LECTURAS RECOMENDADAS

La “cultura de la memoria”: problemas y reflexiones

Mitos, culturas y tradiciones en la globalización

 

La “cultura de la memoria”: problemas y reflexiones

 

Gilda Waldman M.*

 

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Dirección electrónica: waldman99@yahoo.com

 

Resumen

El artículo plantea que la emergencia de la memoria como preocupación cultural y política central de nuestras sociedades contemporáneas es un fenómeno mundial que atraviesa los más diversos espacios geográficos. El texto esboza algunas explicaciones sobre el por qué de esta intensa “obsesión memorialística”, señalando, al mismo tiempo, algunas de sus paradojas. El artículo analiza, asimismo, cómo se produce la apertura de la memoria relativa al pasado reciente en algunos países de Europa y en algunos otros del Cono Sur después de la experiencia de las dictaduras militares, para centrarse a continuación en la “batalla de las memorias” en México, en relación al tema de los movimientos político–armados, algunos de décadas en estos casos.

Palabras claves. Memoria, historia, cultura, re–interpretación, democracia.

 

Abstract

The article tries to prove that the emergency of memory seen like a cultural concern and political center of our contemporary societies is a world–wide phenomenon that crosses the diverse geographic spaces. The text outlines some explanations on why of this intense “memorialistic obsession”, indicating, at the same time, some of its paradoxes. The article analyzes, also, how the opening of the relative memory to the recent past in some countries of Europe and some others of the South Cone takes place after the experience of the military dictatorships, to be centered next in the “battle of the memories” in Mexico, in relation to the subject of the political–armed movements, some of decades in these cases.

Keywords: Memory, history, culture, reinterpretation, democracy

 

LA “EXPLOSIÓN DE LA MEMORIA”

La emergencia de la memoria como preocupación en los más diversos ámbitos geográficos, así como una constante exhortación a “recordar” y un permanente llamado a ejercitar el “saber de la memoria” se han colocado en nuestro horizonte cultural y político como tema de debate central. En contraposición con una modernidad que privilegiaba el desprendimiento del pasado como signo de renovación indispensable para el progreso, o de la cultura de vanguardia del período de entreguerras que celebraba la ruptura con el pasado y encomiaban la novedad, e incluso en contraposición con los planteamientos más recientes sobre el “fin de la historia” o “la muerte del sujeto”, quizá nunca como ahora el presente había estado tan marcado por la voluntad social de recordar. Lo que incluso se podría denominar “una obsesión memorialista”1 se manifiesta, por ejemplo, en la restauración de antiguos centros urbanos, el culto al patrimonio, la re–invención de tradiciones, la transformación de ciudades enteras en museos, el regreso a modas pasadas, la proliferación de exposiciones históricas y fotográficas así como de documentales televisivos, la popularización de la escritura de memorias y biografías, el resurgimiento de la novela histórica, la multiplicación de archivos, fechas conmemorativas y placas recordatorias, la recuperación de memorias y museos regionales, el entusiasmo por las genealogías, etc. De igual modo, y más allá del interés de larga data que la memoria ha despertado en la filosofía, el psicoanálisis y la antropología2, ella ha sido inquietud importante para la disciplina de la historia, particularmente a partir de las primeras décadas del siglo XX, aunque no fue sino la década de los 80 cuando se produjo una notable expansión del tema entre numerosos historiadores (en especial en Europa y Estados Unidos) en el marco de un nuevo quehacer historiográfico que intentaba trazar los nexos entre historia y memoria, incorporando a esta última –tradicionalmente excluida por su carácter subjetivo, selectivo y fragmentario– como elemento útil y necesario para el análisis.3 En este sentido, la reactivación del debate en torno a las reglas de construcción del discurso histórico (estatuto de verdad, objetividad, neutralidad academicista, etc.) registra la influencia de nuevas líneas de investigación que rescatan los relatos de vida, la experiencia cotidiana y el testimonio (usualmente desechados por la historiografía tradicional) en un entorno que tiende a la apertura interdisciplinaria hacia los métodos de la sociología o la antropología. El interés por la memoria también ha sido particularmente notable en la Sociología, disciplina en la que se ha desarrollado incluso una “sociología de la memoria” que ha incursionado, entre otros temas, en el estudio de cómo se manifiesta la memoria en diferentes grupos sociales (geográficos, políticos, familiares, populares, obreros, urbanos, etc)4 y, a últimas fechas, en el marco de recuperación de la textura de la subjetividad 55.

Sin embargo, este fuerte vuelco al pasado no deja de experimentar paradojas de diversa índole. Por una parte, de manera curiosa y casi divertida, la obsesión por la memoria se expresa, metafóricamente, en la idea de que el ‘archivo’ de los programas computacionales es el recipiente o depositario de una ‘memoria total’. Dicho ‘archivo’ aparecería, así, como el espacio idóneo de preservación, para el cual “olvidar” es transgredir, dejando de lado el hecho de que, si bien el archivo digital almacena y recupera información, posee una capacidad estática de almacenamiento, y puede llegar a ser poco confiable ante la rápida obsolescencia de los sistemas informáticos. Por otra parte el renacer de la memoria viene acompañado, de manera pendular, por un resurgir del olvido y una negativa a recordar 66. En esta línea, y siguiendo a Andreas Huyssen 77, mientras mayor sea el imperativo por recordar, más fácilmente nuestras sociedades contemporáneas son arrastradas al remolino del olvido y, al mismo tiempo es tan grande el miedo a olvidar, que se tiende a contrarrestar estos temores con infinidad de estrategias de rememoración. En otras palabras, en nuestras sociedades posmodernas la obsesión memorialista –que convive con la materialidad de las computadoras– recicla la nostalgia y el pasado y, simultáneamente, imbricada en una dinámica de difuminación de la memoria como efecto de la aceleración del tiempo histórico, el ímpetu de los medios de comunicación de masas y el enorme influjo de imágenes e informaciones recibidas por internet que obligan a un consumo rápido, se vuelca hacia una voluntad rememoradota como mecanismo de compensación a su debilitamiento o, incluso, su ausencia.

 

¿POR QUÉ TAL OBSESIÓN POR EL PASADO EN NUESTRO PRESENTE?

