puentes entre las sociedades y su pasado histórico, encarnado en el Patrimonio Arqueológico. Partimos de la hipótesis de que la rememoración del pasado como parte del presente puede ser potenciada a través del poder evocador del relato en conjunción con las características del espacio físico en el que se contextualizan los acontecimientos históricos narrados. Ello genera una experiencia enriquecida en la que se entremezclan realidad y ficción, objetividad y subjetividad y, en fin, Historia institucional e historias cotidianas. Los objetivos teóricos consisten en establecer el papel que desempeña el artista en la implicación activa del ciudadano a la hora de reflexionar sobre el pasado, y valorar las herramientas de las que dispone para vincular la narración histórica al espacio urbano. Los objetivos prácticos convergen en la concreción y materialización de un proyecto artístico basado en los resultados de los estudios teóricos. La metodología empleada para fundamentar las bases teóricas refleja el carácter interdisciplinar de este trabajo. Con respecto a la Historia y la Arqueología realizamos una revisión bibliográfica sobre los conceptos de Memoria y Arqueología Pública como formas de compromiso con la sociedad actual. Dentro de la Literatura estudiamos, por un lado, las diversas y sutiles maneras de interacción entre la palabra y la imagen en el álbum ilustrado y, por otro, el fenómeno del turismo literario, indagando en las causas por las cuales se desencadena en el lector la necesidad de desplazarse hacia los escenarios en los que se desarrollan los acontecimientos de las historias narradas. La metodología seguida para la creación del proyecto artístico es la entrevista y el trabajo de campo como fuente de conocimiento, y el método propio del diseño y la ilustración. Los principales resultados son, en primer lugar, la definición del concepto de “álbum caminado” como un formato artístico cuyo objeto es un álbum ilustrado, y cuyo objetivo es generar una experiencia basada en el desplazamiento por el espacio físico en base al hilo conductor de un relato… el desplazamiento espacial, que se lleva a cabo a través de la ciudad en sentido horizontal. El segundo es el desplazamiento temporal, que se realiza en sentido vertical a través de la rememoración del relato en base a los distintos puntos del espacio transitado. La línea del tiempo queda anulada para entremezclar las historias personales, los sentimientos y las emociones con las características del espacio por el que se transita.
Autor/es principal/es: Lapeña Gallego, Gloria
Director/es: Ortuño Mengual, Pedro
Hidalgo Rodríguez, Mª Carmen
Facultad/Departamentos/Servicios: Escuela Internacional de Doctorado
Publicado en: Proyecto de investigación:
URI : http://hdl.handle.net/10201/52823
Tipo de documento : info:eu-repo/semantics/doctoralThesis
Derechos: info:eu-repo/semantics/openAccess
Aparece en las colecciones: Artes y Humanidades
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ARQUEOLOGÍA Y CAMBIO SOCIAL: UNA VISIÓN DE GÉNERO Y MATERIALISMO HISTÓRICO PARA EL NORTE DE CHILE.

istoria de facebVolumen Especial, 2004. Páginas 441-451
Chungara, Revista de Antropología Chilena

SIMPOSIO MARXISMO Y ARQUEOLOGÍA, AÑO 2000
ARQUEOLOGÍA Y CAMBIO SOCIAL: UNA VISIÓN DE GÉNERO Y MATERIALISMO HISTÓRICO PARA EL NORTE DE CHILE
Patricio Núñez Henríquez*

http://intranetua.uantof.cl/estudiomat/historia/Incas/patricio.html

* Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad de Antofagasta. Casilla 170. pnunezh@terra.cl pnunez@uantof.cl


En el presente ensayo se considera al Materialismo Histórico como una teoría eficiente en la interpretación de los procesos de cambio. En esta oportunidad tratamos los cambios sociales que se produjeron en la prehistoria del Norte de Chile, considerando, además, conceptos de la visión de género. Si bien ha existido una preocupación del papel de la mujer en la historia, especialmente en los momentos de crisis, ha sido una visión patriarcal o masculina la que ha impedido un mejor conocimiento de la problemática social y de los roles en la producción.

El patriarcalismo se encuentra en todas las sociedades, desde el pasado más remoto hasta el presente. Para este problema hemos buscado alternativas de reflexión científica que valoran el rol de la mujer en los diversos cambios sociales. Esto nos permite considerar variables que escapan a la santificación de la racionalidad, pues consideramos también, los aspectos emocionales de los seres humanos o de la humanización de las ciencias.

Palabras claves: Arqueología social, recolectores cazadores, revolución agropecuaria, materialismo histórico, cambio social, género, norte de Chile.

In this essay historical materialism is considered an effective theory in the interpretation of cultural changing processes; particularly for the prehistory of northen Chile, including concepts of the gender. Even though there has been certain concern of the role of woman in history, especially in moments of crisis, most of the interpretations have a patriarchal or masculine view. This possition has prevented a better knowledge of the social problems and the role of gender in the social relation of production. The patriarchalism is found in all societies, and for this issue we have sought alternatives based on scientific reflection that value the role of women on social changes. This allows us to consider variables that scape from the sanctification of rationality as we consider the emotional aspects of human beings or the humanization of science.

Key words: Social archaeology, hunters gatherers, agricultural revolution, historical materialism, social change, genre, north of Chile.


Una de las acciones de autorreafirmación más importante que,
a nuestro juicio, debería realizar la izquierda de nuestra América,
consiste en restablecer su sentido de futuro, en renovar su
optimismo histórico. (Fidel Castro, 1992)

El proceso de caída de los países socialistas y del muro de Berlín produjo grandes cambios en las relaciones internacionales y en la sociedad mundial, como también generó desconcierto, desilusión, incluso suicidios. En nuestro país, este proceso coincide con los momentos finales de la dictadura burguesa militar. Este acontecer ha tenido injerencia en muchos casos en los movimientos feministas, en la presencia de la mujer en el trabajo de producción social y/o en su regreso al trabajo no remunerado del hogar en forma total.

Antes de la IV Conferencia Mundial de la Mujer que se realizara en Pekín (Beijing), China en 1995, diferentes movimientos feministas conscientes de esta regresión habían comprendido la nueva discriminación social hacia la mujer que estaba apareciendo especialmente en los países subdesarrollados con la feminización de la pobreza, a pesar de los constantes logros y el reconocimiento del papel de la mujer en la comunidad. La participación presencial de la mujer ha sido fundamental en las luchas contra las dictaduras para mantener la llama de la dignidad humana. Por ejemplo, las Madres de Plaza de Mayo (Argentina) y la Agrupación Familiares de Detenidos Desaparecidos (Chile) han sido fuerzas morales necesarias para realizar cambios.

Ahora, recordando los hechos tan humanos y sociales señalados al comenzar este artículo, la crisis actual nos está permitiendo replantearnos con optimismo histórico, pues “El hombre contemporáneo siente la perentoria necesidad del mito. El escepticismo es infecundo y el hombre no se conforma con la infecundidad. Una exasperada y a veces importante ‘voluntad de creer'” (Mariátegui, 1969:47). Entiéndase hombre como ser humano y no tan sólo hombre.

Nuestras reflexiones en esta ponencia son más bien indagaciones que tratan sobre los cambios sociales producidos en los períodos prehistóricos del Norte de Chile, tanto de comunidades recolecto-ras cazadoras como de recolectoras pescadoras y agropastoriles. Siempre pensando desde el pasado y el presente, especialmente en las personas y en nuestra ciencia con sentido de futuro.

Hacia la Convergencia por el Cambio Social

Discutir sobre el momento, condiciones científicas y las posibilidades de análisis para poder proyectar nuevos paradigmas con nuevas interrogantes relacionadas con el conocimiento de la prehistoria, se hace una necesidad perentoria para entender los cambios sociales de nuestro pasado prehispano de una manera más integral, con variables de otros factores no considerados por la arqueología tradicional.

En esta oportunidad presentamos algunas alternativas provenientes de vertientes del conocimiento que no son ajenas a los problemas sociales e históricos, como son el pensamiento feminista y de una visión de género integradora. Consideramos importante sus conocimientos, estudios y aplicación para la arqueología, tanto en terreno como en gabinete, y por lo tanto en los escritos. El pensamiento feminista y el de género nos entregan la oportunidad de tener nuevas interrogantes, profundizar nuestro análisis en lo referente a lo femenino y lo masculino del desarrollo sociocultural, así como otras alternativas de entender el trabajo y reconocer simbolo-gías del quehacer por sexo.

De esta manera se nos permite discutir con nuevos argumentos las relaciones de trabajo y de poder para así leer algunos mitos sobre producción y dominación. Es una forma de explicar fenómenos sociales de la estructura subyacente en el momento de reconocer los cambios sociales. María Encarna Sanahuja (1997) se ha preocupado del feminismo y el materialismo histórico, proporcionándonos una buena documentación de escritos realizados por mujeres. Ella nos dice: “A pesar de las interesantes contribuciones de las mujeres en el materialismo histórico, la arqueología marxista suele obviar este hecho, tanto de la perspectiva ortodoxa como crítica, y sigue apegada al androcentrismo distorsionador de la realidad imperante en las ciencias sociales.” (Sanahuja 1997:8).

La Arqueología Social andina, y por tanto la chilena, debe considerar como fundamental en su interpretación histórica la participación activa de mujeres y hombres. Es el momento, la oportunidad para lograr en el diálogo constructivo una mejor comprensión y conocimiento del pasado con los nuevos aportes metodológicos y de conocimiento arqueológico, pues “La categoría producción no tiene en cuenta muchas actividades realizadas en la actualidad [como tampoco en el pasado] por las mujeres ni tampoco la reproducción biológica a cargo de estas últimas” (Sanahuja 1997:8). Esto hace difícil entender el pasado. Ello debido a que “La historia, por lo tanto, no es una categoría que explica, sino que hay que explicar” (Godelier 1980:8) y de esa manera podemos entender que “La arqueología se preocupa del conocimiento del fenómeno social en el desarrollo histórico en su totalidad” (Bate 1977:11), “totalidad del proceso, que sea congruente con sus objetivos y es necesario esclarecer su ubicación y nexos en el contexto de esa totalidad” (Bate 1993:89).

Por lo tanto, pensamos que el materialismo histórico es aplicable para el conocimiento del papel de las mujeres en la prehistoria del Norte de Chile, en la producción como mujeres, incluyendo la reproducción biológica, así como en sus diversas formas de participación en el trabajo familiar y comunitario.

No tenemos duda de que muchas de nuestras investigaciones son de carácter patriarcal, por eso son aceptables las observaciones de Maturana cuando dice: “El pensamiento patriarcal es esencialmente lineal y tiene lugar en un trasfondo de apropiación y control, y fluye primariamente orientado hacia la obtención de algún resultado particular porque no atiende primeramente a las interacciones de la existencia” (1993:30).

Antecedentes Ideológicos. Hacia el Patriarcalismo

Estamos en una constante búsqueda y replanteamiento de conceptos, objetivos y definiciones para fundamentar nuestra posición en la investigación arqueológica pues, como sabemos, toda ideología expresa relaciones sociales. El materialismo histórico es una herramienta de análisis de la sociedad, que no se preocupa tan sólo de lo visible como es el material arqueológico. Se preocupa de los objetos como objetos sociales, de las organizaciones socioeconómicas y sus espacios, que incluyen además todo lo invisible: ideologías, simbologías, relaciones ocultas, etc. Nuestra preocupación está también, como dice Gramsci, en “los fenómenos cotidianos, menores, que de algún modo están estructurados en la vida colectiva” (Pizzorno 1972:51).

En el caso particular de las comunidades preinkaicas hay que tener presente que cada colectivo estaba compuesto por pocas familias. Esto nos lleva a plantear que cuanto menor es la cantidad de personas en un grupo, más relevante en el desarrollo de la comunidad es lo invisible de las relaciones sociales: estados anímicos, relaciones personales y familiares, enfermedades y cuidados, muerte, diferencias personales, penas y alegrías, odios y amores, conflictos, ideologías, cofradías secretas, etc. Es por eso necesario recordar lo siguiente de Gramsci mencionado por Norberto Bobbio: “La historia de un pueblo no se puede documentar sólo por los hechos económicos. El anudamiento de la causación es complejo y embrollado y sólo ayuda a desentrañarlo el estudio profundizado y extenso de todas las actividades espirituales y prácticas.” (Bobbio 1972:81).

Estamos de acuerdo con Bate cuando nos dice que: “La forma cultural es la expresión concreta del ser y la conciencia social en cada grupo humano y, en general, en cada sociedad. La singularidad formal de la cultura se manifiesta en todo nivel: en el comportamiento de los hombres [entiéndase también mujeres] y en la objetivación material producto de la acción, así como en el reflejo y valoración en la conciencia social de su actividad o en los organismos que la regulan” (Bate 1977:10).

Nuestra sociedad es real y debemos comprenderla con todas sus cualidades y formas de ser para entender los procesos y los cambios sociales. Así podemos valorar las apreciaciones de Maturana con relación a la importancia para el cambio cultural que tiene la relación materno infantil en el desarrollo del espacio psíquico de niños y niñas: “La emoción que constituye la coexistencia social es el amor, esto es, el dominio de aquellas acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en coexistencia con uno, y nosotros, los seres humanos nos hacemos seres sociales desde nuestra infancia temprana en la intimidad de la coexistencia social con nuestras madres” (Maturana 1993:29).

Cambio social en las comunidades recolectoras cazadoras

Los cambios sociales que se producen en las sociedades recolectoras cazadoras están en relación directa con la obtención de alimentos, la capacidad creativa y las necesidades básicas de abrigo y protección. Por ello, se producen diferentes interacciones sociales en cada comunidad, en cada familia, que permiten, en lo particular, la singularidad en la elaboración de artefactos de producción y artesanías y, en lo general, las formas sociales de obtención de alimentos, abrigo y protección. Es decir, relaciones comunitarias de trabajo ya sean directas, como en la recolección de vegetales y en algunos casos de mariscos, o indirectas, como sucede con la caza y la necesidad de preparación de artefactos de trabajo o producción. Relaciones de trabajo que son sociales incluyéndose, por lo tanto, las relaciones sexuales de trabajo. Sin embargo, no se alteran las relaciones de producción, sino que se incrementan a través del tiempo con las innovaciones tecnológicas.

