Chile

“¿Pérdida o recuperación del mapudungun?”

Por primera vez en la historia del ICEI

Estudiante de Periodismo defiende memoria de título en mapudungun

¿Pérdida o recuperación del mapudungun? es el nombre de la investigación desarrollada por Karina Palma.

“¿Pérdida o recuperación del mapudungun?” es el nombre de la investigación desarrollada por Karina Palma.

Esta memoria para optar al título de periodista contó con la guía docente del Premio Nacional de Periodismo 2005, Juan Pablo Cárdenas.

Esta memoria para optar al título de periodista contó con la guía docente del Premio Nacional de Periodismo 2005, Juan Pablo Cárdenas.

Karina estuvo acompañada por sus amigos y familiares en la defensa de su memoria de título.

Karina estuvo acompañada por sus amigos y familiares en la defensa de su memoria de título.

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Facebook | Chillkatufe UChile Mew

“¿Pérdida o recuperación del mapudungun?” se llama la investigación que realizada por Karina Palma y que se encarga de relevar las iniciativas del pueblo mapuche para preservar su lengua.

Estudiante de Periodismo defiende memoria de título en mapudungun

El martes 30 de junio, la recién titulada periodista de la Universidad de Chile, Karina Palma, marcó un hito histórico y cultural en el Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI): fue la primera estudiante egresada del Instituto en defender su memoria de título en mapudungun y español.

Comenzando su presentación con la frase en mapudungun “yo todavía no sé la lengua mapuche, pero espero algún día poder hablarla”, Palma sorprendió desde el primer momento a quienes asistieron a la defensa de la investigación que lleva por nombre “¿Pérdida o recuperación del mapudungun?”, y cuyo objetivo es relevar las iniciativas de preservación de la lengua mapuche en nuestro país.

Según cuenta Karina, su interés por el tema nació en 2015, cuando asistió a un internado de mapudungun en el sur del país que le habría cambiado radicalmente sus perspectivas acerca de la lengua mapuche. Ahí, ella comenzó a tomarle una valoración distinta a la idioma que había comenzado a estudiar por mera curiosidad, dándose cuenta de que podía ser “un gran plus” para el ejercicio del periodismo y la cobertura de la realidad mapuche. Sin embargo, la estudiante egresada de la U. de Chile precisa que lo que le dio el impulso para iniciar este ensayo periodístico fue darse cuenta que en realidad hay mucha gente interesada en saber y preservar el mapudungun y cuyo trabajo no estaba siendo tomado en cuenta.

“aquí no hay un pueblo que está inmóvil ante el no funcionamiento de las políticas públicas, sino que están trabajando activamente por la conservación de su lengua”, plantea la periodista, agregando que “El pueblo mapuche, y sobre todos sus jóvenes, están haciendo cosas y están resolviendo sus problemas prácticamente solos, como pasa con muchos otros pueblos indígenas. Y lo malo es que hay una creencia general de que no toman la iniciativa sobre sus propios problemas, cuando en verdad es todo lo contrario”.

Esta investigación; guiada por el docente de la U. de Chile y Premio Nacional de Periodismo del año 2005, Juan Pablo Cárdenas; se desarrolla bajo una estructura de seis capítulos, en donde se hace un repaso del estado actual del mapudungun, explicando por qué esta lengua se ha ido perdiendo y sólo el 5% de la población chilena la habla.

Tambien se profundiza acerca las políticas públicas que existen respecto a la preservación de la lengua mapuche, presentando una mirada crítica sobre las responsabilidades de conservación de identidad indígena que tiene el Estado chileno y que no ha cumplido a cabalidad, como la Ley Indígena y el Convenio Internacional N°169 de la Organización Internacional del Trabajo, tratado ratificado por Chile en septiembre de 2008 y que establece el deber del Estado de consultar medidas susceptibles a afectar directamente a los pueblos originarios, además de establecer principios acerca del uso y transferencia de las tierras indígenas, la conservación de su cultura y medidas que permitan garantizar su educación en todos los niveles.

Además, con el fin de contrastar el desarrollo de políticas públicas, derechos lingüísticos, y demostrar que es posible preservar una lengua con el compromiso de las autoridades y la comunidad, esta investigación también se hace un análisis comparativo de experiencias similares a nivel internacional, como los casos del País Vasco, Paraguay y México.

Tras ser evaluada con la mejor calificación, la recién titulada de periodista y miembro de la agrupación Chillkatufe U. de Chile Mew, cuenta que aun no sabe si algún día llegará a hablar fluidamente del mapudungun, pero asegura que siempre tendrá como meta poder entender y darle la posibilidad al pueblo mapuche de expresarse al mundo desde su propia lengua.

“La lucha del mapudungun, antes que cualquier cosa, es una lucha política. Siempre se habla de las reivindicaciones territoriales del pueblo mapuche y de la criminalización que se le asocia, pero esto es un problema cultural que va más allá: la lengua de un pueblo es fundamental porque si no se conoce, no se puede entender realmente su cultura o sus formas de darle significado al mundo”, afirma Karina, agregando que “la lucha por el mapudungún es la lucha más potente que puede tener un pueblo, porque, como una vez me dijo una lamien (hermana) ‘la lengua es la que nos permite soñar, hablar del presente, contar el pasado e imaginar el futuro. Si a nosotros nos prohíben eso, nos están prohibiendo ser un ser humano. No sé si hay algo más violento que eso”.

América Jiménez P.
Periodista Extensión y Comunicaciones ICEI

Lunes 5 de junio de 2017

Lugares de memoria de la Dictadura en Chile. Memorialización incompleta.

Lugares de memoria de la dictadura en Chile Memorialización incompleta en el barrio Cívico de Santiago

  • Autores: Roberto Fernández
  • Localización: Bitácora Urbano-Territorial, ISSN-e 0124-7913, Vol. 1, Nº. 25, 2015 (Ejemplar dedicado a: La ciudad y el hábitat en el posconflicto en Colombia y el mundo)
  • Idioma: español
  • Resumen
    • Desde el regreso a la democracia en 1990, la memorialización del espacio público en Chile mediante la construcción de lugares de memoria ha sido una forma de abordar tanto la reparación simbólica a las víctimas, como la instalación de una cultura del “Nunca Más” que asegure que no se repitan los atropellos a los derechos humanos ocurridos durante la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990).
    • Como señalan diversos autores, la memorialización del espacio público a través de los lugares de memoria ha tenido avances notables. Sin embargo, en el presente artículo se sostiene que este proceso de memorialización ha sido parcial e insuficiente en el barrio Cívico  de Santiago de Chile porque no condice ni con su relevancia como espacio público, ni con los hechos ocurridos ahí durante el golpe de Estado.
    • Para fundamentar esta interpretación, se analizan las intervenciones urbanas realizadas por el gobierno central en ese entorno y se proponen algunas hipótesis que permiten comprender las causas de dicha memorialización incompleta.

ARTE ARCHIVO Y DERECHOS HUMANOS. Formulación proyecto huelga de hambre, 1977

ARTE ARCHIVO Y DERECHOS HUMANOS. Formulación proyecto huelga de hambre, 1977

“Los archivos han sido sacralizados y al mismo tiempo “desordenados” al poner en cuestión el canon,las instituciones y las historias construidas.
Ahora, como nunca antes, se constituyen en repositorios
desde el cual es posible escribir
otras historias.”

Andre Giunta, #Errata 1

La progresiva referencia al archivo como programa de producción en el arte contemporáneo, tiene una de sus condiciones más importantes en la necesidad de reflexionar la crisis del humanismo a la que nos enfrentan los acontecimientos y, más precisamente, los procesos históricos que se suceden desde el siglo XX hasta hoy. Acontecimientos y procesos que han puesto concretamente en entredicho la posibilidad de elaborar una historia que, al modo de una narración, permitiera comprender lo que ha sido el devenir de los pueblos. En este sentido las artes visuales se constituyen como un campo dialógico de exploración y proliferación de lenguajes, en donde éstos –los lenguajes– representan no solo la posibilidad de nuevas lecturas con respecto al archivo, sino a su vez, la reactivación de los mismos, bajo diversas operaciones visuales y de montaje de lo contenido en el corpus del archivo, así como señala Graciela Carnevale: “Mostrar el archivo es una forma de compartir con los otros. Es un espacio de diálogo, un espacio en el que unos escuchan a los otros e intercambian perspectivas y preguntas sobre su propia práctica. Entendiendo el archivo como un espacio abierto en el que uno contempla, discute y debate. Lo concibo como un proceso, como algo incompleto que es reforzado por cada nueva experiencia del presente.

“Los desastres que marcan este fin del milenio son también archivos del mal; disimulados o destruidos, prohibidos, desviados, «reprimidos». Su tratamiento es a la vez masivo y refinado en el transcurso de guerras civiles o internacionales, de manipulaciones privadas o secretas. Nunca se renuncia, es el inconsciente mismo, a apropiarse de un poder sobre el documento, sobre su posesión, su retención o su interpretación. ¿Más a quién compete en última instancia la autoridad sobre la institución del archivo? ¿Cómo responder de las relaciones entre el memorándum, el indicio, la prueba y el testimonio?”(Derrida, Mal de Archivo)

Los archivos sobre derechos humanos en Chile producidos por el Estado, son en la actualidad archivos cerrados y parcialmente clausurados, sobre ellos se han aplicado leyes de secreto y de seguridad. Los archivos sobre este tema de los cual se disponen, han sido producidos por iniciativas ciudadanas sin contraparte. Esta falta de contraparte ha consignado a estas historia como <>, por ende subjetivas, haciendo que la inscripción en la denominada historia con mayúscula, les haya sido negada por muchos años.

Podríamos decir que las operaciones sobre el archivo desde el campo del arte generan la posibilidad de su inscripción en un espacio para el cual no estaba pre-consignado. Los archivos olvidados, los archivos disfuncionales, los archivos secretos han sido problematizados sistemáticamente desde el campo del arte. Voluspa Jarpa con su obra Minimal Secret, expuesta en la feria Arco de Madrid, problematiza los archivos desclasificados y tachados de la CIA sobre Chile, mediante el desplazamiento del archivo, la puesta en escena de su tachadura y por ende de su clausura, es que se deja ver los fragmentos incompletos de una historia que no se puede contar. Rosangela Rennó, artista brasileña, realiza en 2013 la obra llamada A0I [COD.19.I.I.43] – A27 [S | COD.23], este trabajo en forma de libro, pone en montaje la investigación realizada por Rennó en relación a las fotografías robadas del archivo fotográfico de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, en donde lo expuesto son el registro de las cajas vacías en donde debían estar las fotografías y algunas de las imágenes que fueron devueltas. La fotografía expuesta al revés señala los daños sufridos por el robo, zonas despegadas, intentos de borroneos etcétera. Rennó nos expone ante el archivo abandonado como síntoma de una sociedad sin memoria en donde el símbolo de esa desmemoria es el cuerpo vacío del contenedor del archivo y el cuerpo herido de la fotografía. Las operaciones visuales tanto de Jarpa como Rennó, nos hablan de la exploración crítica de la función del archivo en relación a la memoria de los pueblos, memoria clausurada y memoria usurpada. Lenguajes que dentro de las artes visuales son capaces de generar una nueva circulación crítica re-definiendo la figura del Arconte, (Derrida) como el que maneja la Ley y por ende el capital político del archivo.

Los archivos de la represión en Chile son los documentos no inscritos en la historia de los vencedores, éstos han sido consignados en lugares específicos de la sociedad chilena como es por ejemplo el Museo de la memoria , este espacio escenifica lo innombrable, lo inasible del horror de la violencia de Estado en dictadura, exponiendo al espectador ante la incapacidad de comprender toda esa violencia ejercida sobre el cuerpo colectivo de muchos.

Los archivos han sido consignados e inscritos desde lo escrito, desde el documento, dispuesto en innumerables cantidades, ordenados bajo lógicas que segmentan los acontecimientos de la dictadura en descriptores, categorías y tipos normalizados para permitir su lectura –tipo de documento, fondo familiar, listas de víctimas reconocidas por el Estado (Rettig y Valech)v, hitos de la dictadura, etc – Esta normalización que permite la lectura del archivo es a su vez la construcción de su diseminación.

Lo escrito como lo inscrito en el archivo permite pensar en lo no-inscrito en el archivo, en donde lo escrito en forma de documento es lo que certifica un acontecimiento como permanente. Lo no-inscrito vendría a ser eso que no se puede certificar, lo impermanente, el testimonio, lo hablado, la experiencia personal con respecto a un acontecimiento, “El deber de la memoria no se limita a guardar la huella material, escritura u otra, de los hechos pasados, sino que cultiva el sentimiento de estar obligados respecto a estos otros de los que afirmaremos más tarde que ya no están pero que estuvieron.Pagar la deuda, diremos, pero también someter la herencia a inventario” (Ricceur)

En 1977 la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos inicia una serie de hechos que marcaron el comienzo de una nueva etapa en la búsqueda de justicia para las víctimas de la dictadura. La huelga en la Cepal viique duró 9 días, dispuso de los cuerpos en colectivo para la resistencia del mismo como protesta ante la violencia del Estado, exigiendo una respuesta sobre el paradero de los familiares desaparecidos, “24 mujeres y 2 hombres de la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos iniciaron una huelga de hambre con el lema “mi vida por la verdad” en la Sede de la Cepal de Santiago, allí desplegaron un lienzo de diez metros de largo que proclamaba: “Por la paz, por la vida, por la libertad, los encontraremos” . Y aseguraron que no saldrían de ahí hasta que Pinochet se comprometiera a responder por los desaparecidos” . Otros familiares de la Agrupación entregaron una nota a 16 medios de comunicación, también repartieron volantes en las calles, pintaron murales, organizaron misas y hubo en su apoyo declaraciones de abogados, personalidades políticas y sociales, un grupo amplio de intelectuales y decenas de federaciones sindicales”.

La huelga de hambre en la Cepal, es el punto de partida en el despliegue de nuevas estrategias y acciones colectivas en el ámbito de la resistencia y denuncia contra la dictadura militar, en donde “el cuerpo es también lugar de resistencia cuando se vive como primer espacio de soberanía”. El cuerpo afectado por el hambre, el cuerpo como uno subversivo, que hace uso de la decisión de no ejercer una acción de violencia externa sino de la internalización de ésta para manifestarse, es sólo su propia inapetencia el actor de la acción silenciosa. La acción, es su aparente no-acción, ya no solo existen cuerpos individuales, sino que el acto mismo de la no acción se vuelve un solo cuerpo, uno colectivo donde se pierden las individualidades, “si hay algo en común a regímenes políticos autoritarios y semi democráticos, sea de la orientación ideológica que sean, es el hecho de que tienden a acallar al oponente y sus ideas- con la praxis que generan- a través de atacar su(s) cuerpo(s). ¿por qué? quizá porque, como ha dicho Milanés, las ideas no se pueden apresar. Las ideas no son cosas materiales, sino abstractas. Por lo tanto, fluyen libremente, en la medida en que son verbalizadas, escritas o divulgadas a través de un acto del cuerpo de carácter mensaje-simbólico (negarse a comer, por ejemplo, en una huelga de hambre). La Huelga de hambre en la Cepal no recibió respuesta, los cuerpos agotados de los huelguista tras nueve días de inanición detienen la acción, sin embargo ésta inaugura una serie de huelgas de hambre venideras que pondrán a la dictadura enfrentada ante el mundo mediante estrategias cada vez más globalizadas de los huelguistas.

Bitácoras, cartas, notas de prensa, una fotografía, listas, etcétera, es lo que contiene en la actualidad el corpus archivado de la huelga, segmentado bajo las lógicas del archivo, diseminando su noción inicial de un cuerpo concebido como uno sólo en lo colectivo, donde lo escrito es lo inscrito en el archivo, su documentación , dejando en estado de latencia lo impermanente como la potencia real del archivo, su lectura.

Su potencia real radica en la reactivación de lo que hemos denominado la letra muerta en el archivo, como un acto que trae al presente un hecho del pasado a través de lo oral que está contenido en él . Las Yeguas del apocalípsis en 1993 , realizan en protesta por la ausencia de políticas concretas de justicia por parte del gobierno de Aylwin frente a las violaciones a los derechos humanos , la performance Tu dolor dice: Minado. En un ex centro de detención ilegal en calle Belgrano –Santiago– Lemebel y Casas realizan la lectura performática de la lista de los detenidos desaparecidos reconocidos por el Estado de Chile y publicados en el informe Rettig, la lectura se efectúa dando la espalda al espectador , en donde las espaldas desnudas de Lemebel y Casas presentan al cuerpo expuesto como imagen anónima del mismo, mientras tanto la lectura trae a presencia mediante el sonido al nombre del desaparecido , reactivando la letra muerta del archivo mediante lo efímero de la voz y su puesta en escena. La lista del archivo es reactivada mediante la performatividad de la voz y su puesta en escena, ya no son nombres pertenecientes a una estadística del horror, sino que son sonidos concretos de la realidad del horror. La acción realizada por Lemebel y Casas dispone de parte del archivo –la lista– haciendo cruces entre archivo, cuerpo y performance.

Surge entonces la interrogante de buscar un elemento transversal entre una huelga de hambre y un acto performático más que el mismo cuerpo; donde el acto performático según (*) Richard Schechner parte por hacer una diferencia fundamental para entenderlo, algo es performance o algo se puede entender como performance. Podríamos decir que la incidencia de la violencia sobre el cuerpo colectivo así como sobre el cuerpo individual trasciende los territorios primariamente pactados y así como la Huelga de hambre puede ser vista como una performance, la acción de Lemebel y Casas puede ser vista como un acto político, como señala Suely Rolnik: “Lo que lleva a los artistas a agregar lo político a su investigación poética es el hecho de que los regímenes autoritarios entonces vigentes en sus países inciden en sus cuerpos de manera especialmente aguda, pues afectan su propio quehacer, y es así como viven al autoritarismo en la médula de su actividad creadora. Se asocia así el impulso de la creación al peligro de sufrir la violencia por parte del Estado, que puede ir desde la prisión hasta la tortura y llegar incluso a la muerte; dicha asociación se inscribe en la memoria inmaterial del cuerpo: es la memoria física y afectiva de las sensaciones de dolor, miedo y humillación.”

Las huelgas de hambre son vistas como una política del cuerpo ejercida en contra de la represión, el cuerpo de lo político opera como actos vitales de transferencia, transmiten el saber social, el sentido de identidad y la memoria a partir de acciones reiteradas. “Constituyéndose como performance mediante su archivación”, así el proceso de archivo puede caracterizarse de algún modo como un acto performático, su reactivación en la inversión de su escritura, en donde la reescritura del archivo está dada por el sonido de su lectura y la lectura de su sonido vendría a ser el capital político de lo inmaterial/oral.

Texto perteneciente a parte del proyecto de investigación y creación sobre la huelga de hambre de 1977.

¿DE QUÉ ESTAN HECHAS LAS MEMORIAS?

Sergio Rojas.

Si no hay oído para el dolor,no hay oído verdadero para nada” Carlos Cerda: Una casa vacía.

Pongamos en cuestión la subordinación de la memoria a la historia, dictada por un sentido común demasiado acostumbrado a las “efemérides patrias”, cuando se consideraba que el pasado debía ser ante todo un objeto de conocimiento, y en donde –de acuerdo a este supuesto- los documentos permitían ante todo comprender el devenir de los acontecimientos (exhibiendo en ello el proceso que nos habría conducido hasta el presente). Si se considera a la memoria sólo como un medio para recuperar el pasado y consensuar una historia, ésta debe exhibir, en primer lugar, indiscutibles acontecimientos centrales, también acontecimientos secundarios cuya disposición en el relato podría variar, y luego todo un régimen de detalles y anécdotas retóricamente pertinentes, pero prescindibles en relación a lo que se considere habría sido lo verdaderamente medular. Y lo mismo habrá de ocurrir con los protagonistas de esa historia: algunos personajes centrales, otros secundarios y… los demás, la mayoría, aquellos que se limitaban muchas veces sólo a “aparecer”, desde el fondo, anónimos, olvidables.

Pero, ¿qué sucede si los acontecimientos de horror que cierta memoria trae al presente resisten el ejercicio de la comprensión disciplinaria, no porque la historiografía no pueda pronunciarse científicamente acerca de ellos, sino porque se nos impone ante todo lo que esos hechos tiene de inaceptables y, por lo tanto, de incomprensibles? Se trata de acontecimientos excepcionales, no sólo porque vulneraban en cada caso la dignidad de la vida, los derechos de las personas, las condiciones básicas de la comunidad, sino porque algo en ellos impide inscribirlos en una historia que los haga pasar en el tiempo. Esta memoria se va constituyendo entonces en el cuerpo de un pasado que no pasa, que no se marcha “hacia el pasado”. Se trata de la memoria de lo que permanece. Es por esto que un museo de la memoria no es un museo de historia. En efecto, la historia –como disciplina- dispone en general la posibilidad de conocer lo que sucedió; la memoria en cambio responde a la necesidad de tener presente lo que sucedió. Entonces la narración historiográfica estalla, y su contenido (es decir, el pasado que esa narración maestra contenía) ahora se disemina, y lo contingente, lo anecdótico, lo accidental, junto con los actores “secundarios” y también los otros –los que ni siquiera como derrotados aparecían- ahora emergen, constituyendo el cuerpo rizomático de una memoria inédita que reclama derechos sobre el presente. Esta es la memoria que la exposición “Acumulación breve” se ha propuesto poner en obra.Hacia fines de los 90’ la académica de origen rumano Marianne Hirsh, elaboró el concepto de pos memoria para referirse al modo en que acontecimientos de magnitud histórica caracterizados por el horror, están presentes en la memoria de generaciones posteriores a la de aquellos que los padecieron directamente. No se refiere este concepto sólo a las “memorias de los hijos”, sino al proceso social y cultural de construir un pasado común. Se define como “una forma híbrida de memoria, que se distingue tanto de la memoria personal (por la distancia generacional), como también de la historia (por una profunda conexión personal)”. Existe por lo tanto clara conciencia de que se trata de una memoria en que los órdenes y sentidos posibles de los elementos heteróclitos que la constituyen han de ser en cada caso elaborados, para poner en el lenguaje un pasado cuya demandante intensidad no se deja resolver de manera unívoca. Se trata de responder a la exigencia de, literalmente, hacer memoria, en un proceso en el que reconocemos la investigación, los hallazgos fortuitos, lo testimonial, las operaciones tropológicas con el lenguaje (metáfora, analogía, sinécdoque), la producción objetual de ideas. En “Acumulación breve” no se trata simplemente de ocuparse de la memoria desde el arte, al modo de un tema, sino de una reflexión –a la vez conceptual, estética y emotiva- acerca de nuestra necesidad epocal de hacer memoria, trabajando con los vestigios de una devastación cuya gravedad se hunde en el presente del olvido, la ignorancia, la indiferencia o incluso en la pulcritud procedimental de las ciencias del pasado.Alguna vez nos hemos preguntado ¿de qué están hechos los recuerdos? Y entonces reflexionamos, por ejemplo, si acaso comienzan a extinguirse primero los sonidos y luego siguen las imágenes o tal vez ocurra al revés. En “Las cosas segregadas” Isidora Gilardi se pregunta ¿de qué está hecha la memoria? Las imágenes y las palabras del pasado, aunque cargadas de significados y afectividad, permanecen también como cosas entre nosotros, porque el soporte de esas imágenes y palabras está hecho de vidrio, madera, papel, metal. El cuerpo de los vestigios exhibe en cada caso los procesos de degeneración que son propios de la materia. Alejados de la

Producción de la obra

Siguiendo los conceptos mencionados, se articuló una obra que reflexionara sobre el cuerpo y el archivo como lenguaje desplazado hacia la idea y puesta en montaje de la poética de lo impermanente-efímero, objetivado principalmente, en la voz y el cuerpo como recurso sonoro y evocador.