Frente a esta interrogante, podrían esbozarse varias razones explicativas. Por una parte, un entorno de profundos y acelerados cambios experimentados en un período muy corto de tiempo –traducidos en la configuración de lo que Zygmunt Barman denomina modernidad líquida 88 (caracterizada por incertidumbre, fragilidad, inseguridad, fluidez, volatilidad y precariedad)– remite a la necesidad de mirar hacia el pasado y de buscar anclajes para reflexionar sobre el significado histórico de estos cambios. En este sentido, en una posmodernidad marcada por la dislocación de los parámetros de tiempo y espacio9, la disolución de la confianza y la fe en el porvenir, el vértigo del presente (“vivir aquí y ahora”), etc., no sorprende que emerja la seducción por el pasado. Frente a los cambios tecnológicos, la transformación de los entornos naturales y urbanos, o los nuevos patrones de consumo, no es de extrañar el deseo de otorgar un aura histórica a los objetos que, de lo contrario, estarían condenados a ser desechados o volverse obsoletos. Por otra parte, fenómenos como la globalización, los procesos de creciente diferenciación social, la flexibilización de los hilos homogeneizadores de la sociedad, la desterritorialización física y cultural, la revolución tecnológica, la fragmentación de los esquemas fundacionales de la nación, la reformulación de los patrones de asentamiento y de convivencia urbanos, las implicaciones que plantean las tendencias multiculturales, la redefinición del papel del Estado, los mecanismos de inserción de las sociedades nacionales en complejos macroeconómicos –y en algunos casos, macro políticos, como es el caso de la Comunidad Económica Europea– etc., lleva a reflexionar sobre orígenes, tradiciones y trayectorias socio–culturales del pasado a fin de comprender las mutaciones que ocurren en los sustratos de los diversos ámbitos de la identidad (grupal, étnica, cultural, nacional, etc). En este sentido, la identidad está siempre ligada con la memoria, y en una era marcada por flujos territoriales y una extensa movilidad global (entre las cuales hay que destacar las migraciones masivas y las experiencias de desplazamiento y reubicación) que borran lugares e identidades de pertenencia, la memoria constituye un núcleo sustantivo de reforzamiento identitario. De igual modo, el tema de la memoria se vuelve importante cuando se fractura la idea del Estado–Nación y se debilita la comunidad histórica nacional. Es decir, cuando el consenso de la identidad colectiva y de los lazos cohesionadores de la sociedad explotan en la diversidad, en el privilegio al reconocimiento de la diferencia y a la pluralidad de sentidos de pertenencia. De igual modo, el resurgimiento de la problemática de la memoria se vinculada también con los procesos de democratización y lucha por los derechos humanos (en especial allí donde la sociedad está marcada por profundas huellas de violencia estatal) expandiendo y fortaleciendo las esferas públicas de la sociedad civil. La memoria se convierte, así, en un factor esencial en todo proceso de construcción de un proyecto de nación. En otras palabras: según la manera cómo las sociedades definan y resuelvan los problemas del pasado, ellas podrán crear un proyecto viable de futuro10.

 

MEMORIAS QUE REAPARECEN Y MEMORIAS EN DISPUTA: UNA PRIMERA APROXIMACIÓN

Los discursos de la memoria aparecen, como señala Andreas Huyssen: “como consecuencia de la descolonización y de los nuevos movimientos sociales que buscaban historiografías alternativas y revisionistas”11 pero se intensifican –en el entorno de la vigencia de las corrientes posmodernistas de los 80; el desdibujamiento de las fuentes tradicionales de autoridad e identidad, y creciente individualismo– por la expansión del debate sobre el Holocausto y las resonancia de éste en las políticas genocidas de Ruanda y Bosnia, así como por el proceso de unificación europea (que obligaba a países como Alemania y Francia a re–pensar su propia participación en el Holocausto), por el colapso de la Unión Soviética (que marcaba el fin de una época histórica y posibilitaba la aparición de múltiples recuerdos de la Rusia pre–soviética), por el surgimiento de los proyectos identitarios de minorías en Europa Central y Oriental (en el marco de los nuevos mapas geopolíticos creados en esa región después de la caída del Muro de Berlín) y, ciertamente y de manera crucial, por la aparición de los temas de derechos humanos, crímenes contra la humanidad, y justicia y responsabilidad colectiva12 como eje central en la agenda pública de numerosos países, en especial de Europa y América Latina, aunque no sólo en ellos13. Sin embargo, no existe una sola memoria, sino interpretaciones plurales, diversas, simultáneas y en ocasiones contradictorias, en las que se juegan disputas, conflictos y luchas en torno a cómo procesar y re–interpretar el pasado. En esta línea, la comprensión de la memoria en tanto “proceso abierto de re interpretación del pasado que deshace y rehace sus nudos para que se ensayen de nuevo sucesos y comprensiones […] (remeciendo) el dato estático del pasado con nuevas significaciones sin clausurar que ponen su recuerdo a trabajar, llevando comienzos y finales a re–escribir nuevas hipótesis y conjeturas para desmontar con ellas el cierre explicativo de las totalidades demasiados seguras de sí mismas”14, permite asumir que no existe “una” verdad histórica que de cuenta definitiva de procesos que pueden ser interpretados de diversas maneras. En este sentido, la multiplicidad de los debates sobre el pasado en un gran número de países, así como la irrupción de memorias diversas y hasta cierto momento marginadas del ámbito público, ha evidenciado que no existen “verdades históricas” monolíticas ni tampoco una memoria colectiva que aglutine los recuerdos de toda la sociedad, sino que más bien coexisten memorias parciales e incluso antagónicas, aunque en cierto momento alguna de ellas aspire a ser hegemónica15. Lo anterior se traduce en “batallas por la memoria”, en las que “se enfrentan múltiples actores sociales y políticos que van estructurando relatos del pasado y, en el proceso de hacerlo, expresan también su proyectos y expectativas políticas hacia el futuro”16 manifestadas, por ejemplo, en el ámbito jurídico y educativo y, de manera muy clara, en los rituales públicos de conmemoración o en la inscripción simbólica de “marcas territoriales” en los que evidencian los conflictos posibles sobre el qué, como y dónde preservar la memoria17. En otras palabras: la memoria no constituye un territorio neutro sino, más bien, en terreno en el que se enfrentan una pluralidad de memorias que corresponden a las más amplia diversidad de grupos y actores sociales (sociales, políticos, religiosos, etc). En este sentido, podría afirmarse que –salvo en regímenes dictatoriales– no existiría una sola memoria social en la cual la totalidad de la sociedad pueda reconocerse dándole un sentido único al pasado sino que, más bien, “memorias en conflicto” que se contraponen en el espacio público en torno a cómo procesar y darle sentido a este pasado, en especial si este se refiere a situaciones de guerra, violencia represiva, traumas sociales, etc.