Las diferentes formas de obtención de alimentos y de producción están en relación a realidades objetivas posibles de verificar en cierta medida, pero existen además realidades consideradas subjetivas o sencillamente no consideradas realidades. Esto es más interesante, al comprobar que no todas las comunidades realizan las mismas obras frente a las mismas necesidades y los mismos estímulos del medio ambiente natural y social. Las respuestas no son consecuencias mecánicas o válidas para todas las comunidades, cada grupo tiene su historia cotidiana propia, lo que se tiene en común es el largo proceso de cambio social.

Seguramente los primeros grupos conocidos de cazadores del área atacameña de Tuina, San Lorenzo y Chulqui, entre los años 9.000 y 7.500 a.C., mejoraron la dieta alimenticia y obtuvieron en forma constante alimento con la recolección de vegetales más que de la caza misma. La recolección es un trabajo fundamentalmente femenino con participación de madres con sus infantes, incluyendo a discapacitados para la caza activa por diversas razones y, además, algunos cazadores.

La organización social preexistente, basada en la “reciprocidad generalizada” tanto en el interior del grupo como en las relaciones intergrupales, excluye la posibilidad de la apropiación y carece de categorías para ella (Vicent 1991:45).

El trabajo comunitario es coparticipativo para todos los miembros de la comunidad, no tan sólo para cazadores. En ella se mantienen los lazos de cohesión de grupo o la unidad comunitaria.

Quizás la arqueología social no ha dado la debida importancia al estudio de la recolección dentro del modo de producción de la sociedad de “cazadores” por la falta de evidencias “científicas”. Sería oportuno recordar en este momento a las primeras comunidades recolectoras pescadoras de la costa norte de Chile, estudiadas a partir del conocimiento de algunas momias y de excavaciones estratigráficas en conchales, que permitieron tener una visión socioeconómica de las actividades de esos primeros grupos humanos en la costa. Consideraremos dos aspectos para esta situación: a) los estudios de antropología biológica y b) los sentimientos positivos.

a) Los estudios de Antropología Biológica. En Morro-1 (Allison et al. 1984), entre las enfermedades que más afectaron a la población está la artrosis, que se presenta en rodillas, codos y clavículas. Podemos relacionarla con el tipo de trabajo, realizado principalmente en los roqueríos. La osteoporosis, patología aunque con frecuencia relativa en poblaciones prehispanas del área, implica actividades sedentarias, siendo en las mujeres más relevante por los cambios postmenopáusicos. Problemas degenerativos de la columna vertebral, los cuales aparecen divididos por sexo. En las mujeres se presenta en la región cervical y lumbar, mientras que en los hombres de preferencia en la región dorsolumbar baja. Esto nos permite relacionar los problemas en la columna de las mujeres con el trabajo sedentario (con fibra vegetal y otras labores hogareñas), mientras que el de los hombres con una mayor actividad física y movimientos para obtener los recursos marinos necesarios para la comunidad. El osteoma o proliferación ósea en el conducto auditivo es en Morro-1 más frecuente en los hombres, lo que demostraría un mayor trabajo masculino en la obtención de alimento marino bajo el agua. Hay que tener presente que, a comienzo de nuestra era, cuando surge la agricultura en Arica, se presenta una diversificación del trabajo, tanto en los valles como en la costa. Esto se podría verificar con el aumento considerable de casos de osteoma en las mujeres, quienes seguramente ocuparon espacios laborales marítimos dejados por los hombres.

b) Los sentimientos positivos. El tratamiento realizado a los restos humanos del Complejo de las Comunidades Chinchorro demuestra: la importancia que tuvo para ellas la relación con la muerte y todo aquello que significara lo desconocido. Seguramente fue importante para ellos que pudieran seguir viviendo sus antepasados de alguna forma entre los “vivos”. El tiempo dedicado a las diferentes etapas de momificación, más los detalles y acabados de ciertos rasgos simbólicos distintivos, con labores específicas realizadas por hombres o mujeres, demuestran una notable sensibilidad, ternura y amor por el prójimo.

Caleta Huelén-42 es la “aldea más antigua conocida para el norte de Chile”. En los patios concéntricos de las estructuras habitacionales se realizaban las actividades cotidianas, comunitarias y familiares donde hombres y mujeres intercambiaban ideas, hacían comentarios en sus reuniones, mientras realizaban otras labores previas para la obtención de alimentos. También, seguramente, niños y niñas recibían las enseñanzas de sus mayores. Aquí está la base de las relaciones sociales de producción en la familia, en la pequeña comunidad. Aquí están las relaciones coparticipativas, el conocerse y el conocer al otro. Las estructuras habitacionales presentan pisos realizados con ceniza endurecida. En muchos casos se encuentran hasta cinco pisos en no más de 60 cm de espesor. Los pisos han servido para sellar los entierros de antepasados, que en algunos casos son más de quince cuerpos en cada estructura de dos metros de diámetro.

El arte rupestre también es un testimonio del poder masculino del cazador por sobre la labor de recolección. Al relacionarlo con la tecnología para la obtención de alimentos y al conocer la base de la dieta, nos damos cuenta de la relación existente entre el arte y el poder, a la vez que entendemos la importancia real de la caza y de la recolección. La primera, definiendo su futuro con un carácter de mejoramiento o cambio tecnológico que posibilita el perfeccionamiento de los artefactos de caza, sin producir un cambio social, pues su finalidad es mantener y conservar el poder patriarcal del cazador (Lumbreras 1974; Vicent 1991). La segunda, la recolección, es abierta a producir las condiciones para realizar transformaciones en las relaciones sociales y poner en peligro el poder patriarcal del cazador, pero conservando la coparticipación en la producción, pues la tierra sigue siendo comunitaria.

Los trabajos comunitarios de recolección y caza habrían funcionado con un carácter no diferenciado, ni discriminatorio, facilitando una mayor participación de las mujeres en el poder. En las comunidades donde el trabajo de la mujer se amplía hacia las labores complementarias pasivas o de servicio, como es la preparación de las carnes que provee el cazador para la alimentación de la familia y/o la comunidad, comienza la subordinación y la estratificación de género adquiere importancia. Se facilita así el desarrollo masculino en el ámbito público por el prestigio, al justificar su rol protagónico con labores directivas complementarias no tan sólo durante la caza, sino también en la vida cotidiana de la comunidad.

El uso diario de las diversas posibilidades debidas a la recolección y las relaciones entre ellas producen cambios, nuevas formas de relaciones sociales. Estas funcionan como causa y efecto debido a las mayores necesidades de la comunidad, relacionadas con nuevas artesanías y el mejoramiento en su calidad, así como en la obtención de alimentos. Es una crisis constante que altera las relaciones sociales al incrementar la creatividad renovadora dentro de la comunidad sin producir grandes trastornos, sólo gérmenes de nuevos paradigmas que trastornarán a futuro la organización social de la producción y el poder en las comunidades recolectoras cazadoras. La acumulación de diversas creaciones y las constantes crisis conllevan un cambio social revolucionario que podemos relacionar con la selección de plantas y animales que permiten una producción controlada por la participación humana. Si la recolección de vegetales es un trabajo femenino, lo es también la selección de plantas cultivables y de animales para su domesticación, así como las artesanías derivadas de la recolección, pero no las del pastoreo.

Cambio social en la Revolución Agropecuaria

No nos referiremos en forma específica a la importancia de los análisis materialistas históricos de V. Gordon Childe con relación a la Revolución Agrícola (Childe 1959) y su importancia en el pensamiento de los investigadores andinos a partir de la década del 50 del siglo pasado (Choy 1960; Lumbreras 1974 y varios otros). Identificamos el concepto de Revolución Agropecuaria con el proceso de cambio revolucionario que comienza a gestarse a inicios del optimun climaticum en los últimos milenios de la era pasada, con la domesticación de plantas americanas y animales de nuestra área andina como son la llama y la alpaca.

Como hemos sugerido, los cazadores como fuerza social se opondrán a los cambios por razones de prestigio y poder. Las fuerzas del cambio social estarán en el campo de la recolección. Las condiciones y los cambios revolucionarios que operan posibilitan la transformación de una sociedad coparticipativa patriarcal dependiente de la recolección y la caza, en una sociedad horticultora matrilineal productora de alimentos, para luego transformarse en una sociedad patriarcal agroganadera. Este proceso se manifiesta en un desconcierto entre los cazadores especializados, que ven perder parte de su poder patriarcal y social coparticipativo y de buenos proveedores. El rol ritual de la caza pierde eficacia objetiva y subjetiva frente al nuevo modelo de obtención de alimentos. El cambio social activa nuevas relaciones de trabajo donde se destaca el trabajo de la mujer y los ritos relacionados con la madre tierra. Surge una nueva relación socioeconómica de obtención de alimento, también real o ficticia, pero más eficiente y programada, que permite almacenar alimentos para momentos difíciles y para el trueque, así como tener la posibilidad de alimentar algunos animales que se estaban criando en torno al espacio hogareño. Es un gran cambio en la economía y en los artefactos para la obtención de alimentos, pero lo determinante son las nuevas relaciones sociales donde incluso cambian los mitos y los ritos para obtener más alimentos. La caza como tal seguirá vigente, pero como una alternativa menor en la obtención de alimento para la comunidad. Sin embargo, la recolección de algarrobo y chañar, principalmente en las áreas de Chiu-Chiu y San Pedro de Atacama, así como de tamarugo en Tarapacá, logrará subsistir con un rol importante en la dieta, tanto para los humanos como para los animales, con nuevas consecuencias en las relaciones sociales dentro de cada comunidad.

En esta época la mujer adquiere un papel protagónico. Es ella la gran descubridora, inventora, analítica, es ella la que tiene el don de la Madre Tierra, la Pachamama, la fertilidad, es ella la que produce alimentos. La recolección al ser un medio de producción no especializado permitió ampliar las posibilidades creativas en diversas formas de producción de alimentos, por lo tanto, el desarrollo de otras ciencias, tecnologías y artesanías. Se estaba agilizando el cambio social al partir del lado oculto de las comunidades, el trabajo femenino.

Podría pensarse que estaban dadas las condiciones para una sociedad matriarcal en el área andina (Mac-Lean 1942:249), como también lo han planteado en algún momento otros estudiosos siguiendo la inspiración materialista de la línea de L. Morgan y F. Engels. Entre las pensadoras y los pensadores actuales con una visión de género, aunque se refieren al viejo mundo, habría que mencionar a Riane Eisler y Humberto Maturana. La primera plantea en su “teoría de la transformación cultural” dos modelos básicos de sociedades: 1) modelo dominador: patriarcado o matriarcado, donde una mitad domina a la otra y 2) modelo solidario: donde las relaciones sociales se basan en el principio de la vinculación. (Eisler 1993). El segundo, da mayor importancia al vivir en cooperación entre los dos sexos compartiendo alimentos, ternura y sensualidad, lo que él califica de “cultura matrística”. Para Maturana lo matrístico connota “una situación cultural en la que la mujer tiene una presencia mística que implica la coherencia sistemática acogedora y liberadora de lo maternal fuera de lo autoritario y jerárquico. La palabra matrístico, por lo tanto, es contraria a la palabra matriarcal, que significa lo mismo que la palabra patriarcal en la cual las mujeres tienen el rol dominante” (Maturana 1993:19).

Lo cierto es que las relaciones sociales de producción inmediatas al cambio revolucionario en los Andes durante el tránsito a la nueva sociedad permiten el desarrollo de la agricultura hortícola y el pastoreo de pequeña escala en torno a los núcleos hogareños. Estos comenzaban a establecerse en complejos aldeanos básicos con incipientes sistemas hidráulicos y el cuidado de animales domésticos, todo lo cual nos hace valorar la importancia de la mujer y la línea materna en la familia en las diferentes labores que se estaban gestando junto a los sitios habitacionales. Dos grupos son esenciales para comprender las relaciones de producción y la nueva ideología patriarcal agroganadera:

Una gran población campesina agropastoril, que también realiza labores anexas como extracción minera, artesanías y otras actividades de dependencia.
Un pequeño grupo dirigente que se perfila como clase dominante.Se compondrá especialmente de curacas, chamanes y especialistas en la producción agropastoril. Es en este grupo donde se encuentra el poder ideológico patriarcal que se manifiesta en lo político, social, económico, religioso y en el arte. El poder patriarcal agropastoril no es el poder de los hombres sobre las mujeres, sino de un selecto grupo sobre el resto de la población.

Las nuevas necesidades sociales provocadas por el aumento de la población conllevan una mayor demanda de alimentos y, por lo tanto, la necesidad de una mayor producción de ellos y de bienes. Ya antes del período Tiwanaku las comunidades patriarcales del altiplano con evidentes síntomas clasistas comienzan a ejercer sus influencias en los valles y quebradas del norte de Chile. Es el comienzo de la agricultura a gran escala, con la realización de obras hidráulicas difíciles ahora de detectar. En el área de San Pedro de Atacama podemos observar en el ayllu de Coyo, cercano a la aldea temprana de Túlor, algunos canales de regadío y espacios de cultivo, melgas, que corresponden al comienzo de nuestra era.

Cambio social con la agricultura y el pastoreo a gran escala

Es en el período agroganadero tardío, poco antes del año 1000, cuando triunfa la agricultura a gran escala en las diversas áreas del norte de Chile, con diversos énfasis. La crisis de la producción a pequeña escala, sin considerar problemas derivados de períodos de sequía, comienza cuando la demanda de alimentos produce alteraciones en el orden establecido. El poder coparticipativo comunitario ya no permite la obtención de alimentos para una población en constante aumento. El trabajo del ayllu o el comunitario, para la realización de las grandes obras hidráulicas, era imprescindible para el nuevo orden y la realización de los nuevos medios de producción. Ya no es posible el trabajo individual o solitario para hacer funcionar un sistema hidráulico como el necesario en nuestras quebradas y valles. El conocimiento científico y técnico de diferentes especialidades relacionadas con el agro, así como otros conocimientos para adquirir poderes sobrenaturales y relacionarse con las deidades a fin de “controlar” fenómenos naturales, como lluvias, fechas de siembra, de cosecha, etc., también fueron importantes. Es así como la mujer pierde su participación protagónica en la producción. El poder socioeconómico y religioso se traspasa a un grupo selecto de hombres, es el poder patriarcal que controla al campesinado en general y a las mujeres en particular.