Una de las primeras operaciones para la producción de la obra fue la construcción de un meta-archivo sonoro a partir de la generación de tipologías sonoras devenidas de la re-fragmentación de algunos documentos depositados en el archivo del Museo de la Memoria y de las entrevistas a las participantes de la huelga, además de la producción de palabras claves sacadas de los documentos mencionados. A partir de estas tipologías sonoras  se produjeron diferentes cadencias sonoras por medio de la manipulación de los volúmenes, ritmos de lectura, entonación, frecuencia y género del hablante.

Las tipologías sonoras fueron:

Testimonios de las huelguistas y ayudistas: secuencia de lecturas planas –sin dramatización– de los fragmentos de textos sin identificación del hablante y por medio de tres lectores: una mujer y dos hombres

Nombres de los huelguistas: pulsos de una voz de hombre con un efecto de megáfono, emulando al imaginario de los llamado por bando.

Nombres de los desaparecidos: susurros de una voz de mujer en un volumen muy bajo y contante, como signo de una presencia constante y fantasmagórica.

– Sonidos de respiraciones: sonido continuo de género indistinto, hombres y mujeres.

Palabras claves: pulsos de voz dura de mujer con un volumen alto.

Cartas: secuencia de una voz de mujer que dramatiza el contenido del texto.

A partir de estas tipologías sonoras, archivo de voces y sonidos corporales, se produjo una composición-instalaciónsonora dispuesta en el espacio de la Galería de la Memoria –Museo de la memoria y los derechos humanos– a través de la intervención espacial de 23 parlantes en que cada uno de ellos contenía una tipología sonora –una pista de audio–, de los cuales 15 parlantes se colocaron dentro de plintos[1] generando de este modo un recorrido sonoro en que el sonido estaba compuesto a través de zonas sonoras intermitentes,  pulsos y constancias, y sonidos fijos como fueron los nombres de los desaparecidos y las respiraciones que estaban montados en el muro. La idea fue generar la puesta en montaje de lo fantasmagórico a través del sonido y de la ausencia del cuerpo, generando una extrañeza en un espacio que se vuelve sacro, ritual y a su vez mortuorio, el espacio Museo, el museo de los muertos, un lugar por si lleno de fantasmas que deambulan. Escenificado en el sonido de la voz hablante, que reclama justicia y que a la vez repara en cosas como el olor, el cuerpo, la lluvia, los sonidos, la luz, que a modo de residuos vitales (Huberman), reactivaban fantasmalmente fragmentos de un acontecimiento revisado en el presente, reproducido ahora por máquinas ocultas: “algo siniestro, [ocurre] en la brecha que permite que una máquina, sólo con recursos mecánicos, produzca algo tan único como la voz y el lenguaje.” (Dolar, 18). Este recorrido sonoro, dispuso en el espacio el relato fragmentado sobre la huelga de hambre, generando la narrativa de la imposibilidad de asir una verdad absoluta, pues no hubo una búsqueda por instalar el documento archivado como una realidad posible, sino mas bien, la puesta en montaje de un estado de las cosas, de un estado del cuerpo, de un estado emocional, de búsquedas inconclusas –susurros de nombres de los desaparecidos–,  de relatos a veces inconclusos, una articulación de la ausencia.

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Se instaló en uno de los muros de la sala registros fotográficos de piezas una selección del archivo correspondiente a: cuatro cartas –escritas a mano–, una fotografía grupal, veintiséis fotografías en pequeño formato –una foto de cada huelguista–, cinco cables recibidos del exterior transcritos a mano, dos fotografías de objetos[2] y una impresión con calidad fotográfica con los nombres de los familiares desaparecidos de los huelguistas. La selección de los documentos se hizo pensando en establecer relaciones entre el sonido y lo escrito en los documentos, de poner rostro a los huelguistas mediante el rescate de una fotografía en que aparecía cada uno de ellos fotografiados tipo carnet, por si llegaban a ser detenidos por la DINA. El muro se estructuró en base a constelaciones de sentido entre los documentos, que mediante manipulaciones de tamaño del original generaba además de la estetización del mismo, la posibilidad de acceso a su contenido, permitiendo poner en valor un documento que se encontraba depositado en el archivo. Así operando como atlantes (Warburg), las relaciones espaciales de las imagenes activaban una memoria viva y no cerrada, una lectura de residuos vitales (Huberman).

La operación estableció a su vez la relación dialógica entre la imagen que evocaban los sonidos –la voz del testimonio y los sonidos del cuerpo– y el sonido que evocaban los registros fotográficos.  Por otro lado la operación de la escritura, inscribió los nombres de los desaparecidos y los fragmentos del cotidiano como gestos supervivientes (Nachleben), como “tiempos enterrados justo bajo nuestros pasos y que resurgen haciendo tropezar el curso de nuestra historia.” (Humberman, 305)

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La voz en esta obra fue activada en ausencia de un cuerpo real, es activada por un cuerpo tecnológico –parlantes/plintos–, al estar perdido el original –desaparecido–, lo fantasmal de la voz emerge como un capital político que remece –que irrumpe en tiempo presente y efímero–, lo contenido en el archivo como lo incontenible, el desborde del cuerpo del contenedor, el sonido como un desborde que se transmite espacialmente haciendo difusas las fronteras entre cuerpo, sonido, espacio y archivo.

Verónica Troncoso

 


[1] Plintos de color negro de 20 x 20 x 20 y de alturas variables: dos de 2 mts., 8 de 1,80 mts. y 5 de 1,60 mts.

[2] Estos objetos corresponden a: un pañuelo y una medalla elaboradas por presas políticas, ambos objetos tienen inscrita la frase: “el dolor del hambre no se compara con el dolor de no saber del ser amado”, frase acuñada por Aminta Traverso (Q.E.P.), durante la huelga de hambre. Objetos que una vez terminada la huelga, les fue entregado a cada uno de los ellos, en una ceremonia de bienvenida en la vicaría de la solidaridad.

Origen: ¿DE QUÉ ESTAN HECHAS LAS MEMORIAS? Sergio Rojas | Archivo Huelga de Hambre, CEPAL 1977

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María Adriana Pablos Esposa de Carlos Contreras Maluje   El 2 de noviembre de 1976, Contreras Maluje, entonces de 29 años de edad, ex regidor de Concepción, y de profesión químico farmacéutico, fue detenido por agentes …

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Isolina Ramirez

Isolina Ramirez Esposa de Mario Zamorano Donoso Caso Conferencia : Mario Jaime Zamorano Donoso, casado, tres hijas, obrero marroquinero, miembro del Comité Central del Partido Comunista, fue detenido junto a un grupo de dirigentes de …

Violeta Reyes

Violeta Reyes

Violeta Reyes Pareja de José Enrique Corvalán Valencia José Enrique Corvalán Valencia, casado, 6 hijos, dirigente sindical, militante comunista, fue detenido por la DINA el 9 de agosto de 1976, alrededor de las 10 horas, …

Marta Rocco

Marta Rocco

Marta Rocco Esposa de Mario Juica Vega Mario Jesús Juica Vega, casado, 5 hijos, ex presidente de los obreros municipales de Renca, militante comunista, fue detenido por agentes de la DINA el 9 de agosto …

Max Santelices

Max Santelices

 Pablo Jose Maximiliano Santelices Tello   Esposo de Reinalda del Carmen Pereira caso de los 13 Reinalda, hija única, casada, embarazada de cinco meses de su primer hijo, tecnóloga médico, ex dirigente de la salud …

Sola Sierra

Sola Sierra

Sola Sierra Henríquez esposa de Waldo Ulises Pizarro Sola Sierra Henríquez nació en Santiago en 1935. Hija de Marcial y Ángela, sobreviviente de la Matanza de Santa María, quienes tenían una tradición familiar de militancia …

Tania Toro

María Tania Toro

María Tania Toro Hermana de Nicomedes Toro Bravo Nicomedes Toro, de 31 años de edad, soltero, obrero, era miembro de la Brigada Ramona Parra del Partido Comunista. Detenido el día 28 de julio de 1976 …

Aminta Traverso

Aminta Traverso

Aminta Traverso Bernaschina Esposa de Marcelo Concha Bascuñan, primo de Iván Sergio Insunza   Marcelo Concha Bascuñan tenía 30 años de edad, casado, padre de tres hijos, militante del Partido Comunista  y de profesión Ingeniero Agrónomo , …

Carmen Vivanco

Carmen Vivanco

Carmen Vivanco Esposa de Oscar Ramos Garrido, Madre de Oscar Ramos Vivanco, hermana de Hugo Vivanco Vega, cuñada de Alicia Herrera Benitez y tía de Nicolás Vivanco Herrera (hijo de Alicia Herrera )   “Me …

REDES DE INVESTIGACIÓN

foto Luis Fernando Arellano (Kallejero)

Universidad intervenida: El libro que desclasifica sumarios y revela a los soplones en la U. de Chile en dictadura

La universidad puso a disposición del público los sumarios realizados en dictadura para expulsar a alumnos partidarios de la UP y del MIR, con un libro en el que además revela nombres de profesores y estudiantes que delataron a sus compañeros y otros documentos clave de cómo funcionó la Casa de Bello en esa época, como una clase magistral de Augusto Pinochet en Casa Central, en 1976. Entre los casos está el del actual secretario técnico de la Comisión Superior de Evaluación Académica, funcionario hace 35 años del plantel, acusado de delatar a excompañeros de Geografía en 1974. Él niega las imputaciones y pide que se pericie el sumario original para comprobar la veracidad del documento.

Casa Central Universidad de Chile

Este lunes 7 de noviembre la Universidad de Chile lanzará el libro “La dictadura de los Sumarios (1974 – 1985) Universidad de Chile Intervenida”, donde se desclasifican las investigaciones internas que realizó el plantel durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, expulsando a estudiantes y profesores partidarios del gobierno de la Unidad Popular o del MIR.

El lanzamiento se da un año después que el mismo plantel decidiera digitalizar y dejar a disposición de consulta de todo el público los archivos de esos sumarios y otros documentos de esa época.

“Este libro es producto de un arduo trabajo del Archivo Andrés Bello. Se convocó a varios académicos para que escribieron ensayos. Con ese mismo rigor se entrevistó a distintas personas para que ellos dieran sus testimonios. Es un pequeño paso de otros que se han dado, importantísimo no solamente para la Universidad de Chile sino que para la memoria histórica del país. Para ir conociendo qué nos pasó, de ir nombrando, porque dentro de los mismos sumarios se puede descubrir la vida cotidiana de ese país. Y de cómo la Universidad de Chile fue brutalmente intervenida”, dice Ximena Poo, editora del libro.

Poo agrega que cada persona puede ir a consultar o pedir por Ley de Transparencia estos archivos, los que pueden servir para investigación académica, periodística e incluso personal “para muchas personas -académicos, funcionarios y estudiantes- que fueron expulsados de la Universidad de Chile en esa época y que pueden reconstruir parte de su historia”.

“Es un libro que aporta una mirada de futuro porque acá, tal como dice Berta Valenzuela, también no solo quebraron la biografía de algunos, sino que algunos murieron o hasta hoy son detenidos desaparecidos por lo sucedido. En varias partes el libro dice ‘Para que nunca más’, pero ese ‘Para que nunca más’ no debe ser un panfleto, sino que debe servir para en que este país no vuelva a pasar algo así. Este libro es importante que algunos fiscales o acusadores puedan hacer un mea culpa y otras universidades revelen también sus archivos”, agrega Poo, doctora en Estudios Latinoamericanos del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile.

El caso de Geografía

Dentro de los sumarios revelados, existen varios casos ocurridos en el Departamento de Geografía de esos años. Y precisamente uno de ellos, a través del documento y un testimonio revela que el actual secretario técnico de la Comisión Superior de Evaluación Académica de la Universidad de Chile, Ulises Faúndez Tejos, sería uno de los delatores de la documentalista Berta Valenzuela, estudiante expulsada de la Casa de Bello en 1974.

En el testimonio de Valenzuela, titulado “Me quebraron la biografía”, la técnico audiovisual cuenta la historia de su ingreso a la universidad en 1972, donde también comenzó su militancia en el MIR. Ahí señala también que después del golpe de Estado, regresó a la universidad a terminar el semestre en enero de 1974 tratando “de pasar piola” por las noticias graves que circulaban.

Valenzuela cuenta que nunca fue notificada de la expulsión, pero que al entrar a un curso a comienzos del año académico del 74 le dijeron que tenía prohibido entrar a la universidad y que mejor no se acercara, sino la detendrían.

Y detalla que luego de revisar su sumario ya desclasificado 40 años después, notó que sus delatores -sus excompañeros de Geografía, se encuentra Faúndez, detallando que en su caso los soplones la acusaban de “irreversible, potencialmente violenta, muy desprejuiciada” y “totalmente sectaria”.

Además sostiene que el mismo Ulises Faúndez también habría delatado a su compañero Pablo Altamirano, a quién describió como un militante del MIR “agresivo durante peleas fuera de la U con linchacos” e “irrecuperable ideológicamente”.

“Quienes fueron cómplices de la dictadura nos cortaron las alas, las ganas. Al final, pienso, lo que pasó conmigo no es nada, porque hay otra gente que lo pasó más mal, que perdió la vida, que perdió todo. Por lo menos yo sigo aquí”, dice al final de su carta.

Faúndez se defiende: “Es una letra que claramente no es la mía”

Hoy Ulises Faúndez, el funcionario sindicado como delator en el texto es geógrafo, es académico del Instituto de Ciencias Política de la Universidad de Chile y profesor de la Academia Nacional de Estudios Estratégicos. Trabaja hace 35 años en la universidad y tiene oficina en la denominada Torre 15.

Pero desde su cargo en la comisión de evaluación académica, Faúndez cumple con un rol clave, ya que dicha oficina tiene como misión registrar los antecedentes curriculares de académicos propuestos para ingresar a la carrera, sus proposiciones de ascenso, recursos de apelación y todo tipo de documentación administrativa.

Consultado por The Clinic Online por este asunto, Faúndez niega enfáticamente las acusaciones y dice ser víctima de una acusación en su contra. “Soy el primero en estar interesado que esto se aclare. Hay gente que aparece en el sumario y que yo no conozco, pero otros que sí conozco y que me importa. Sobre todo Max, el hermano de Sonia Montecinos. Y lo que me duele más todavía es que mi madre era la mejor amiga de su madre, de años. ¿Usted cree que yo podría ser capaz de algo así con la mejor amiga de madre? ¿Qué clase monstruo creen que soy yo?”, dice.

El académico señala que se comunicó con las autoridades de la universidad, pidió que se permitiera un perito calígrafo para ver la autenticidad del documento y tampoco, y que pidió un pronunciamiento por parte de Contraloría hace dos meses, pero todavía no le contestan. “Es una letra que claramente no es la mía. Y la firma es una imitación, pero tampoco es mía tampoco. ¿Entonces, qué puedo hacer yo? Es mi palabra contra la de alguien”, dice.

Según Faúndez, prácticamente no conocía a Valenzuela en ese tiempo, pero dice compartir el dolor porque él también vivió esa época. Y además agrega estar muy dolido con algunas autoridades de la universidad por no haberle consultada si el documento es verídico o no, agregando que por este motivo ha recibido “amenazas, mensajes anónimos por debajo de la puerta, llamadas por teléfono, molestia a mi familia”.

“Que el sumario esté prescrito, eso es una cosa. Pero la dignidad, el nombre, el honor de las personas no prescribe. Yo no sé quién hizo esto, pero yo siento que tomaron mi nombre, como el de otros colegas, porque nosotros éramos francamente críticos a ese sistema. Tú no viviste esa época, yo la viví. Había mucha pelea, muchas pugnas. Nosotros manifestábamos nuestra crítica en público porque era un tiempo malo. Esta cuestión estaba como Venezuela, por decirte algo, aunque no sé si sería igual. Pero era un período duro, de mucha polarización, y eso no ayudaba. Huelgas, webeo, y nosotros éramos francamente críticos. Entonces, es posible que hayan cargado a estos cabros. Ahora, quién fue, difícil saberlo si imagínate, han pasado cuántos años. Por eso yo dije que primero viéramos si el archivo es verdadero”, alega.

Experiencia a otras universidades

Por su parte, la Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile, Faride Zerán, que además prologa el libro, señala que la universidad ha ido enfrentando estos temas en el último tiempo con el proyecto de digitalizar los archivos que estaban en la biblioteca y que decidieron el 30 de enero de este año que los archivos se hicieran públicos, en un gesto de transparencia hacia la historia y la memoria.

“Efectivamente en el marco de la digitalización de este archivo aparecen los sumarios que se hacen en el departamento de Geografía, en el año 74, y ahí aparece un funcionario de la Universidad de Chile, actualmente en funciones y que efectivamente ocupa un cargo estratégico dentro de la universidad. Estos antecedentes los tienen, lo saben superiores de este funcionario y desde el punto de vista formal le informaron a la Vicerrectoría General de Comunicaciones que al ser hechos que están prescritos, legalmente la universidad no puede hacer nada al respecto”, señala Zerán.

“Lo que sí nos parece es que la comunidad tiene derecho a ese deber de memoria y la verdad, y la política de la universidad no es esconderlos bajo la alfombra, sino exhibirlos, mostrarlos y que la gente sepa”, agrega la académica, quien además sostiene que han estado en contacto con otras universidades del Estado a propósito este tipo de políticas frente al acoso sexual o de memoria con el tema de los sumarios, para que estas sean asumidas institucionalmente y de alguna manera la experiencia en la Casa de Bello pueda ser asumida en otros planteles.

 


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ARQUEOLOGÍA Y CAMBIO SOCIAL: UNA VISIÓN DE GÉNERO Y MATERIALISMO HISTÓRICO PARA EL NORTE DE CHILE.

istoria de facebVolumen Especial, 2004. Páginas 441-451
Chungara, Revista de Antropología Chilena

SIMPOSIO MARXISMO Y ARQUEOLOGÍA, AÑO 2000
ARQUEOLOGÍA Y CAMBIO SOCIAL: UNA VISIÓN DE GÉNERO Y MATERIALISMO HISTÓRICO PARA EL NORTE DE CHILE
Patricio Núñez Henríquez*

http://intranetua.uantof.cl/estudiomat/historia/Incas/patricio.html

* Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad de Antofagasta. Casilla 170. pnunezh@terra.cl pnunez@uantof.cl


En el presente ensayo se considera al Materialismo Histórico como una teoría eficiente en la interpretación de los procesos de cambio. En esta oportunidad tratamos los cambios sociales que se produjeron en la prehistoria del Norte de Chile, considerando, además, conceptos de la visión de género. Si bien ha existido una preocupación del papel de la mujer en la historia, especialmente en los momentos de crisis, ha sido una visión patriarcal o masculina la que ha impedido un mejor conocimiento de la problemática social y de los roles en la producción.

El patriarcalismo se encuentra en todas las sociedades, desde el pasado más remoto hasta el presente. Para este problema hemos buscado alternativas de reflexión científica que valoran el rol de la mujer en los diversos cambios sociales. Esto nos permite considerar variables que escapan a la santificación de la racionalidad, pues consideramos también, los aspectos emocionales de los seres humanos o de la humanización de las ciencias.

Palabras claves: Arqueología social, recolectores cazadores, revolución agropecuaria, materialismo histórico, cambio social, género, norte de Chile.

In this essay historical materialism is considered an effective theory in the interpretation of cultural changing processes; particularly for the prehistory of northen Chile, including concepts of the gender. Even though there has been certain concern of the role of woman in history, especially in moments of crisis, most of the interpretations have a patriarchal or masculine view. This possition has prevented a better knowledge of the social problems and the role of gender in the social relation of production. The patriarchalism is found in all societies, and for this issue we have sought alternatives based on scientific reflection that value the role of women on social changes. This allows us to consider variables that scape from the sanctification of rationality as we consider the emotional aspects of human beings or the humanization of science.

Key words: Social archaeology, hunters gatherers, agricultural revolution, historical materialism, social change, genre, north of Chile.


Una de las acciones de autorreafirmación más importante que,
a nuestro juicio, debería realizar la izquierda de nuestra América,
consiste en restablecer su sentido de futuro, en renovar su
optimismo histórico. (Fidel Castro, 1992)

El proceso de caída de los países socialistas y del muro de Berlín produjo grandes cambios en las relaciones internacionales y en la sociedad mundial, como también generó desconcierto, desilusión, incluso suicidios. En nuestro país, este proceso coincide con los momentos finales de la dictadura burguesa militar. Este acontecer ha tenido injerencia en muchos casos en los movimientos feministas, en la presencia de la mujer en el trabajo de producción social y/o en su regreso al trabajo no remunerado del hogar en forma total.

Antes de la IV Conferencia Mundial de la Mujer que se realizara en Pekín (Beijing), China en 1995, diferentes movimientos feministas conscientes de esta regresión habían comprendido la nueva discriminación social hacia la mujer que estaba apareciendo especialmente en los países subdesarrollados con la feminización de la pobreza, a pesar de los constantes logros y el reconocimiento del papel de la mujer en la comunidad. La participación presencial de la mujer ha sido fundamental en las luchas contra las dictaduras para mantener la llama de la dignidad humana. Por ejemplo, las Madres de Plaza de Mayo (Argentina) y la Agrupación Familiares de Detenidos Desaparecidos (Chile) han sido fuerzas morales necesarias para realizar cambios.

Ahora, recordando los hechos tan humanos y sociales señalados al comenzar este artículo, la crisis actual nos está permitiendo replantearnos con optimismo histórico, pues “El hombre contemporáneo siente la perentoria necesidad del mito. El escepticismo es infecundo y el hombre no se conforma con la infecundidad. Una exasperada y a veces importante ‘voluntad de creer'” (Mariátegui, 1969:47). Entiéndase hombre como ser humano y no tan sólo hombre.

Nuestras reflexiones en esta ponencia son más bien indagaciones que tratan sobre los cambios sociales producidos en los períodos prehistóricos del Norte de Chile, tanto de comunidades recolecto-ras cazadoras como de recolectoras pescadoras y agropastoriles. Siempre pensando desde el pasado y el presente, especialmente en las personas y en nuestra ciencia con sentido de futuro.

Hacia la Convergencia por el Cambio Social

Discutir sobre el momento, condiciones científicas y las posibilidades de análisis para poder proyectar nuevos paradigmas con nuevas interrogantes relacionadas con el conocimiento de la prehistoria, se hace una necesidad perentoria para entender los cambios sociales de nuestro pasado prehispano de una manera más integral, con variables de otros factores no considerados por la arqueología tradicional.

En esta oportunidad presentamos algunas alternativas provenientes de vertientes del conocimiento que no son ajenas a los problemas sociales e históricos, como son el pensamiento feminista y de una visión de género integradora. Consideramos importante sus conocimientos, estudios y aplicación para la arqueología, tanto en terreno como en gabinete, y por lo tanto en los escritos. El pensamiento feminista y el de género nos entregan la oportunidad de tener nuevas interrogantes, profundizar nuestro análisis en lo referente a lo femenino y lo masculino del desarrollo sociocultural, así como otras alternativas de entender el trabajo y reconocer simbolo-gías del quehacer por sexo.