 

CUANDO LA MEMORIA REAPARECE: ALGUNOS CASOS HISTÓRICOS

En Europa, la re–emergencia de la memoria puede vincularse, en términos generales, con la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. En Alemania, en particular, ambos acontecimientos alentaron la apertura de interrogantes sobre el significado de un pasado que evidentemente no había concluido en 1945. Por otra parte, si bien la caída del Muro de Berlín auguraba en un principio el triunfo del liberalismo y la democracia, al poco tiempo reaparecían en ese país peligrosos síntomas de racismo y xenofobia que denotaban que negar el pasado podía tener consecuencias traumáticas si no era elaborado críticamente por la memoria. A lo anterior cabría agregar la aparición de nuevos documentos, testimonios, investigaciones y análisis que re–escribían la historia del país y reinterpretaban la memoria de un pasado largamente reprimido. En Alemania, aunque los dirigentes alemanes de la posguerra reconocieron la responsabilidad moral del país por su pasado nazi, fue el silencio soterrado, pero turbador, lo que permeó a la sociedad desde 1945 en adelante. En Alemania Federal, en el entorno de la Guerra Fría y del proceso de ‘desnazificación’ impulsado por las fuerzas aliadas, las energías colectivas se canalizaron hacia la reconstrucción. En la República Democrática Alemana, la cultura política stalinista se impuso a la del nazismo en una línea de continuidad, amén de que esta parte de Alemania se consideró a sí misma “liberadora” de un fascismo identificado con el capitalismo. En Alemania en su conjunto, los álbumes de familia se detuvieron en 1938 y se reanudaron en 1946 y hasta la década de los 60, la mayoría de la población se esforzó por olvidar los crímenes nazis. Sólo con la llegada a la edad adulta de una nueva generación nacida después de la guerra que quería conocer la verdad y de romper el silencio de su padres, así como por el impacto que tuvo el proceso organizado en Jerusalén en contra del organizador de la Solución Final, Adolf Eichmann y, en consecuencia la aparición en el escenario pública del tema del Holocausto, la sociedad alemana comenzó a confrontarse activamente con su pasado. La elección como Canciller de Willy Brandt (un resistente antinazi) marcó el inicio de un cambio importante, y su gesto de rendir en Varsovia un homenaje ante el monumento a los héroes de la insurrección judía del ghetto (1943) denotaba un cambio de sensibilidad y de reactivación de la memoria. Desde entonces, el pasado reciente ha estado cada vez más presente en el debate público y en la memoria colectiva alemana. Así, por ejemplo, la película La lista de Schindler impactó profundamente a los adolescentes alemanes y de igual modo, el controvertido libro de Daniel Goldhagen Hitler’s Willing Executioners. Ordinary Germans and Holocaust,18que replanteaba las interrogantes sobre las responsabilidades colectivas de toda la nación alemana en el Holocausto, causó un fuerte y sorprendente impacto sobre la sociedad alemana.

En Austria a su vez, y fundamentalmente a raíz del éxito electoral obtenido hace algunos años por el Partido Liberal dirigido por el simpatizante nazi Jorge Haider, se ha producido también una profunda reflexión crítica en relación al pasado reciente, misma que se ha orientado a asumir que este país no fue simplemente la primera víctima del nazismo –eximible por tanto de cualquier responsabilidad en los crímenes nazis, tal como se había sostenido desde 1945– sino que por el contrario, Austria se había adherido fervorosamente a este régimen político, amén de que el nazismo tuvo fuertes raíces en Austria. Fue el “asunto Waldeim”, es decir, la acusación de que Kart Waldheim, ex Secretario General de la ONU, había participado como oficial de la Wehrmacht en ejecuciones en los Balcanes, lo que hizo estallar la memoria, alentando un fuerte debate público en torno al pasado19.

Francia también se ha confrontado recientemente con algunas páginas oscuras de su historia. Por una parte, en relación a lo ocurrido durante los años de la ocupación alemana y la República de Vichy (1940–1944). Según la versión histórica oficial posterior a 1945, el régimen de Vichy fue un breve e infeliz interludio de la continuidad republicana francesa. Esta versión, que asumía de igual manera que la gran mayoría de la población apoyó a la Resistencia; no reconocía la responsabilidad del gobierno del mariscal Pétain en la deportación de miles de judíos a la Alemania nazi. Sin embargo, rigurosas investigaciones han documentado el papel real que jugó la República de Vichy en la historia francesa. Así, por ejemplo, el historiador Robert Paxton, en su libro Vichy France. Old Guard and New Order20registra y da cuenta –en base a archivos alemanes capturados al final de la guerra y a otros materiales contemporáneos– de cómo la República de Vichy favoreció al régimen nazi más allá de lo que éste solicitaba, en especial en relación a sus políticas anti–semitas. Al mismo tiempo, si la colaboración francesa con los invasores nazis fue un capitulo relegado en la historiografía y en la memoria nacional, fueron los procesos a Klaus Barbie (1987), Paul Touvier (1994) y Maurice Papon (1997–98) –acusados todos ellos de persecución contra judíos y de genocidio– uno de los factores centrales en la reactivación de la memoria francesa. Esta reactivación se tradujo políticamente en la primera conmemoración oficial del 50 aniversario de la fecha en que trece mil judíos parisinos fueran detenidos en el Velódromo de Invierno y deportados a Alemania días después, conmemoración que fue presidida por el entonces Presidente Francois Mitterrand el 16 de junio de 1992. En 1995 el Presidente Jacques Chirac reconoció la responsabilidad del Estado francés en la deportación de 70 mil judíos franceses a Alemania, y en fechas recientes se ha comenzado a identificar la propiedad confiscada y las obras de arte robadas a los judíos durante la segunda guerra mundial.