Se calcula que en el Norte Grande de Chile la agricultura debe haber tenido, en su momento de auge, más de 36.000 hectáreas de tierras cultivadas en los diferentes sistemas hidráulicos de las quebradas y valles. Se puede deducir que anualmente se trabajan sólo alrededor de 6.000 hectáreas, si consideramos los períodos de descanso que debe tener la tierra agrícola en estos medios para una mejor producción en el tiempo y la cantidad real de agua disponible para regar las sementeras. Seguramente se pueden considerar pocas las hectáreas para una región tan extensa, pero suficientes para una población de desierto y sus necesidades de intercambio.

Para lograr los campos de cultivo tuvieron que construirse diversos sistemas hidráulicos en las diferentes quebradas y valles. Para esto se planificaron y realizaron diferentes obras como bocatomas, sistemas de canales primarios, secundarios y de regadío de las sementeras. También se construyeron con piedras diversos espacios de cultivo, como terrazas, andenes y canchones, así como acueductos, represas, tajamares y otras obras anexas que en general formaban los medios de producción o herramientas fundamentales de trabajo para el nuevo sistema. Como en toda obra, existía la necesidad constante de realizar reparaciones para mantener su buen funcionamiento, es decir, la producción. También en muchas áreas otro problema que se presentó fue hacer tierra de cultivo en lugares rocosos o sin suelos adecuados, como fue el caso de Socaire. Aquí, seguramente, la tierra era transportada por los canales desde el sector alto de esa localidad, El Tapial, hasta los campos cercanos al actual pueblo.

Los diversos trabajos realizados para hacer funcionar los sistemas hidráulicos los consideramos colectivos y masculinos, pues fueron los hombres, representantes de la comunidad, los principales participantes con su “energía humana” en la construcción y mantención del nuevo sistema de producción. El trabajo comunitario femenino es de dependencia o de servicio, relacionándose más bien con lo específico en un momento determinado, como períodos de limpieza de canales, siembras y cosechas donde tenía un importante rol ceremonial, como ya se dijo. Las mujeres pierden el poder coparticipativo en la comunidad y en la familia, siendo sus labores principales en el campo de las artesanías donde logran destacarse, así como en las labores del hogar y en el pastoreo.

Los espacios de cultivo de Antofagasta comprenden las cuencas hidrográficas del río Loa y del salar de Atacama (Núñez 1993). Se puede calcular que vivieron, en un momento determinado del período agroganadero tardío, alrededor de 12.000 personas y distinguir los siguientes sectores agrícolas: Quillagua y espacios cercanos, Calama y espacios cercanos, Chiu Chiu-Lasana, afluentes del río Loa, tributarios del salar de Atacama, ayllus de San Pedro de Atacama y Socaire.

Los diferentes espacios de cultivo de Tarapacá se concentraron en las hoyas hidrográficas de los valles, quebradas y cuencas interandinas de altura. Por las características geográficas, los sectores de cultivo se pueden dividir en dos: a) Pacífico. Las hoyas que drenan sus aguas hacia el mar y pampa del Tamarugal. b) Altiplano. Las que drenan sus aguas hacia el este o se encuentran en las cuencas interandinas con cultivos estacionarios de los pastores, como papa y quinoa. Su población estimativa durante el período agroganadero tardío debe haber sido algo superior a 30.000 personas1. Es decir, alrededor de 42.000 personas vivían en el norte de Chile con un sistema agroganadero patriarcal.

Si la agricultura a gran escala introdujo cambios sustantivos en los modos de producción, el pastoreo no fue menos significativo. En los Andes el pasado mítico en muchos aspectos está vigente no tan sólo en el aspecto de la religiosidad como se ha dicho, sino como parte de toda la cultura. Es una forma de pensar, de interpretar los hechos, de amar, de conceptualizar y sentir la vida, de conocimiento, de relacionar el pasado con el presente en una continuidad. Esto nos permite hacer valer por lo demás la posibilidad de interpretar ese pasado (que está en el presente) a través de muchas de las creencias actuales. Es interesante, por lo tanto, destacar en este momento lo que señala Jorge Flores Ochoa sobre los camélidos y otros animales en uno de sus escritos: “De acuerdo con la mitología de los pastores, se consideran dos clases de animales: los salqa o silvestres y los uywa o domesticados. Los salqa en el plano mítico son considerados también domésticos. Por esa razón son propiedad de los Apu” (Flores 1981:196). Los uywa que salieron de las profundidades de la tierra a través de los manantiales sagrados y tienen lana son denominados millmayuq uywa, que quiere decir ganado con lana, como son todos los domesticados en el antiguo Perú, es decir alpaca, llama y wari (Flores 1981:197). Bajo tierra no está el “infierno”, es un espacio sagrado de donde nacen o brotan la vida, el agua y los animales domésticos. Hay una interacción sagrada que debemos respetar.

El pastoreo de camélidos tiene características propias con relación al poder, que lo diferencian de la caza, de la recolección y de la agricultura. Con una posición más bien ecologista y conocedores de los Andes, L. Núñez y T. Dillehay nos dicen: “Los cazadores andinos fueron posiblemente los primeros en adaptar sus hábitos al comportamiento de los camélidos salvajes, logrando una temprana e íntima interacción, tendiente a lograr estabilidad y semisedentarismo a través de la práctica de caza especializada y temprana crianza en determinados loci favorables de la puna y tierras altas en general” (Núñez y Dillehay 1995:26). Presentando otros antecedentes y con un pensamiento de la problemática universal que podría aplicarse a los Andes (Estévez et al. 1989) plantean que “El paso de caza a pastoreo no es una simple consecuencia de la intensificación de la caza (como pretendían los seguidores de la Paleoeconomía, Higgs 1972; Higgs y Vita Vinzi, 1972; cf. Davidson, 1981), sino que se pasa por un momento de crisis en el que se rompen las relaciones de repartición normales.” (Estévez et al. 1998:8).

El pastoreo se relaciona más con la creatividad y el afecto directo hacia los animales, producto de la relación y observación de ellos en cautiverio desde pequeños (mascotas, “guachos”) que posibilita una alternativa selectiva para la obtención de alimento y materia prima. En los Andes, los camélidos domesticados a pequeña escala subsisten en un mundo donde se comparte el medio ambiente, pues si bien pertenecen a la puna, su adaptación a tierras de quebradas y valles con una mayor producción agrícola produce una buena complementación. No habría motivo para que en esta instancia los animales domésticos no siguieran perteneciendo a la comunidad y menos entonces fueran propiedad individual o de los cazadores especializados, pues esa última posibilidad habría dañado, como ya se ha dicho, el prestigio masculino o de ex cazadores. Los cambios se producen cuando el pastoreo se especializa, aumenta el conocimiento sobre las propiedades naturales de los animales y la variedad de usos; se reconocen otros espacios no puneños para su alimentación en bofedales, pastizales y vegas como son los casos de Chiu Chiu, Tulán y Turi, entre otros, ampliando el tradicional espacio hogareño, hacia los 1.200 años a.C.

Como consecuencia de lo anterior se producen variadas formas de producción. Pastores sin agricultura, trashumantes puros. Pastores con agricultura a pequeña escala. Principalmente en las tierras altas de Arica e Iquique (Chungara, Isluga, Cariquima, etc.), así como los pastores del comienzo de nuestra era que se contactan con espacios aptos para la agricultura, como son los casos de Socaire-26 y Calar. Pastores con agricultores, habitantes de quebradas de altura o bajas con control de espacios para tener una economía mixta. Agricultores de Socaire,Zápar, Toconce, Caspana, Ayquina, etc., así como de “tierras bajas”, como son los casos de San Pedro de Atacama, Chiu Chiu, Quillagua, etc.

Todas estas variables permiten mayores contactos entre los diferentes grupos y el desarrollo de interacciones culturales donde los patrones patriarcales de los pastores y agrícolas se integran para fortalecer el poder. Hecho que se afianza con las relaciones suprarregionales y se detecta con la presencia de habitantes del noroeste de Argentina y sur de Lipes en las áreas tarapaqueñas y atacameñas. Es por eso que Núñez y Dillehay nos dicen: “El patrón ganadero-caravanero dominó el ambiente de las tierras altas del centro norte de Perú, extendiéndose hacia el S. de Bolivia, norte de Chile y noroeste de Argentina.” (1995:21)

La complejidad del sistema pastoril y las posibilidades de su desarrollo prehispano quedan evidenciadas en el siguiente párrafo: “… la crianza de camélidos en los territorios de puna y el uso con secuente de las caravanas dentro de lo que usualmente podemos denominar un ‘medio de vida pastoril-nomádico’. La dualidad rebaños-caravanas corresponde a una adaptación excepcional. Se basa en una relación simbiótica entre hombres y animales dentro de los patrones de la movilidad trashumántica, con capacidad para producir, trasladar e intercambiar productos a nivel interregional” (Núñez y Dillehay 1995:20).

Es con el aumento de la población de camélidos domesticados, su diversidad y la necesidad de trabajos complementarios, que la producción adquiere una nueva dimensión donde el poder patriarcal pastoril comienza a gestarse con las variadas posibilidades de creación en el trabajo. Se hace necesaria la dirección de las actividades: se forman en la práctica estrategas en movilidad y especialistas con conocimiento de las variedades genéticas y posibilidades de selección para los diferentes usos. El pastoreo a gran escala comienza a producir grandes cambios cuando el trabajo masculino adquiere mayor independencia y relevancia, los cuales no podían lograrse con el pastoreo a pequeña escala. Con la movilidad pastoril se logra valorar espacios aledaños y contactarse en mejor forma con otras comunidades, así como tener mayor conocimiento. Se está produciendo un cambio creativo con una nueva mística que posibilita las relaciones sociales al incrementar la división del trabajo y la concentración del poder en los encargados de los grupos caravaneros: es el poder patriarcal de los pastores. Se amplían las necesidades de relaciones suprarregionales y el intercambio de materiales de uso, de consumo, lo que a su vez produce relaciones pacíficas y/o conflictivas.

La actividad pastoril produce dos actividades laborales artesanales fundamentales en la nueva comunidad. La textilería, que es un trabajo básicamente femenino. Un incremento del desarrollo de las actividades artesanales textiles con mejoramiento de cantidad y variedad de objetos elaborados. Una producción de diseños y dibujos en textiles, interpretando en muchos casos la ideología imperante. El trabajo artesanal es femenino, pero las “pautas culturales” son de ideología patriarcal. Con la movilidad caravanera se estimula el trabajo masculino como, por ejemplo, la elaboración de diferentes tipos de cordelajes, aperos y otras manufacturas necesarias para los animales que sirven de transporte.

Comentario Final

Consideramos que el Materialismo Histórico está vigente en el campo de las ciencias sociales para interpretar los procesos de cambio. En esta oportunidad, al tratar los cambios sociales que se produjeron en la prehistoria del Norte de Chile, consideramos para su interpretación, conceptos de la visión de género. Pensamos, que si bien ha existido una preocupación del papel de la mujer en la historia, especialmente en los momentos de crisis, ha sido una visión patriarcal o masculina, que ha impedido un mejor conocimiento de la problemática social y de los roles en la producción.

Es por eso que, al utilizar la categoría Patriarcal, lo hacemos para demostrar la importancia del poder masculino, tanto en diversos enfoques científicos como en los grupos que se estudian. Consideramos que el patriarcalismo se encuentra en todas las sociedades, desde el pasado más remoto hasta el presente. Para este problema, hemos buscado alternativas en la reflexión científica sobre la importancia del rol de la mujer en los diversos cambios sociales para comprender la participación de hombres y mujeres en todo proceso histórico. Esto nos permite considerar variables que escapan de la santificación de la cientificación de la racionalidad, pues consideramos también, los aspectos emocionales de los seres humanos o de la humanización de las ciencias.

Como concepto y como realidad el patriarcalismo es variable, tiene matices en las diferentes sociedades y culturas, pero hay que reconocer que está presente en nosotros y, para ser más elocuente todavía, en mí. Este reconocimiento que podemos hacer nos permite reformular nuestra interpretación de la Arqueología Social, pues si no incorporamos en nuestros escritos el papel de la mujer como mujer, no estamos haciendo Arqueología Social.

 

Notas

1 Hemos resumido el área agrícola en los siguientes sectores que corresponden principalmente a las hoyas hidrográficas:

I. Pacífico: (a) Lluta. Mollepampa, Poconchile; (b) Aza-pa. Arica, Alto Ramírez, San Miguel, Cerro Sombrero, Purisa, Putre, Belén;Tignamar Zapahuira-Copaquilla, El Laco-Tecnamar; (c) Vitor. Timar, Tignamar; (d) Camarones-Miñimiñi, Desembocadura, Conanoxa, Suca Huancarane, Codpa, Pachica, Esquiña; (e) Tana, Quiuña, Tiliviche, Calatambo,

Camiña, Chapiquiña; (f)Aroma, Sotoca, Jaiña, Chiapa, Aroma; (g) Tarapacá, Huarasiña, Tarapacá, Pachica, Loanzana, Guasquiña, Chusmiza, Sibaya, Guaviña, Mocha, Coscaya; (h) Mamiña-Tambillos, Macaya, Parca, Mamiña; (i) Quisma-Pica, Matilla, quebrada de Quisma, oasis de Pica; (j) Huatacondo, Tamentica, Tiquima, Huatacondo; (k) Maní.

II. Altiplano: (a) Caquena; (b) Parinacota-Chungara; (c) Isluga-Cariquima; (d) Cancosa.

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50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología

50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología

FECHA: 21 NOVIEMBRE, 2013

Fernando Orellana

Fernando Orellana Torres

Director General de Postgrado

Universidad Católica del Norte

 

En las décadas de 1950 y 1960 se concretaban en Chile cambios importantes en los métodos técnicos e interpretaciones de esta disciplina.

La Dirección General de Postgrado de la Universidad Católica del Norte organizó un evento recordatorio de los 50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología, realizado entre los días 6 y 13 de enero del año 1963, en San Pedro de Atacama, en las instalaciones del recién inaugurado Museo de la Universidad del Norte.

En esa reunión científica se encontraron diferentes especialistas chilenos y extranjeros, profesores y alumnos, autoridades de diferentes instituciones e, incluso, en la inauguración participaron los ministros de Estado, del gobierno del presidente Jorge Alessandri, los señores Ernesto Pinto Larraguibe y Julio Philippi.