De esta manera se nos permite discutir con nuevos argumentos las relaciones de trabajo y de poder para así leer algunos mitos sobre producción y dominación. Es una forma de explicar fenómenos sociales de la estructura subyacente en el momento de reconocer los cambios sociales. María Encarna Sanahuja (1997) se ha preocupado del feminismo y el materialismo histórico, proporcionándonos una buena documentación de escritos realizados por mujeres. Ella nos dice: “A pesar de las interesantes contribuciones de las mujeres en el materialismo histórico, la arqueología marxista suele obviar este hecho, tanto de la perspectiva ortodoxa como crítica, y sigue apegada al androcentrismo distorsionador de la realidad imperante en las ciencias sociales.” (Sanahuja 1997:8).

La Arqueología Social andina, y por tanto la chilena, debe considerar como fundamental en su interpretación histórica la participación activa de mujeres y hombres. Es el momento, la oportunidad para lograr en el diálogo constructivo una mejor comprensión y conocimiento del pasado con los nuevos aportes metodológicos y de conocimiento arqueológico, pues “La categoría producción no tiene en cuenta muchas actividades realizadas en la actualidad [como tampoco en el pasado] por las mujeres ni tampoco la reproducción biológica a cargo de estas últimas” (Sanahuja 1997:8). Esto hace difícil entender el pasado. Ello debido a que “La historia, por lo tanto, no es una categoría que explica, sino que hay que explicar” (Godelier 1980:8) y de esa manera podemos entender que “La arqueología se preocupa del conocimiento del fenómeno social en el desarrollo histórico en su totalidad” (Bate 1977:11), “totalidad del proceso, que sea congruente con sus objetivos y es necesario esclarecer su ubicación y nexos en el contexto de esa totalidad” (Bate 1993:89).

Por lo tanto, pensamos que el materialismo histórico es aplicable para el conocimiento del papel de las mujeres en la prehistoria del Norte de Chile, en la producción como mujeres, incluyendo la reproducción biológica, así como en sus diversas formas de participación en el trabajo familiar y comunitario.

No tenemos duda de que muchas de nuestras investigaciones son de carácter patriarcal, por eso son aceptables las observaciones de Maturana cuando dice: “El pensamiento patriarcal es esencialmente lineal y tiene lugar en un trasfondo de apropiación y control, y fluye primariamente orientado hacia la obtención de algún resultado particular porque no atiende primeramente a las interacciones de la existencia” (1993:30).

Antecedentes Ideológicos. Hacia el Patriarcalismo

Estamos en una constante búsqueda y replanteamiento de conceptos, objetivos y definiciones para fundamentar nuestra posición en la investigación arqueológica pues, como sabemos, toda ideología expresa relaciones sociales. El materialismo histórico es una herramienta de análisis de la sociedad, que no se preocupa tan sólo de lo visible como es el material arqueológico. Se preocupa de los objetos como objetos sociales, de las organizaciones socioeconómicas y sus espacios, que incluyen además todo lo invisible: ideologías, simbologías, relaciones ocultas, etc. Nuestra preocupación está también, como dice Gramsci, en “los fenómenos cotidianos, menores, que de algún modo están estructurados en la vida colectiva” (Pizzorno 1972:51).

En el caso particular de las comunidades preinkaicas hay que tener presente que cada colectivo estaba compuesto por pocas familias. Esto nos lleva a plantear que cuanto menor es la cantidad de personas en un grupo, más relevante en el desarrollo de la comunidad es lo invisible de las relaciones sociales: estados anímicos, relaciones personales y familiares, enfermedades y cuidados, muerte, diferencias personales, penas y alegrías, odios y amores, conflictos, ideologías, cofradías secretas, etc. Es por eso necesario recordar lo siguiente de Gramsci mencionado por Norberto Bobbio: “La historia de un pueblo no se puede documentar sólo por los hechos económicos. El anudamiento de la causación es complejo y embrollado y sólo ayuda a desentrañarlo el estudio profundizado y extenso de todas las actividades espirituales y prácticas.” (Bobbio 1972:81).

Estamos de acuerdo con Bate cuando nos dice que: “La forma cultural es la expresión concreta del ser y la conciencia social en cada grupo humano y, en general, en cada sociedad. La singularidad formal de la cultura se manifiesta en todo nivel: en el comportamiento de los hombres [entiéndase también mujeres] y en la objetivación material producto de la acción, así como en el reflejo y valoración en la conciencia social de su actividad o en los organismos que la regulan” (Bate 1977:10).

Nuestra sociedad es real y debemos comprenderla con todas sus cualidades y formas de ser para entender los procesos y los cambios sociales. Así podemos valorar las apreciaciones de Maturana con relación a la importancia para el cambio cultural que tiene la relación materno infantil en el desarrollo del espacio psíquico de niños y niñas: “La emoción que constituye la coexistencia social es el amor, esto es, el dominio de aquellas acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en coexistencia con uno, y nosotros, los seres humanos nos hacemos seres sociales desde nuestra infancia temprana en la intimidad de la coexistencia social con nuestras madres” (Maturana 1993:29).

Cambio social en las comunidades recolectoras cazadoras

Los cambios sociales que se producen en las sociedades recolectoras cazadoras están en relación directa con la obtención de alimentos, la capacidad creativa y las necesidades básicas de abrigo y protección. Por ello, se producen diferentes interacciones sociales en cada comunidad, en cada familia, que permiten, en lo particular, la singularidad en la elaboración de artefactos de producción y artesanías y, en lo general, las formas sociales de obtención de alimentos, abrigo y protección. Es decir, relaciones comunitarias de trabajo ya sean directas, como en la recolección de vegetales y en algunos casos de mariscos, o indirectas, como sucede con la caza y la necesidad de preparación de artefactos de trabajo o producción. Relaciones de trabajo que son sociales incluyéndose, por lo tanto, las relaciones sexuales de trabajo. Sin embargo, no se alteran las relaciones de producción, sino que se incrementan a través del tiempo con las innovaciones tecnológicas.

Las diferentes formas de obtención de alimentos y de producción están en relación a realidades objetivas posibles de verificar en cierta medida, pero existen además realidades consideradas subjetivas o sencillamente no consideradas realidades. Esto es más interesante, al comprobar que no todas las comunidades realizan las mismas obras frente a las mismas necesidades y los mismos estímulos del medio ambiente natural y social. Las respuestas no son consecuencias mecánicas o válidas para todas las comunidades, cada grupo tiene su historia cotidiana propia, lo que se tiene en común es el largo proceso de cambio social.

Seguramente los primeros grupos conocidos de cazadores del área atacameña de Tuina, San Lorenzo y Chulqui, entre los años 9.000 y 7.500 a.C., mejoraron la dieta alimenticia y obtuvieron en forma constante alimento con la recolección de vegetales más que de la caza misma. La recolección es un trabajo fundamentalmente femenino con participación de madres con sus infantes, incluyendo a discapacitados para la caza activa por diversas razones y, además, algunos cazadores.

La organización social preexistente, basada en la “reciprocidad generalizada” tanto en el interior del grupo como en las relaciones intergrupales, excluye la posibilidad de la apropiación y carece de categorías para ella (Vicent 1991:45).

El trabajo comunitario es coparticipativo para todos los miembros de la comunidad, no tan sólo para cazadores. En ella se mantienen los lazos de cohesión de grupo o la unidad comunitaria.

Quizás la arqueología social no ha dado la debida importancia al estudio de la recolección dentro del modo de producción de la sociedad de “cazadores” por la falta de evidencias “científicas”. Sería oportuno recordar en este momento a las primeras comunidades recolectoras pescadoras de la costa norte de Chile, estudiadas a partir del conocimiento de algunas momias y de excavaciones estratigráficas en conchales, que permitieron tener una visión socioeconómica de las actividades de esos primeros grupos humanos en la costa. Consideraremos dos aspectos para esta situación: a) los estudios de antropología biológica y b) los sentimientos positivos.

a) Los estudios de Antropología Biológica. En Morro-1 (Allison et al. 1984), entre las enfermedades que más afectaron a la población está la artrosis, que se presenta en rodillas, codos y clavículas. Podemos relacionarla con el tipo de trabajo, realizado principalmente en los roqueríos. La osteoporosis, patología aunque con frecuencia relativa en poblaciones prehispanas del área, implica actividades sedentarias, siendo en las mujeres más relevante por los cambios postmenopáusicos. Problemas degenerativos de la columna vertebral, los cuales aparecen divididos por sexo. En las mujeres se presenta en la región cervical y lumbar, mientras que en los hombres de preferencia en la región dorsolumbar baja. Esto nos permite relacionar los problemas en la columna de las mujeres con el trabajo sedentario (con fibra vegetal y otras labores hogareñas), mientras que el de los hombres con una mayor actividad física y movimientos para obtener los recursos marinos necesarios para la comunidad. El osteoma o proliferación ósea en el conducto auditivo es en Morro-1 más frecuente en los hombres, lo que demostraría un mayor trabajo masculino en la obtención de alimento marino bajo el agua. Hay que tener presente que, a comienzo de nuestra era, cuando surge la agricultura en Arica, se presenta una diversificación del trabajo, tanto en los valles como en la costa. Esto se podría verificar con el aumento considerable de casos de osteoma en las mujeres, quienes seguramente ocuparon espacios laborales marítimos dejados por los hombres.

b) Los sentimientos positivos. El tratamiento realizado a los restos humanos del Complejo de las Comunidades Chinchorro demuestra: la importancia que tuvo para ellas la relación con la muerte y todo aquello que significara lo desconocido. Seguramente fue importante para ellos que pudieran seguir viviendo sus antepasados de alguna forma entre los “vivos”. El tiempo dedicado a las diferentes etapas de momificación, más los detalles y acabados de ciertos rasgos simbólicos distintivos, con labores específicas realizadas por hombres o mujeres, demuestran una notable sensibilidad, ternura y amor por el prójimo.

Caleta Huelén-42 es la “aldea más antigua conocida para el norte de Chile”. En los patios concéntricos de las estructuras habitacionales se realizaban las actividades cotidianas, comunitarias y familiares donde hombres y mujeres intercambiaban ideas, hacían comentarios en sus reuniones, mientras realizaban otras labores previas para la obtención de alimentos. También, seguramente, niños y niñas recibían las enseñanzas de sus mayores. Aquí está la base de las relaciones sociales de producción en la familia, en la pequeña comunidad. Aquí están las relaciones coparticipativas, el conocerse y el conocer al otro. Las estructuras habitacionales presentan pisos realizados con ceniza endurecida. En muchos casos se encuentran hasta cinco pisos en no más de 60 cm de espesor. Los pisos han servido para sellar los entierros de antepasados, que en algunos casos son más de quince cuerpos en cada estructura de dos metros de diámetro.

El arte rupestre también es un testimonio del poder masculino del cazador por sobre la labor de recolección. Al relacionarlo con la tecnología para la obtención de alimentos y al conocer la base de la dieta, nos damos cuenta de la relación existente entre el arte y el poder, a la vez que entendemos la importancia real de la caza y de la recolección. La primera, definiendo su futuro con un carácter de mejoramiento o cambio tecnológico que posibilita el perfeccionamiento de los artefactos de caza, sin producir un cambio social, pues su finalidad es mantener y conservar el poder patriarcal del cazador (Lumbreras 1974; Vicent 1991). La segunda, la recolección, es abierta a producir las condiciones para realizar transformaciones en las relaciones sociales y poner en peligro el poder patriarcal del cazador, pero conservando la coparticipación en la producción, pues la tierra sigue siendo comunitaria.

Los trabajos comunitarios de recolección y caza habrían funcionado con un carácter no diferenciado, ni discriminatorio, facilitando una mayor participación de las mujeres en el poder. En las comunidades donde el trabajo de la mujer se amplía hacia las labores complementarias pasivas o de servicio, como es la preparación de las carnes que provee el cazador para la alimentación de la familia y/o la comunidad, comienza la subordinación y la estratificación de género adquiere importancia. Se facilita así el desarrollo masculino en el ámbito público por el prestigio, al justificar su rol protagónico con labores directivas complementarias no tan sólo durante la caza, sino también en la vida cotidiana de la comunidad.

El uso diario de las diversas posibilidades debidas a la recolección y las relaciones entre ellas producen cambios, nuevas formas de relaciones sociales. Estas funcionan como causa y efecto debido a las mayores necesidades de la comunidad, relacionadas con nuevas artesanías y el mejoramiento en su calidad, así como en la obtención de alimentos. Es una crisis constante que altera las relaciones sociales al incrementar la creatividad renovadora dentro de la comunidad sin producir grandes trastornos, sólo gérmenes de nuevos paradigmas que trastornarán a futuro la organización social de la producción y el poder en las comunidades recolectoras cazadoras. La acumulación de diversas creaciones y las constantes crisis conllevan un cambio social revolucionario que podemos relacionar con la selección de plantas y animales que permiten una producción controlada por la participación humana. Si la recolección de vegetales es un trabajo femenino, lo es también la selección de plantas cultivables y de animales para su domesticación, así como las artesanías derivadas de la recolección, pero no las del pastoreo.

Cambio social en la Revolución Agropecuaria

No nos referiremos en forma específica a la importancia de los análisis materialistas históricos de V. Gordon Childe con relación a la Revolución Agrícola (Childe 1959) y su importancia en el pensamiento de los investigadores andinos a partir de la década del 50 del siglo pasado (Choy 1960; Lumbreras 1974 y varios otros). Identificamos el concepto de Revolución Agropecuaria con el proceso de cambio revolucionario que comienza a gestarse a inicios del optimun climaticum en los últimos milenios de la era pasada, con la domesticación de plantas americanas y animales de nuestra área andina como son la llama y la alpaca.

Como hemos sugerido, los cazadores como fuerza social se opondrán a los cambios por razones de prestigio y poder. Las fuerzas del cambio social estarán en el campo de la recolección. Las condiciones y los cambios revolucionarios que operan posibilitan la transformación de una sociedad coparticipativa patriarcal dependiente de la recolección y la caza, en una sociedad horticultora matrilineal productora de alimentos, para luego transformarse en una sociedad patriarcal agroganadera. Este proceso se manifiesta en un desconcierto entre los cazadores especializados, que ven perder parte de su poder patriarcal y social coparticipativo y de buenos proveedores. El rol ritual de la caza pierde eficacia objetiva y subjetiva frente al nuevo modelo de obtención de alimentos. El cambio social activa nuevas relaciones de trabajo donde se destaca el trabajo de la mujer y los ritos relacionados con la madre tierra. Surge una nueva relación socioeconómica de obtención de alimento, también real o ficticia, pero más eficiente y programada, que permite almacenar alimentos para momentos difíciles y para el trueque, así como tener la posibilidad de alimentar algunos animales que se estaban criando en torno al espacio hogareño. Es un gran cambio en la economía y en los artefactos para la obtención de alimentos, pero lo determinante son las nuevas relaciones sociales donde incluso cambian los mitos y los ritos para obtener más alimentos. La caza como tal seguirá vigente, pero como una alternativa menor en la obtención de alimento para la comunidad. Sin embargo, la recolección de algarrobo y chañar, principalmente en las áreas de Chiu-Chiu y San Pedro de Atacama, así como de tamarugo en Tarapacá, logrará subsistir con un rol importante en la dieta, tanto para los humanos como para los animales, con nuevas consecuencias en las relaciones sociales dentro de cada comunidad.

En esta época la mujer adquiere un papel protagónico. Es ella la gran descubridora, inventora, analítica, es ella la que tiene el don de la Madre Tierra, la Pachamama, la fertilidad, es ella la que produce alimentos. La recolección al ser un medio de producción no especializado permitió ampliar las posibilidades creativas en diversas formas de producción de alimentos, por lo tanto, el desarrollo de otras ciencias, tecnologías y artesanías. Se estaba agilizando el cambio social al partir del lado oculto de las comunidades, el trabajo femenino.

Podría pensarse que estaban dadas las condiciones para una sociedad matriarcal en el área andina (Mac-Lean 1942:249), como también lo han planteado en algún momento otros estudiosos siguiendo la inspiración materialista de la línea de L. Morgan y F. Engels. Entre las pensadoras y los pensadores actuales con una visión de género, aunque se refieren al viejo mundo, habría que mencionar a Riane Eisler y Humberto Maturana. La primera plantea en su “teoría de la transformación cultural” dos modelos básicos de sociedades: 1) modelo dominador: patriarcado o matriarcado, donde una mitad domina a la otra y 2) modelo solidario: donde las relaciones sociales se basan en el principio de la vinculación. (Eisler 1993). El segundo, da mayor importancia al vivir en cooperación entre los dos sexos compartiendo alimentos, ternura y sensualidad, lo que él califica de “cultura matrística”. Para Maturana lo matrístico connota “una situación cultural en la que la mujer tiene una presencia mística que implica la coherencia sistemática acogedora y liberadora de lo maternal fuera de lo autoritario y jerárquico. La palabra matrístico, por lo tanto, es contraria a la palabra matriarcal, que significa lo mismo que la palabra patriarcal en la cual las mujeres tienen el rol dominante” (Maturana 1993:19).

Lo cierto es que las relaciones sociales de producción inmediatas al cambio revolucionario en los Andes durante el tránsito a la nueva sociedad permiten el desarrollo de la agricultura hortícola y el pastoreo de pequeña escala en torno a los núcleos hogareños. Estos comenzaban a establecerse en complejos aldeanos básicos con incipientes sistemas hidráulicos y el cuidado de animales domésticos, todo lo cual nos hace valorar la importancia de la mujer y la línea materna en la familia en las diferentes labores que se estaban gestando junto a los sitios habitacionales. Dos grupos son esenciales para comprender las relaciones de producción y la nueva ideología patriarcal agroganadera:

Una gran población campesina agropastoril, que también realiza labores anexas como extracción minera, artesanías y otras actividades de dependencia.
Un pequeño grupo dirigente que se perfila como clase dominante.Se compondrá especialmente de curacas, chamanes y especialistas en la producción agropastoril. Es en este grupo donde se encuentra el poder ideológico patriarcal que se manifiesta en lo político, social, económico, religioso y en el arte. El poder patriarcal agropastoril no es el poder de los hombres sobre las mujeres, sino de un selecto grupo sobre el resto de la población.

Las nuevas necesidades sociales provocadas por el aumento de la población conllevan una mayor demanda de alimentos y, por lo tanto, la necesidad de una mayor producción de ellos y de bienes. Ya antes del período Tiwanaku las comunidades patriarcales del altiplano con evidentes síntomas clasistas comienzan a ejercer sus influencias en los valles y quebradas del norte de Chile. Es el comienzo de la agricultura a gran escala, con la realización de obras hidráulicas difíciles ahora de detectar. En el área de San Pedro de Atacama podemos observar en el ayllu de Coyo, cercano a la aldea temprana de Túlor, algunos canales de regadío y espacios de cultivo, melgas, que corresponden al comienzo de nuestra era.

Cambio social con la agricultura y el pastoreo a gran escala

Es en el período agroganadero tardío, poco antes del año 1000, cuando triunfa la agricultura a gran escala en las diversas áreas del norte de Chile, con diversos énfasis. La crisis de la producción a pequeña escala, sin considerar problemas derivados de períodos de sequía, comienza cuando la demanda de alimentos produce alteraciones en el orden establecido. El poder coparticipativo comunitario ya no permite la obtención de alimentos para una población en constante aumento. El trabajo del ayllu o el comunitario, para la realización de las grandes obras hidráulicas, era imprescindible para el nuevo orden y la realización de los nuevos medios de producción. Ya no es posible el trabajo individual o solitario para hacer funcionar un sistema hidráulico como el necesario en nuestras quebradas y valles. El conocimiento científico y técnico de diferentes especialidades relacionadas con el agro, así como otros conocimientos para adquirir poderes sobrenaturales y relacionarse con las deidades a fin de “controlar” fenómenos naturales, como lluvias, fechas de siembra, de cosecha, etc., también fueron importantes. Es así como la mujer pierde su participación protagónica en la producción. El poder socioeconómico y religioso se traspasa a un grupo selecto de hombres, es el poder patriarcal que controla al campesinado en general y a las mujeres en particular.

Se calcula que en el Norte Grande de Chile la agricultura debe haber tenido, en su momento de auge, más de 36.000 hectáreas de tierras cultivadas en los diferentes sistemas hidráulicos de las quebradas y valles. Se puede deducir que anualmente se trabajan sólo alrededor de 6.000 hectáreas, si consideramos los períodos de descanso que debe tener la tierra agrícola en estos medios para una mejor producción en el tiempo y la cantidad real de agua disponible para regar las sementeras. Seguramente se pueden considerar pocas las hectáreas para una región tan extensa, pero suficientes para una población de desierto y sus necesidades de intercambio.

Para lograr los campos de cultivo tuvieron que construirse diversos sistemas hidráulicos en las diferentes quebradas y valles. Para esto se planificaron y realizaron diferentes obras como bocatomas, sistemas de canales primarios, secundarios y de regadío de las sementeras. También se construyeron con piedras diversos espacios de cultivo, como terrazas, andenes y canchones, así como acueductos, represas, tajamares y otras obras anexas que en general formaban los medios de producción o herramientas fundamentales de trabajo para el nuevo sistema. Como en toda obra, existía la necesidad constante de realizar reparaciones para mantener su buen funcionamiento, es decir, la producción. También en muchas áreas otro problema que se presentó fue hacer tierra de cultivo en lugares rocosos o sin suelos adecuados, como fue el caso de Socaire. Aquí, seguramente, la tierra era transportada por los canales desde el sector alto de esa localidad, El Tapial, hasta los campos cercanos al actual pueblo.

Los diversos trabajos realizados para hacer funcionar los sistemas hidráulicos los consideramos colectivos y masculinos, pues fueron los hombres, representantes de la comunidad, los principales participantes con su “energía humana” en la construcción y mantención del nuevo sistema de producción. El trabajo comunitario femenino es de dependencia o de servicio, relacionándose más bien con lo específico en un momento determinado, como períodos de limpieza de canales, siembras y cosechas donde tenía un importante rol ceremonial, como ya se dijo. Las mujeres pierden el poder coparticipativo en la comunidad y en la familia, siendo sus labores principales en el campo de las artesanías donde logran destacarse, así como en las labores del hogar y en el pastoreo.

Los espacios de cultivo de Antofagasta comprenden las cuencas hidrográficas del río Loa y del salar de Atacama (Núñez 1993). Se puede calcular que vivieron, en un momento determinado del período agroganadero tardío, alrededor de 12.000 personas y distinguir los siguientes sectores agrícolas: Quillagua y espacios cercanos, Calama y espacios cercanos, Chiu Chiu-Lasana, afluentes del río Loa, tributarios del salar de Atacama, ayllus de San Pedro de Atacama y Socaire.

Los diferentes espacios de cultivo de Tarapacá se concentraron en las hoyas hidrográficas de los valles, quebradas y cuencas interandinas de altura. Por las características geográficas, los sectores de cultivo se pueden dividir en dos: a) Pacífico. Las hoyas que drenan sus aguas hacia el mar y pampa del Tamarugal. b) Altiplano. Las que drenan sus aguas hacia el este o se encuentran en las cuencas interandinas con cultivos estacionarios de los pastores, como papa y quinoa. Su población estimativa durante el período agroganadero tardío debe haber sido algo superior a 30.000 personas1. Es decir, alrededor de 42.000 personas vivían en el norte de Chile con un sistema agroganadero patriarcal.