Por otra parte, un segundo pasaje de la historia francesa recientemente sacado a la luz es el de la guerra de Argelia (1955–1957), mismo que ha dejado cicatrices profundas en la conciencia colectiva francesa. Si bien existían pruebas de las atrocidades llevadas a cabo por el ejército francés en los momentos álgidos de esta guerra, ningún testimonio había sido tan contundente como las revelaciones aparecidas en el libro de memorias del general Paul Aussaresses21 –ahora un anciano de 83 años– relativas a las prácticas de tortura sistemática, ejecuciones sumarias y desaparición de personas durante al guerra de Argelia. Ello ha estremecido a la sociedad francesa, obligándola a volver su mirada consternada hacia esa etapa de su pasad hasta el punto que el Presidente Chirac ha condenado duramente dichos crímenes.

También en Europa Central y Oriental, el peso de la memoria resurgía en el escenario de los nuevos mapas geopolíticos creados en esa región desde la caída del Muro de Berlín. La incertidumbre del futuro en la región, reforzada por el rechazo al antiguo régimen político y el desencanto provocado por la economía de mercado, se tradujo no sólo en un reflujo hacia el pasado, el suelo, la tierra y la memoria de principios casi míticos de identidad, sino también en la revisión de capítulos recientes y controvertidos de la historia nacional. Un ejemplo lo constituye, en la Unión Soviética, el reconocimiento de la matanza de oficiales, soldados y civiles polacos ocurrida en mayo de 1940 en el bosque de Katyn22 a manos de las tropas soviéticas, documentada a partir de la apertura de los archivos de la KGB en 1990.

En los países del cono sur de América Latina, el tema de la memoria ha marcado el debate cultural y político de los últimos años, en particular en torno a la violación de los derechos humanos cometidos durante las dictaduras. Sin duda, la transición a la democracia fue un momento crucial para iniciar el ciclo de esclarecimiento, discusión y elaboración social de la memoria, a pesar de que las leyes de amnistía conocidas como ‘Puntos Final y Obediencia Debida en Argentina’ o la “política de la desmemoria” instrumentada por los gobiernos de la transición chilena como garantía de la gobernabilidad democrática, implicaran una voluntad gubernamental por imponer silencio y olvido. Si bien la naturaleza de los crímenes cometidos por las dictaduras, el gran número de detenidos–desparecidos, el problema de cientos de hijos de detenidos–desaparecidos entregados a las fuerzas de represión, los arrestos arbitrarios, el encarcelamiento sin juicio, etc., pudieron estar adormecidos en la memoria colectiva durante largo tiempo, ciertas situaciones específicas dieron como resultado una reactivación de la misma. Cabe señalar como ejemplo, en el caso argentino, las revelaciones públicas de algunos oficiales argentinos (en especial el testimonio del capitán Adolfo Scilingo) sobre los pormenores del plan de exterminio de las víctimas de la dictadura o, en el caso chileno, la detención del general Pinochet en Londres23. En esta línea, fueron diversos los mecanismos implementados para preservar la memoria de los crímenes, detenciones arbitrarias y violencia represiva que tuvo lugar en aquellos países afectados por regímenes dictatoriales. Una de ellas fue la constitución de las Comisiones de la Verdad (cuyo objetivo fue investigar, registrar y dar conocer las más graves violaciones de derechos humanos24), mismas que tuvieron un “carácter fundacional”25 para el proceso de reconstrucción de la memoria. En este proceso jugaron un papel relevante la acción de numerosas organizaciones de derechos humanos y de familiares que hasta el día de hoy continúan reclamando verdad y justicia. Por otra parte, en el caso de Chile –en el que a diferencia de Argentina no hubo un juicio público a los militares por la presencia de Pinochet en el escenario político del país– la investigación histórica y sociológica ha documentado tanto las causas que llevaron al quiebre de la democracia como a la toma militar del poder y a la violación masiva de los derechos humanos26. De igual modo, en el caso chileno cabe destacar una enorme profusión de investigaciones periodísticas que han dado cuenta de las acciones represivas27, a las que se pueden agregar testimonios 28 y trabajos autobiográficos29 que documentan el tema de la violación de los derechos humanos durante el régimen militar. Asimismo, el tema ha sido incorporado ampliamente en la creación artística: literatura30, teatro, cine, artes plásticas, danza y música.

 

LAS BATALLAS POR LA MEMORIA: ALGUNOS EJEMPLOS

Como ya se señaló previamente, no hay una sola memoria que unifique al conjunto de la sociedad sobre cómo “leer” el pasado. Por el contrario, existen enconadas controversias al respecto. Así, por ejemplo, en Francia, se han generado conflictivas interpretaciones en torno a la República de Vichy y el papel de la resistencia contra la ocupación alemana31. En Alemania, los planteamientos del historiador Ernest Nolte –según los cuales el Holocausto fue “una reacción, nacida de la ansiedad, a las aniquilaciones que ocurrieron durante la revolución rusa”32 que ubicaban al régimen nazi en el mismo plano que otros regímenes igualmente abominables y, en última instancia, lo disculpaba diluyendo la especificidad del nazismo, generó una violenta respuesta por parte de Jurgen Habermas dando paso, a mediados de la década de los 80, a la conocida “querella de los historiadores”33. Este clima intelectual de reinterpretación del pasado, que postulaba la “normalidad” del caso alemán, se tradujo políticamente en la controvertida visita del entonces Presidente Ronald Reagan al cementerio de Bitburg (donde estaban sepultados soldados de las S.S. y soldados estadounidenses, implicando así que no existían ni víctimas ni culpables dado que todos los caídos eran similares en a muerte). Ciertamente, esta interpretación de la historia pavimentó posteriormente el camino para la reunificación alemana. En noviembre de 1990, Alemania despertaba “normalizada”, “reconciliada”. Exactamente un año antes, el 8 de noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín. Esa fecha entraba en la historia como inicio de una nueva era, pero no se hacía mención de lo acontecido el 9 de noviembre de 1938, cuando miembros de las S.S. y turbas nazis incendiaron sinagogas y saquearon comercios judíos, golpeando y asesinando a numerosas víctimas en lo que se conoce como “la noche de cristal”. Este acontecimiento anticipaba lo que sería la posterior destrucción de gran parte de judaísmo europeo, y con ello la irrupción de la barbarie en la Europa moderna. En noviembre de 1990, durante el acto oficial de la reunificación alemana, los dirigentes políticos de las dos Alemanias destacaron que la celebración se refería no al fin de un pasado comenzado en 1933 sino a la “desdicha” que había caído sobre Alemania desde el fin de la guerra y durante los 45 años siguientes. En otras palabras: los líderes políticos alemanes celebrando el fin de una era comenzada cuando Berlín fue ocupada por los rusos sin referirse al hecho de que el Muro de Berlín había sido el resultado de una contienda desencadenada por el nazismo34.