Los importantes hallazgos arqueológicos efectuados entre 1955 y 1962 por el Padre Le Paige y sus colaboradores atacameños interesaban a la comunidad científica de Chile y a la de los países limítrofes.

Por esos años -décadas de 1950 y 1960- se concretaban en Chile cambios importantes en los métodos técnicos e interpretaciones de la arqueología. Antiguos y nuevos museos, centros de investigación y carreras recién creadas no solo investigaban y publicaban de acuerdo con la nueva arqueología, sino que además iniciaban la formación especializada de arqueólogos.

En estos nuevos ambientes científico-académicos, el Congreso de 1963 inició sus sesiones de trabajo.

Se puede leer en las Actas publicadas por los Anales de la Universidad que se presentaron ponencias de los investigadores chilenos Gustavo le Paige (Presidente del Congreso), Hans Niemeyer, Carlos Munizaga, Jorge Kaltwasser, Percy Dauelsberg, Luis Álvarez, Julio Montané, Mario Orellana (Secretario General del Congreso) y Lautaro Núñez.

 

 Padre Gustavo Le Paige,presidente del Congreso

 

Por los investigadores extranjeros expusieron Alberto Rex González y Dick Ibarra Grasso. También presentó un trabajo el prehistoriador Osvaldo Menghin. Este estudioso, como Julio Montané -según se nos informó-, no acudieron finalmente a San Pedro de Atacama.

Igualmente, participaron la doctora Grete Mostny, del Museo de Historia Natural; el arquitecto Roberto Montandón, delegado del Consejo de Monumentos Nacionales, y Jorge Iribarren, director del Museo Arqueológico de la Serena.

Entre los estudiantes universitarios presentes en ese Congreso estuvieron distinguidas (os) especialistas: Silvia Quevedo, Julie Palma, Mario Rivera, Osvaldo Silva, y Gonzalo Ampuero.

También es importante mencionar que es en San Pedro de Atacama, en este Congreso de 1963, donde se formó la Sociedad Chilena de Arqueología. Esta institución, fundamental para el futuro desarrollo de la arqueología de Chile, también cumplió 50 años, recayendo su primer directorio en los investigadores Hans Niemeyer F. (Presidente), Jorge Iribarren Ch., Julio Montané M., Mario Orellana R., y Virgilio Schiappacasse F. (Directores).

Nuestra Universidad sigue desarrollando la investigación y la docencia de postgrado en San Pedro de Atacama, y esperamos que así se mantenga por muchos años, en colaboración con las distintas comunidades atacameñas.

El recuerdo de tan prestigioso evento científico no puede quedar guardado en la memoria de unos pocos, porque el Congreso Internacional forma parte de la memoria histórica de la Universidad Católica del Norte.

Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico y revisión crítica del proyecto disciplinar

 Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología
Número 45 2015, páginas 95-114
Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico
y revisión crítica del proyecto disciplinar
Hugo Carrión1, Cristián Dávila2, Ayelén Delgado3, Nicole Fuenzalida4, Patricia Kelly5,
Francisca Moya6, Sandra Rebolledo7, Simón Sierralta8, Jairo Sepúlveda9 y Cristián
González10
Resumen
En las últimas tres décadas, el desenvolvimiento de la Arqueología Social en Latinoamérica (ASL) se
ha visto sujeto a numerosas revisiones, tanto en sus postulados como en su puesta en marcha. En este
sentido, en el Chile actual, resulta necesario realizar una revisión del proceso histórico de la ASL.
En este artículo se propone discutir la convergencia de las nuevas “arqueologías sociales”, iniciativas
teóricas diversas que tienen como eje el desarrollo de una praxis social, con los postulados de la ASL
y desde la crítica contribuir a la valoración de este proyecto disciplinar.
Palabras Claves: Arqueología Social Latinoamericana, Arqueología Social, Marxismo, Comunidades
Indígenas, Difusión Patrimonial, Arqueología Industrial, Arqueología de la Represión y la Violencia
Política Reciente.
Abstract
In the last three decades, the development of Social Latin American Archaeology (ASL) has been
subject to numerous revisions, his postulates as much as its application. Along this line, at Chile
today, it is necessary to perform a review of the historical process of ASL. In this paper we propose
to discuss the convergence of new “social archaeologies”, diverse theoretical initiatives that have the
development of a social praxis ancestral theme with the principles of the ASL and from the critical,
we contribute at delimit the possibilities of realization of this current disciplinary project.
Key words: Social Latin-American Archaeology, Social Archaeology, Marxism, Indigenous
Communities, Patrimonial Diffusion, Industrial Archaeology, Archaeology of Repression and
Recent Political Violence.
1 Investigador independiente. hcarrionmendez@gmail.com
2 Investigador independiente. cristiandavilac@gmail.com
3 Investigadora independiente. ayelen.delgado@gmail.com
4 Investigadora independiente. nnm_fb@hotmail.com
5 Investigadora independiente. pat.kellys@gmail.com
6 Investigadora independiente. franmoya.c@gmail.com
7 Investigadora independiente. sanrebolledo@gmail.com
8 Investigador independiente. simon.sierralta@gmail.com
9 Grupo de Acción Ecológica y Conservación Añañuca, Eleuterio Ramírez 1446, Santiago. sepulveda.jairo@gmail.com
10 Investigador independiente,.cgonzalez2405@gmail.com
Recibido: 5 de Febrero de 2015. Aceptado: 31 de Julio de 2015. Versión final: 24 de Agosto de 2015.
96 |Hugo Carrión, Cristián Dávila, Ayelén Delgado, Nicole Fuenzalida, Patricia Kelly, Francisca Moya, Sandra Rebolledo, Simón Sierralta, Jairo Sepúlveda y Cristián González
La Arqueología Social Latinoamericana (en adelante ASL) se comenzó a desarrollar hace poco más de cuatro décadas como un proyecto científico-político fundamentado en el materialismo histórico y en la praxis marxista, cuyo desarrollo concreto ha involucrado a diversas epistemologías y tradiciones culturales en los contextos de México (Bate 1974, 1977, 1981, 1982, 1984, 1986, 1993, 1998; Gándara 1980, 1981, 1993; Gándara et al. 1985; Lorenzo 1961; Montané 1980), Perú (Lumbreras 1974; Tantaleán 2004, 2006) y Venezuela (Sanoja 1981; Sanoja y Vargas 1978; Vargas 1985, 1986).
Esta diversidad de planteamientos sin embargo, adhieren a una base común, institucionalizada en ciertos “hitos” como reuniones y otros espacios de producción científica, fundada en el rechazo a otras formas de materialismo (cultural, estructural) y el regreso a los clásicos (Marx, Engels, Lenin), y principalmente en el entendimiento de la Arqueología como ciencia social histórica, cuyo objetivo es el estudio de la sociedad como totalidad concreta (Bate 1977; Lorenzo et al. 1976). Será la convicción del carácter científico del materialismo histórico lo que implicó en la ASL un discurso político abierto, que se proponía no sólo explicar la realidad, sino también transformarla (Bate 1998). Así se explicitan los efectos políticos de la labor, jugando un rol la toma de conciencia de la posición desigual de las situaciones nacionales poscoloniales e imperialistas del continente (Lorenzo 1976; Sanoja y Vargas 1994).
A pesar de su desarrollo, el reconocimiento internacional de la ASL es reciente, siendo criticados diversos elementos de la propuesta como: el uso de metodologías mixtas empiristas, histórico-culturales y procesuales, la falta de una metodología o trabajo del dato arqueológico, la falta de generación de escuelas, el peso que tuvo el contexto socio-histórico pasado, y el fracaso en determinados proyectos como el Museo del Hombre Venezolano (1984-1987) (Benavides 2001; Gándara 1993; Gándara et al. 1985; Jackson et al. 2012; McGuire y Navarrete 1999; Navarrete 2006, 2012; Oyuela-Caycedo 1994; Oyuela-Caycedo et al. 1997; Patterson 1994, 1997; Politis 1995; Tantaléan 2004; Troncoso et al. 2006).
No obstante lo anterior, en la actualidad, la ASL permanece como una propuesta arqueológica alternativa, en términos de la geopolítica del conocimiento, genuinamente latinoamericana y consolidada epistemológica y políticamente (Navarrete 2012). Junto a ello, las trayectorias particulares de sus exponentes siguen funcionando. Hoy en México se reconoce un grado mayor de refinamiento teórico, así como programas académicos y proyectos comunitarios (Acosta Ochoa et al. 2012). Por otra parte, en Venezuela existe una crítica y activismo político vigente (Vargas y Sanoja 2014). En medio de esto, quizá la cualidad más sobresaliente del último tiempo sea la reproducción del proyecto en las revisiones de los preceptos a partir de reuniones y libros compilatorios que buscan generar un carácter internacional del marxismo como praxis (Tantaleán y Aguilar 2012) y las posibilidades que emergen desde otros escenarios como en la arqueología Marxista Española (Lull 2005) y en el caso ecuatoriano (Benavides 2001).
En nuestro país, pese al papel relevante desplegado por los investigadores nacionales en el desarrollo de la ASL, el golpe de Estado de 1973 y la consiguiente persecución política, significaron el silenciamiento de la producción marxista y cambios en el desarrollo académico de las ciencias sociales en general. En las últimas dos décadas este panorama ha cambiado en ciertos aspectos y en la arqueología chilena se ha asumido la existencia de “arqueologías sociales”. En este sentido, el objetivo de este artículo es presentar una evaluación crítica del desarrollo disciplinar actual chileno, enfocado en discutir las tendencias o arqueologías que al menos desde la discursividad, incluyan
alguno de los postulados principales de la ASL: tener una base teórica materialista histórica y/o explicitar un compromiso social y político de la disciplina en el presente.
El análisis consiste, entonces, en una revisión de la producción bibliográfica de los últimos veinticinco años, pues consideramos que, a partir del retorno a la democracia, se produjeron una serie de transformaciones que han determinado el surgimiento de nuevas prácticas que se enmarcan en lo definido anteriormente. Por ello, se han seleccionado las siguientes líneas investigativas: la Arqueología con base teórica Marxista, la Arqueología y comunidades indígenas, los trabajos en Difusión Patrimonial, la Arqueología Industrial y la Arqueología de la Represión y violencia política reciente.
Si bien este ejercicio no dará cuenta de la complejidad del tema en su totalidad, esperamos acercarnos a una reflexión crítica a partir de los principios establecidos como lineamientos de la ASL, que permita tanto calibrar en qué medida su influencia emerge hoy en los trabajos que han pretendido darle contenido social a la arqueología, como examinarlos en tanto perspectivas alternativas al cientificismo tradicional.
Arqueología Chilena durante el siglo XX: ¿cómo entender el surgimiento y ocaso de la ASL?
Hacia mediados de siglo XX se presenta un momento relevante para la Arqueología nacional, cuando se produce la institucionalización concreta de la disciplina en tanto ciencia a partir de la creación del Centro de Estudios Antropológicos en 1958 (Orellana 1991; Troncoso et al. 2008). En aquellos años, la intervención estadounidense en Latinoamérica alcanzó su punto máximo en la academia, estimulando la producción científica y humanista acorde a los valores del imperialismo. En la otra vereda, el avance de los movimientos de izquierdas intelectuales y/o populares, encauzó un proceso culminado en la vía democrática al socialismo de la Unidad Popular. A fines de la década de 1960, la intelectualidad de izquierda intentaba desarrollar teorías sociales de base marxista, que permitieran escapar a la dependencia del primer mundo y guiar la praxis revolucionaria.
La reforma universitaria implicó, para la arqueología, la conformación de la Licenciatura en Filosofía con mención en Prehistoria y Arqueología (1969) y del Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueológicas en Universidad de Chile (1971), del Departamento de Antropología en la Universidad de Concepción (1970) y la fundación de la carrera de Arqueología en Antofagasta (1971). A esto se sumó la promulgación de la Ley de Monumentos Nacionales (1970), la creación de museos regionales, la conformación de la Sociedad Chilena de Arqueología (1963), la organización de reuniones especializadas periódicas y una progresiva sistematización de las publicaciones (Orellana 1988, 1991, 1996; Troncoso et al. 2008).
Al interior de la academia, las discusiones sobre el rol que debían cumplir las disciplinas antropológicas en la sociedad eran reflejo del contexto nacional durante el gobierno de la Unidad Popular (Orellana 1991). Mientras en la Universidad de Chile se giraba hacia una arqueología cientificista, en la Universidad de Concepción se proponía abiertamente el deber revolucionario de la disciplina, expresión de lo cual fueron las cátedras de Lumbreras que culminaron en uno de los libros más influyentes de la ASL (Lumbreras 1974). Así, distintas posiciones teóricas se explicitaron en este período, por una parte, existían investigadores que rechazaban la politización de la academia, relevando el procesualismo norteamericano en instancias como el VI Congreso Nacional de Arqueología Chilena de 1971 (Orellana 1996; Troncoso et al. 2006, 2008), por otra, se
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proponía que el objetivo de la arqueología era el estudio de las formaciones económicas específicas de las sociedades del pasado (Montané 1972). Esta última, tesis que se pretendió materializar a nivel internacional con la realización del Primer Congreso del Hombre Andino (1973) (Troncoso et al. 2008).
Tras el Golpe de Estado, las universidades fueron intervenidas y sus redes desarticuladas, con particular énfasis en las ciencias sociales y humanidades; las escuelas de antropología de las Universidades de Concepción y Antofagasta cerraron, y muchos investigadores, fueron encarcelados, perseguidos o exiliados. Julio Montané y Luis Felipe Bate representan casos paradigmáticos de este proceso (Bate 1974, 1977, 1982, 2006; Montané 1980). Por otro lado, existe consenso en que la dictadura implicó un serio retroceso y detrimento para el desarrollo de la arqueología en general (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983: 16-88; Orellana 1991, 1996; Troncoso et al. 2006, 2008) y de la arqueología socialmente comprometida en particular.
La dictadura implicó que en los años ‘80 “la disciplina en la universidad desmejorara significativamente, presentándose hoy ciertamente deprimida (…) [y la] relación de la arqueología con la sociedad, se ha restringido a un nivel exclusivamente turístico” (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983: 42). Los museos asumieron parcialmente el rol de las universidades, y se potenciaron los marcos teóricos norteamericanos expresados en las Jornadas de Arqueología y Ciencia (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983). Esta ideología tuvo un correlato en la institucionalidad científica, medidos “lineamientos del capitalismo norteamericano” (Troncoso et al. 2008: 130).
La arqueología en la post-dictadura (1990-2011)
El término de la dictadura y la “transición a la democracia” implicó la compleja conjunción de distintas tensiones y tuvo al menos tres características fundamentales: la continuidad del modelo económico hegemónicamente neoliberal; la mantención de una democracia vigilada o “de baja intensidad”; y la emergencia de una política social y cultural orientada esencialmente a evitar la aparición y emergencia de conflictos sociales (Portales 2000).
Bajo este marco, la academia quedó despojada de cualquier posible sentido social. El carácter de la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICYT), estructurado como un referente de producción científica despolitizada durante la dictadura, se mantuvo con modificaciones puntuales. La arqueología encontró allí, con el programa FONDECYT, un buen nicho de financiamiento para desarrollar investigaciones con un marcado carácter positivista (Troncoso et al. 2008). Si bien el retorno de la democracia implicó mayor libertad en la docencia e investigación, primaron marcos teóricos fortalecidos en dictadura como la Nueva Arqueología, con una incipiente importación de otras perspectivas norteamericanas o europeas (Orellana 1996; Troncoso et al. 2008).
Por otra parte, durante los gobiernos de la Concertación se tuvo que conformar una institucionalidad estatal que se hiciese cargo de aquellas necesidades culturales propias de la herencia de la dictadura, como la verdad histórica, y de las nuevas problemáticas del contexto mundial post Guerra Fría, como la multiculturalidad y el patrimonio. Si bien se trató de casos excepcionales, la arqueología tuvo que jugar un papel en instituciones como la Comisión de Verdad y Reconciliación (1990) y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (2003).Junto con el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), organismo encargado del resguardo de la legalidad patrimonial, la institucionalidad del Estado ha mantenido el rol tradicional de los museos como entes de comunicación con la sociedad, papel que se ha visto suplementado también por un creciente papel de fondos concursables orientados a la puesta en valor de los bienes arqueológicos. No bien la existencia de esta esfera de práctica arqueológica, la situación de estas instituciones se habría visto crecientemente afectada; la consolidación del neoliberalismo y del Estado subsidiario, redundaría en un progresivo detrimento y precarización de las instituciones vinculadas a educación y patrimonio, como la DIBAM, el CMN y la U. de Chile (Troncoso et al. 2008).
Paralelamente, en 1994 fue promulgada la Ley General de Bases del Medioambiente, que establece la necesidad de someter las intervenciones de infraestructura a la evaluación de su impacto ambiental. La entrada en vigencia de esta normativa y del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), ha implicado grandes cambios en el desarrollo de la práctica de la arqueología en el país, destacando la apertura de un mercado laboral relevante y mayoritario para los arqueólogos, como el potenciamiento del estudio de nuevas áreas (Cáceres 1999, Cáceres y Westfall 2004). Sin embargo, aunque la institucionalidad establece marcos de regulación para diversos proyectos, se manifiesta ineficacia práctica y desfase entre la dinámica del sistema y la realidad en que se desenvuelve la praxis arqueológica. Junto a esto, en la arqueología de contrato, el proceso de transferencia de conocimiento no resulta relevante, y las labores de conservación, almacenaje, y difusión, entre otras, se constituyen más en un lastre que un beneficio (Uribe y Adán, 2003). En consecuencia, los resultados de esta arqueología no han sido retornados a la sociedad en la construcción de historias y/o prehistorias nacionales, ni tampoco se ha desarrollado experiencias de gestión comunitaria que impliquen otorgarle valor cultural a los sitios o materiales arqueológicos.
Sumado a lo anterior, la patrimonialización de los materiales y sitios arqueológicos constituye una atmósfera creciente (Alegría 2013), donde frecuentemente se la utiliza como estrategia de acción política tanto del empresariado como de ciertas colectividades. En la sociedad se va popularizando un concepto de patrimonio arqueológico que descentra la atención y potestad del Estado, así como la legitimidad del discurso académico y con ello de la arqueología (Ayala et al. 2003). Una disrupción en este sentido la va a constituir la conformación del Colegio de Arqueólogos (2009) y su rol en las manifestaciones contra la competencia Rally Dakar.
Actualmente, podemos ver que la arqueología del país funciona desde la crisis del modelo de representación estatal, el enfrentamiento con la mercantilización del patrimonio, que cada vez se inserta más en una situación conflictiva dada entre la gestión local y supranacional del patrimonio, los reclamos étnicos y la privatización del manejo de los bienes culturales. Evidentemente, en tal contexto no resulta fácil construir un planteamiento renovado, pensamos entonces que un primer paso es reflexionar sobre el desarrollo disciplinario actual y las formas en que se ha resuelto el vínculo de la arqueología con una praxis “más social”.
El marxismo en la arqueología chilena
Aún con el retorno formal a la democracia y el cese de la persecución política en la academia, el silenciamiento del marxismo que implicó la dictadura en la arqueología sólo ha sido tibiamente roto en los últimos años. Esto podría deberse al exilio de los investigadores que avanzaron en la
construcción de una base materialista histórica y dialéctica para el desarrollo de la arqueología, así como a la desmovilización y despolitización general de la sociedad, considerando que el impulso a este tipo de teorías suele ir de la mano de la agitación sociopolítica y/o solidez orgánica de la izquierda marxista (Tantaleán 2006).
No obstante, se pueden reconocer algunos intentos por generar reflexiones o interpretaciones arqueológicas desde el materialismo histórico (Gallardo 1998, 1999, 2004; Uribe y Adán 2004; Rees y De Souza 2004; Ballester y Sepúlveda 2010; Cornejo 2012; Uribe 2012). Por una parte, existen revisiones asociadas a lecturas neomarxistas que, desmarcándose de las posiciones clásicas, centran su reflexión en torno a la problemática del poder (Uribe y Adán 2004) y de la ideología (Gallardo 2004). Otros han apuntado a interpretar, con mayor o menor grado de coherencia, fenómenos económicos de cambio social en torno a los conceptos que tradicionalmente ha utilizado el marxismo en su análisis (Rees y De Souza 2004; Cornejo 2012). Por último, ejercicios teóricos han buscado aportar en la discusión de temáticas específicas, ya desde la revisión bibliográfica de propuestas de arqueología marxista (Ballester y Sepúlveda 2010), ya desde la aplicación de reflexiones generales del materialismo histórico a temáticas específicas como el arte rupestre (Gallardo 1998, 1999).