Si la agricultura a gran escala introdujo cambios sustantivos en los modos de producción, el pastoreo no fue menos significativo. En los Andes el pasado mítico en muchos aspectos está vigente no tan sólo en el aspecto de la religiosidad como se ha dicho, sino como parte de toda la cultura. Es una forma de pensar, de interpretar los hechos, de amar, de conceptualizar y sentir la vida, de conocimiento, de relacionar el pasado con el presente en una continuidad. Esto nos permite hacer valer por lo demás la posibilidad de interpretar ese pasado (que está en el presente) a través de muchas de las creencias actuales. Es interesante, por lo tanto, destacar en este momento lo que señala Jorge Flores Ochoa sobre los camélidos y otros animales en uno de sus escritos: “De acuerdo con la mitología de los pastores, se consideran dos clases de animales: los salqa o silvestres y los uywa o domesticados. Los salqa en el plano mítico son considerados también domésticos. Por esa razón son propiedad de los Apu” (Flores 1981:196). Los uywa que salieron de las profundidades de la tierra a través de los manantiales sagrados y tienen lana son denominados millmayuq uywa, que quiere decir ganado con lana, como son todos los domesticados en el antiguo Perú, es decir alpaca, llama y wari (Flores 1981:197). Bajo tierra no está el “infierno”, es un espacio sagrado de donde nacen o brotan la vida, el agua y los animales domésticos. Hay una interacción sagrada que debemos respetar.

El pastoreo de camélidos tiene características propias con relación al poder, que lo diferencian de la caza, de la recolección y de la agricultura. Con una posición más bien ecologista y conocedores de los Andes, L. Núñez y T. Dillehay nos dicen: “Los cazadores andinos fueron posiblemente los primeros en adaptar sus hábitos al comportamiento de los camélidos salvajes, logrando una temprana e íntima interacción, tendiente a lograr estabilidad y semisedentarismo a través de la práctica de caza especializada y temprana crianza en determinados loci favorables de la puna y tierras altas en general” (Núñez y Dillehay 1995:26). Presentando otros antecedentes y con un pensamiento de la problemática universal que podría aplicarse a los Andes (Estévez et al. 1989) plantean que “El paso de caza a pastoreo no es una simple consecuencia de la intensificación de la caza (como pretendían los seguidores de la Paleoeconomía, Higgs 1972; Higgs y Vita Vinzi, 1972; cf. Davidson, 1981), sino que se pasa por un momento de crisis en el que se rompen las relaciones de repartición normales.” (Estévez et al. 1998:8).

El pastoreo se relaciona más con la creatividad y el afecto directo hacia los animales, producto de la relación y observación de ellos en cautiverio desde pequeños (mascotas, “guachos”) que posibilita una alternativa selectiva para la obtención de alimento y materia prima. En los Andes, los camélidos domesticados a pequeña escala subsisten en un mundo donde se comparte el medio ambiente, pues si bien pertenecen a la puna, su adaptación a tierras de quebradas y valles con una mayor producción agrícola produce una buena complementación. No habría motivo para que en esta instancia los animales domésticos no siguieran perteneciendo a la comunidad y menos entonces fueran propiedad individual o de los cazadores especializados, pues esa última posibilidad habría dañado, como ya se ha dicho, el prestigio masculino o de ex cazadores. Los cambios se producen cuando el pastoreo se especializa, aumenta el conocimiento sobre las propiedades naturales de los animales y la variedad de usos; se reconocen otros espacios no puneños para su alimentación en bofedales, pastizales y vegas como son los casos de Chiu Chiu, Tulán y Turi, entre otros, ampliando el tradicional espacio hogareño, hacia los 1.200 años a.C.

Como consecuencia de lo anterior se producen variadas formas de producción. Pastores sin agricultura, trashumantes puros. Pastores con agricultura a pequeña escala. Principalmente en las tierras altas de Arica e Iquique (Chungara, Isluga, Cariquima, etc.), así como los pastores del comienzo de nuestra era que se contactan con espacios aptos para la agricultura, como son los casos de Socaire-26 y Calar. Pastores con agricultores, habitantes de quebradas de altura o bajas con control de espacios para tener una economía mixta. Agricultores de Socaire,Zápar, Toconce, Caspana, Ayquina, etc., así como de “tierras bajas”, como son los casos de San Pedro de Atacama, Chiu Chiu, Quillagua, etc.

Todas estas variables permiten mayores contactos entre los diferentes grupos y el desarrollo de interacciones culturales donde los patrones patriarcales de los pastores y agrícolas se integran para fortalecer el poder. Hecho que se afianza con las relaciones suprarregionales y se detecta con la presencia de habitantes del noroeste de Argentina y sur de Lipes en las áreas tarapaqueñas y atacameñas. Es por eso que Núñez y Dillehay nos dicen: “El patrón ganadero-caravanero dominó el ambiente de las tierras altas del centro norte de Perú, extendiéndose hacia el S. de Bolivia, norte de Chile y noroeste de Argentina.” (1995:21)

La complejidad del sistema pastoril y las posibilidades de su desarrollo prehispano quedan evidenciadas en el siguiente párrafo: “… la crianza de camélidos en los territorios de puna y el uso con secuente de las caravanas dentro de lo que usualmente podemos denominar un ‘medio de vida pastoril-nomádico’. La dualidad rebaños-caravanas corresponde a una adaptación excepcional. Se basa en una relación simbiótica entre hombres y animales dentro de los patrones de la movilidad trashumántica, con capacidad para producir, trasladar e intercambiar productos a nivel interregional” (Núñez y Dillehay 1995:20).

Es con el aumento de la población de camélidos domesticados, su diversidad y la necesidad de trabajos complementarios, que la producción adquiere una nueva dimensión donde el poder patriarcal pastoril comienza a gestarse con las variadas posibilidades de creación en el trabajo. Se hace necesaria la dirección de las actividades: se forman en la práctica estrategas en movilidad y especialistas con conocimiento de las variedades genéticas y posibilidades de selección para los diferentes usos. El pastoreo a gran escala comienza a producir grandes cambios cuando el trabajo masculino adquiere mayor independencia y relevancia, los cuales no podían lograrse con el pastoreo a pequeña escala. Con la movilidad pastoril se logra valorar espacios aledaños y contactarse en mejor forma con otras comunidades, así como tener mayor conocimiento. Se está produciendo un cambio creativo con una nueva mística que posibilita las relaciones sociales al incrementar la división del trabajo y la concentración del poder en los encargados de los grupos caravaneros: es el poder patriarcal de los pastores. Se amplían las necesidades de relaciones suprarregionales y el intercambio de materiales de uso, de consumo, lo que a su vez produce relaciones pacíficas y/o conflictivas.

La actividad pastoril produce dos actividades laborales artesanales fundamentales en la nueva comunidad. La textilería, que es un trabajo básicamente femenino. Un incremento del desarrollo de las actividades artesanales textiles con mejoramiento de cantidad y variedad de objetos elaborados. Una producción de diseños y dibujos en textiles, interpretando en muchos casos la ideología imperante. El trabajo artesanal es femenino, pero las “pautas culturales” son de ideología patriarcal. Con la movilidad caravanera se estimula el trabajo masculino como, por ejemplo, la elaboración de diferentes tipos de cordelajes, aperos y otras manufacturas necesarias para los animales que sirven de transporte.

Comentario Final

Consideramos que el Materialismo Histórico está vigente en el campo de las ciencias sociales para interpretar los procesos de cambio. En esta oportunidad, al tratar los cambios sociales que se produjeron en la prehistoria del Norte de Chile, consideramos para su interpretación, conceptos de la visión de género. Pensamos, que si bien ha existido una preocupación del papel de la mujer en la historia, especialmente en los momentos de crisis, ha sido una visión patriarcal o masculina, que ha impedido un mejor conocimiento de la problemática social y de los roles en la producción.

Es por eso que, al utilizar la categoría Patriarcal, lo hacemos para demostrar la importancia del poder masculino, tanto en diversos enfoques científicos como en los grupos que se estudian. Consideramos que el patriarcalismo se encuentra en todas las sociedades, desde el pasado más remoto hasta el presente. Para este problema, hemos buscado alternativas en la reflexión científica sobre la importancia del rol de la mujer en los diversos cambios sociales para comprender la participación de hombres y mujeres en todo proceso histórico. Esto nos permite considerar variables que escapan de la santificación de la cientificación de la racionalidad, pues consideramos también, los aspectos emocionales de los seres humanos o de la humanización de las ciencias.

Como concepto y como realidad el patriarcalismo es variable, tiene matices en las diferentes sociedades y culturas, pero hay que reconocer que está presente en nosotros y, para ser más elocuente todavía, en mí. Este reconocimiento que podemos hacer nos permite reformular nuestra interpretación de la Arqueología Social, pues si no incorporamos en nuestros escritos el papel de la mujer como mujer, no estamos haciendo Arqueología Social.

 

Notas

1 Hemos resumido el área agrícola en los siguientes sectores que corresponden principalmente a las hoyas hidrográficas:

I. Pacífico: (a) Lluta. Mollepampa, Poconchile; (b) Aza-pa. Arica, Alto Ramírez, San Miguel, Cerro Sombrero, Purisa, Putre, Belén;Tignamar Zapahuira-Copaquilla, El Laco-Tecnamar; (c) Vitor. Timar, Tignamar; (d) Camarones-Miñimiñi, Desembocadura, Conanoxa, Suca Huancarane, Codpa, Pachica, Esquiña; (e) Tana, Quiuña, Tiliviche, Calatambo,

Camiña, Chapiquiña; (f)Aroma, Sotoca, Jaiña, Chiapa, Aroma; (g) Tarapacá, Huarasiña, Tarapacá, Pachica, Loanzana, Guasquiña, Chusmiza, Sibaya, Guaviña, Mocha, Coscaya; (h) Mamiña-Tambillos, Macaya, Parca, Mamiña; (i) Quisma-Pica, Matilla, quebrada de Quisma, oasis de Pica; (j) Huatacondo, Tamentica, Tiquima, Huatacondo; (k) Maní.

II. Altiplano: (a) Caquena; (b) Parinacota-Chungara; (c) Isluga-Cariquima; (d) Cancosa.

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50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología

50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología

FECHA: 21 NOVIEMBRE, 2013

Fernando Orellana

Fernando Orellana Torres

Director General de Postgrado

Universidad Católica del Norte

 

En las décadas de 1950 y 1960 se concretaban en Chile cambios importantes en los métodos técnicos e interpretaciones de esta disciplina.

La Dirección General de Postgrado de la Universidad Católica del Norte organizó un evento recordatorio de los 50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología, realizado entre los días 6 y 13 de enero del año 1963, en San Pedro de Atacama, en las instalaciones del recién inaugurado Museo de la Universidad del Norte.

En esa reunión científica se encontraron diferentes especialistas chilenos y extranjeros, profesores y alumnos, autoridades de diferentes instituciones e, incluso, en la inauguración participaron los ministros de Estado, del gobierno del presidente Jorge Alessandri, los señores Ernesto Pinto Larraguibe y Julio Philippi.

Los importantes hallazgos arqueológicos efectuados entre 1955 y 1962 por el Padre Le Paige y sus colaboradores atacameños interesaban a la comunidad científica de Chile y a la de los países limítrofes.

Por esos años -décadas de 1950 y 1960- se concretaban en Chile cambios importantes en los métodos técnicos e interpretaciones de la arqueología. Antiguos y nuevos museos, centros de investigación y carreras recién creadas no solo investigaban y publicaban de acuerdo con la nueva arqueología, sino que además iniciaban la formación especializada de arqueólogos.

En estos nuevos ambientes científico-académicos, el Congreso de 1963 inició sus sesiones de trabajo.

Se puede leer en las Actas publicadas por los Anales de la Universidad que se presentaron ponencias de los investigadores chilenos Gustavo le Paige (Presidente del Congreso), Hans Niemeyer, Carlos Munizaga, Jorge Kaltwasser, Percy Dauelsberg, Luis Álvarez, Julio Montané, Mario Orellana (Secretario General del Congreso) y Lautaro Núñez.

 

 Padre Gustavo Le Paige,presidente del Congreso

 

Por los investigadores extranjeros expusieron Alberto Rex González y Dick Ibarra Grasso. También presentó un trabajo el prehistoriador Osvaldo Menghin. Este estudioso, como Julio Montané -según se nos informó-, no acudieron finalmente a San Pedro de Atacama.

Igualmente, participaron la doctora Grete Mostny, del Museo de Historia Natural; el arquitecto Roberto Montandón, delegado del Consejo de Monumentos Nacionales, y Jorge Iribarren, director del Museo Arqueológico de la Serena.

Entre los estudiantes universitarios presentes en ese Congreso estuvieron distinguidas (os) especialistas: Silvia Quevedo, Julie Palma, Mario Rivera, Osvaldo Silva, y Gonzalo Ampuero.

También es importante mencionar que es en San Pedro de Atacama, en este Congreso de 1963, donde se formó la Sociedad Chilena de Arqueología. Esta institución, fundamental para el futuro desarrollo de la arqueología de Chile, también cumplió 50 años, recayendo su primer directorio en los investigadores Hans Niemeyer F. (Presidente), Jorge Iribarren Ch., Julio Montané M., Mario Orellana R., y Virgilio Schiappacasse F. (Directores).

Nuestra Universidad sigue desarrollando la investigación y la docencia de postgrado en San Pedro de Atacama, y esperamos que así se mantenga por muchos años, en colaboración con las distintas comunidades atacameñas.

El recuerdo de tan prestigioso evento científico no puede quedar guardado en la memoria de unos pocos, porque el Congreso Internacional forma parte de la memoria histórica de la Universidad Católica del Norte.

Joan Maristany i Galcerán, pirata y negrero en Isla de Pascua

Joan Maristany i Galcerán, pirata y negrero en Isla de Pascua

Aislada, inhóspita. Lejos de todo. La Isla de Pascua, también conocida por su antiguo nombre Rapa Nui, se encuentra perdida en medio del  Pacífico Sur. La antigua cultura rapa nui aun hoy día plantea serios enigmas a historiadores y arqueólogos. Las causas de que el misterio continué son múltiples, aunque se sabe que en parte es debido a los trágicos sucesos que tuvieron lugar en la Isla de Pascua en diciembre de 1862.

Una flota de piratas llegada del Perú, al mando de un cruel capitán catalán  recordado por el  extraño nombre de Marutani, se llevó por la fuerza a toda la familia real y a un tercio de la población para esclavizarla.  Fue un genocidio en toda regla. La flotilla se llevó 1407  personas  de las 4000 que habitaban la Isla de Pascua. La mayoría murieron muy pronto.Solamente quince, débiles y enfermos, fueron repatriados al cabo de un año a la isla y con tan mala suerte que contagiaron al resto de la población de viruela. Al final tan solo  sobrevivieron once. De estos, descienden las  treinta y seis familias rapa nui que quedan.

El historiador Francesc Amorós es experto en las culturas de la Polinesia y puede ser, que el catalán que más sabe de la Isla de Pascua. Hace diez años   investigó y desveló el auténtico nombre de Marutani.

Amorós ha escrito dos libros sobre Rapa Nui (Isla de Pascua: El sueño imposible de Antoni Pujador y Rapa Nui: Un mundo perdido al este de Polinesia, Editorial Sirpus) y en 1985 participó en la elaboración del primer mapa arqueológico turístico de Rapa Nui,

Artículos relacionados:

1.- Nuevo libro de Francesc Amorós sobre la Isla de Pascua 2.-  Rapa Nui: Un mundo perdido al este de Polinesia : Entrevista a Francesc Amorós 3.- Isla de Pascua: El Sueño Imposible de Antonio Pujador 4.- Antoni Pujador y la Isla de Pascua (I) 5.- Entrevista a Francesc Amorós en Casa de la Palabra de Radio Euskadi

Enlaces de interés:

Libros citados y de interés:

Pirata i negrer, Joan Maristany i Galceran “Tara: el genocida de l´Illa de Pasqua”
Joan Muray
El Masnou, 2009

Rapa Nui: Un mundo perdido al este de Polinesia:
La Última Expedición de Thor Heyerdhal
Frances Amorós
Editorial Sirpus
Barcelona, 2010

Isla de Pascua: El Sueño Imposible de Antoni Pujador
Francesc Amorós
Editorial Sirpus
Barcelona, 2006

Slavers in Paradise:  The Peruvian  slave trade in Polynesia,1862-1864
Henry Evans Maud
Stanford University Press,1981

Matagi Tokelau:  History and Traditions of Tokelau
Office for Tokelau Affairs (Western Samoa)
University of The South Pacific & Institute of Pacific Studies (Fiji), 1990

Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico y revisión crítica del proyecto disciplinar

 Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología
Número 45 2015, páginas 95-114
Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico
y revisión crítica del proyecto disciplinar
Hugo Carrión1, Cristián Dávila2, Ayelén Delgado3, Nicole Fuenzalida4, Patricia Kelly5,
Francisca Moya6, Sandra Rebolledo7, Simón Sierralta8, Jairo Sepúlveda9 y Cristián
González10
Resumen
En las últimas tres décadas, el desenvolvimiento de la Arqueología Social en Latinoamérica (ASL) se
ha visto sujeto a numerosas revisiones, tanto en sus postulados como en su puesta en marcha. En este
sentido, en el Chile actual, resulta necesario realizar una revisión del proceso histórico de la ASL.
En este artículo se propone discutir la convergencia de las nuevas “arqueologías sociales”, iniciativas
teóricas diversas que tienen como eje el desarrollo de una praxis social, con los postulados de la ASL
y desde la crítica contribuir a la valoración de este proyecto disciplinar.
Palabras Claves: Arqueología Social Latinoamericana, Arqueología Social, Marxismo, Comunidades
Indígenas, Difusión Patrimonial, Arqueología Industrial, Arqueología de la Represión y la Violencia
Política Reciente.
Abstract
In the last three decades, the development of Social Latin American Archaeology (ASL) has been
subject to numerous revisions, his postulates as much as its application. Along this line, at Chile
today, it is necessary to perform a review of the historical process of ASL. In this paper we propose
to discuss the convergence of new “social archaeologies”, diverse theoretical initiatives that have the
development of a social praxis ancestral theme with the principles of the ASL and from the critical,
we contribute at delimit the possibilities of realization of this current disciplinary project.
Key words: Social Latin-American Archaeology, Social Archaeology, Marxism, Indigenous
Communities, Patrimonial Diffusion, Industrial Archaeology, Archaeology of Repression and
Recent Political Violence.
1 Investigador independiente. hcarrionmendez@gmail.com
2 Investigador independiente. cristiandavilac@gmail.com
3 Investigadora independiente. ayelen.delgado@gmail.com
4 Investigadora independiente. nnm_fb@hotmail.com
5 Investigadora independiente. pat.kellys@gmail.com
6 Investigadora independiente. franmoya.c@gmail.com
7 Investigadora independiente. sanrebolledo@gmail.com
8 Investigador independiente. simon.sierralta@gmail.com
9 Grupo de Acción Ecológica y Conservación Añañuca, Eleuterio Ramírez 1446, Santiago. sepulveda.jairo@gmail.com
10 Investigador independiente,.cgonzalez2405@gmail.com
Recibido: 5 de Febrero de 2015. Aceptado: 31 de Julio de 2015. Versión final: 24 de Agosto de 2015.
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La Arqueología Social Latinoamericana (en adelante ASL) se comenzó a desarrollar hace poco más de cuatro décadas como un proyecto científico-político fundamentado en el materialismo histórico y en la praxis marxista, cuyo desarrollo concreto ha involucrado a diversas epistemologías y tradiciones culturales en los contextos de México (Bate 1974, 1977, 1981, 1982, 1984, 1986, 1993, 1998; Gándara 1980, 1981, 1993; Gándara et al. 1985; Lorenzo 1961; Montané 1980), Perú (Lumbreras 1974; Tantaleán 2004, 2006) y Venezuela (Sanoja 1981; Sanoja y Vargas 1978; Vargas 1985, 1986).
Esta diversidad de planteamientos sin embargo, adhieren a una base común, institucionalizada en ciertos “hitos” como reuniones y otros espacios de producción científica, fundada en el rechazo a otras formas de materialismo (cultural, estructural) y el regreso a los clásicos (Marx, Engels, Lenin), y principalmente en el entendimiento de la Arqueología como ciencia social histórica, cuyo objetivo es el estudio de la sociedad como totalidad concreta (Bate 1977; Lorenzo et al. 1976). Será la convicción del carácter científico del materialismo histórico lo que implicó en la ASL un discurso político abierto, que se proponía no sólo explicar la realidad, sino también transformarla (Bate 1998). Así se explicitan los efectos políticos de la labor, jugando un rol la toma de conciencia de la posición desigual de las situaciones nacionales poscoloniales e imperialistas del continente (Lorenzo 1976; Sanoja y Vargas 1994).
A pesar de su desarrollo, el reconocimiento internacional de la ASL es reciente, siendo criticados diversos elementos de la propuesta como: el uso de metodologías mixtas empiristas, histórico-culturales y procesuales, la falta de una metodología o trabajo del dato arqueológico, la falta de generación de escuelas, el peso que tuvo el contexto socio-histórico pasado, y el fracaso en determinados proyectos como el Museo del Hombre Venezolano (1984-1987) (Benavides 2001; Gándara 1993; Gándara et al. 1985; Jackson et al. 2012; McGuire y Navarrete 1999; Navarrete 2006, 2012; Oyuela-Caycedo 1994; Oyuela-Caycedo et al. 1997; Patterson 1994, 1997; Politis 1995; Tantaléan 2004; Troncoso et al. 2006).
No obstante lo anterior, en la actualidad, la ASL permanece como una propuesta arqueológica alternativa, en términos de la geopolítica del conocimiento, genuinamente latinoamericana y consolidada epistemológica y políticamente (Navarrete 2012). Junto a ello, las trayectorias particulares de sus exponentes siguen funcionando. Hoy en México se reconoce un grado mayor de refinamiento teórico, así como programas académicos y proyectos comunitarios (Acosta Ochoa et al. 2012). Por otra parte, en Venezuela existe una crítica y activismo político vigente (Vargas y Sanoja 2014). En medio de esto, quizá la cualidad más sobresaliente del último tiempo sea la reproducción del proyecto en las revisiones de los preceptos a partir de reuniones y libros compilatorios que buscan generar un carácter internacional del marxismo como praxis (Tantaleán y Aguilar 2012) y las posibilidades que emergen desde otros escenarios como en la arqueología Marxista Española (Lull 2005) y en el caso ecuatoriano (Benavides 2001).
En nuestro país, pese al papel relevante desplegado por los investigadores nacionales en el desarrollo de la ASL, el golpe de Estado de 1973 y la consiguiente persecución política, significaron el silenciamiento de la producción marxista y cambios en el desarrollo académico de las ciencias sociales en general. En las últimas dos décadas este panorama ha cambiado en ciertos aspectos y en la arqueología chilena se ha asumido la existencia de “arqueologías sociales”. En este sentido, el objetivo de este artículo es presentar una evaluación crítica del desarrollo disciplinar actual chileno, enfocado en discutir las tendencias o arqueologías que al menos desde la discursividad, incluyan
alguno de los postulados principales de la ASL: tener una base teórica materialista histórica y/o explicitar un compromiso social y político de la disciplina en el presente.
El análisis consiste, entonces, en una revisión de la producción bibliográfica de los últimos veinticinco años, pues consideramos que, a partir del retorno a la democracia, se produjeron una serie de transformaciones que han determinado el surgimiento de nuevas prácticas que se enmarcan en lo definido anteriormente. Por ello, se han seleccionado las siguientes líneas investigativas: la Arqueología con base teórica Marxista, la Arqueología y comunidades indígenas, los trabajos en Difusión Patrimonial, la Arqueología Industrial y la Arqueología de la Represión y violencia política reciente.
Si bien este ejercicio no dará cuenta de la complejidad del tema en su totalidad, esperamos acercarnos a una reflexión crítica a partir de los principios establecidos como lineamientos de la ASL, que permita tanto calibrar en qué medida su influencia emerge hoy en los trabajos que han pretendido darle contenido social a la arqueología, como examinarlos en tanto perspectivas alternativas al cientificismo tradicional.
Arqueología Chilena durante el siglo XX: ¿cómo entender el surgimiento y ocaso de la ASL?
Hacia mediados de siglo XX se presenta un momento relevante para la Arqueología nacional, cuando se produce la institucionalización concreta de la disciplina en tanto ciencia a partir de la creación del Centro de Estudios Antropológicos en 1958 (Orellana 1991; Troncoso et al. 2008). En aquellos años, la intervención estadounidense en Latinoamérica alcanzó su punto máximo en la academia, estimulando la producción científica y humanista acorde a los valores del imperialismo. En la otra vereda, el avance de los movimientos de izquierdas intelectuales y/o populares, encauzó un proceso culminado en la vía democrática al socialismo de la Unidad Popular. A fines de la década de 1960, la intelectualidad de izquierda intentaba desarrollar teorías sociales de base marxista, que permitieran escapar a la dependencia del primer mundo y guiar la praxis revolucionaria.
La reforma universitaria implicó, para la arqueología, la conformación de la Licenciatura en Filosofía con mención en Prehistoria y Arqueología (1969) y del Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueológicas en Universidad de Chile (1971), del Departamento de Antropología en la Universidad de Concepción (1970) y la fundación de la carrera de Arqueología en Antofagasta (1971). A esto se sumó la promulgación de la Ley de Monumentos Nacionales (1970), la creación de museos regionales, la conformación de la Sociedad Chilena de Arqueología (1963), la organización de reuniones especializadas periódicas y una progresiva sistematización de las publicaciones (Orellana 1988, 1991, 1996; Troncoso et al. 2008).
Al interior de la academia, las discusiones sobre el rol que debían cumplir las disciplinas antropológicas en la sociedad eran reflejo del contexto nacional durante el gobierno de la Unidad Popular (Orellana 1991). Mientras en la Universidad de Chile se giraba hacia una arqueología cientificista, en la Universidad de Concepción se proponía abiertamente el deber revolucionario de la disciplina, expresión de lo cual fueron las cátedras de Lumbreras que culminaron en uno de los libros más influyentes de la ASL (Lumbreras 1974). Así, distintas posiciones teóricas se explicitaron en este período, por una parte, existían investigadores que rechazaban la politización de la academia, relevando el procesualismo norteamericano en instancias como el VI Congreso Nacional de Arqueología Chilena de 1971 (Orellana 1996; Troncoso et al. 2006, 2008), por otra, se
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proponía que el objetivo de la arqueología era el estudio de las formaciones económicas específicas de las sociedades del pasado (Montané 1972). Esta última, tesis que se pretendió materializar a nivel internacional con la realización del Primer Congreso del Hombre Andino (1973) (Troncoso et al. 2008).
Tras el Golpe de Estado, las universidades fueron intervenidas y sus redes desarticuladas, con particular énfasis en las ciencias sociales y humanidades; las escuelas de antropología de las Universidades de Concepción y Antofagasta cerraron, y muchos investigadores, fueron encarcelados, perseguidos o exiliados. Julio Montané y Luis Felipe Bate representan casos paradigmáticos de este proceso (Bate 1974, 1977, 1982, 2006; Montané 1980). Por otro lado, existe consenso en que la dictadura implicó un serio retroceso y detrimento para el desarrollo de la arqueología en general (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983: 16-88; Orellana 1991, 1996; Troncoso et al. 2006, 2008) y de la arqueología socialmente comprometida en particular.
La dictadura implicó que en los años ‘80 “la disciplina en la universidad desmejorara significativamente, presentándose hoy ciertamente deprimida (…) [y la] relación de la arqueología con la sociedad, se ha restringido a un nivel exclusivamente turístico” (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983: 42). Los museos asumieron parcialmente el rol de las universidades, y se potenciaron los marcos teóricos norteamericanos expresados en las Jornadas de Arqueología y Ciencia (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983). Esta ideología tuvo un correlato en la institucionalidad científica, medidos “lineamientos del capitalismo norteamericano” (Troncoso et al. 2008: 130).
La arqueología en la post-dictadura (1990-2011)
El término de la dictadura y la “transición a la democracia” implicó la compleja conjunción de distintas tensiones y tuvo al menos tres características fundamentales: la continuidad del modelo económico hegemónicamente neoliberal; la mantención de una democracia vigilada o “de baja intensidad”; y la emergencia de una política social y cultural orientada esencialmente a evitar la aparición y emergencia de conflictos sociales (Portales 2000).
Bajo este marco, la academia quedó despojada de cualquier posible sentido social. El carácter de la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICYT), estructurado como un referente de producción científica despolitizada durante la dictadura, se mantuvo con modificaciones puntuales. La arqueología encontró allí, con el programa FONDECYT, un buen nicho de financiamiento para desarrollar investigaciones con un marcado carácter positivista (Troncoso et al. 2008). Si bien el retorno de la democracia implicó mayor libertad en la docencia e investigación, primaron marcos teóricos fortalecidos en dictadura como la Nueva Arqueología, con una incipiente importación de otras perspectivas norteamericanas o europeas (Orellana 1996; Troncoso et al. 2008).
Por otra parte, durante los gobiernos de la Concertación se tuvo que conformar una institucionalidad estatal que se hiciese cargo de aquellas necesidades culturales propias de la herencia de la dictadura, como la verdad histórica, y de las nuevas problemáticas del contexto mundial post Guerra Fría, como la multiculturalidad y el patrimonio. Si bien se trató de casos excepcionales, la arqueología tuvo que jugar un papel en instituciones como la Comisión de Verdad y Reconciliación (1990) y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (2003).Junto con el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), organismo encargado del resguardo de la legalidad patrimonial, la institucionalidad del Estado ha mantenido el rol tradicional de los museos como entes de comunicación con la sociedad, papel que se ha visto suplementado también por un creciente papel de fondos concursables orientados a la puesta en valor de los bienes arqueológicos. No bien la existencia de esta esfera de práctica arqueológica, la situación de estas instituciones se habría visto crecientemente afectada; la consolidación del neoliberalismo y del Estado subsidiario, redundaría en un progresivo detrimento y precarización de las instituciones vinculadas a educación y patrimonio, como la DIBAM, el CMN y la U. de Chile (Troncoso et al. 2008).
Paralelamente, en 1994 fue promulgada la Ley General de Bases del Medioambiente, que establece la necesidad de someter las intervenciones de infraestructura a la evaluación de su impacto ambiental. La entrada en vigencia de esta normativa y del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), ha implicado grandes cambios en el desarrollo de la práctica de la arqueología en el país, destacando la apertura de un mercado laboral relevante y mayoritario para los arqueólogos, como el potenciamiento del estudio de nuevas áreas (Cáceres 1999, Cáceres y Westfall 2004). Sin embargo, aunque la institucionalidad establece marcos de regulación para diversos proyectos, se manifiesta ineficacia práctica y desfase entre la dinámica del sistema y la realidad en que se desenvuelve la praxis arqueológica. Junto a esto, en la arqueología de contrato, el proceso de transferencia de conocimiento no resulta relevante, y las labores de conservación, almacenaje, y difusión, entre otras, se constituyen más en un lastre que un beneficio (Uribe y Adán, 2003). En consecuencia, los resultados de esta arqueología no han sido retornados a la sociedad en la construcción de historias y/o prehistorias nacionales, ni tampoco se ha desarrollado experiencias de gestión comunitaria que impliquen otorgarle valor cultural a los sitios o materiales arqueológicos.
Sumado a lo anterior, la patrimonialización de los materiales y sitios arqueológicos constituye una atmósfera creciente (Alegría 2013), donde frecuentemente se la utiliza como estrategia de acción política tanto del empresariado como de ciertas colectividades. En la sociedad se va popularizando un concepto de patrimonio arqueológico que descentra la atención y potestad del Estado, así como la legitimidad del discurso académico y con ello de la arqueología (Ayala et al. 2003). Una disrupción en este sentido la va a constituir la conformación del Colegio de Arqueólogos (2009) y su rol en las manifestaciones contra la competencia Rally Dakar.
Actualmente, podemos ver que la arqueología del país funciona desde la crisis del modelo de representación estatal, el enfrentamiento con la mercantilización del patrimonio, que cada vez se inserta más en una situación conflictiva dada entre la gestión local y supranacional del patrimonio, los reclamos étnicos y la privatización del manejo de los bienes culturales. Evidentemente, en tal contexto no resulta fácil construir un planteamiento renovado, pensamos entonces que un primer paso es reflexionar sobre el desarrollo disciplinario actual y las formas en que se ha resuelto el vínculo de la arqueología con una praxis “más social”.
El marxismo en la arqueología chilena
Aún con el retorno formal a la democracia y el cese de la persecución política en la academia, el silenciamiento del marxismo que implicó la dictadura en la arqueología sólo ha sido tibiamente roto en los últimos años. Esto podría deberse al exilio de los investigadores que avanzaron en la
construcción de una base materialista histórica y dialéctica para el desarrollo de la arqueología, así como a la desmovilización y despolitización general de la sociedad, considerando que el impulso a este tipo de teorías suele ir de la mano de la agitación sociopolítica y/o solidez orgánica de la izquierda marxista (Tantaleán 2006).
No obstante, se pueden reconocer algunos intentos por generar reflexiones o interpretaciones arqueológicas desde el materialismo histórico (Gallardo 1998, 1999, 2004; Uribe y Adán 2004; Rees y De Souza 2004; Ballester y Sepúlveda 2010; Cornejo 2012; Uribe 2012). Por una parte, existen revisiones asociadas a lecturas neomarxistas que, desmarcándose de las posiciones clásicas, centran su reflexión en torno a la problemática del poder (Uribe y Adán 2004) y de la ideología (Gallardo 2004). Otros han apuntado a interpretar, con mayor o menor grado de coherencia, fenómenos económicos de cambio social en torno a los conceptos que tradicionalmente ha utilizado el marxismo en su análisis (Rees y De Souza 2004; Cornejo 2012). Por último, ejercicios teóricos han buscado aportar en la discusión de temáticas específicas, ya desde la revisión bibliográfica de propuestas de arqueología marxista (Ballester y Sepúlveda 2010), ya desde la aplicación de reflexiones generales del materialismo histórico a temáticas específicas como el arte rupestre (Gallardo 1998, 1999).
Sin embargo, la mayoría del trabajo académico de estos autores no utiliza como cuerpo teórico el marxismo, ni profundiza en aplicaciones prácticas ni desarrollos metodológicos o teóricos posteriores. En este sentido, vemos han adoptado orientaciones más cercanas al historicismo cultural (Uribe et al. 2004), al procesualismo (Cornejo y Sanhueza 2003; De Souza 2004; Adán y Mera 2011; Ballester et al. 2014) o al posmodernismo/posprocesualismo (Gallardo et al. 1999; Gallardo 2001; Uribe 2004; Cornejo y Sanhueza 2011), sentándose solo brevemente en la mesa del materialismo histórico. Estos ensayos tampoco se refieren, en general, a la tradición de arqueología marxista ameroibérica que ha desarrollado el grueso de las discusiones al respecto en las últimas décadas, ni a los pensadores clásicos de otras latitudes. Se producen así trabajos de un marxismo huérfano y sui generis, con menciones entremezcladas a autores tan disímiles teóricamente como Binford, Godelier, Adorno, Bourdieu y Giddens. En términos políticos, no suelen mostrar una intencionalidad evidente, salvo Uribe (2012) y Uribe y Adán (2004) que explicitan la necesidad de desnaturalizar conceptos y modelos propios del evolucionismo norteamericano.
Una excepción puede encontrarse en los trabajos de Núñez (1999, 2000, 2001, 2003, 2004, 2005, 2012), que en forma sistemática se han enmarcado en coordenadas conceptuales que integran referentes clásicos del marxismo con aquellos de la arqueología social amero-ibérica. Sus escritos plantean esfuerzos interpretativos del pasado del Norte Grande, explícitamente desde la arqueología social. Desde allí se abordan temáticas sociales contemporáneas como las identidades históricas, el cambio social o el diálogo intercultural, esbozando incluso la necesidad de una arqueología social que integre el pensamiento feminista y una visión de género.
De cualquier forma, es difícil hablar del desarrollo de una arqueología marxista en la década de 1990 en Chile. Más bien, hasta la fecha el panorama general señala la existencia de declaraciones de voluntad y esporádicos atisbos de praxis interpretativa marxista, que permanecen lejos de la propuesta programática de la ASL, y más lejos aún de la constitución de una línea teórica más sólida o permanente.
Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico y revisión crítica… | 101
Arqueología y difusión patrimonial
La necesidad de la disciplina de abrir espacios de comunicación (Troncoso et al. 2008: 132) con el propósito de aproximarse a la comunidad no especializada mediante la difusión de conocimiento científico, se ha vinculado con la puesta en valor del patrimonio y la traducción de los saberes a un lenguaje común y accesible. Para ello, la difusión patrimonial ha tomado un papel relevante, ya que tiene por objeto transmitir el conocimiento producido desde la disciplina hacia la sociedad, para así, vincular a esta última con el pasado a través de la cultura material e inmaterial, reconociendo su valor e imprimiéndole significación en el presente (Guglielmino 2007). Parte de estos preceptos se asocian con la denominada arqueología pública, la que plantea un acercamiento al público general mediante plataformas interactivas que estimulen la gestión del patrimonio y educación en diversos espacios (Montenegro 2012; Salerno 2013).
En el país se han propuesto instancias de discusión que problematizan la vinculación de la arqueología con la sociedad, ejemplo de ello son los “Talleres de Teoría Arqueológica” (Troncoso et al. 2006), los simposios “Hacia una arqueología pública: nuevas estrategias de difusión del patrimonio arqueológico en Chile”, “Más allá de las comunidades. Perspectivas en la arqueología pública de América del Sur” y “Arqueología y Educación”; el primero, parte del XIX Congreso Nacional de Arqueología Chilena (Arica, 2012) y los dos restantes realizados en el VII TAAS (San Felipe, 2014). Se suman también espacios institucionales como FONDART, plataforma destinada a la difusión cultural y conservación patrimonial; y la incorporación en el último tiempo en FONDECYT de ítems de divulgación y vinculación con el público no especializado en sus formularios de postulación.
En Chile no existe un número significativo de trabajos escritos referidos a la difusión patrimonial, aunque en los últimos años se aprecia un mayor interés y desarrollo. En general, las publicaciones resultan ser trabajos particulares realizados por lo común al alero de museos. Se plantea como objetivo acercar el patrimonio cultural local a la ciudadanía aplicando diversas estrategias didácticas con el fin de generar nuevas experiencias educativas (Córdova-González et al. 2002, 2004; Romero et al. 2004; Aguilera et al. 2006; Aguilera y Prado 2010), mientras que otros trabajos enmarcados en proyectos de investigación, incluyen la difusión del conocimiento a través de canales distintos a los utilizados en el área científico-académica (Carrasco et al. 2003a).
Sin embargo, todas estas propuestas no cuentan con un programa común, respondiendo a la coyuntura relacionada con la demanda internacional de protección patrimonial. Los trabajos no pretenden formar parte de una corriente determinada, aunque existen algunos que se autodefinen como parte de la arqueología pública utilizando definiciones ambiguas (Romero et al. 2004). Tal ambigüedad en el empleo de ciertos conceptos se observa en la mayor parte de los textos en el uso del término “patrimonio”, planteado como un principio incuestionado e impreciso. En otras palabras, no se explicita una definición clara respecto de qué es lo que se está entendiendo como patrimonio, sino más bien se impone como valor intrínseco. Lo anterior da cuenta de la perspectiva acrítica que tiene la mayoría de los trabajos respecto del discurso hegemónico, y en consecuencia, la falta de posicionamiento teórico y político por parte de los autores. Con todo, los trabajos elaborados en torno a la difusión patrimonial crean una idea más bien difusa de la vinculación real que debe tener la comunidad no especializada con la disciplina y del verdadero alcance y valor de la difusión.
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Francisca Moya, Sandra Rebolledo, Simón Sierralta, Jairo Sepúlveda y Cristián González
Arqueología y comunidades Indígenas
Desde la implementación de la Ley Indígena Nº 19.253 (Boccara y Ayala 2011), los pueblos indígenas han cobrado progresivamente relevancia como actores sociales con demandas propias en las luchas de significación y de poder que atañen a sus derechos culturales y a los recursos dentro de sus territorios. Teniendo como precedente lo ocurrido en otras regiones (Endere y Ayala 2012), han surgido una serie de exigencias por parte de los pueblos indígenas que han buscado, por un lado, la devolución y restitución de su patrimonio (custodia y manejo de los sitios arqueológicos), y por otro, poner atajo a distintas prácticas que, realizadas sin previo consentimiento, pudiesen atentar contra su cultura (Ayala 2007, 2008). En este panorama, el actuar de los arqueólogos es cuestionado por las comunidades indígenas, poniendo en duda no sólo la validez de sus prácticas, sino también la legitimidad de sus discursos sobre el pasado (Jackson et al. 2012). La arqueología chilena se ha visto entonces, en la necesidad de reflexionar respecto de su quehacer y reaccionar a las demandas indígenas, cuestionando el rol y la finalidad del conocimiento arqueológico, así como la responsabilidad social del arqueólogo con las comunidades.
A partir de una revisión histórica de los discursos arqueológicos nacionales, se observa que previo a la década de 1990, la disciplina no considera a los pueblos indígenas ni como receptores del conocimiento arqueológico, ni como depositarios de una tradición relevante para el proceso científico (Romero 2003). Quizás la única excepción a esta situación la constituyó el Grupo Toconce (Adán et al. 2001; Ayala et al. 2003). En el ambiente académico formal, las reflexiones se empezaron a manifestar hacia fines de la década de 1990, con la publicación de artículos en el Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología (Ayala 1999; Rivera 1999; Westfall 1998) y del libro “Patrimonio Arqueológico Indígena en Chile: reflexiones y propuestas de gestión” (Navarro 1998). La discusión iniciada en esos años resultó en una serie de instancias de diálogo entre comunidades indígenas, arqueólogos y organismos estatales, entre las que destacan los encuentros de Cupo y Ollagüe, mesas de diálogo llevadas a cabo por el Museo de San Pedro de Atacama, y el programa de educación patrimonial Escuela Andina (Adán et al. 2001; Ayala 2007).
Si bien una parte de la arqueología nacional ha intentado comprometerse con la demanda de los pueblos originarios, esta intención no se manifiesta como una propuesta sistemática, sino como una reacción ante conflictos eventuales, manteniendo una prudente distancia en territorios con población indígena o evadiendo las mismas, como ocurre en la zona sur de Chile (Uribe y Adán 2003). En ese sentido, permanece como una práctica académica influenciada por las directrices gubernamentales (Uribe y Adán 2003) y centros hegemónicos de poder, posicionándose muchas veces como una herramienta de éstos últimos en el sentido de mediatizar discursivamente las relaciones conflictivas. Por otra parte, hay que tomar en cuenta que si bien ciertos proyectos pregonan el desarrollo de arqueologías participativas, éstas continúan reproduciendo antiguas relaciones de poder/saber, en las cuales los indígenas siguen participando como excepcionales informantes, excavadores o ayudantes de terreno y laboratorio, pero no intervienen en los procesos de toma de decisiones sobre su pasado y materialidad (Ayala 2008; Gnecco y Ayala 2010), generando una “participación sin participación” (Ayala 2014).
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Arqueología industrial
La arqueología industrial es uno de los temas de trabajo más recientes en la disciplina y se enfoca a la comprensión de los espacios, métodos y maquinarias dentro del proceso de industrialización enmarcado en la revolución industrial y la tecnologización posterior, tratando de comprender las formas de comportamiento social derivadas de dicho proceso (Symonds y Casella 2006).
El concepto fue acuñado a mediados de la década de 1950 por Michael Rix (Symonds y Casella 2006), sin embargo, en nuestro país ha suscitado interés solo recientemente, aunque existen antecedentes en trabajos de Alcaide (1981, 1983) y Bittmann y Alcaide (1984) sobre el ciclo del salitre, y Brown y Craig (1994) durante la década de 1990 en Huantajaya. Esto podría explicarse por la relevancia preponderante que la academia y el financiamiento institucional le dan a la investigación de la prehistoria, y que ha relegado las arqueologías de la modernidad a una posición marginal.
A partir del año 2000, sin embargo, se observa un proceso de transformación que posee tres causas posibles o conjuntas: por una parte, el desarrollo de la Arqueología de Impacto Ambiental que hace necesaria la comprensión e inclusión dentro del registro arqueológico de espacios industriales, por otra, la apertura de los espacios académicos tradicionales a este tipo de temáticas, como los Congresos Nacionales de Arqueología Chilena de 2006 y 2009, y por sobre todo, el interés particular de una serie de investigadores en aumentar la comprensión de un pasado reciente. En este último grupo podemos encontrar, entre otros, trabajos en torno al ciclo salitrero en Antofagasta (Vilches et al. 2008; Rees et al. 2010), a la reconstrucción de la cotidianeidad a partir de las últimas oficinas salitreras en Taltal (San Francisco et al. 2009), a la explotación cuprífera en San Bartolo (Aldunate et al. 2006) y en Capote (García-Albarido et al. 2008; Rivera et al. 2007; Rivera 2008).
Estos dos pulsos diferenciados de investigación mostraron, además, claras diferencias conceptuales. Los trabajos publicados en las décadas de 1980 y 1990 desplegaron esfuerzos orientados más bien a dar cuenta de la existencia y relevancia del patrimonio industrial, sin generar una reflexión ni un discurso importante sobre el contenido del mismo. En el siglo XXI, en cambio, se ha intentado establecer e interpretar la relación entre los restos materiales de la actividad industrial y los procesos sociales del capitalismo inicial, poniendo de manifiesto las contradicciones propias de dicho sistema económico-social.
Los arqueólogos industriales contemporáneos ven en la investigación una vía alternativa para conocer los nexos entre la materialidad y la “vida social” en contextos capitalistas, comprendiendo que este tipo de evidencia ofrece una perspectiva que no es evidente mediante el estudio de fuentes documentales orales o escritas (Fuentes y Rovano 2012), y basando gran parte de su marco teórico en torno a las dinámicas posibles de establecer entre la materialidad industrial, el espacio y la cultura (Vilches et al. 2008; Rivera et al. 2008; García-Albarido et al. 2008).
En último término, la diferencia más importante entre las investigaciones recientes y las de fines del siglo XX, radica en que los nuevos investigadores orientan sus esfuerzos en una dirección políticamente reflexiva, reivindicando la historia de los trabajadores o resaltando el carácter identitario de la industria en el lugar determinado. Esto no implica, en todo caso, la existencia de un sólo eje de trabajo, puesto que mientras algunos se enfocan en la problemática de la patrimonialización (Rivera et al. 2008), otros lo hacen en la reconstrucción de las historias de vida y el día a día de los sujetos (San Francisco et al. 2009), y aún otros en visibilizar prácticas y acontecimientos excluidos de los relatos tradicionales (Cristino y Fuentes 2011).Recientemente también podemos encontrar los trabajos desarrollados por Vilches y coautores (2014) cuya caracterización del periodo de industrialización de San Pedro de Atacama apunta a la visibilización de una época de la historia oscurecida por el pasado prehispánico de la zona de estudio. Y, en ese sentido, el análisis contiene orientaciones políticamente reflexivas desde la perspectiva del discurso nacional y regional.
No obstante todo lo anterior, en términos generales, los trabajos citados no muestran algún tipo de convergencia o eje programático hacia un planteamiento que refiera a la utilidad social de la arqueología en el contexto de los procesos de industrialización.
Arqueología de la represión y la violencia política reciente
Considerando la historia reciente del país, el problema de la violencia política, secuestro, tortura y desaparición forzada de personas, resulta una cuestión fundamental para las ciencias sociales e históricas nacionales. La arqueología ha tenido algunas aproximaciones a esta temática a partir de experiencias puntuales desde la década de 1980. Durante la década señalada, algunos arqueólogos fueron parte de la búsqueda e identificación de detenidos desaparecidos en el marco de procesos judiciales (Jensen y Cáceres 1995; Cáceres 2011: 8).
Tras el final de la dictadura militar, en 1990 se creó la “Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación” a partir de lo cual aumentaron los trabajos y sujetos involucrados en el tema, destacando la labor realizada entre 1989 y 1994 por el Grupo de Antropología Forense (GAF), conformado mayormente por antropólogos sociales. Si bien otros investigadores participaron en paralelo, en muchos casos la colaboración fue puntual, luego de lo cual cada uno de los especialistas retomó sus labores académicas o laborales (Cáceres 2011: 62), sin desarrollarse entonces una reflexión interna de la disciplina respecto al tema (Cáceres 1992; Jensen y Cáceres 1995).
Un proceso de transformación se ha esbozado durante el siglo XXI lo que se refleja en la incorporación del tema en congresos nacionales de Antropología y más recientemente de Arqueología (Cáceres 2004; Carrasco et al. 2003b, 2004; Cáceres y Jensen 2007), así como en la realización de las primeras investigaciones enfocadas en centros de detención y tortura utilizados en la dictadura militar (Fuenzalida 2011; San Francisco et al. 2010; Fuentes et al. 2009). En el último caso, se trata de ejercicios que llaman a pensar cómo herramientas teórico-metodológicas propias de la arqueología pueden aportar a la construcción de un discurso y/o una memoria al respecto. Asimismo, a diferencia de los trabajos enfocados en la identificación de detenidos desaparecidos, estas investigaciones no necesariamente se vinculan al “hacer justicia”, sino más bien a rescatar y ayudar a mantener la memoria histórica en torno al tema, considerando que los recintos de detención y tortura son hitos arquitectónicos particularmente significativos para ello y que, aún en democracia, existe una política de invisibilización de la violencia ejercida por el Estado.
Considerando lo anterior, la reflexión acerca de este tema en la arqueología chilena se refleja en esfuerzos relevantes, pero poco sistemáticos. En Chile a diferencia de otros países como Argentina o Uruguay (Bellelli y Tobin 1985; Funari y Zarankin 2006; López Mass 2006; Zarankin y Salerno 2008; González y Lema 2011), esta tendencia no constituye una propuesta inserta en el ámbito disciplinar y los escasos esfuerzos que desarrollan un trabajo en ésta línea no tienen sustento institucional.Pese a ello y a diferencia de las otras temáticas revisadas en este trabajo, en este campo se observa más claramente la existencia de una voluntad política explícita de vincular la práctica arqueológica con la realidad del presente y el pasado reciente del país, constituyendo un aporte social e histórico concreto. Es que a diferencia de otras tendencias teóricas, en esta arqueología se conjuga la necesidad de construir y aportar en términos de discursos a la memoria reciente vinculada al pasado dictatorial y traumático de nuestro país. La política aparece de forma explícita en los planteamientos, cuando se tiene en consideración que la arqueología puede servir de “evidencia” en casos judiciales abiertos (ver Cáceres 1992; Carrasco et al. 2003b; Cáceres y Jensen 2007) o contribuir a visibilizar memorias no historizadas en los discursos oficiales (Fuenzalida 2011, 2014; San Francisco et al. 2010; Lizardi 2015).