Las contiendas sobre el sentido del pasado pueden generarse desde el momento mismo en que ocurre el acontecimiento. Por ejemplo, en el caso del golpe militar en Chile en 1973, la dictadura justificó la asonada como la única “salvación” posible para prevenir una guerra civil, argumento ligado con la idea de una “refundación institucional”35 en la que el año 1973 era asimilado a la Independencia de 1810 y se intentaba borrar de la memoria colectiva los procesos constitucionales y las instituciones democráticas previas36. En este sentido, es significativo constatar el daño sufrido por el lenguaje. Así, por ejemplo, el golpe militar se volvió “pronunciamiento”; el dictador, “hombre providencial”; el combate a la ideología marxista, “defensa de los valores cristianos y occidentales”, y los crímenes, “razón de Estado”. Pero por otra parte, desde la memoria de las víctimas, el golpe fue una ruptura institucional que hizo volar en pedazos la historia pública del país, quebrando asimismo el sistema simbólico–cultural que había dado su sentido a la sociedad chilena, y dejando una estela de muertos, detenidos–desaparecidos, torturados, exiliados, etc37. De igual modo, las intensas polémicas en torno a las diferentes formas de pensar el pasado dictatorial prosiguieron en Chile durante la transición democrática. Si bien los gobiernos democráticos realizaron una serie de acciones para fijar la memoria de las violaciones a los derechos humanos (por ejemplo, el Informe Rettig, que daba cuenta de las muertes y desapariciones ocurridas durante la dictadura, los procesos jurídicos abiertos contra los militares encargados de organizar la represión, o el Informe Valech que documenta las torturas) como también una serie actos simbólicos: destinados a romper con la versión de la historia ofrecida por el régimen militar, todavía existen sectores que insisten en dejar atrás el pasado y dar vuelta la página, al tiempo que en otros sectores de la sociedad siguen vivos ciertos nudos de memoria (por ejemplo, el caso de los detenidos–desaparecidos) en una reiteración permanente en busca de justicia.38 Por otra parte, las disputas por las memorias en Chile –incluso entre la memoria “oficial” de los gobiernos democráticos y las que surgen a nivel de la sociedad civil– pueden ejemplificarse en los conflictos alrededor de los soportes a través de los cuales la memoria se materializa. Así, por ejemplo, si bien la iniciativa generada en 1991 de construir un monumento al Presidente Allende fue una propuesta del primer gobierno de la transición –y dicha construcción no estuvo exenta de conflictos– 39 la recuperación uno de los símbolos mas emblemáticos de la represión chilena, Villa Grimaldi, y su reconversión en un Parque de la Solidaridad fue iniciativa de la Agrupación de Ex Presos de Villa Grimaldi. Pero incluso en este caso, “hubo polémicas intensas entre los sobrevivientes de la Villa y los familiares de las víctimas respecto a cómo preservar el sitio en ruinas. Emergieron tres posiciones básicas: 1) dejar a las ruinas de Villa Grimaldi tal y como existían en aquel entonces y colocar en el sitio una escultura sencilla para recordar a las víctimas. 2) reconstruir Villa Grimaldi exactamente como era cuando funcionó como centro de tortura, y 3): resemantizar a Villa Grimaldi a través de la construcción de un Parque por la Paz, no como símbolo de la muerte sino como un símbolo de vida.40 Pero incluso si el lugar se re–construyó siguiendo los lineamientos de esta última alternativa, el “qué” y el “cómo” recordar pueden divergir según el recorrido que se haga y el “lugar de enunciación” del sujeto que da sentido al lugar”.41 Desde otra perspectiva, pero ligado con lo anterior, parte importante de las contiendas por la memoria reside en las estrategias –gubernamentales– para distorsionar los mapas del recuerdo, neutralizando el peso del horror y alentando nuevas “lecturas” en el marco de las políticas de reconciliación nacional impulsadas por los gobiernos de transición. Así, retomando el ejemplo de Villa Grimaldi en Chile, el diseño del Parque en forma de cruz con una fuente de agua en el punto de intersección hace alusión a la “purificación” que precede al re–encuentro42, asumiendo implícitamente la posibilidad del re–encuentro entre víctimas y perpetradores. Por otra parte, no puede dejarse de hacer mención a la voluntad política por borrar las huellas, ruinas o restos de lugares significativos para la memoria de la represión, como fue evidente en el caso argentino con la propuesta del entonces Presidente Carlos Menem de desaparecer el que había sido el peor centro clandestino de detención y tortura durante la dictadura argentina, la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, o en el caso chileno, en la paulatina borradura de “la arquitectura del espanto”43, es decir, en la conversión de casas de tortura y centros de detención en jardines de niños o en Institutos de Cultura dedicados al culto e investigación sobre los héroes patrios 4444 o, en el mejor de los casos, en el “embellecimiento” de los memoriales, debilitándose así “la tenebrosidad del recuerdo”.45

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Hacia una globalización de la memoria.