Sin embargo, la mayoría del trabajo académico de estos autores no utiliza como cuerpo teórico el marxismo, ni profundiza en aplicaciones prácticas ni desarrollos metodológicos o teóricos posteriores. En este sentido, vemos han adoptado orientaciones más cercanas al historicismo cultural (Uribe et al. 2004), al procesualismo (Cornejo y Sanhueza 2003; De Souza 2004; Adán y Mera 2011; Ballester et al. 2014) o al posmodernismo/posprocesualismo (Gallardo et al. 1999; Gallardo 2001; Uribe 2004; Cornejo y Sanhueza 2011), sentándose solo brevemente en la mesa del materialismo histórico. Estos ensayos tampoco se refieren, en general, a la tradición de arqueología marxista ameroibérica que ha desarrollado el grueso de las discusiones al respecto en las últimas décadas, ni a los pensadores clásicos de otras latitudes. Se producen así trabajos de un marxismo huérfano y sui generis, con menciones entremezcladas a autores tan disímiles teóricamente como Binford, Godelier, Adorno, Bourdieu y Giddens. En términos políticos, no suelen mostrar una intencionalidad evidente, salvo Uribe (2012) y Uribe y Adán (2004) que explicitan la necesidad de desnaturalizar conceptos y modelos propios del evolucionismo norteamericano.
Una excepción puede encontrarse en los trabajos de Núñez (1999, 2000, 2001, 2003, 2004, 2005, 2012), que en forma sistemática se han enmarcado en coordenadas conceptuales que integran referentes clásicos del marxismo con aquellos de la arqueología social amero-ibérica. Sus escritos plantean esfuerzos interpretativos del pasado del Norte Grande, explícitamente desde la arqueología social. Desde allí se abordan temáticas sociales contemporáneas como las identidades históricas, el cambio social o el diálogo intercultural, esbozando incluso la necesidad de una arqueología social que integre el pensamiento feminista y una visión de género.
De cualquier forma, es difícil hablar del desarrollo de una arqueología marxista en la década de 1990 en Chile. Más bien, hasta la fecha el panorama general señala la existencia de declaraciones de voluntad y esporádicos atisbos de praxis interpretativa marxista, que permanecen lejos de la propuesta programática de la ASL, y más lejos aún de la constitución de una línea teórica más sólida o permanente.
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Arqueología y difusión patrimonial
La necesidad de la disciplina de abrir espacios de comunicación (Troncoso et al. 2008: 132) con el propósito de aproximarse a la comunidad no especializada mediante la difusión de conocimiento científico, se ha vinculado con la puesta en valor del patrimonio y la traducción de los saberes a un lenguaje común y accesible. Para ello, la difusión patrimonial ha tomado un papel relevante, ya que tiene por objeto transmitir el conocimiento producido desde la disciplina hacia la sociedad, para así, vincular a esta última con el pasado a través de la cultura material e inmaterial, reconociendo su valor e imprimiéndole significación en el presente (Guglielmino 2007). Parte de estos preceptos se asocian con la denominada arqueología pública, la que plantea un acercamiento al público general mediante plataformas interactivas que estimulen la gestión del patrimonio y educación en diversos espacios (Montenegro 2012; Salerno 2013).
En el país se han propuesto instancias de discusión que problematizan la vinculación de la arqueología con la sociedad, ejemplo de ello son los “Talleres de Teoría Arqueológica” (Troncoso et al. 2006), los simposios “Hacia una arqueología pública: nuevas estrategias de difusión del patrimonio arqueológico en Chile”, “Más allá de las comunidades. Perspectivas en la arqueología pública de América del Sur” y “Arqueología y Educación”; el primero, parte del XIX Congreso Nacional de Arqueología Chilena (Arica, 2012) y los dos restantes realizados en el VII TAAS (San Felipe, 2014). Se suman también espacios institucionales como FONDART, plataforma destinada a la difusión cultural y conservación patrimonial; y la incorporación en el último tiempo en FONDECYT de ítems de divulgación y vinculación con el público no especializado en sus formularios de postulación.
En Chile no existe un número significativo de trabajos escritos referidos a la difusión patrimonial, aunque en los últimos años se aprecia un mayor interés y desarrollo. En general, las publicaciones resultan ser trabajos particulares realizados por lo común al alero de museos. Se plantea como objetivo acercar el patrimonio cultural local a la ciudadanía aplicando diversas estrategias didácticas con el fin de generar nuevas experiencias educativas (Córdova-González et al. 2002, 2004; Romero et al. 2004; Aguilera et al. 2006; Aguilera y Prado 2010), mientras que otros trabajos enmarcados en proyectos de investigación, incluyen la difusión del conocimiento a través de canales distintos a los utilizados en el área científico-académica (Carrasco et al. 2003a).
Sin embargo, todas estas propuestas no cuentan con un programa común, respondiendo a la coyuntura relacionada con la demanda internacional de protección patrimonial. Los trabajos no pretenden formar parte de una corriente determinada, aunque existen algunos que se autodefinen como parte de la arqueología pública utilizando definiciones ambiguas (Romero et al. 2004). Tal ambigüedad en el empleo de ciertos conceptos se observa en la mayor parte de los textos en el uso del término “patrimonio”, planteado como un principio incuestionado e impreciso. En otras palabras, no se explicita una definición clara respecto de qué es lo que se está entendiendo como patrimonio, sino más bien se impone como valor intrínseco. Lo anterior da cuenta de la perspectiva acrítica que tiene la mayoría de los trabajos respecto del discurso hegemónico, y en consecuencia, la falta de posicionamiento teórico y político por parte de los autores. Con todo, los trabajos elaborados en torno a la difusión patrimonial crean una idea más bien difusa de la vinculación real que debe tener la comunidad no especializada con la disciplina y del verdadero alcance y valor de la difusión.
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Arqueología y comunidades Indígenas
Desde la implementación de la Ley Indígena Nº 19.253 (Boccara y Ayala 2011), los pueblos indígenas han cobrado progresivamente relevancia como actores sociales con demandas propias en las luchas de significación y de poder que atañen a sus derechos culturales y a los recursos dentro de sus territorios. Teniendo como precedente lo ocurrido en otras regiones (Endere y Ayala 2012), han surgido una serie de exigencias por parte de los pueblos indígenas que han buscado, por un lado, la devolución y restitución de su patrimonio (custodia y manejo de los sitios arqueológicos), y por otro, poner atajo a distintas prácticas que, realizadas sin previo consentimiento, pudiesen atentar contra su cultura (Ayala 2007, 2008). En este panorama, el actuar de los arqueólogos es cuestionado por las comunidades indígenas, poniendo en duda no sólo la validez de sus prácticas, sino también la legitimidad de sus discursos sobre el pasado (Jackson et al. 2012). La arqueología chilena se ha visto entonces, en la necesidad de reflexionar respecto de su quehacer y reaccionar a las demandas indígenas, cuestionando el rol y la finalidad del conocimiento arqueológico, así como la responsabilidad social del arqueólogo con las comunidades.
A partir de una revisión histórica de los discursos arqueológicos nacionales, se observa que previo a la década de 1990, la disciplina no considera a los pueblos indígenas ni como receptores del conocimiento arqueológico, ni como depositarios de una tradición relevante para el proceso científico (Romero 2003). Quizás la única excepción a esta situación la constituyó el Grupo Toconce (Adán et al. 2001; Ayala et al. 2003). En el ambiente académico formal, las reflexiones se empezaron a manifestar hacia fines de la década de 1990, con la publicación de artículos en el Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología (Ayala 1999; Rivera 1999; Westfall 1998) y del libro “Patrimonio Arqueológico Indígena en Chile: reflexiones y propuestas de gestión” (Navarro 1998). La discusión iniciada en esos años resultó en una serie de instancias de diálogo entre comunidades indígenas, arqueólogos y organismos estatales, entre las que destacan los encuentros de Cupo y Ollagüe, mesas de diálogo llevadas a cabo por el Museo de San Pedro de Atacama, y el programa de educación patrimonial Escuela Andina (Adán et al. 2001; Ayala 2007).
Si bien una parte de la arqueología nacional ha intentado comprometerse con la demanda de los pueblos originarios, esta intención no se manifiesta como una propuesta sistemática, sino como una reacción ante conflictos eventuales, manteniendo una prudente distancia en territorios con población indígena o evadiendo las mismas, como ocurre en la zona sur de Chile (Uribe y Adán 2003). En ese sentido, permanece como una práctica académica influenciada por las directrices gubernamentales (Uribe y Adán 2003) y centros hegemónicos de poder, posicionándose muchas veces como una herramienta de éstos últimos en el sentido de mediatizar discursivamente las relaciones conflictivas. Por otra parte, hay que tomar en cuenta que si bien ciertos proyectos pregonan el desarrollo de arqueologías participativas, éstas continúan reproduciendo antiguas relaciones de poder/saber, en las cuales los indígenas siguen participando como excepcionales informantes, excavadores o ayudantes de terreno y laboratorio, pero no intervienen en los procesos de toma de decisiones sobre su pasado y materialidad (Ayala 2008; Gnecco y Ayala 2010), generando una “participación sin participación” (Ayala 2014).
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Arqueología industrial
La arqueología industrial es uno de los temas de trabajo más recientes en la disciplina y se enfoca a la comprensión de los espacios, métodos y maquinarias dentro del proceso de industrialización enmarcado en la revolución industrial y la tecnologización posterior, tratando de comprender las formas de comportamiento social derivadas de dicho proceso (Symonds y Casella 2006).
El concepto fue acuñado a mediados de la década de 1950 por Michael Rix (Symonds y Casella 2006), sin embargo, en nuestro país ha suscitado interés solo recientemente, aunque existen antecedentes en trabajos de Alcaide (1981, 1983) y Bittmann y Alcaide (1984) sobre el ciclo del salitre, y Brown y Craig (1994) durante la década de 1990 en Huantajaya. Esto podría explicarse por la relevancia preponderante que la academia y el financiamiento institucional le dan a la investigación de la prehistoria, y que ha relegado las arqueologías de la modernidad a una posición marginal.
A partir del año 2000, sin embargo, se observa un proceso de transformación que posee tres causas posibles o conjuntas: por una parte, el desarrollo de la Arqueología de Impacto Ambiental que hace necesaria la comprensión e inclusión dentro del registro arqueológico de espacios industriales, por otra, la apertura de los espacios académicos tradicionales a este tipo de temáticas, como los Congresos Nacionales de Arqueología Chilena de 2006 y 2009, y por sobre todo, el interés particular de una serie de investigadores en aumentar la comprensión de un pasado reciente. En este último grupo podemos encontrar, entre otros, trabajos en torno al ciclo salitrero en Antofagasta (Vilches et al. 2008; Rees et al. 2010), a la reconstrucción de la cotidianeidad a partir de las últimas oficinas salitreras en Taltal (San Francisco et al. 2009), a la explotación cuprífera en San Bartolo (Aldunate et al. 2006) y en Capote (García-Albarido et al. 2008; Rivera et al. 2007; Rivera 2008).
Estos dos pulsos diferenciados de investigación mostraron, además, claras diferencias conceptuales. Los trabajos publicados en las décadas de 1980 y 1990 desplegaron esfuerzos orientados más bien a dar cuenta de la existencia y relevancia del patrimonio industrial, sin generar una reflexión ni un discurso importante sobre el contenido del mismo. En el siglo XXI, en cambio, se ha intentado establecer e interpretar la relación entre los restos materiales de la actividad industrial y los procesos sociales del capitalismo inicial, poniendo de manifiesto las contradicciones propias de dicho sistema económico-social.
Los arqueólogos industriales contemporáneos ven en la investigación una vía alternativa para conocer los nexos entre la materialidad y la “vida social” en contextos capitalistas, comprendiendo que este tipo de evidencia ofrece una perspectiva que no es evidente mediante el estudio de fuentes documentales orales o escritas (Fuentes y Rovano 2012), y basando gran parte de su marco teórico en torno a las dinámicas posibles de establecer entre la materialidad industrial, el espacio y la cultura (Vilches et al. 2008; Rivera et al. 2008; García-Albarido et al. 2008).
En último término, la diferencia más importante entre las investigaciones recientes y las de fines del siglo XX, radica en que los nuevos investigadores orientan sus esfuerzos en una dirección políticamente reflexiva, reivindicando la historia de los trabajadores o resaltando el carácter identitario de la industria en el lugar determinado. Esto no implica, en todo caso, la existencia de un sólo eje de trabajo, puesto que mientras algunos se enfocan en la problemática de la patrimonialización (Rivera et al. 2008), otros lo hacen en la reconstrucción de las historias de vida y el día a día de los sujetos (San Francisco et al. 2009), y aún otros en visibilizar prácticas y acontecimientos excluidos de los relatos tradicionales (Cristino y Fuentes 2011).Recientemente también podemos encontrar los trabajos desarrollados por Vilches y coautores (2014) cuya caracterización del periodo de industrialización de San Pedro de Atacama apunta a la visibilización de una época de la historia oscurecida por el pasado prehispánico de la zona de estudio. Y, en ese sentido, el análisis contiene orientaciones políticamente reflexivas desde la perspectiva del discurso nacional y regional.
No obstante todo lo anterior, en términos generales, los trabajos citados no muestran algún tipo de convergencia o eje programático hacia un planteamiento que refiera a la utilidad social de la arqueología en el contexto de los procesos de industrialización.
Arqueología de la represión y la violencia política reciente
Considerando la historia reciente del país, el problema de la violencia política, secuestro, tortura y desaparición forzada de personas, resulta una cuestión fundamental para las ciencias sociales e históricas nacionales. La arqueología ha tenido algunas aproximaciones a esta temática a partir de experiencias puntuales desde la década de 1980. Durante la década señalada, algunos arqueólogos fueron parte de la búsqueda e identificación de detenidos desaparecidos en el marco de procesos judiciales (Jensen y Cáceres 1995; Cáceres 2011: 8).
Tras el final de la dictadura militar, en 1990 se creó la “Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación” a partir de lo cual aumentaron los trabajos y sujetos involucrados en el tema, destacando la labor realizada entre 1989 y 1994 por el Grupo de Antropología Forense (GAF), conformado mayormente por antropólogos sociales. Si bien otros investigadores participaron en paralelo, en muchos casos la colaboración fue puntual, luego de lo cual cada uno de los especialistas retomó sus labores académicas o laborales (Cáceres 2011: 62), sin desarrollarse entonces una reflexión interna de la disciplina respecto al tema (Cáceres 1992; Jensen y Cáceres 1995).
Un proceso de transformación se ha esbozado durante el siglo XXI lo que se refleja en la incorporación del tema en congresos nacionales de Antropología y más recientemente de Arqueología (Cáceres 2004; Carrasco et al. 2003b, 2004; Cáceres y Jensen 2007), así como en la realización de las primeras investigaciones enfocadas en centros de detención y tortura utilizados en la dictadura militar (Fuenzalida 2011; San Francisco et al. 2010; Fuentes et al. 2009). En el último caso, se trata de ejercicios que llaman a pensar cómo herramientas teórico-metodológicas propias de la arqueología pueden aportar a la construcción de un discurso y/o una memoria al respecto. Asimismo, a diferencia de los trabajos enfocados en la identificación de detenidos desaparecidos, estas investigaciones no necesariamente se vinculan al “hacer justicia”, sino más bien a rescatar y ayudar a mantener la memoria histórica en torno al tema, considerando que los recintos de detención y tortura son hitos arquitectónicos particularmente significativos para ello y que, aún en democracia, existe una política de invisibilización de la violencia ejercida por el Estado.
Considerando lo anterior, la reflexión acerca de este tema en la arqueología chilena se refleja en esfuerzos relevantes, pero poco sistemáticos. En Chile a diferencia de otros países como Argentina o Uruguay (Bellelli y Tobin 1985; Funari y Zarankin 2006; López Mass 2006; Zarankin y Salerno 2008; González y Lema 2011), esta tendencia no constituye una propuesta inserta en el ámbito disciplinar y los escasos esfuerzos que desarrollan un trabajo en ésta línea no tienen sustento institucional.Pese a ello y a diferencia de las otras temáticas revisadas en este trabajo, en este campo se observa más claramente la existencia de una voluntad política explícita de vincular la práctica arqueológica con la realidad del presente y el pasado reciente del país, constituyendo un aporte social e histórico concreto. Es que a diferencia de otras tendencias teóricas, en esta arqueología se conjuga la necesidad de construir y aportar en términos de discursos a la memoria reciente vinculada al pasado dictatorial y traumático de nuestro país. La política aparece de forma explícita en los planteamientos, cuando se tiene en consideración que la arqueología puede servir de “evidencia” en casos judiciales abiertos (ver Cáceres 1992; Carrasco et al. 2003b; Cáceres y Jensen 2007) o contribuir a visibilizar memorias no historizadas en los discursos oficiales (Fuenzalida 2011, 2014; San Francisco et al. 2010; Lizardi 2015).