Relevancia, limitaciones y proyecciones del proyecto disciplinar de la ASL en Chile
En este trabajo hemos evaluado diferentes iniciativas enmarcadas en líneas investigativas que se relacionan con la ASL ya sea porque poseen una base teórica crítica y/o asumen una postura política clara y explícita. Consideramos que estos aspectos son fundamentales cuando se entiende a la arqueología como ciencia social, en cuanto a disciplina que forma parte de un sistema ante cuyos debates, necesidades y problemáticas debiera responder.
La Arqueología Social Latinoamericana, como desarrollo teórico, fue una expresión del proceso histórico de lucha que transitó el continente desde comienzos de la segunda mitad del siglo XX. En tanto tal, su entrelazamiento con el proceso revolucionario nacional, y la adopción del materialismo histórico como enfoque predominante de su praxis científica, determinaron que en Chile fuese erradicada de forma eficiente, inmediatamente después de la instalación de los organismos militares en el poder en 1973 (Bate 1984). Resulta complejo, por lo tanto, realizar una evaluación de su desarrollo en las décadas siguientes, entendiendo que, junto con suprimir “el cáncer marxista” y la reflexión y crítica social en general, la dictadura cívico-militar promovió perspectivas teóricas alineadas con los modelos económicos norteamericanos, enraizados en la concepción liberal de independencia política del conocimiento científico.
–Este desarrollo teórico posee una relevancia intrínseca a su definición como proyecto disciplinar, en tanto representa una perspectiva alternativa a los modelos imperantes, donde converge una posición filosófica, ética y política particular. Se trata de un proyecto disciplinario por y para nuestro continente, que responde a la historia y realidad particulares de Latinoamérica.
Como hemos visto, sin embargo, las arqueologías chilenas que se proponen “sociales” carecen de estos elementos. En el caso de los trabajos vinculados a las comunidades indígenas, por ejemplo, a pesar de un reconocimiento del conflicto entre la institucionalidad, los arqueólogos y las propias comunidades, se han adoptado aproximaciones poco reflexivas y unilaterales, que en nombre de idealizaciones de “identidades en pelig“idero” ignoran las problemáticas de fondo, lo que, sumado a una legislación ambigua, difícilmente puede hacer sino legitimar desigualdades y asimilar al sistema nacional diversidades de un modo menos traumático (Díaz-Polanco 1978). Asimismo, podemos encontrar problemas similares cuando se trabaja desde la óptica del patrimonio: perspectivas ingenuas que privilegian la forma por sobre el contenido, por lo general naturalizando el valor de la cultura material sin introducir cuestionamientos a la lógica de consumo en que ésta se desarrolla. En ambos
casos, se busca proteger “lo indígena” o “lo patrimonial” sin siquiera cuestionar los alcances y la dirección de dicha protección.
Esta misma visión poco reflexiva y cortoplacista se observa en los intentos de aplicar el materialismo histórico a la interpretación arqueológica; la ausencia de una praxis sistemática al respecto han dado como fruto, artículos cuya relevancia no trasciende la anécdota. Por su parte, los trabajos vinculados a los asesinatos y desapariciones durante la dictadura, sin desmerecer el enorme valor que poseen en sí mismos, se caracterizan justamente por tratarse de respuestas contingentes a demandas del poder judicial, y sólo el último tiempo aparecen las primeras iniciativas de índole propositiva. La arqueología industrial, por último, se encuentra aún en un estado muy incipiente para emitir juicios al respecto, pero tampoco existen indicadores que muestren necesariamente el comienzo de una tendencia diferente.
Por ello, tal como Gándara y coautores (1985:9) son quienes diagnostican que la arqueología marxista no existe en México, y Tantaleán (2004), para quien la arqueología social peruana se encuentra en un panorama desolador sin mayor producción o coherencia, consideramos que en nuestro país no existen trabajos que hayan desarrollado una perspectiva consistente con la Arqueología Social Latinoamericana. Se hace evidente que se trata de iniciativas que, aunque puedan compartir algunos de los postulados de la ASL, constituyen posiciones teóricas eclécticas que carecen de una reflexión sistemática sobre la problemática social a nivel nacional y continental, y su propia praxis al respecto. Por el contrario, surgen como respuestas contingentes a manifestaciones específicas de los conflictos generales, y son alimentadas desde la necesidad de dar legitimidad social a la propia práctica.
Esto podría ser explicable considerando tres causas principales. La primera -y de la que se desprenden las siguientes- refiere al contexto político que condicionó el abandono de esta perspectiva a nivel institucional a partir de la persecución de la izquierda en general, y el ejercicio sistemático de despolitización de la sociedad civil aplicado durante los últimos cuarenta años. La segunda, apunta a una práctica arqueológica que se caracteriza por tendencias eclécticas, que en la mayoría de los casos carece de explicitación teórica o mayor reflexión. En ésta se observa más bien la adopción oportunista de marcos teóricos -fundamentalmente norteamericanos y europeos- para enfrentarse a situaciones específicas. La tercera, dice relación con la idea, arraigada en la academia, de que la arqueología como ciencia no tiene cabida para las mezclas con la política o la historia, sino que se trata de una esfera autónoma e independiente de la contingencia de la sociedad de la que forma parte. Por último, cabe mencionar que la disciplina arqueológica se caracteriza por una fuerte elitización, pues gran parte de sus miembros forman parte de los grupos más favorecidos del país, situación que se reproduce institucionalmente, por ejemplo, en la Universidad de Chile a partir de los estándares de acceso a la misma.
Luego de esta valoración crítica, el proyecto permanece. Al igual que en el resto del continente, surge la necesidad de realizar reelaboraciones teóricas y prácticas que se hagan cargo de las condiciones políticas actuales, actualizando los postulados previos al apogeo neoliberal, y que, por lo tanto, permitan también discutir los paradigmas dominantes en la arqueología local y mundial. Asimismo, es necesario evaluar las problemáticas que emanan de las contradicciones generales y específicas de esta sociedad capitalista, y que no han sido abordadas en este trabajo, como la predominancia de la praxis mercantilizada de la arqueología de impacto ambiental, frente a las iniciativas de investigación, difusión e intervención.Con esto no proponemos desechar la experiencia acumulada en los últimos treinta años por los trabajos revisados anteriormente, simplemente por carecer de la substancia teórico-política que hemos propuesto. Por el contrario, pese a las críticas planteadas reconocemos –en varios casos- su aporte desde una perspectiva de aprendizaje metodológico y práctico, así como su carácter de puntos de partida que permiten problematizar más incisivamente sus esferas de acción. Lo que pareciera urgente y necesario es, entonces, dinamizar las iniciativas que cada vez emergen con más frecuencia en una propuesta política clara y un sentido de realidad que permitan, nuevamente, plantear la posibilidad de un proyecto disciplinar de escala amplia.
Tampoco es la intención de este artículo plantear una solución programática a la situación expuesta, pues pensamos que ésta deberá surgir de una reflexión que supera la mera evaluación de la historia de la investigación. Sí podemos, en cambio, plantear las direcciones fundamentales por las que creemos que debe conducirse el proceso de construcción de una arqueología social orgánica y políticamente sólida.
En primer lugar, existe la necesidad de desarrollar una producción teórica propia, que se haga cargo de las condiciones específicas de las sociedades del pasado y contemporáneas a nivel local, nacional y continental. Por lo mismo, es fundamental la creación y apropiación de espacios de producción y difusión locales y cotidianos, en el sentido de poseer un grado de inserción comunitaria relevante, así como la utilización y creación de metodologías de difusión e integración que permitan vincularse exitosamente con el resto del campo social. De la mano con lo anterior, se vuelve necesario el involucramiento de la arqueología en el pasado reciente y la historia directa de las comunidades actuales, indígenas o no, una práctica que si bien comienza a desarrollarse sigue siendo muy escasa. Por último, pensamos que todos estos aspectos debiesen articularse en torno a una praxis social que marque una distinción y permita oponerse a la actual condición mercantil de la disciplina, difundida como arqueología de contrato, de la subordinación de la producción académica al sistema internacional de publicaciones científicas, o del manejo del patrimonio como bien de consumo.
Agradecimientos. Agradecemos a Daniel Delfino y Gustavo Pisani por la organización del simposio “Todas las tierras. Crítica y reivindicación de la Arqueología Social Latinoamericana” en el marco del XVIII Congreso Nacional de Arqueología Argentina, donde presentamos una primera versión de este trabajo. Al mismo tiempo agradecemos a los evaluadores de este manuscrito porque con sus pertinentes comentarios aportaron enormemente a la calidad del contenido aquí planteado.
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Instrucciones a los Autores | 115
Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
El Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología es una publicación anual editada por la Sociedad Chilena de Arqueología. Tiene como propósito la difusión de avances, resultados, reflexiones y discusiones relativos a la investigación arqueológica nacional y de zonas aledañas. Presenta así a la comunidad arqueológica contribuciones en la forma de artículos originales, referidos a los diversos campos del quehacer arqueológico.
Instrucciones a los autores
1. Las contribuciones de los autores deben ser originales. Su recepción no garantiza su publicación, ya que luego del proceso de evaluación, el comité editorial podrá solicitar cambios tanto de contenido como formales a sus autores, o bien rechazar la publicación del mismo.
2. Los manuscritos deben dirigirse al Editor del Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología: schaboletin@gmail.com.
3. El texto completo deberá estar escrito en letra Times New Roman tamaño 12, en formato .doc o .docx.
4. La extensión máxima de los textos, en página tamaño carta e incluyendo todas sus secciones, notas, tablas, figuras y referencias citadas será de 25 páginas.
5. El texto completo deberá presentarse con interlineado simple y justificado.
6. Los márgenes izquierdo y derecho serán de 2,5 cm, mientras que los márgenes inferior y superior serán de 3 cm.
7. Los párrafos no deberán tener sangría.
8. El texto deberá contener obligatoriamente las siguientes secciones en el orden mencionado:
a) Título principal.
b) Nombre del o los autores.
c) Resumen en español (5 a 10 líneas)
d) Palabras clave en español (máximo 5).
e) Abstract en inglés (5 a 10 líneas).
f) Keywords en inglés (máximo 5).
g) Texto.
h) Agradecimientos (opcional).
i) Referencias citadas.
j) Listado de Tablas y sus leyendas.
k) Listado de Figuras y sus leyendas.
116 | Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
9. El título principal se presentará centrado, escrito en minúscula y negrita. No podrá contener notas de ningún tipo.
10. El nombre del o los autores irá en minúsculas y centrado. En nota al pie de la primera página, deberá presentarse en el siguiente orden: filiación institucional y dirección electrónica.
11. El Resumen se titulará con minúscula, centrado y en negrita. A continuación se presentarán las Palabras Clave en minúscula y alineadas a la izquierda.
12. El Abstract se titulará con minúscula, centrado y en negrita. A continuación se presentarán las Keywords en minúscula y alineadas a la izquierda.
13. El texto se iniciará sin la palabra Introducción.
14. A lo largo del texto los títulos primarios deberán ser escritos en minúscula, negrita y centrados. Los títulos secundarios deberán ser escritos en minúscula, normal y alineados a la izquierda. Los títulos terciarios deberán ser escritos en minúscula, cursiva y alineados a la izquierda.
15. Los Agradecimientos se presentarán al finalizar el texto y antes de iniciar las Referencias Citadas. Se consignará el término Agradecimientos en minúscula, cursiva y alineado a la izquierda. A continuación y en la misma línea, separados por un punto, se anotarán los reconocimientos que el autor estime. En esta sección corresponde indicar los créditos a las fuentes de financiamiento correspondientes.
16. Se presentará como notas toda aquella información adicional relevante al texto y que no pueda ser incluida en el mismo. Las notas serán todas a pie de página y deberán numerarse correlativamente con números arábicos (1,2,3.). La nota 1 corresponderá a la filiación institucional y dirección electrónica del primer autor.
17. Las citas textuales de más de tres líneas se indicarán entre comillas, separadas del texto y en cursiva.
18. Las tablas y figuras se indicarán en el texto entre paréntesis, con letra minúscula y normal, por ejemplo: (Tabla 1), (Figura 3). Deberán ser numeradas en el orden en que aparecen en el texto. Deberá adjuntarse un listado de Tablas y Figuras en formato .doc o .docx con las respectivas leyendas.
19. Las tablas podrán presentarse como archivos separados del texto en formato .doc, .docx, .xls o xlsx, o presentarse insertas en el texto mismo, en cuyo caso no deberá ser como imagen.
20. Las figuras comprenden fotografías, dibujos y mapas. Estas deberán presentarse en archivos separados del texto, en escala de grises, en formato JPG, TIF, BMP o PNG, con una calidad no inferior a 300 dpi y un tamaño no mayor a 18 x 14 cm.
21. Las citas en el texto se señalarán en paréntesis, minúscula y normal. El autor o autores y el año de publicación no deberán separarse con coma. En una cita que contenga más de una referencia, éstas se ordenarán alfabéticamente y separadas con punto y coma. La expresión et al. (siempre en
Instrucciones a los Autores | 117
cursiva) se utilizará para referencias que tengan más de dos autores. Referencias que tengan el mismo autor o autores en el mismo año se las distinguirá con las letras a, b, c, etc. Los trabajos en prensa o manuscritos se indicaran en el texto sólo refiriendo al año y sin siglas como Ms.
Por ejemplo: (Castro et al. 2001; Hocquenghem y Peña 1994; Llagostera 1979, 1982; Méndez 2012a, 2012b; Suárez 1981).
22. Los números cardinales serán referidos con palabras si el valor es inferior a nueve, por ejemplo: cuatro cuchillos. Si el valor es superior a nueve, se lo referirá con números, por ejemplo: 58 vasijas; excepto al inicio de un enunciado, por ejemplo: “Cincuenta y ocho vasijas …”.
23. Los fechados radiocarbónicos que se publiquen por primera vez siempre se deben señalar en años a.p. sin calibrar, indicando la fecha con un rango de error (sigma), el código de laboratorio y número de muestra, el material fechado y el valor δ13C de estar disponible. Por ejemplo: 1954±56 a.p., UB 24523, semillas de Chenopodium quinoa, δ13C = -27,9 ‰
Para los fechados radiocarbónicos calibrados se debe indicar tal condición, la cantidad de sigmas (1 o 2) empleados y el programa y curva de calibración utilizados; se puede informar también la probabilidad de los rangos de edad entregados. Por ejemplo: 48 cal. a.C-3 cal. d.C (p = 0.105) y 10-222 d.C. (p = 0.895) (calibrado a 2 sigmas con el programa CALIB 7.1 [Stuiver et al. 2005] y la curva SHCal13 [Hogg et al. 2013])
24. Los fechados de termoluminiscencia que se publiquen por primera vez siempre se deben señalar en años calendáricos (a.C., d.C.), indicando la fecha con un rango de error (sigma), el código de laboratorio y número de muestra, el material fechado y el año base utilizado. Por ejemplo: 430±130 d.C., UCTL 1537, cerámica, año base 1990.
25. La sección de bibliografía se titulará Referencias Citadas, en minúscula, negrita y centrado. Las referencias serán ordenadas alfabéticamente por apellido y en forma cronológica ascendente para cada autor. La información de cada referencia será dispuesta en el siguiente orden: autor(es), año, título, imprenta, lugar de publicación. Los autores deberán ir en minúscula. Se deberá consignar solamente las iniciales de los nombres de los autores; cuando haya más de un autor, solamente para el primero deberá aparecer el apellido antes que el nombre. A continuación y en la misma línea, separados por un punto, se indicará el año, título del trabajo y el resto de las referencias. Sólo la primera letra del título deberá ir en mayúscula. El título de la revista, libro o monografía deberá aparecer en cursiva. Todos los artículos de revista o capítulos de libro deben anotar los números de página correspondientes.
Ejemplos:
– Libro:
Binford, L. 1981. Bones: ancient men and modern myths. Academic Press, New York.
-Libro editado, compilado o coordinado:
Se indicará al autor o autores como “(ed.)”, “(comp.)” o “(coord.)”, respectivamente y según corresponda.
Flannery, K. (ed.) 1976. The Early Mesoamerican Village. Academic Press, New York.
– Artículo en revista:
Legoupil, D., C. Lefèvre, M. San Román y J. Torres. 2011. Estrategias de subsistencia de cazadores
118 | Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
recolectores de Isla Dawson (Estrecho de Magallanes) durante la segunda mitad del Holoceno: primeras aproximaciones. Magallania 39(2):153-164.
– Capítulo en libro:
Schiappacasse, V., V. Castro y H. Niemeyer. 1989. Los Desarrollos Regionales en el Norte Grande de Chile (1000 a 1400 d.C.). Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editado por J. Hidalgo, V. Schiappacasse, H. Niemeyer, C. Aldunate e I. Solimano, pp. 181-220. Editorial Andrés Bello, Santiago.
– Actas de Congreso como volumen propio:
Dillehay, T. y A. Gordon. 1979. El simbolismo en el ornitomorfismo mapuche: La mujer casada y el “ketru metawe”. Actas del VII Congreso Nacional de Arqueología Chilena, Volumen I, pp. 303-316. Editorial Kultrún, Santiago.
– Actas de Congreso como parte de una publicación periódica:
Núñez, P. 2004. Arqueología y cambio social: Una visión de género y materialismo histórico para el Norte de Chile. Actas del XV Congreso Nacional de Arqueología Chilena / Chungara Revista de Antropología Chilena 36 Volumen Especial, Tomo I, pp. 441-451. Universidad de Tarapacá, Arica.
– Memorias, Tesis o Disertaciones de grado o título:
Artigas, D. 2002. El sueño esculpido: arte rupestre y memoria del mito en el valle de Canelillo, Provincia de Choapa. Memoria para optar al Título de Arqueólogo. Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Santiago.
– Manuscritos en prensa:
Se indicará de acuerdo a la categoría correspondiente (libro, artículo en revista, capítulo en libro u otro), para finalizar con el término En prensa.
Sanhueza, J. 2005. Registro de un cementerio del periodo Formativo en el oasis de Pica (Desierto de Tarapacá). Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología. En Prensa.
– Manuscrito inédito:
Se indicará su institución depositaria y su condición de manuscrito.
Gaete, N. 2000. Salvataje Sitio 10 PM 014 “Monumento Nacional Conchal Piedra Azul”. Informe Segunda Etapa. Volumen 3. Archivo Consejo de Monumentos Nacionales, Santiago. Manuscrito.
– Sitios o Documentos WEB:
Se indicará de acuerdo a la categoría correspondiente (libro, artículo en revista, capítulo en libro u otro), señalando la fecha de consulta más reciente.
Stuiver, M., P. Reimer y R. Reimer. 2005. CALIB 5.0. [WWW program and documentation]. http://intcal.qub.ac.uk/calib/manual/index (1 agosto 2015).
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 Actas del XV Congreso Nacional de Arqueología Chilena / Chungara, Revista de Antropología Chilena
36 Volumen Especial, Tomo I,pp. 467-480. Universidad de Tarapacá, Arica.
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¡Suban Cabritos! Concepciones e Imaginarios de infancia en la política educativa de la Unidad Popular de Chile 1970 a 1973

Morales Duarte, Joyce

RESUMEN

El propósito de esta tesis es analizar críticamente los imaginarios de infancia presentes en la Política educativa de la Unidad Popular de Chile, entre los años 1970 y 1973. Para orientar la investigación, se formuló un objetivo general: Analizar críticamente los imaginarios de infancia existentes en el discurso de la Política Educativa del Gobierno de Chile durante el periodo 1970-1973, en relación a si se propiciaba en éstos la participación política de los niños y las niñas en un proceso de transformaciones sociales. Conjuntamente, se formularon dos objetivos específicos: 1) Analizar la concepción de infancia y niñez existente en el discurso gubernamental del periodo 1970-1973; 2) Analizar la concepción de participación política de los niños y las niñas contenida en el discurso gubernamental del periodo 1970-1973. Como metodología, se utilizó el modelo tridimensional de Análisis Crítico de Discurso propuesto por Norman Fairclough, para analizar el discurso gubernamental y comprender los imaginarios de infancia presentes en él. Los principales resultados apuntan a un Imaginario de Infancia y Niñez que comienza a renovarse a la luz de un contexto de transformaciones económicas, políticas, sociales y culturales, generándose un intersticio discursivo que modifica la concepción tradicional y hegemónica de niño y niña y su rol como actores sociales.