Hacia una globalización de la memoria

Traduction de Miriam Hernández Reyna
[18/09/2015]
RESÚMEN

 

Una constatación parece imponerse ahora de manera patente: en todas partes del mundo, a pesar de contextos políticos o culturales diferentes, a pesar de la extrema diversidad de herencias históricas, la relación con el pasado no solamente ha experimentado cambios estructurales importantes en el último cuarto del siglo XX y el inicio del XXI, sino que tiende también a unificarse, a “globalizarse”, a suscitar formas de representación colectivas y acciones públicas que, al menos en apariencia, son cada vez más semejantes. Observada a gran escala, esta constatación no se limita ni al recuerdo de algunos eventos recientes, ya que fuesen excepcionales como el Holocausto, ni a un espacio específico como “el mundo occidental”. Ella concierne a la escritura del pasado nacional de un gran número de países y se manifiesta igualmente, desde hace varios años, como una cuestión política mayor a una escala regional (por ejemplo, la de la Unión Europea), o a una escala mundial (principalmente dentro de la Organización de Naciones Unidas). Este fenómeno toma forma según eventos históricos muy diferentes en cuanto a su naturaleza, su temporalidad o su espacio: los recuerdos obsesivos del nazismo en todas partes de Europa; las polémicas recurrentes sobre los efectos de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación japonesa en el Extremo Oriente; la larga memoria de la esclavitud en América del Norte o en Francia; la de la colonización en África; los agitados debates sobre la herencia de las dictaduras militares en América del Sur o las secuelas físicas y morales de las grandes masacres de masa en los cinco continentes. Asistimos, así, a un mismo movimiento planetario, por no decir homogéneo, de reactivación del pasado, y podemos observar, al mismo tiempo, numerosas similitudes en las expectativas de la opinión pública y en las políticas emprendidas para dar su “justo” lugar a la historia y a la memoria en contextos en apariencia muy alejados los unos de los otros.

  • 1 Esta última expresión proviene del alemán y se inscribe en el debate matricial sobre el pasado. Cf. (…)
  • 2 Ver particularmente Aleida Assmann, Cultural Memory and Western Civilization: Functions, Media, Arc (…)
  • 3 La literatura reciente sobre la cuestión es abudante: Michel Dobry (coord.), Democratic and capital (…)
  • 4 Proveniente de la antropología, este concepto ha sido desarrollado por François Hartog, Régimes d’h (…)

2Esta evolución proporciona hoy en día una abundante materia a politólogos, sociólogos, filósofos e historiadores. Los cuestionamientos pueden variar con respecto a registros teóricos o empíricos muy diversos: análisis de usos, de representaciones y de “políticas del pasado”1, trabajos sobre el “manejo del pasado” (Vergangenheitsbewältigung), o el “deber de memoria”, sobre el patrimonio y la patrimonialización o incluso la “cultura del recuerdo” (Erinnerungskultur)2, sobre la justicia “transicional” o “restaurativa”, que reposa sobre interpretaciones normativas del pasado reciente3, en fin, sobre el fin de la guerra, de la guerra civil o de la dictadura. Todos estos trabajos abordan, explícitamente o no, cuestiones concernientes a un posible cambio de “régimen de historicidad”4. Por régimen de historicidad, entendemos una evolución profunda de la naturaleza, el lugar, el rol y los efectos que el pasado juega en el presente de las sociedades, en un lugar determinado y en un momento dado (ahora, al final del siglo XX); y a una escala que debe precisamente determinarse.

  • 5Cf. Ian Buruma, Wages of Guilt: Memories of War in Germany and Japan, New York, Farrar Strauss Giro (…)

3El presente texto propone, en efecto, la hipótesis de que ese cambio no concierne solamente a la civilización europea, sino que abarca un espacio mucho más amplio, sin duda global, con todas las precauciones que implica actualmente el uso de ese término. En una primera versión, este texto sirvió de introducción a un número especial de la revista francesa Vingtième siècle, dedicado a un análisis comparativo de la memoria de conflictos internos o externos en Europa y Asia, concentrándose particularmente en el establecimiento de un paralelo entre la prolongada gestión del pasado nazi y las disputas reactivadas en torno a la “guerra de los Quince años” (1931-1945) en Asia oriental.5

4La elección de los términos de la comparación reposaba, principalmente, sobre una proximidad evidente: la Segunda Guerra Mundial, en el sentido amplio del término, forma no solamente una matriz histórica común a los dos continentes, sino que constituye, tanto en Asia como en Europa, un evento central en la historia reciente, cuyos efectos aún se recienten no solamente en un plano memorial, sino también en un plano político y social y, aún más, en el plano de las relaciones regionales e internacionales. Sin embargo, aun si ello puede naturalmente explicar ciertas similitudes en la gestión del pasado, las diferencias de situación en la historia respectiva de la post-guerra en Europa y en Asia, especialmente en Alemania y en Japón; más aún, las diferencias de cultura, particularmente en lo que concierne a las relaciones entre tradición y modernidad, eran suficientemente grandes como para que predominarán más diferencias que semejanzas. Ahora bien, este no es el caso si tomamos en cuenta los diferentes textos publicados en dicho número especial, que mostraba, más bien, grandes similitudes en la gestión y en los usos del pasado reciente, como si las singularidades nacionales o continentales no afectaran plenamente. Además, el número especial tomaba en cuenta, igualmente, procesos históricos de otra naturaleza, como la memoria del comunismo o la de conflictos localizados, como el de Irlanda del Norte, lo que permitía extender el campo de la comparación sobre los fenómenos de la memoria. Es así que nació el presente texto, preguntándose sobre algunas explicaciones posibles de puntos en común, de transferencias, de posibles préstamos recíprocos en el mantenimiento del recuerdo y de la gestión del pasado a una escala global.

Las modalidades comunes de gestión del pasado

5Dos series de elementos permiten sostener ad minima la idea de una globalización de las relaciones con el pasado: una proviene de la puesta en evidencia de temporalidades comparables en la cronología de la memoria de episodios traumáticos, la otra, sobre la cual insistiremos más aquí, de la emergencia de un nuevo espacio público mundial.

  • 6Cf. Paul Ricœur, La mémoire, l’histoire, l’oubli, Paris, Seuil, 2000.