Relevancia, limitaciones y proyecciones del proyecto disciplinar de la ASL en Chile
En este trabajo hemos evaluado diferentes iniciativas enmarcadas en líneas investigativas que se relacionan con la ASL ya sea porque poseen una base teórica crítica y/o asumen una postura política clara y explícita. Consideramos que estos aspectos son fundamentales cuando se entiende a la arqueología como ciencia social, en cuanto a disciplina que forma parte de un sistema ante cuyos debates, necesidades y problemáticas debiera responder.
La Arqueología Social Latinoamericana, como desarrollo teórico, fue una expresión del proceso histórico de lucha que transitó el continente desde comienzos de la segunda mitad del siglo XX. En tanto tal, su entrelazamiento con el proceso revolucionario nacional, y la adopción del materialismo histórico como enfoque predominante de su praxis científica, determinaron que en Chile fuese erradicada de forma eficiente, inmediatamente después de la instalación de los organismos militares en el poder en 1973 (Bate 1984). Resulta complejo, por lo tanto, realizar una evaluación de su desarrollo en las décadas siguientes, entendiendo que, junto con suprimir “el cáncer marxista” y la reflexión y crítica social en general, la dictadura cívico-militar promovió perspectivas teóricas alineadas con los modelos económicos norteamericanos, enraizados en la concepción liberal de independencia política del conocimiento científico.
–Este desarrollo teórico posee una relevancia intrínseca a su definición como proyecto disciplinar, en tanto representa una perspectiva alternativa a los modelos imperantes, donde converge una posición filosófica, ética y política particular. Se trata de un proyecto disciplinario por y para nuestro continente, que responde a la historia y realidad particulares de Latinoamérica.
Como hemos visto, sin embargo, las arqueologías chilenas que se proponen “sociales” carecen de estos elementos. En el caso de los trabajos vinculados a las comunidades indígenas, por ejemplo, a pesar de un reconocimiento del conflicto entre la institucionalidad, los arqueólogos y las propias comunidades, se han adoptado aproximaciones poco reflexivas y unilaterales, que en nombre de idealizaciones de “identidades en pelig“idero” ignoran las problemáticas de fondo, lo que, sumado a una legislación ambigua, difícilmente puede hacer sino legitimar desigualdades y asimilar al sistema nacional diversidades de un modo menos traumático (Díaz-Polanco 1978). Asimismo, podemos encontrar problemas similares cuando se trabaja desde la óptica del patrimonio: perspectivas ingenuas que privilegian la forma por sobre el contenido, por lo general naturalizando el valor de la cultura material sin introducir cuestionamientos a la lógica de consumo en que ésta se desarrolla. En ambos
casos, se busca proteger “lo indígena” o “lo patrimonial” sin siquiera cuestionar los alcances y la dirección de dicha protección.
Esta misma visión poco reflexiva y cortoplacista se observa en los intentos de aplicar el materialismo histórico a la interpretación arqueológica; la ausencia de una praxis sistemática al respecto han dado como fruto, artículos cuya relevancia no trasciende la anécdota. Por su parte, los trabajos vinculados a los asesinatos y desapariciones durante la dictadura, sin desmerecer el enorme valor que poseen en sí mismos, se caracterizan justamente por tratarse de respuestas contingentes a demandas del poder judicial, y sólo el último tiempo aparecen las primeras iniciativas de índole propositiva. La arqueología industrial, por último, se encuentra aún en un estado muy incipiente para emitir juicios al respecto, pero tampoco existen indicadores que muestren necesariamente el comienzo de una tendencia diferente.
Por ello, tal como Gándara y coautores (1985:9) son quienes diagnostican que la arqueología marxista no existe en México, y Tantaleán (2004), para quien la arqueología social peruana se encuentra en un panorama desolador sin mayor producción o coherencia, consideramos que en nuestro país no existen trabajos que hayan desarrollado una perspectiva consistente con la Arqueología Social Latinoamericana. Se hace evidente que se trata de iniciativas que, aunque puedan compartir algunos de los postulados de la ASL, constituyen posiciones teóricas eclécticas que carecen de una reflexión sistemática sobre la problemática social a nivel nacional y continental, y su propia praxis al respecto. Por el contrario, surgen como respuestas contingentes a manifestaciones específicas de los conflictos generales, y son alimentadas desde la necesidad de dar legitimidad social a la propia práctica.
Esto podría ser explicable considerando tres causas principales. La primera -y de la que se desprenden las siguientes- refiere al contexto político que condicionó el abandono de esta perspectiva a nivel institucional a partir de la persecución de la izquierda en general, y el ejercicio sistemático de despolitización de la sociedad civil aplicado durante los últimos cuarenta años. La segunda, apunta a una práctica arqueológica que se caracteriza por tendencias eclécticas, que en la mayoría de los casos carece de explicitación teórica o mayor reflexión. En ésta se observa más bien la adopción oportunista de marcos teóricos -fundamentalmente norteamericanos y europeos- para enfrentarse a situaciones específicas. La tercera, dice relación con la idea, arraigada en la academia, de que la arqueología como ciencia no tiene cabida para las mezclas con la política o la historia, sino que se trata de una esfera autónoma e independiente de la contingencia de la sociedad de la que forma parte. Por último, cabe mencionar que la disciplina arqueológica se caracteriza por una fuerte elitización, pues gran parte de sus miembros forman parte de los grupos más favorecidos del país, situación que se reproduce institucionalmente, por ejemplo, en la Universidad de Chile a partir de los estándares de acceso a la misma.
Luego de esta valoración crítica, el proyecto permanece. Al igual que en el resto del continente, surge la necesidad de realizar reelaboraciones teóricas y prácticas que se hagan cargo de las condiciones políticas actuales, actualizando los postulados previos al apogeo neoliberal, y que, por lo tanto, permitan también discutir los paradigmas dominantes en la arqueología local y mundial. Asimismo, es necesario evaluar las problemáticas que emanan de las contradicciones generales y específicas de esta sociedad capitalista, y que no han sido abordadas en este trabajo, como la predominancia de la praxis mercantilizada de la arqueología de impacto ambiental, frente a las iniciativas de investigación, difusión e intervención.Con esto no proponemos desechar la experiencia acumulada en los últimos treinta años por los trabajos revisados anteriormente, simplemente por carecer de la substancia teórico-política que hemos propuesto. Por el contrario, pese a las críticas planteadas reconocemos –en varios casos- su aporte desde una perspectiva de aprendizaje metodológico y práctico, así como su carácter de puntos de partida que permiten problematizar más incisivamente sus esferas de acción. Lo que pareciera urgente y necesario es, entonces, dinamizar las iniciativas que cada vez emergen con más frecuencia en una propuesta política clara y un sentido de realidad que permitan, nuevamente, plantear la posibilidad de un proyecto disciplinar de escala amplia.
Tampoco es la intención de este artículo plantear una solución programática a la situación expuesta, pues pensamos que ésta deberá surgir de una reflexión que supera la mera evaluación de la historia de la investigación. Sí podemos, en cambio, plantear las direcciones fundamentales por las que creemos que debe conducirse el proceso de construcción de una arqueología social orgánica y políticamente sólida.
En primer lugar, existe la necesidad de desarrollar una producción teórica propia, que se haga cargo de las condiciones específicas de las sociedades del pasado y contemporáneas a nivel local, nacional y continental. Por lo mismo, es fundamental la creación y apropiación de espacios de producción y difusión locales y cotidianos, en el sentido de poseer un grado de inserción comunitaria relevante, así como la utilización y creación de metodologías de difusión e integración que permitan vincularse exitosamente con el resto del campo social. De la mano con lo anterior, se vuelve necesario el involucramiento de la arqueología en el pasado reciente y la historia directa de las comunidades actuales, indígenas o no, una práctica que si bien comienza a desarrollarse sigue siendo muy escasa. Por último, pensamos que todos estos aspectos debiesen articularse en torno a una praxis social que marque una distinción y permita oponerse a la actual condición mercantil de la disciplina, difundida como arqueología de contrato, de la subordinación de la producción académica al sistema internacional de publicaciones científicas, o del manejo del patrimonio como bien de consumo.
Agradecimientos. Agradecemos a Daniel Delfino y Gustavo Pisani por la organización del simposio “Todas las tierras. Crítica y reivindicación de la Arqueología Social Latinoamericana” en el marco del XVIII Congreso Nacional de Arqueología Argentina, donde presentamos una primera versión de este trabajo. Al mismo tiempo agradecemos a los evaluadores de este manuscrito porque con sus pertinentes comentarios aportaron enormemente a la calidad del contenido aquí planteado.
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114 |Hugo Carrión, Cristián Dávila, Ayelén Delgado, Nicole Fuenzalida, Patricia Kelly,
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Instrucciones a los Autores | 115
Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
El Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología es una publicación anual editada por la Sociedad Chilena de Arqueología. Tiene como propósito la difusión de avances, resultados, reflexiones y discusiones relativos a la investigación arqueológica nacional y de zonas aledañas. Presenta así a la comunidad arqueológica contribuciones en la forma de artículos originales, referidos a los diversos campos del quehacer arqueológico.
Instrucciones a los autores
1. Las contribuciones de los autores deben ser originales. Su recepción no garantiza su publicación, ya que luego del proceso de evaluación, el comité editorial podrá solicitar cambios tanto de contenido como formales a sus autores, o bien rechazar la publicación del mismo.
2. Los manuscritos deben dirigirse al Editor del Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología: schaboletin@gmail.com.
3. El texto completo deberá estar escrito en letra Times New Roman tamaño 12, en formato .doc o .docx.
4. La extensión máxima de los textos, en página tamaño carta e incluyendo todas sus secciones, notas, tablas, figuras y referencias citadas será de 25 páginas.
5. El texto completo deberá presentarse con interlineado simple y justificado.
6. Los márgenes izquierdo y derecho serán de 2,5 cm, mientras que los márgenes inferior y superior serán de 3 cm.
7. Los párrafos no deberán tener sangría.
8. El texto deberá contener obligatoriamente las siguientes secciones en el orden mencionado:
a) Título principal.
b) Nombre del o los autores.
c) Resumen en español (5 a 10 líneas)
d) Palabras clave en español (máximo 5).
e) Abstract en inglés (5 a 10 líneas).
f) Keywords en inglés (máximo 5).
g) Texto.
h) Agradecimientos (opcional).
i) Referencias citadas.
j) Listado de Tablas y sus leyendas.
k) Listado de Figuras y sus leyendas.
116 | Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
9. El título principal se presentará centrado, escrito en minúscula y negrita. No podrá contener notas de ningún tipo.
10. El nombre del o los autores irá en minúsculas y centrado. En nota al pie de la primera página, deberá presentarse en el siguiente orden: filiación institucional y dirección electrónica.
11. El Resumen se titulará con minúscula, centrado y en negrita. A continuación se presentarán las Palabras Clave en minúscula y alineadas a la izquierda.
12. El Abstract se titulará con minúscula, centrado y en negrita. A continuación se presentarán las Keywords en minúscula y alineadas a la izquierda.
13. El texto se iniciará sin la palabra Introducción.
14. A lo largo del texto los títulos primarios deberán ser escritos en minúscula, negrita y centrados. Los títulos secundarios deberán ser escritos en minúscula, normal y alineados a la izquierda. Los títulos terciarios deberán ser escritos en minúscula, cursiva y alineados a la izquierda.
15. Los Agradecimientos se presentarán al finalizar el texto y antes de iniciar las Referencias Citadas. Se consignará el término Agradecimientos en minúscula, cursiva y alineado a la izquierda. A continuación y en la misma línea, separados por un punto, se anotarán los reconocimientos que el autor estime. En esta sección corresponde indicar los créditos a las fuentes de financiamiento correspondientes.
16. Se presentará como notas toda aquella información adicional relevante al texto y que no pueda ser incluida en el mismo. Las notas serán todas a pie de página y deberán numerarse correlativamente con números arábicos (1,2,3.). La nota 1 corresponderá a la filiación institucional y dirección electrónica del primer autor.
17. Las citas textuales de más de tres líneas se indicarán entre comillas, separadas del texto y en cursiva.
18. Las tablas y figuras se indicarán en el texto entre paréntesis, con letra minúscula y normal, por ejemplo: (Tabla 1), (Figura 3). Deberán ser numeradas en el orden en que aparecen en el texto. Deberá adjuntarse un listado de Tablas y Figuras en formato .doc o .docx con las respectivas leyendas.
19. Las tablas podrán presentarse como archivos separados del texto en formato .doc, .docx, .xls o xlsx, o presentarse insertas en el texto mismo, en cuyo caso no deberá ser como imagen.
20. Las figuras comprenden fotografías, dibujos y mapas. Estas deberán presentarse en archivos separados del texto, en escala de grises, en formato JPG, TIF, BMP o PNG, con una calidad no inferior a 300 dpi y un tamaño no mayor a 18 x 14 cm.
21. Las citas en el texto se señalarán en paréntesis, minúscula y normal. El autor o autores y el año de publicación no deberán separarse con coma. En una cita que contenga más de una referencia, éstas se ordenarán alfabéticamente y separadas con punto y coma. La expresión et al. (siempre en
Instrucciones a los Autores | 117
cursiva) se utilizará para referencias que tengan más de dos autores. Referencias que tengan el mismo autor o autores en el mismo año se las distinguirá con las letras a, b, c, etc. Los trabajos en prensa o manuscritos se indicaran en el texto sólo refiriendo al año y sin siglas como Ms.
Por ejemplo: (Castro et al. 2001; Hocquenghem y Peña 1994; Llagostera 1979, 1982; Méndez 2012a, 2012b; Suárez 1981).
22. Los números cardinales serán referidos con palabras si el valor es inferior a nueve, por ejemplo: cuatro cuchillos. Si el valor es superior a nueve, se lo referirá con números, por ejemplo: 58 vasijas; excepto al inicio de un enunciado, por ejemplo: “Cincuenta y ocho vasijas …”.
23. Los fechados radiocarbónicos que se publiquen por primera vez siempre se deben señalar en años a.p. sin calibrar, indicando la fecha con un rango de error (sigma), el código de laboratorio y número de muestra, el material fechado y el valor δ13C de estar disponible. Por ejemplo: 1954±56 a.p., UB 24523, semillas de Chenopodium quinoa, δ13C = -27,9 ‰
Para los fechados radiocarbónicos calibrados se debe indicar tal condición, la cantidad de sigmas (1 o 2) empleados y el programa y curva de calibración utilizados; se puede informar también la probabilidad de los rangos de edad entregados. Por ejemplo: 48 cal. a.C-3 cal. d.C (p = 0.105) y 10-222 d.C. (p = 0.895) (calibrado a 2 sigmas con el programa CALIB 7.1 [Stuiver et al. 2005] y la curva SHCal13 [Hogg et al. 2013])
24. Los fechados de termoluminiscencia que se publiquen por primera vez siempre se deben señalar en años calendáricos (a.C., d.C.), indicando la fecha con un rango de error (sigma), el código de laboratorio y número de muestra, el material fechado y el año base utilizado. Por ejemplo: 430±130 d.C., UCTL 1537, cerámica, año base 1990.
25. La sección de bibliografía se titulará Referencias Citadas, en minúscula, negrita y centrado. Las referencias serán ordenadas alfabéticamente por apellido y en forma cronológica ascendente para cada autor. La información de cada referencia será dispuesta en el siguiente orden: autor(es), año, título, imprenta, lugar de publicación. Los autores deberán ir en minúscula. Se deberá consignar solamente las iniciales de los nombres de los autores; cuando haya más de un autor, solamente para el primero deberá aparecer el apellido antes que el nombre. A continuación y en la misma línea, separados por un punto, se indicará el año, título del trabajo y el resto de las referencias. Sólo la primera letra del título deberá ir en mayúscula. El título de la revista, libro o monografía deberá aparecer en cursiva. Todos los artículos de revista o capítulos de libro deben anotar los números de página correspondientes.
Ejemplos:
– Libro:
Binford, L. 1981. Bones: ancient men and modern myths. Academic Press, New York.
-Libro editado, compilado o coordinado:
Se indicará al autor o autores como “(ed.)”, “(comp.)” o “(coord.)”, respectivamente y según corresponda.
Flannery, K. (ed.) 1976. The Early Mesoamerican Village. Academic Press, New York.
– Artículo en revista:
Legoupil, D., C. Lefèvre, M. San Román y J. Torres. 2011. Estrategias de subsistencia de cazadores
118 | Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
recolectores de Isla Dawson (Estrecho de Magallanes) durante la segunda mitad del Holoceno: primeras aproximaciones. Magallania 39(2):153-164.
– Capítulo en libro:
Schiappacasse, V., V. Castro y H. Niemeyer. 1989. Los Desarrollos Regionales en el Norte Grande de Chile (1000 a 1400 d.C.). Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editado por J. Hidalgo, V. Schiappacasse, H. Niemeyer, C. Aldunate e I. Solimano, pp. 181-220. Editorial Andrés Bello, Santiago.
– Actas de Congreso como volumen propio:
Dillehay, T. y A. Gordon. 1979. El simbolismo en el ornitomorfismo mapuche: La mujer casada y el “ketru metawe”. Actas del VII Congreso Nacional de Arqueología Chilena, Volumen I, pp. 303-316. Editorial Kultrún, Santiago.
– Actas de Congreso como parte de una publicación periódica:
Núñez, P. 2004. Arqueología y cambio social: Una visión de género y materialismo histórico para el Norte de Chile. Actas del XV Congreso Nacional de Arqueología Chilena / Chungara Revista de Antropología Chilena 36 Volumen Especial, Tomo I, pp. 441-451. Universidad de Tarapacá, Arica.
– Memorias, Tesis o Disertaciones de grado o título:
Artigas, D. 2002. El sueño esculpido: arte rupestre y memoria del mito en el valle de Canelillo, Provincia de Choapa. Memoria para optar al Título de Arqueólogo. Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Santiago.
– Manuscritos en prensa:
Se indicará de acuerdo a la categoría correspondiente (libro, artículo en revista, capítulo en libro u otro), para finalizar con el término En prensa.
Sanhueza, J. 2005. Registro de un cementerio del periodo Formativo en el oasis de Pica (Desierto de Tarapacá). Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología. En Prensa.
– Manuscrito inédito:
Se indicará su institución depositaria y su condición de manuscrito.
Gaete, N. 2000. Salvataje Sitio 10 PM 014 “Monumento Nacional Conchal Piedra Azul”. Informe Segunda Etapa. Volumen 3. Archivo Consejo de Monumentos Nacionales, Santiago. Manuscrito.
– Sitios o Documentos WEB:
Se indicará de acuerdo a la categoría correspondiente (libro, artículo en revista, capítulo en libro u otro), señalando la fecha de consulta más reciente.
Stuiver, M., P. Reimer y R. Reimer. 2005. CALIB 5.0. [WWW program and documentation]. http://intcal.qub.ac.uk/calib/manual/index (1 agosto 2015).
112 |Hugo Carrión, Cristián Dávila, Ayelén Delgado, Nicole Fuenzalida, Patricia Kelly,Francisca Moya, Sandra Rebolledo, Simón Sierralta, Jairo Sepúlveda y Cristián GonzálezTantaleán, H. y M. Aguilar, pp. 45-66. Centro de Estudios Sociales de la Universidad de losAndes, Bogotá, Colombia.Navarro, X. (comp.) 1998.
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36 Volumen Especial, Tomo I,pp. 467-480. Universidad de Tarapacá, Arica.
 ver tambien