INTRODUCCIÓN

La infancia es conceptualizada desde diversas perspectivas filosóficas, ideológicas, culturales, socio-históricas, psicológicas, jurídicas y pedagógicas, por mencionar saberes que se disputan su significado, queriendo asirlo para sí; en el sentido analítico de la conceptualización, el punto de vista del observador respecto de su “objeto” implica dos fenómenos: por una parte, la definición de éste, y por otra, la definición de las ideas que se relacionan con el mismo. En este entendido, las concepciones de la infancia como conceptualizaciones serían una construcción, por tanto, su ideario varía según las circunstancias sociohistóricas en las que se inserta; esta diferenciación se visibiliza cuando se distingue que los y las infantes han cambiado, pero al mismo tiempo, han variado las ideas que se tejen entorno a ellos y ellas (ALZATE, 2001; ARIES, 2006; BUCKINGHAM, 2002; DEMAUSE, 1991; GRAU, 2011; ROJAS, 2010). A lo largo de la historia, niños y niñas han recibido distintas denominaciones. La designación ha sido propia de los adultos y las adultas, quienes desde una posición hegemónica (arriba) han ‘nombrado’ (etiquetado, denominado) y ‘definido’ (distinguido características, en este caso, atribuyéndolas) a niños y niñas (abajo). Esta relación jerárquica ha estado amparada en un modelo de sociedad adultocéntrica, que determina los imaginarios mediante los cuales una clase etaria representa y se relaciona con otra. En este caso, la relación de los adultos y las adultas con los niños y las niñas, está tensionada por elementos culturales, sociales e históricos que ubican a ambos colectivos en planos opuestos, con una concentración de poder en la clase adulta, respecto de la niñez (DUARTE, 2012). Entonces, el ejercicio de designar al otro o la otra bajo estas condiciones, implica objetivarlo, y por ende reducirlo a calidad de objeto, susceptible de ser analizado, diseccionado y moldeado a voluntad, por parte del sujeto que lo observa, en este caso el adulto o adulta (FOUCAULT, 2002; LOYOLA, 2008). 10 En su origen latino, Infancia significa “el que no habla” (in, prefijo negativo y fari, verbo), la designación de Infans no era utilizada solamente para señalar a los niños y las niñas y su no dominio del lenguaje verbal, sino también para distinguir a las personas que estaban privadas de su derecho a voz, impidiendo así su participación en la vida pública y política. El hecho de mirar a la niñez como una categoría sin voz, legitimaba la posición de los adultos y de las adultas, que se veían (y se ven, por cierto) en la obligación de designarla, ya que niños y niñas no estarían en condiciones de hacerlo, por carencia del habla. Cabe preguntarse entonces, cuándo niños y niñas son considerados como portadores de una voz que se torne discurso válido frente a los adultos y las adultas y si eso ocurre dentro de la niñez. A este respecto, designar a la niñez como infancia implica silenciarla, excluirla, considerarla como un espacio vacío en la vida del hombre y la mujer, desde el supuesto de que no tiene nada que decir. En definitiva, designar a niños y niñas como infancia es no mirarlos como interlocutores e interlocutoras válidos y válidas (ROJAS, 2004). La exclusión de la vida pública y política de niños y niñas, es una clara señal de discriminación. La infancia no participa en la toma de decisiones en la sociedad a la que pertenece (ni en otras), pese a que muchas veces son directamente afectados y afectadas por ellas; sus necesidades, anhelos y demandas son definidas nuevamente por los adultos y las adultas, que habiéndolos reducido mediante el ejercicio de la designación, dicen (o piensan) tener conocimiento de los elementos previamente mencionados y por tanto, están en condiciones de decidir por este otro u otra incapacitado o incapacitada, que sigue esperando su turno para hablar. Esta exclusión política también se materializa en las ciencias sociales, ya que según ARIES (2006), el surgimiento de la categoría social de infancia emerge al alero de la modernidad, a mediados del siglo XIX. Sin embargo, la exclusión de la infancia no es absoluta. En la actualidad los niños y las niñas son convocados y convocadas a participar de la vida social no desde la política (que los y las excluye), sino desde el mercado, que negocia su participación en términos de consumo.

11 La infancia es también, desde la mirada adulta, una construcción inacabada, imprecisa, no válida en y por sí misma, sino por el proyecto de hombre y mujer que esconde; es en términos aristotélicos, un ser en potencia. Cuando niños y niñas crezcan y “sean grandes”, constituirán un ser en acto, que desde la mirada occidental es adulto y no anciano. Siguiendo con esta lógica adultocéntrica y materializada en la disminución, de la cual son presa niños y niñas, ha existido un constante interés biopolítico y demográfico tendiente al control efectivo de la población, mediante el uso y abuso de las categorías etarias; en este contexto, la infancia ha tenido un lugar protagónico, ya que ha sido tomada por múltiples discursos, que en su afán aparentemente protector, han creado leyes e instituciones que finalmente han terminado de enclaustrar y tornar dóciles sus cuerpos (FOUCAULT, 2002). Estas reflexiones iniciales retrotraen a preguntas asociadas a las posibles implicancias de adentrarse en la investigación de la infancia y la niñez, desde una perspectiva comprensiva, que pretende situar el trabajo investigativo en un contexto de tensiones, quiebres y limitaciones de tipo generacional. ¿Cómo deberían los adultos acercarse a la investigación de infancia y niñez? ¿Qué elementos serían imprescindibles para que los trabajos tengan validez metodológica? ¿Qué sentido tiene investigar a la infancia y la niñez si no se contribuye a la reflexión y la mejora de sus condiciones vitales como sectores sociales oprimidos? Ante estas reflexiones que comienzan a situar concretamente este trabajo, se presenta un asomo de respuesta desde el acervo investigativo de la niñez y la juventud en Latinoamérica: “la investigación en niñez y juventud actualmente debe fortalecer su compromiso ético y político en la construcción de nuevas categorías y metodologías que logren dar cuenta de la pluralidad, multidimensionalidad, movilidad, tensión e intersubjetividad que converge en la juventud como categoría de análisis, como construcción social e histórica, como experiencia vital y como asunto público.” (ALVARADO S. V., 2012) 12 La investigación en infancia y niñez, entonces, posee un doble sentido de emergencia, tanto por el quehacer metodológico a construir en el mismo camino, como por el compromiso ético y político de los investigadores y las investigadoras, que al relacionarse investigativamente con estas categorías, lo hacen desde un nivel intelectual, que da cuenta de las categorías a nivel de pensamiento y al mismo tiempo, en un nivel accional, que permite dialogar con los niños, niñas y jóvenes de quienes se pretende conocer o comprender, aspirando a generar transformaciones en lo que de ellos y ellas se dice y se piensa, que contribuyan a la mejora de sus condiciones de existencia. “En este sentido es imprescindible romper este círculo vicioso y poner en diálogo el conocimiento generado desde la academia sobre los mundos, sentidos, prácticas y lugares infantiles y juveniles, y aquel que se deriva de la emergencia y puesta en escena de las políticas sociales y económicas en nuestros países, para proponer lineamientos y prácticas pertinentes que impacten la calidad de vida de los niños, niñas y jóvenes del continente y que hagan viable la apertura de sus posibilidades y el fortalecimiento de sus capacidades y libertades” (ALVARADO S. V., 2012) Investigar infancia y niñez en Latinoamérica implica reconocer el contexto de desigualdad social que históricamente ha incidido en la construcción de subjetividad de los niños y las niñas, y en las concepciones de los adultos y adultas con respecto a ellos y ellas, que, como se mencionó anteriormente, son gravitantes al momento de la construcción de la vida política de ambas generaciones, puesto que son los adultos y las adultas quienes deciden como han de vivir estos niños y estas niñas y qué lugar tendrán en la sociedad. La intencionalidad de los estudios de infancia y niñez en Latinoamérica, entonces, no aspiraría a la producción de un tipo de conocimiento neutro o técnico, un dato o visión estadística, sino que requiere hacerse cargo del contexto de precariedades y violencias, tomando posición frente a éste y a las consecuencias que podrían desencadenarse cuando se concluya la investigación y se genere un nuevo saber. Respecto de esto, Bustelo señala que, la infancia y la niñez entran en la construcción de  esta utopía de una sociedad mejor, propia de la realidad latinoamericana, como parte de un campo histórico: “La infancia es un campo social e histórico. Por campo entendemos el espacio de luchas sociales y discursivas para regular la reproducción o recomposición del statu quo. Histórico quiere decir que hay una temporalidad en donde esas luchas se configuran o reconfiguran surgiendo así nuevas discursividades. En este contexto: 1) La infancia es una categoría antagónica con la adultez que es su exterior constitutivo. Pero la relación adultez-infancia es una relación de dominación (f). Opera, principalmente, vía el concepto de sociedades de control. La maduración y la socialización son dispositivos conceptuales centrales que son profundamente cuestionados en este proceso. 2) La infancia es una categoría estructural y no transitoria. Pero estructural en el contexto de una relación de dominación. Perspectiva crítica hacia la clásica teoría del desarrollo infantil que concibe a la infancia con un telos definitivo que culmina en la adultez. 3) La infancia es una categoría intercultural y de fuerte contenido contra el paternalismo adulto. La infancia no es principalmente una teoría protectiva pues mientras más protección hay menos autonomía y menos actoralidad. 4) La infancia es una autonomía (36 p.58) en el contexto de una heteronomía social planteada como proyecto y construcción política. Se trata de autonomía con partencia social y no la autonomía pensada como proyecto individual. 5) La infancia es una diacronía, es una discontinuidad con el orden del statu quo. La infancia no es una fotocopia de la generación adulta. Se trata de un proceso diacrónico y no una sincronía con el orden adulto. 6) La infancia es una categoría emancipatoria y como tal implica una teoría del cambio social. El devenir de la infancia, en tanto que transporta lo nuevo, coincide con la construcción de una sociedad justa. Y aquí se junta con la actitud utópica como principio crítico-regulativo de la práctica política. (BUSTELO, 2012, págs. 294-295) Atendiendo a estas consideraciones y a la problemática que se abordará en este trabajo, es necesario afirmar que: pensar en Chile entre 1970 y 1973, es pensar en un momento histórico que se detuvo violentamente; en niños y niñas y trabajadores de la educación (por circunscribir a los actores que se mencionarán en este estudio) que vieron truncado un proyecto político, porque atentaba contra los intereses de la élite y por tanto, debía ser aplastado y silenciado. En este sentido, la imagen del periodo, se asemeja a la relación de esta sociedad adultocéntrica con los niños y las niñas, en la que se impide 14 pensar lo no pensado, puesto que los márgenes están férreamente instaurados y, bordearlos implica disputar la hegemonía del poder. La experiencia política de construcción amplia que se generó en el marco de la Unidad Popular, está marcada por esta búsqueda de encontrar nuevos modos de hacer y de relacionarse, suspendiendo los cánones tradicionales; esta búsqueda es, en algunos casos, la que realizan los niños y las niñas al educarse y ser educados y educadas. El cuestionamiento profundo de esta metáfora retrotrae a una pregunta que se constituyó en una constante durante el desarrollo de mi formación: la pregunta por la emancipación y su validez y viabilidad como objetivo de la praxis educativa, al relacionarse con los niños y las niñas en el periodo temprano de construcción de su subjetividad. Esta investigación aspira en parte, a reconstituir un momento socio-histórico de la relación de la adultez y la infancia, en un periodo en que esta pareció ampliarse y re pensarse y, constituye también un ejercicio para instalar la pregunta por la emancipación en la educación, desde la óptica de la participación política de la niñez en la sociedad de los adultos.

Como licenciada de educación y futura educadora de párvulos y escolares iniciales, tuve un encuentro temprano con la política educativa de la unidad popular, del que surgieron múltiples preguntas y reflexiones cruzadas con motivaciones personales y antecedentes biográficos. Pensar y repensar la educación es un ejercicio necesario, para tener claridad respecto de nuestra posición frente a nuestro trabajo y quehacer disciplinar; este ejercicio no es aséptico en su realización misma, como tampoco lo son las ideas que surgen de su concreción. Cuando pensamos en la praxis educativa como un ejercicio neutro, centrado meramente en el hacer, dejamos al margen a las personas con quienes trabajamos, nuestra posición respecto de ellas y las ideas que surgen de estas relaciones. Freire plantea que la neutralidad no existe en la educación, y si existe es 15 bajo el ocultamiento de una posición político-ideológica, que se utiliza como medio para dominar a los otros y las otras, bajo este velo de aparente neutralidad. En este sentido, mi relación con el problema de investigación no es neutra y no considero éticamente adecuado ocultarla, por más que el rigor cientificista así lo demande. El trabajo que se presenta a continuación, se organiza en seis capítulos: El capítulo uno, “El Problema y su importancia”, da cuenta de la problemática específica a tratar, los imaginarios de infancia en la política educativa de la unidad popular, planteando la pregunta de investigación y los objetivos. El capítulo II, “Infancia, niñez e imaginario social. Hacia un estado del arte”, incluye el despliegue de antecedentes y herramientas teórico-conceptuales que acompañan a esta investigación, como soporte y orientación al momento de interrogar a la infancia, la niñez y los imaginarios sociales. Existe un énfasis en antecedentes de tipo filosófico, puesto que como se ha señalado y se profundizará, la complejidad del objeto de estudio requiere ser resuelta desde una mirada interdisciplinaria, que posibilite la profundidad de las reflexiones en torno a la problemática, contribuyendo a la comprensión profunda del fenómeno a estudiar, analizándose entonces los fundamentos de las relaciones entre infancia y niñez con: la idea de formación, la política, el lenguaje, la temporalidad, la disciplina y la emancipación. Estos antecedentes y discusiones filosóficas, son acompañados del acervo de la historiografía nacional e internacional, de elementos propios de la antropología social y la sociología, como son los conceptos de adultocentrismo e imaginarios sociales, siendo abordados éstos últimos desde la producción teórica de Cornelius Castoriadis y Juan Luis Pintos. En el capítulo III, “Sujeto, contexto político e institucional de la Unidad Popular”, se presentan antecedentes teóricos, socio-históricos y empíricos que dan cuenta del contexto de situación del discurso de la infancia y la niñez durante el periodo en el que se circunscribe la investigación; los antecedentes que aquí se presentan, 16 pretenden acotar la comprensión del fenómeno desde una mirada más concreta y local. Los antecedentes se organizan en torno a elementos como: política, discurso, actores sociales y participación. El capítulo IV, da cuenta de las posiciones y decisiones que fundamentan esta investigación en el marco de las ciencias sociales y su producción de conocimiento científico, vinculado a la utilización del método. Se clarifican los supuestos epistemológicos, el enfoque y carácter de la investigación, la posición paradigmática, el tipo de estudio, la selección, la estrategia de análisis de la información que se utilizó y las reflexiones en torno a los criterios de validez y fiabilidad, finalizando con una descripción acuciosa del proceso de análisis crítico de discurso efectuado. El capítulo V, “Análisis de resultados”, da cuenta de las últimas fases del proceso de análisis crítico de discurso al que se sometieron los discursos oficiales de la época, en relación con los objetivos de investigación generales y específicos, que ordenan también la presentación de los resultados, acompañados de sub-categorías, como unidades de sentido que emergen del análisis. El capítulo VI, “Cierre y Discusión”, presenta las conclusiones que se desprenden del trabajo, en conjunción con la opción metodológica adoptada, los objetivos de investigación y la posible respuesta a la interrogante que sustenta este trabajo. Al mismo tiempo, presentan algunos elementos que emergen del proceso, que no están ligados estrechamente a la pregunta y los objetivos, pero que se relacionan con la temática del problema y podrían posibilitar el surgimiento de futuras investigaciones.

OBSERVATORIO LATINOAMERICANO 8. DOSSIER CHILE, 2011

INTRODUCCIÓN INÉS NERCESIAN∗

Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, docente de Historia Social Latinoamericana en la misma universidad y becaria del CONICET con sede en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. Correo electrónico: inercesian@hotmail.com.

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Estudiar la historia de Chile durante el siglo XX es siempre una invitación a debatir las más diversas experiencias políticas. Este Dossier espera acercarnos a esa diversidad, recorriendo una pregunta pocas veces transitada: ¿por qué Chile, ese largo y angosto país, se convirtió en un “laboratorio de experiencias políticas”?1

Mirado en su larga duración, Chile se destaca por ser un caso de formación temprana del Estado, rasgo compartido con Paraguay y Brasil. Como muchos de los Estados en ciernes, a excepción de la monarquía constitucional brasileña (1822-1889) y brevemente Haití y México, la forma de organización estatal fue la república representativa que, en el caso de Chile, asumió el carácter centralista y unitario. Tras el triunfo conservador en las guerras civiles del primer cuarto del siglo XIX,2 se constituyó un régimen político oligárquico profundamente excluyente y verticalista. Este sistema político modelado por la Constitución de Diego Portales en 1833 tuvo, además, un presidencialismo y una centralización del poder exacerbados. La Guerra del Pacífico (1879-1883), que enfrentó al país trasandino con Perú y Bolivia, contribuyó a modificar las reglas políticas. De la República conservadora se pasó, luego del conflicto bélico y de las guerras civiles de 1891, a un nuevo sistema con rasgos parlamentaristas, aunque también oligárquico. Así, la historia política del siglo XIX estuvo trazada más por continuidades que rupturas – pese que el conflicto social estuvo presente –, pues el régimen político excluyente y las bases sociales sobre las cuales se respaldaba continuaron vigentes. El siglo XX chileno ha sido, en palabras de Juan Carlos Gómez Leyton (2010), un siglo corto: comenzó en los años 1920-1930 a partir de la impugnación al orden oligárquico y fue interrumpido por el golpe de estado de 1973. Los veinte y treinta fueron años de profundos cambios económicos, sociales, políticos y culturales en toda América Latina. Es cierto que la gravitación de los militares en la política, ya sea en sus versiones reformistas o reaccionarias, fue un rasgo compartido por varios países. Con todo, en Chile ocurrió una experiencia sin parangón: la instauración de la breve República Socialista en 1932, liderada por un militar de la aviación, Marmaduque Grove. Tras este episodio Grove se convirtió en el fundador del Partido Socialista (1933). Interesa este hecho, no tanto por su radicalidad – y menos por su duración (fueron sólo trece días) – sino porque señaló el agotamiento del orden oligárquico de un modo peculiar: “planteó la necesidad de cambios radicales e introdujo el tema del socialismo como una alternativa ∗

 

Agradezco especialmente la colaboración de Juan Carlos Gómez Leyton en el presente Dossier.

1 Se trata de una expresión de Federico Engels acerca de Francia, recordada para Chile por Emir Sader (2009).

2 Las tentativas de los liberales de modelar un Estado bajo su signo hallaron un límite en la posesión del poder económico real, pues había un desfase entre la élite gobernante – que representaba aspiraciones liberales e incluso democráticas – y las conservadoras clases dominantes en el terreno de la propiedad. (Grez, en el presente Dossier). Esta hipótesis que propone Sergio Grez interesa muy especialmente porque constituye una clave para pensar incluso más allá del siglo XIX: el desfase entre la posesión del gobierno y del verdadero poder político-económico ha sido una tensión observable durante buena parte del siglo XX. 9 materializable, como una posibilidad” (Moulian, 1985: 50). Era la primera vez en la historia política chilena que pasaba por el gobierno un proyecto socialista. Así, en estas primeras décadas del siglo XX, comenzaba a macerar el proyecto de construcción de una modernidad socialista, que disputó de un modo complejo y por momentos muy tortuosamente la hegemonía del poder político. Paradojalmente, esta construcción debió elaborarse y consolidarse en una sociedad profundamente conservadora que – como en ningún otro país del Cono Sur – mantenía aferrada la estructura de la hacienda, matriz societal de la política excluyente. Esto fue así hasta el año 1967, cuando la reforma en la estructura de la tierra, clave de bóveda del orden oligárquico, resquebrajó las bases sobre las cuales se cimentaba el poder político.

3 Los treinta fueron años de luchas antifascistas en el mundo. Este hecho se sumó al legado que había dejado aquella brevísima República Socialista y así, Chile volvía ser escenario de otra novedosa experiencia política. Tras años de diálogos dentro del campo de la izquierda, en 1936 se formó el Frente Popular, una coalición que nucleaba a Comunistas, Socialistas y al centro político Radical. En 1938 el Frente ganó las elecciones y gobernó desde entonces hasta el año 1947. La reforma agraria, una medida aletargada que hubiera permitido desmantelar el bloque hegemónico de poder, nunca se efectuó. Ésa fue una de las principales limitaciones del Frente, pues la posesión del gobierno no implicaba la posesión del poder político real. El Frente Popular tuvo una vida relativamente corta: en 1943 se apartó el partido Socialista (cuestionando el carácter moderado de la política frente populista)4 y, en 1947, ya entrada la guerra fría, el presidente radical, Gabriel González Videla (1946-1952) expulsó a los comunistas de la coalición. Un año después, proclamó Ley de Defensa Permanente de la Democracia (1948-1958) con la cual se quitaba a los comunistas de la ciudadanía política. En el campo de la izquierda, el Frente Popular dejó un legado insoslayable, que perduró hasta la década de 1970: la confianza en las coaliciones políticas, capaces de reunir posiciones diversas dentro de un mismo frente, y en la viabilidad del camino institucional. A partir de entonces, comunistas y socialistas compartieron elecciones en reiteradas oportunidades: en 1952 con el Frente del Pueblo, en 1958 y 1964 con el Frente de Acción Popular (FRAP) y en 1970 con la Unidad Popular (UP), que finalmente le dio la victoria a Salvador Allende. En el mismo año que se daba por concluida la experiencia del Frente Popular, comenzaba a tomar forma una institución clave en la historia política de la región. En 1947, el embajador chileno, Hernán Santa Cruz, presentó una iniciativa ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la creación de una Comisión Económica para América Latina (CEPAL), cuya función sería la de estudiar los problemas económicos estructurales de América Latina y su relación con el resto del mundo, en la coyuntura de la segunda posguerra. Pese a las resistencias de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, ésta finalmente se aprobó en 1948 y, puesto que el gobierno chileno había sido uno de sus principales promotores, su país fue elegido para ser sede de la organización. Más tarde, en 1957, también por iniciativa de la ONU, se creó la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), cuya función era la de promover el desarrollo del campo de las Ciencias Sociales.5 Otra 3 La tesis de las matrices societales fue expuesta por Ansaldi (2007). La larga duración del sistema de haciendas es, tal vez, sólo parangonable con el caso peruano, cuya reforma agraria se efectuó durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado, 1968-1975.

4 Esto se definió en el 8° Congreso del Partido Socialista, en el cual, además, se eligió a Salvador Allende como secretario general.