6Si observamos la evolución de la memoria y de las representaciones de eventos como el Holocausto, la Segunda guerra mundial, las guerras coloniales de los años 1950-1960, incluso eventos o procesos más antiguos, como la esclavitud, nos percatamos de que existen semejanzas entre ellos. El fin inmediato del evento traumático – el fin de genocidios o el fin de dictaduras – se traduce en general en el desarrollo de un intenso debate sobre el número y la naturaleza de las víctimas, sobre la suerte reservada a sus verdugos, sobre la posibilidad o no de juzgarlos o simplemente de alejarlos, de destituirlos de las funciones que ocupaban en el aparato de Estado, en el ejército, en la policía, etc. Es también el momento en que se establecen las primeras formas de conmemoración, se erigen los primeros monumentos, se deciden las primeras formas de reparación y de compensación, a la manera en que sucedió cuando se derrumbó el III Reich en Europa. Enseguida, a través de modalidades diversas y después de una duración que pueden variar según el caso, comienza un periodo durante el cual la elección del olvido, de la amnistía, del silencio sobre los crímenes del pasado, parece predominar en una parte de la opinión frente a las necesidades de la reconstrucción física y moral del país y a las de reconciliación y de unidad nacionales. Después, en un tercer momento, a veces mucho tiempo después, como en el caso de la memoria del Holocausto o la de las guerras coloniales (como la guerra de Argelia en Francia), a veces mucho más rápido, vemos aparecer, al contrario, el deseo de reabrir el pasado y de no darle vuelta a la página, de mantener procedimientos jurídicos en proceso, de continuar el “trabajo de memoria” y de vigilancia frente a la presencia posible de antiguos criminales o responsables dentro de las élites de poder. Esta última fase puede constituir una verdadera anamnesis, como fue el caso de Europa Occidental al final de los años 1970, respecto al pasado nazi. Ella puede incluso desembocar en una fase de “hyperamnesia”, en el sentido dado por Paul Ricoeur, es decir, una cristalización de un conflicto no resuelto, para el cual el trabajo colectivo de memoria no encuentra una salida final ni logra calmar el resentimiento legítimo de las víctimas o de sus descendientes.6 Tal fue el caso de la memoria del Holocausto, a pesar de las políticas de reparación a gran escala durante los años 1990-2000 en Alemania, en Francia y en Estados Unidos. Es el caso a fortiori en conflictos para los cuales no hay ningún proceso, ni juicio, por tanto, ninguna identificación precisa de hechos, de víctimas ni de reparaciones posibles.

7Siendo todo ello así, la novedad no consiste tanto en la posible repetición de esta secuencia ternaria – duelo inacabado, amnesia, anamnesis – en contextos históricamente diferentes, sino en el hecho de que converge, al final del siglo XX, una tendencia, un deseo general, cualesquiera sean los lugares y los episodios históricos concernidos, antiguos o recientes, de recordar los crímenes del pasado, de repararlos, de juzgarlos, de impedir toda forma de olvido. Que este deseo haya sido parcial o completamente saciado es otra cuestión, lo que cuenta aquí es la convergencia en la visión de un pasado que no debe pasar, que debe permanecer presente, como un guardián del porvenir.

  • 7 Ver, por ejemplo, Jean-Pierre Rioux, La France perd la mémoire, París, Perrin, 2006.
  • 8 Cf. Henry Rousso, « History of Memory, Policies of the Past: What For?” in Konrad Jarausch and Thom (…)
  • 9 Sobre este concepto de la sociología de la acción colectiva, ver Michel Offerlé, Sociologie des gro (…)

8Este nuevo régimen de historicidad que valora el recuerdo, que elabora el tiempo histórico privilegiando la visión del presente, se desenvuelve a la par de la emergencia de un nuevo espacio público mundial que contribuye a cambiar nuestra visión de la Historia. En primer lugar, de un lado al otro del planeta, los Estados se encuentran hoy confrontados a visiones en competencia y alternativas del pasado, que ponen en cuestión la tradicional dominación de la historia nacional. Hipótesis sostenida múltiples veces en Francia, principalmente después de las disputas memoriales de 2005-2006, ella sería una consecuencia del debilitamiento del sentimiento nacional y del progreso del “comunitarismo”, entre otros factores culturales.7 Aunque no pueda decirse que el argumento no tiene pertinencia en una perspectiva puramente francesa, y sin duda en el contexto de otras naciones europeas, sí pierde singularmente su impacto cuando se le sitúa en una escala no exclusivamente nacional, la única posible hoy en día para comprender los fenómenos de memoria.8 En realidad, la novedad radica aquí menos en la existencia de relatos históricos o de memorias singulares fundadas en la lengua, la etnia, la religión o una experiencia comunitaria compartida – que son una realidad desde siempre, especialmente en áreas en que los sistemas políticos y sociales otorgan un lugar importante, cuando no confieren derechos equivalentes a las minorías – que en la formación de un espacio público, en el plano nacional, regional (especialmente europeo) y mundial. Este espacio se caracteriza por una creciente toma de la palabra por grupos que proponen narraciones históricas tendientes a rechazar no solamente la historia nacional, sino también una parte importante de la historia científica, académica, sospechosa, en el mejor de los casos, de ceguera frente al destino de los “olvidados” de la Historia o, en el peor, de ser una “historia oficial” productora de “tabús”, más aún, de contribuir a mantener un sistema de dominación. Esta toma de palabra cada vez más manifiesta, tiene como efecto abolir las fronteras tradicionales entre el discurso del científico, del político, del actor, del militante, y de abrir hacia una pluralidad, más o menos bien controlada, interpretaciones del pasado, cuyo impacto reposa menos en la validez y veracidad de los propósitos emitidos, que en la capacidad de los actores para hacerse escuchar y, en ocasiones, para inscribirse en una lógica de “escandalización”, es decir, de una provocación deliberada destinada a suscitar “ruido”, en particular gracias a la rapidez y reactividad de las nuevas tecnologías de la información.9 Este proceder fue ampliamente utilizado en el marco de la memoria del Holocausto y lo es hoy en día en otros campos, como el recuerdo de la esclavitud o de la colonización.

9En este sentido, las modalidades del debate sobre la historia (o la memoria) no difieren fundamentalmente de aquellas observables sobre otros temas, como la salud, el clima o el medio ambiente, que ponen en juego igualmente numerosos conflictos de interés entre enunciados científicos, emociones populares y políticas públicas. Una de las consecuencias paradójicas de este fenómeno ha sido la vigorosa escalada y la mayor visibilidad de “revisionismos” históricos de todo tipo, ya sean legítimos, es decir, inscritos en un espacio de discusión común con la historia “ortodoxa” y que se presentan frecuentemente como “contrahistorias”, o de carácter más perverso, como el negacionismo antisemita, que tiene como objetivo explícito causar errores a favor de un clima general de puesta en cuestión de la historia reciente en Europa durante los años 1970-1980, por insistir en esta brecha.