Encuentros de Arqueólogos chilenos

Congresos, Talleres, etc.

Congreso San Pedro 1963

Las reuniones científicas, congresos, talleres o seminarios, además de ser una instancia para presentar y discutir los avances de investigación, son un momentos clave para la interacción entre investigadores de diferentes generaciones, regiones o países. Se presenta aquí un registro fotográfico de estas instancias que, como una secuencia alfarera, da cuenta del tiempo.

Jornadas de Arqueología y Ciencia

 Jornadas de Arqueologia y Ciencia 1983 2Al principio de los años ’80 del siglo pasado de los  un grupo de arqueólogos recién salidos de la universidad se abocaron al trabajo de intentar abrir un espacio para la reflexión teórica y metodológica en la arqueología chilena. Este se materializó en 1983 y 1984 en dos reuniones de discusión, llamadas Jornadas de Arqueología y Ciencia, en las cuales participó un importante contingente de arqueólogos ya consagrados, muchos que recién se iniciaban y la mayor parte de los estudiantes de esta especialidad. En la reunión de 1983 se constó con la presencia como comentarista invitado del arqueólogo peruano Luis Guillermo Lumbreras  y en la de 1984 con el arqueólogo canadiense Michael Schiffer.

  Equipo de I Jornadas 1983Estas reuniones constaron con el patrocino del Museo Nacional de Historia Natural, especialmente de su Director Hans Niemeyer F., donde se realizaron las reuniones, y el financiamiento de la Sociedad de Arte Precolombino Nacional, Se contó también con apoyo de la Sociedad Chilena de Arqueología. Ambas actividades dieron origen a publicaciones que fueron producidas en los talleres de impresión que el Museo de Historia Natural, cuyas versiones en PDF están disponibles a continuación.

 

Primeras Jornadas de Arqueología y Ciencia

Descarga volumen completo AQUI

Segundas Jornadas de Arqueología y Ciencia

(En preparación)

V ENCUENTRO DE ARQUEOLOGÍA DEL CENTRO. CHILE/ARGENTINA. SANTIAGO, NOVIEMBRE 2015

 

I JORNADAS DE ARQUEOLOGÍA Y CIENCIA. SANTIAGO, 1983

 

XI CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. SANTIAGO, 1988

 

TALLER AYQUINA. AYQUINA, 1989

 

XII CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. TEMUCO, 1991

 

SIMPOSIO ORÍGENES DE LA CULTURA HISPANOAMERICANA 500 AÑOS. SAN PEDRO DE ATACAMA, 1992

 

XIII CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. ANTOFAGASTA, 1994

 

XIV CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. COPIAPÓ, 1997

 

III CONGRESO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA. TEMUCO, 1998

 

TALLER EL DOMINIO INCA EN LAS QUEBRADAS ALTAS DEL LOA SUPERIOR: UN ACERCAMIENTO AL PENSAMIENTO POLÍTICO ANDINO. CASPANA, 1999

 

XV CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. ARICA, 2000

 

XVI CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. TOME, 2003

 

IV CONGRESO CHILENO DE ANTROPOLOGÍA. SAN FELIPE, 2004

 

IV TALLER DE ARQUEOLOGÍA DEL CENTRO CHILENO Y ARGENTINO. SANTIAGO, 2009

 

XVIII CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. VALPARAÍSO, 2009

 

XIX CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. ARICA, 2012

 

TALLER DE GEOARQUEOLOGIA DE LOS VILOS, 2014

 

XX CONGRESO NACIONAL DE ARQUEOLOGÍA CHILENA. CONCEPCIÓN, 2015

 

 

“MONTE VERDE ES UNA JOYA DE LA ARQUEOLOGÍA MUNDIAL Y CHILE NO LO HA ASUMIDO”

MARIO PINO: “MONTE VERDE ES UNA JOYA DE LA ARQUEOLOGÍA MUNDIAL Y CHILE NO LO HA ASUMIDO”

Publicado 23-12-2015

mariopinoEl geólogo de la Universidad Austral de Chile participa desde el inicio en el equipo que ha estudiado el sitio arqueológico más antiguo de nuestro continente y que obligó a reescribir la historia del origen del poblamiento de América. El investigador habló con Explora acerca de cómo ha evolucionado la forma de hacer ciencia en su área y critica que en el país no se protejan los sitios arqueológicos “como corresponde”.

En 1978, Mario Pino había egresado hace dos años de la carrera de Geología y ya era profesor en la Universidad Austral de Chile (UACh). Con ese cargo comenzó a trabajar en el equipo que el reputado arqueólogo estadounidense Tom Dillehay –hoy en la Universidad de Vanderbilt- lideraba en Monte Verde, Región de Los Lagos. Un sitio arqueológico donde se habían encontrado restos de lo que parecía ser una cultura muy antigua.

Años de excavaciones, análisis y la publicación de varios estudios los llevaron a demostrar, en 1997, que se trataba del asentamiento humano más antiguo de América, donde quedaron rastros de lo que fue una cultura que pasó por el lugar hace cerca de 15 mil años. La comunidad científica mundial reconoció entonces que los trozos de cuerdas, papas y herramientas de madera y piedra encontrados en Monte Verde eran más antiguos que los de la Cultura Clovis, que vivió entre 12.910 a 12.710 antes del presente en Norteamérica y eran considerados los primeros habitantes del continente. Una revolución del conocimiento arqueológico.

Hace pocos días, una nueva publicación en la prestigiosa revista especializada Science volvió a poner a Monte Verde y a la ciencia chilena en el foco de atención del planeta. A casi 40 años de su descubrimiento, el asentamiento dio una nueva sorpresa: es 4 mil años más antiguo de lo que se había calculado anteriormente. Las últimas excavaciones, realizadas a fines de 2013, permitieron recolectar 39 objetos de piedra y residuos de 12 pequeñas fogatas, las que fueron datadas entre 14.500 y 18.500 años antes del presente.

No sólo eso, cuenta Pino, también determinaron que el momento en que vivieron era muy frío (fin de la Era del Hielo), por lo que el sitio fue un lugar de paso, utilizado, muy probablemente, en verano.

¿Cómo se determina que fue un asentamiento si no hay huesos humanos?
Nunca hay huesos. En ninguno se han encontrado esqueletos, porque nadie sabe qué hacían con sus difuntos, pero están los restos de su vida. Por ejemplo, en Monte Verde están los remanentes de un toldo, su comida, cuerdas, nudos y herramientas de piedra y madera. Mientras que en Pilauco, también localizamos utensilios hechos en piedra.

Este segundo sitio arqueológico, llamado Pilauco, se ubica en la misma región, pero en plena ciudad de Osorno y fue descubierto en el año 2007. El doctor Pino es el investigador principal de esta excavación donde aparecieron, sobre todo, huesos de megafauna (gonfoterios, caballos, antepasados de guanacos, milodón y posiblemente osos). Además de evidencias de asentamientos humanos conformados por clanes, que usaban herramientas para cazar y que pasaron por el lugar hace unos 14.600 y 15.300 años atrás. Lo que se ha podido esclarecer, gracias a los avances científicos y tecnológicos de las últimas décadas, es que estos primeros habitantes poseían una cultura mucho más compleja de lo imaginado.

A partir de los objetos encontrados ¿Es posible describir el comportamiento que tenían estos primeros habitantes?
Sí, es muy posible. Gracias a la excavación de Monte Verde, hemos aprendido bastante de su comportamiento. Se trata de un campamento humano y mediante diversos análisis logramos entender cómo era su vida y su cultura. Por ejemplo, hoy podemos afirmar que estos primeros habitantes tenían una alimentación con un alto componente de plantas. Conocían la papa silvestre, comían hongos -que son los mismos que comemos hoy en el sur-, brotes de bambú, bayas, frutas y manejaban conocimientos de más de 40 plantas medicinales.

¿Cómo lograron determinar que usaban la flora con fines medicinales?
Porque están agrupadas en una zona especial donde suponemos que trabajaba el chamán o chamana del grupo, y también porque en ese lugar existen especies de bollos hechos con hojas de boldo y con algas, que masticaban con propósitos terapéuticos.

¿Cómo cambió la teoría de cómo llegaron los primeros pobladores a América, a partir de los descubrimientos del sur?
Lo que cambió nuestro Monte Verde es la fecha de la llegada. Se suponía que los primeros pobladores eran Clovis, quienes vivían en América del Norte, específicamente en EEUU. y hoy sabemos que eso no es así y que los verdaderos pioneros llegaron miles de años antes.

Los caminos todavía no están muy certeramente construidos, pero hay ciertas cosas que indican que la ruta fue probablemente por la costa del Océano Pacífico. En esa época el mar estaba 120 o 130 metros más bajo que el actual, así que si existieron sitios en la costa, hoy están bajo el mar. No hay otros lugares de la antigüedad de Monte Verde en Chile ni en ninguna otra parte del mundo, el resto de los territorios viejos son de 12 mil años y aquí hablamos de 15 mil calendarios.

¿Están debidamente protegidos ambos sitios arqueológicos?
Pilauco está completamente protegido como si fuera una casa, tiene reja, es un sitio formal. Pero el Consejo de Monumentos Nacionales no se preocupa y ahí radica el problema con Monte Verde: Monte Verde es una joya de la arqueología mundial y Chile no lo ha asumido. Tiene los rasgos de arquitectura más viejos de la Tierra, la cuerda más vieja, el nudo más viejo, los artefactos de madera más viejos, las papas más viejas de la Tierra. Está postulado a ser Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, pero el organismo internacional no va a mover un dedo mientras el sitio físicamente no le pertenezca al Estado chileno. Los investigadores sentimos que Monumentos no hace los esfuerzos que nosotros hacemos y en Monte Verde esta situación es crítica.

Los esfuerzos de difusión

¿Cómo ha ido cambiado esta investigación que se ha extendido por 40 años?
Lo que ha cambiado con el paso del tiempo es la precisión de los fechados radiocarbónicos. Cuando empezamos a fechar a comienzos de la década del ‘80, los datados tenían unos 250 años de error. Hoy eso ha disminuido a sólo 20 o 30 años de inexactitud.

Asimismo, Monte Verde fue excavado en condiciones muy difíciles, porque en esa misma década, Chile era otro país. Había que acampar durante los meses de verano, por ejemplo. En cambio, ahora en las exploraciones de Pilauco estamos en la ciudad, vivimos en una casa al lado del sitio, todo es mucho más fácil.

Últimamente hay más descubrimientos arqueológicos o paleontológicos en Chile. ¿Existe un mayor interés o hay más científicos dedicados al tema?
Yo creo que cambió la perspectiva desde la investigación. Cuando nosotros empezamos a excavar Monte Verdec, el concepto de vinculación con el medio no existía. Publicamos durante 20 años en revistas en inglés, en cambio cuando empezamos Pilauco comenzamos desde el primer día con esta labor de difusión, porque entendimos que este vínculo con la comunidad era tan importante como la investigación misma.

¿En qué está trabajando actualmente?
Estuvimos trabajando duro hasta hace algunas semanas atrás en el paper de Monte Verde para la revista científica internacional Plos One, que está en pausa. Mientras que en Pilauco estamos excavando –gracias a un Fondecyt- y publicando artículos. También nos enfocamos en vinculación con el medio, a través de un proyecto de paleoturismo que es bien bonito.

¿De qué se trata esta iniciativa de paleoturismo?
La Municipalidad de Osorno se ha tomado la cosa en serio. Es un parque que es una representación de aquella época prehistórica: hay una piscina que representa el agua y los gonfoterios están ahí en una especie de laguna. Los animales que están encarnando la Era del Hielo serán llevados luego a una cancha de patinaje en hielo. Donde habrá un pequeño museo y van a licenciar un restaurante que ofrecerá comida pleistocénica.

Stio arqueologico Monte Verde

Monte Verde declarado Monumento Histórico

ANTROPOLOGÍA CHILENA E IMAGEN EN MOVIMIENTO .Felipe Maturana D.

No existe registro del uso del cine en la historia de la antropología
en Chile, a excepción del registro fílmico realizado por Bernardo
Valenzuela, a principios de 1950 en Perú y Bolivia. Valenzuela,
que más tarde sería profesor del Departamento de Antropología
de la Universidad de Chile, era propietario de una cámara de 16
mm sin sonido sincronizado y se propuso hacer registros de sus
viajes de exploración. Estos fueron utilizados exclusivamente con
fines académicos y la docencia. La aparición del video profesional
durante los años 80 no cambió de manera importante este
desolador panorama, los formatos Betacam y Umatic no tuvieron
acogida (o no fueron accesibles) entre los antropólogos de la
época, quienes en el mejor de los casos tomaban fotografías para
ilustrar sus textos y dar prueba de que estuvieron allí.1
Las únicas obras hechas en este periodo, son los trabajos de Rony
Goldschmied y Alejandro Elton.2 El primero realiza Santiago: Pueblo
Grande de Huincas, un video que da cuenta de la difícil situación
social de los mapuches urbanos y sus reivindicaciones culturales
(fig. 1). Este puede ser considerado como el primer documental
etnográfico realizado por un antropólogo chileno, entendiendo
por etnográfico todo aquello relacionado con la descripción de un
grupo humano o de algún aspecto de su cultura. En esta época,
Goldschmied ejercía como profesor de audiovisual en un instituto
profesional, lo que facilitó el acceso a equipos Umatic y poder
realizar este trabajo de manera independiente. El segundo trabajo
fue el resultado de una acción conjunta entre el antropólogo
Alejandro Elton; la ONG Sociedad Interdisciplinaria para el
Desarrollo; el grupo juvenil de la población La Pincoya La Ventana
y; la ONG Educación y Comunicaciones y su área audiovisual
ANTROPOLOGÍA CHILENA E IMAGEN EN MOVIMIENTO
Felipe Maturana D.
FIGURA 1 Santiago: Pueblo Grande de
Huincas (1987). Rony Goldschmied.

http://

2005 / El Manzano Producciones / Cementerio Regimiento Chorrillo / 24 min from Felipe Maturana / El Manzano Pro on Vimeo.

Trabajo de rescate Arqueológico.

2005 / El Manzano Producciones / Cementerio Regimiento Chorrillo / 24 min from Felipe Maturana / El Manzano Pro on Vimeo.

Trabajo de rescate Arqueológico.