5 Como parte del despliegue del campo de las ciencias sociales hay que señalar la creación del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) en 1967 en la Universidad de los Andes en Bogotá. 10 vez, Chile fue el lugar elegido para la Secretaría General hasta que el golpe de estado de 1973 exigió buscar un nuevo lugar. Los años 1950 fueron momentos críticos en toda la región. La recomposición de las economías del centro capitalista, luego de la segunda posguerra, comenzó a exigir redefiniciones económicas a nivel local y eso implicó, en muchos casos, cimbronazos dentro del bloque hegemónico de poder. El gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958) llevó adelante políticas sociales y económicas zigzagueantes, que fueron desde el nacionalismo popular hasta la intención de aplicar medidas monetaristas y ortodoxas. Luego, con la victoria del derechista Jorge Alessandri (1958-1964), hubo un intento de llevar adelante un modelo económico desarrollista de corte tecnocrático y empresarial, aunque sin éxito. La alianza entre latifundistas y la burguesía, en la cual primaron los rasgos culturales de los primeros por sobre los de la segunda6 y, además, el fuerte conservadurismo de la burguesía, dinamitaron las expectativas de Alessandri. Es posible marcar un contraste con Argentina y Brasil, dos países en los cuales el modelo desarrollista pudo ponerse en práctica, en forma relativa. En ambos casos, la experiencia populista previa había generado condiciones favorables, pues esta había legado un marcado tono nacionalista e industrialista, volcado hacia el mercado interno, y un modo de hacer política basado en el esquema de alianzas en y desde el Estado, entre las burguesías y el movimiento obrero.7 En esta coyuntura crítica se produjo la Revolución Cubana. A partir de entonces, toda América Latina entraba en una nueva temporalidad. El gobierno norteamericano, preocupado por un posible despertar de fuerzas revolucionarias en el continente, se dispuso a evaluar posibles caminos alternativos. Según su diagnóstico, el proceso de modernización en los países andinos, entre los cuales se encontraba Chile, demandaban “‘drastic revision of the semi-feudal agrarian structure of society’ y esta necesidad era tan opresiva que, si las clases poseedoras impedían la revolución de las clases medias, la revolución obrera y campesina se tornaría inevitable” (en Moniz Bandeira, 2001: 273). Bajo estas premisas fue elaborada la política norteamericana, Alianza para el Progreso, cuyo propósito era avanzar en algunas reformas “desde arriba” para evitar un avance revolucionario. El impacto de estos acontecimientos alcanzó al gobierno de Alessandri quien, en 1962, debió efectuar una vuelta de timón y realizar algunas medidas en sintonía con el programa que impulsaba Estados Unidos: la Ley General de Elecciones y una muy tímida reforma agraria. Esta última fue tan deslucida que se le dio el nombre de “reforma del macetero” (Mazzei, 2004). La Alianza para el Progreso tuvo su aplicación durante el gobierno Demócrata Cristiano de Eduardo Frei Montalva (1964-1970). La temprana injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos (al menos desde mediados de los años 1950) y la enorme influencia de las tesis cepalinas en el pensamiento de Eduardo Frei fueron sustanciales para la aplicación del programa. Asimismo, los cambios ideológicos de la Iglesia Católica, que había adoptado políticas de “integración” y

6 Esta idea es retomada, en parte, de Moulián (2006).

7 En Argentina, Arturo Frondizi (1958-1962) contó con el caudal de sufragios provenientes del peronismo, mediante un acuerdo ideado por Juan Domingo Perón (en el exilio desde 1955). En Brasil, el gobierno de Juselino Kubistschek (1955-1960) contó con el apoyo del varguismo y con la estructura del PTB (Partido Trabalhista Brasileiro). La hipótesis de la alianza de clases para comprender el populismo corresponde a Weffort (1999) y es retomada y problematizada por Ansaldi (2007). En México, la alianza policlasista del gobierno populista de Lázaro Cárdenas (1934-1940) incluyó al movimiento campesino, un actor insoslayable en la política mexicana luego de 1910. Pese a que algunos autores sostienen que el gobierno del chileno Carlos Ibáñez (1952-1958) asumió rasgos populistas, la ausencia de esta alianza policlasita pone en dudas esa caracterización. El debate sobre gobierno de Ibáñez puede leerse en Grugel (1994) y Drake (1992).

11 “humanización del capitalismo” como estrategia de contención al comunismo, irradiaron sobre la Democracia Cristiana. En este marco, el programa impulsado por los Estados Unidos representaba una buena fórmula para contener el sostenido crecimiento electoral de la izquierda política. En efecto, el progreso del candidato socialista, Salvador Allende, en las elecciones de 1952 y 1958, alertaba a las fuerzas del centro y la derecha chilena, como a ningún otro país del Cono Sur.

8 Así, se desplegó un proceso de modernización capitalista de carácter reformista, que adoptó como doctrina oficial la “Revolución en Libertad”, en contraste notable con la modernización conservadora aplicada en muchos países de la región.

9 Durante el gobierno de Frei se produjo la estatización – mediante una negociación pactada con los capitales norteamericanos – de parte de la minería del cobre, considerada por el gobierno la “viga maestra” de la economía chilena. Asimismo, se llevaron a cabo dos medidas de crucial relevancia para la historia política chilena: la promulgación de la Ley de Sindicalización Campesina y la ley que modificaba la estructura de tenencia de la tierra (Ley Ley N° 16.640). La reforma agraria desmanteló el viejo sistema de las haciendas y abrió un camino de democracia plena y de participación popular, que llevó a la victoria de Salvador Allende en 1970. Los años sesenta, es cierto, fueron momentos de gran desarrollo del pensamiento latinoamericano en toda la región. Con todo, en Chile, el hecho de que coexistieran distintas instituciones como la CEPAL,10 la FLACSO y la propia Universidad de Chile, desde la cual se desplegaron espacios de investigación como el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO), vigorizó la circulación de ideas y el despliegue del pensamiento latinoamericano.11 Pero además, el Chile de Frei ofrecía un refugio para todos aquellos intelectuales, académicos o militantes políticos que debían escapar de gobiernos dictatoriales o con fuertes rasgos represivos. En 1969, tras largas discusiones, los socialistas accedían a formar un frente más amplio que incluía a distintas fuerzas políticas (el Partido Radical, el Movimiento de Acción Popular Unitaria, el Partido Socialdemócrata y la Acción Popular Independiente) y, así, se formó la Unidad Popular. El legado frentepopulista, que había mostrado la viabilidad del camino institucional, y el liderazgo de Salvador Allende fueron significativos para la consolidación de esta nueva coalición electoral. La originalidad del proyecto de la UP, posiblemente nutrido de los largos debates en el campo de la izquierda desde los años 1950, generaba expectativas en la izquierda chilena y latinoamericana. Las elecciones de 1970 dieron ganador a la UP con un 36,2 %. Pese al intento de las derechas de revertir esta victoria, Allende fue ratificado en el Congreso y el 4 de noviembre de ese año asumió la presidencia. El gobierno de Allende contó con un fuerte acompañamiento del campo popular; inclusive, de fuerzas radicales como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) (1965), 8 En las elecciones de 1952, Salvador Allende había alcanzado un 5,4 % y en las de 1958 un 28,5 %, a sólo a treinta mil votos del ganador, el derechista Jorge Alessandri (Moulián, 2006: 189).

9 La dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), la dictadura institucional en Brasil (1964- 1985), la autoproclamada “Revolución Libertadora” (1955-1958) y la, también autoproclamada, “Revolución Argentina” (1966-1973), y el gobierno constitucional con elementos represivos en Uruguay (1967-1972). En Argentina y Uruguay estos regímenes fueron la antesala de las dictaduras institucionales de los años setenta. 10 Dos instituciones más fueron creadas desde la CEPAL: el Centro Latinoamericano e Demografía (CELADE) (1957) y el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES) (1962) (Véase Ansaldi, 1991). 11 Fueron significativas dos instituciones más: el Programa de Estudios Económicos Latinoamericanos para Graduados (ESCOLATINA) de la universidad de Chile y el Programa Regional de Empleo para América Latina y el Caribe (PREALC) (1968), dependiente de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

12 liderado por Miguel Enríquez, aunque, en el caso de este último, se trató de un apoyo crítico.12 Es posible sostener que, en Chile, el modelo del tránsito institucional hacia el socialismo primó por sobre la vía armada. En cuanto a las acciones directas, el MIR tenía un posicionamiento más declamatorio que resolutivo y, puesto en contraste con otras experiencias revolucionarias del Cono Sur (Argentina, Brasil y Uruguay), este rasgo se hizo más notorio. El gobierno de la Unidad Popular avanzó con la reforma agraria y la nacionalización del cobre. A diferencia de la expropiación negociada y con cuantiosas indemnizaciones del gobierno de Frei, Allende no indemnizó a las empresas norteamericanas, pues las ganancias extraordinarias que éstas habían obtenido constituían en sí mismas una sobrada compensación. La nacionalización del cobre fue aprobada unánimemente por el Congreso. Claro, esta medida no afectaba – al menos en forma directa – a los intereses económicos locales. Lo contrario ocurrió con la ya mencionada reforma agraria y con la creación del Área de Propiedad Social (APS), ambas medidas profundamente resistidas por los latifundistas locales y los grandes empresarios. Si el Chile de los años cincuenta y sesenta había sido un lugar de acogida para intelectuales, académicos y militantes políticos, más todavía durante el gobierno de la Unidad Popular. Al primer conjunto de exiliados brasileños por causa de la dictadura (1964) se fueron sumando algunos argentinos y un grupo todavía más nutrido de militantes uruguayos que huían del gobierno Colorado de Juan María Bordaberry (1972-1973: constitucional/1973-1976: de facto). Pero además, Chile entusiasmaba. Eran momentos en los cuales todo el campo de la izquierda discutía temas como: “vía armada o vía pacífica”, “reforma o revolución”, “revolución democráticoburguesa o revolución socialista” y la experiencia de la Unidad Popular impactaba por su originalidad, plasmada en la “vía chilena al socialismo”, y por el enorme apoyo popular. En 1973 ocurrió el golpe de estado y la instauración de la dictadura institucional (1973-1990). La pregunta que conmueve a estas reflexiones es por qué la dictadura chilena pudo extremar un proyecto neoliberal – evidentemente más profundo que sus pares conosureñas13 – que logró penetrar en todas las dimensiones de la sociedad y alcanzar una larga continuidad. Una mirada a contrapelo de los sentidos más comunes, como la que propone Verónica Valdivia en la introducción al trabajo colectivo realizado con Rolando Álvarez y Julio Pinto (2006), constituye una buena puerta de entrada. Según su perspectiva, al recorrer el camino inverso que siguieron izquierdas y derechas en el Chile de la década de 1970, es posible observar una izquierda a la defensiva y acosada, y una derecha proyectual y políticamente a la ofensiva. Con la Unidad Popular, la izquierda cerraba un ciclo de casi un siglo de disputas por la construcción de una hegemonía socialista. Por el contrario, las derechas, que en los años sesenta parecían estar en una fase de repliegue, comenzaban allí un proceso de articulación y de recambio generacional y partidario con la disolución del viejo Partido Nacional y con la consolidación del Movimiento Gremial liderado por Jaime Guzmán. Este proceso de articulación y de elaboración de un proyecto político de rasgos

12 Al respecto, véase el texto de Sebastián Leiva del presente Dossier. Interesa esta relación entre la Unidad y el MIR porque constituye un hecho político singular comparable a lo ocurrido, más tarde y a instancias de la experiencia chilena, con el Frente Amplio (1971) y el Movimiento Independiente-26 de Marzo – éste vinculado al Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros – en Uruguay.

13 Paraguay y Brasil son casos singulares, pues allí no hubo aplicación del modelo neoliberal, al menos durante estos años sesenta y setenta. Una primera mirada nos revela que ambos regímenes se instalaron antes de que las ideas neoliberales entraran en franco apogeo. Con todo, es evidente que esa explicación no resulta suficiente. Seguramente, el Estado, la composición de las clases y el tipo de inserción en la economía mundial constituyan elementos significativos para explorar una hipótesis al respecto. 13 autoritarios y profundamente excluyentes se puso en marcha con la dictadura militar pero tuvo un alcance de largo aliento, incluso más allá del régimen.14 La transición chilena tuvo elementos similares a otras dictaduras conosureñas, en cuanto a su carácter negociado.15 Con todo, Chile constituye un caso singular por haber dado forma a una democracia “tutelada”, cimentada sobre las pautas del régimen dictatorial: la Constitución de 1980 (aunque varias veces modificada) y una particular institución electoral, el sistema binominal. Rodrigo Baño (en el presente Dossier) propone una interesante reflexión al respecto. El autor nos convoca a estudiar aquellos condicionamientos sociales que marcaron la transición, apartándonos de miradas puramente politológicas e institucionalistas. Esta perspectiva es clave para estudiar no sólo el caso chileno, sino también las otras transiciones a la democracia del Cono Sur. Un análisis comparativo en ese sentido es, posiblemente, una deuda pendiente en el campo de las ciencias sociales. Finalmente, no todo ha sido continuidad en la historia política reciente de Chile. Aun en esta sociedad que mantiene legados de la dictadura han germinado distintos movimientos sociales que comenzaron a disputar seriamente la hegemonía neoliberal. No es casualidad que suene una voz cada vez más potente en reclamo de Asamblea Constituyente, que tome vigor el movimiento mapuche y que la enorme movilización estudiantil de estos últimos días haya logrado poner en jaque al gobierno derechista de Sebastián Piñera.

Acerca del Dossier.

Este Dossier se abrió con una convocatoria amplia que invitaba a las y los colegas a contribuir con sus trabajos de investigación en curso. Aunque es posible plantear una pregunta que involucra a todos los textos, como hemos hecho más arriba, es evidente que no hay homogeneidad en cuanto a enfoques, perspectivas de análisis, metodologías e, inclusive, posicionamientos políticos. El objetivo del Dossier es reunir estudios que, en la pura diversidad, puedan nutrir a la reflexión sobre la historia sociopolítica chilena desde una perspectiva latinoamericana.

El apartado Miradas de larga duración se inicia con el trabajo de Sergio Grez Toso, quien ofrece un estudio de largo aliento sobre la construcción política chilena, desde la formación del Estado hasta la actualidad. En algún sentido, este material vertebra el presente Dossier. El texto articula las dimensiones social y política y se monta sobre una periodización más general que da cuenta de los grandes ciclos de acumulación capitalista. Así, es posible observar cómo se expresó la tensión conflicto-orden, en cada uno de los momentos de la historia política chilena. El trabajo de Carlos Vivallos Espinoza y Alejandra Brito Peña, que analiza las transformaciones de la identidad obrera de los mineros del carbón de Lota, puede ensamblarse con el texto anterior. Este material, si bien enfatiza en el estudio de las transformaciones de la segunda mitad del siglo XX, traza puentes analíticos hacia los inicios de la explotación de la minería del cobre de mediados del siglo XIX. En una clave que discute el problema de la llamada modernización económica, los autores revelan la contracara del modelo económico neoliberal que llevó al cierre definitivo de los últimos yacimientos en la ciudad de Lota. Derechas, izquierdas y centros políticos. Entre los años treinta y la transición democrática se abre con el trabajo de Ernesto Bohoslavsky, quien analiza los insumos ideológicos de 14 Al respecto véase el apartado sobre la dictadura en el presente Dossier. 15 Nos referimos particularmente a las experiencias de Brasil y Uruguay y, en menor medida, Argentina. En este último caso, la derrota de los militares en la guerra de Malvinas (1982) y la enorme movilización popular colocó a los militares argentinos en una posición de mayor debilidad. Es por ello que muchos autores suelen señalar a la transición argentina como un caso de una salida por colapso. 14 las derechas, durante el período 1932-1973. El autor distingue distintos momentos históricos en los cuales las derechas modelaron un discurso ideológico anticomunista de acuerdo a cómo se estructuraban las fuerzas de izquierda local y mundial. Así, es posible señalar tres momentos significativos: los años treinta, la segunda guerra mundial y el período que corrió entre mediados de la década de 1960 hasta la dictadura militar. El trabajo de Sebastián Leiva Flores discurre en los años setenta. El texto analiza la construcción política del poder popular por parte del MIR chileno, durante los años de la Unidad Popular. El autor propone una mirada profunda sobre la construcción de esa política, analizando sus influencias teóricas e históricas y cómo ello se articuló en el nivel de la militancia de base y la dirección partidaria.

Cristina Moyano Barahona analiza el socialismo renovado en la coyuntura de transición a la democracia. La autora reconstruye los aportes de un grupo de intelectuales del MAPU, cuyo trabajo académico y político contribuyó a construir nuevos sentidos semánticos de las nociones de Democracia y Socialismo, en el momento transicional. Así, es posible observar cómo la revisión del concepto democracia permitió posicionar al socialismo renovado en una posición clave durante la transición. La dictadura institucional es el apartado más homogéneo en cuanto a afinidad temática y recorte temporal.

Verónica Valdivia analiza el proceso de regionalización y municipalización del modelo económico neoliberal llevado a cabo por el régimen. La autora demuestra que hubo, dentro de la corporación militar, una mixtura ideológica entre las tendencias corporativistas, la herencia ibañista de los años cincuenta y las nuevas doctrinas (Doctrina de Seguridad Nacional y elementos de la geopolítica), cuya síntesis colocó a la cuestión del desarrollo en el lugar de barrera de contención del marxismo. Estas transformaciones ideológico políticas de los militares explican, en parte, la buena acogida que tuvieron las recetas neoliberales. El proceso de regionalización fue una muestra de esta hibridación ideológica, pues permitía estimular el desarrollo y retomar el control territorial frenando el avance de la lucha popular. El trabajo de Gabriela Gomes dialoga profundamente con el texto anterior. La autora analiza la articulación de las ideas del corporativismo y el neoliberalismo en el repertorio ideológico de la dictadura, que se vio plasmado en su proyecto político institucional. Contrariamente a las posiciones más comunes, que enfatizan en los elementos neoliberales, el texto demuestra que ambas corrientes fueron funcionales al régimen: mientras se implantó un orden liberal en lo económico, se proyectó un modelo de rasgos corporativos y conservadores en el plano político. Isabel Torres Dujisin completa el apartado de la dictadura institucional con un análisis sobre el accionar de la derecha política, durante el régimen y su fase transicional. La autora sostiene la derecha chilena ha tenido históricamente una posición retaguardista: aun sin alcanzar el cargo de la presidencia en buena parte del siglo XX, las derechas conseguían mantener un importante peso político en el Congreso. El análisis del devenir político de los dos partidos nacidos bajo la dictadura militar (Unión Democrática Independiente y Renovación Nacional), instala la polémica acerca del carácter (democrático o no) de la derecha chilena, así como también, sienta elementos para comprender la política actual.

Democracia, memoria y ciudadanía en el Chile de la transición se inicia con el texto de Rodrigo Baño quien propone una interesante reflexión sobre el proceso de transición hacia la democracia. A diferencia de la mayoría de los análisis que puso atención en la dimensión política e institucional del proceso, el autor propone pensar a la democracia como un sistema de dominación y al proceso de transición, como la consecuencia de una correlación de fuerzas determinada. Así, se observa que en el momento de la transición, la izquierda y el movimiento popular no lograron articular un proyecto político alternativo que los posicionara como un actor central del proceso y que, en definitiva, le permitiera disputar la hegemonía del poder político del Estado. En esta correlación de fuerzas, desfavorable para el campo popular, fue posible la consolidación de una alternativa democrática sin reformas socioeconómicas. Camila Fernanda Sastre Díaz estudia la construcción de la memoria en la coyuntura posdictatorial. Su trabajo muestra cómo los gobiernos de la Concertación contribuyeron a construir un relato histórico que pretendió solapar el conflicto, 15 mediante dos operaciones: asociar al período del gobierno de la Unidad Popular con un momento de caos e ingobernabilidad y reivindicar la necesidad de contribuir a la unidad nacional. Esta pretensión de ocultar el conflicto muestra el carácter profundamente político de la memoria, cuya disputa se enmarca – retomando el planteo del texto anterior – en una correlación de fuerzas determinada.

Chile actual. Entre el orden neoliberal y el conflicto social se abre con el trabajo de Juan Carlos Gómez Leyton, quien analiza la “nueva derecha política chilena” – que no es tan nueva, como bien nos recuerda. Según Gómez Leyton, la victoria de Sebastián Piñera en las últimas elecciones de 2009 no está asociada a un supuesto cambio del comportamiento electoral de las y los ciudadanos nacionales, según su condición socio-económica; sino a dos factores sociales y políticos: la configuración de una ciudadanía abstencionista y, sobre todo, la ausencia de un proyecto político contra hegemónico. El trabajo de Gómez Leyton alerta sobre un dato electoral contundente. En las últimas elecciones presidenciales, cerca del 42 % de la población no expresó su voluntad política, ya sea por no estar inscriptos en el padrón electoral o bien por la abstención, incluyendo los votos blancos o nulos. En un registro analítico diferente, Pedro Rosas Aravena propone una discusión profunda y compleja acerca de la construcción de ciudadanía en la sociedad neoliberal actual. El autor sostiene que es necesario historizar esa construcción ciudadana a partir de una mirada que reflexione, también, sobre la democracia, el carácter de la política y el papel del sujeto. Sus análisis respecto del disciplinamiento social y los interrogantes en torno a la conformación de una subjetividad colectiva y transformadora constituyen una muy buena puerta de entrada para reflexionar sobre el conflicto social del presente.

Juan Aedo Guzmán y Camila Fernanda Sastre Díaz nos acercan sus reflexiones sobre las movilizaciones estudiantiles actuales. Se trata de un artículo elaborado al calor de la lucha pues los autores han sido – y son – observadores y actores partícipes del conflicto. Con todo, la pregunta por el desenlace de estos acontecimientos y por el devenir político chileno quedará como un signo de interrogación. El presente Dossier será publicado y el conflicto estudiantil aún gozará de una saludable vigencia. … 16 Bibliografía citada Ansaldi, Waldo (1991): La búsqueda de América Latina, Buenos Aires, Cuadernos Instituto de Investigaciones- Facultad de Ciencias Sociales, Buenos Aires. Ansaldi, Waldo (director) (2007): La democracia en América Latina, un barco a la deriva, Fondo de Cultura Económico, Buenos Aires. Drake, Paul (1992): Socialismo y populismo. Chile, 1936-1973, Instituto de Historia, Valparaíso. Gómez Leyton Juan Carlos (2010): Política, democracia y ciudadanía en una sociedad neoliberal (Chile: 1990- 2010), Editorial Arcis-CLACSO, Santiago de Chile. Grez Toso, Sergio: “Bicentenario en Chile. La celebración de una laboriosa construcción política”, en el presente Dossier. Grugel, Jean (1994): “El populismo y el Sistema político en Chile-Ibañismo (1952-1958)” en Álvarez Juncos, José y González Leandri, Ricardo (compiladores): El populismo en España y América, Editorial Catriel, Madrid. Leiva, Sebastián: “El MIR chileno y la construcción de su política de poder popular: el aporte de la militancia y la “dirección estratégica” del Comité Central”, en el presente Dossier. Mazzei de Grazia, Leonardo (2004): “Chile: del Estado desarrollista y empresario a la revolución neoliberal. Una síntesis”, en Ansaldi, Waldo (coord.): Calidoscopio Latinoamericano. Imágenes históricas para un debate vigente, Ariel, Buenos Aires. Moniz Bandeira, Luiz Alberto (2007): De Martí a Fidel. La Revolución Cubana y América Latina, Norma, Buenos Aires. Moulian, Tomás (1985): “Violencia, gradualismo y reformas en el desarrollo político chileno”, en Aldunate Aldolfo, Flisfisch Angel y Moulian Tomás: Estudios sobre el sistema de partidos en Chile, FLACSO, Santiago de Chile, pp.13-68. Moulian, Tomás (2006): Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973), LOMUniversidad Arcis, Santiago. Sader Emir (2009): El nuevo topo. Los caminos de la izquierda latinoamericana, Siglo XXI – CLACSO, Buenos Aires. Torres Dujisin, Isabel (2009): “La década de los sesenta en Chile: la utopía como proyecto”, en HAOL Historia Actual On Line, nº 19, Primavera 2009, pp. 139-149. Valdivia Verónica, Álvarez Rolando, Pinto Julio (2006): Su revolución contra nuestra revolución, LOM, Santiago.

 

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