  • 10 Ver Annette Wieviorka, L’ère du témoin, París, Plon, 1999 et surtout Avishai Margalit, The Ethics o (…)

10Este nuevo espacio público se caracteriza, en segundo lugar, por el creciente poder de la figura de la víctima, y de la víctima que testimonia de sus sufrimientos pasados, incluso tardíamente, delante de cortes de justicia o de comisiones de la verdad o reconciliación: en este sentido, la “era del testigo” ha sido la era de la víctima, y comenzó no sólo con el juicio de Eichmann en 1961 sino con el final de la Primera guerra mundial, que fue la primera experiencia de violencia de masa extrema, conducente a la producción de miles de testimonios inmediatos de personas anónimas o sin ningún grado.10 Todo ello va a la par con el creciente, e invasivo, lugar que ocupa el recuerdo de los crímenes del pasado en las sociedades contemporáneas, reduciendo el campo de la Historia o, más bien, de lo que es digno de ser recordado en nuestro presente y en una sucesión de perjuicios y de masacres. Ésta es una de las razones que explican que la “memoria” se haya vuelto, a este punto, un valor positivo casi universal , una tradición reinventada que se opone al “olvido”, mismo que se convirtió en un valor negativo: se puede olvidar una buena acción sin muchas consecuencias, pero olvidar un crimen sería como cometerlo por segunda vez. Este credo, hoy casi naturalizado, evidente, funda numerosas acciones memoriales contemporáneas, aun cuando sea discutible en el plan ético, político o jurídico, y a pesar de que no constituya de ninguna manera una constante en la larga historia del final de las guerras: al contrario, el olvido, la amnistía, el perdón han sido, hasta una fecha recientes (hacia los años 1970) modalidades mayores que han permitido a algunas sociedades poner un término realista a conflictos externos o internos, principalmente en áreas dominadas por la cultura judeo-cristiana. Agreguemos que este proceso concierne, ante todo, a eventos próximos, particularmente a las secuelas de la Segunda guerra mundial o a los sistemas coloniales del siglo XIX y el siglo XX, pero se extiende actualmente a episodios cuyas raíces se remontan cada vez más lejos en el tiempo, como atestiguan los intensos debates sobre la memoria de la esclavitud. No hay nada que se oponga, desde ahora, a que todo episodio en la historia humana pueda ser objeto, en un momento u otro, de una reivindicación o de una política memorial: nos situamos aquí en una de las más nítidas manifestaciones del “presentismo”, la de un desvanecimiento imaginario de las fronteras entre el presente y el pasado, que transforma a los contemporáneos en narradores, jueces y expiadores de todos los crímenes cometidos por “nuestros” ancestros. Esta evolución ha creado, de facto, la idea de que existe una responsabilidad temporal colectiva que extiende la imprescriptibilidad general a diversas acciones humanas, al menos las más oscuras, y que ya no tienen ahora el derecho de entrar en la categoría de un pasado resuelto.

11La existencia de un nuevo espacio público se traduce, en tercer lugar, a partir de nuevas formas de acción política. Casi en todas partes, en varios grados y bajo formas evidentemente diversificadas, podemos observar aspiraciones convergentes manifestadas por formas similares de acciones públicas y de movilizaciones colectivas que se desenvuelven sobre un mismo modelo, principalmente si se trata de tomar en cuenta una “historia criminal”. Ellas se inscriben en la fase de anamnesis descrita más arriba:

121er tiempo: la necesidad de una toma de consciencia de “errores” o de “crímenes” del pasado; términos que pueden recubrir un largo abanico de situaciones históricas que los contemporáneos son invitados a “afrontar”; es durante esta fase que las asociaciones de víctimas y sus modalidades de acción juegan un rol esencial, dado que está en juego crear o promover el resurgimiento de su destino como problema público importante, que es necesario analizar y resolver;

132do tiempo: la exigencia de un reconocimiento de las víctimas así identificadas, particularmente a través de la voluntad de inscribir el recuerdo de su sufrimiento en un relato histórico colectivo renovado, incluso revisado, incluida la necesidad de una calificación (o recalificación) penal de hechos resueltos, como fue el caso de los juicos tardíos de los criminales de guerra nazis o en el caso de las “leyes memoriales” en Francia que permitieron, por ejemplo, calificar retroactivamente, la esclavitud y la trata trasatlántica occidental (y únicamente ésta) de “crímenes contra la humanidad”;

143er tiempo: el otorgamiento eventual de diversas formas de reparación por los daños sufridos, a través de acciones jurídicas nacionales o internacionales, penales o civiles, por medio de políticas de indemnización, por la instauración de rituales tradicionales (erección de monumentos, creación de conmemoraciones) o de un género nuevo (las comisiones de reconciliación en América del Sur o en África, los textos jurídicos que reinterpretan el pasado según las normas del presente). El abanico de políticas públicas del pasado no cesa, sin embargo, se ampliase desde hace algunos años, y esta creciente y sistemática interpelación de los poderes públicos (en sistemas democráticos abiertos) desemboca cada vez más en una escucha atenta, principalmente en los países europeos, de manera que el rechazo a aceptar el imperioso “deber de memoria” puede constituir actualmente una desventaja más o menos agobiante para las élites políticas. Asimismo, esas demandas y esas acciones públicas son frecuentemente difundidas por organizaciones no gubernamentales o por instituciones internacionales como fue el caso, de manera emblemática, del proceso Pinochet y de casi todos los procedimientos revestidos de una dimensión penal.

Elementos de explicación

  • 11 Sobre este aspecto, que se abre hacia otros horizontes disciplinarios, ver por ejemplo Jean-Claude (…)

15Si admitimos estas proximidades, estas concomitancias, estos puntos en común, sin olvidar que la constatación realizada aquí resulta de una observación bastante amplia, se impone una pregunta simple aunque persistente: ¿cómo explicar esas convergencias en las relaciones que las sociedades contemporáneas mantienen con el pasado? Podría evocar aquí explicaciones de orden estructural sobre la gestión del duelo, la clínica del traumatismo, la relación entre la psicología individual y el imaginario colectivo11. Sin embargo, me apegaré a un registro más estrictamente histórico, a saber, a la existencia de una coyuntura particular, sin que ello constituya una explicación univoca.

16La globalización de fenómenos culturales, la existencia de lugares y repertorios de acción a nivel trasnacional o internacional, especialmente en materia jurídica, la uniformización – relativa – de ciertas prácticas políticas (la transparencia democrática), de ciertos valores (la defensa de los derechos humanos), pueden explicar la creencia en una acción reparadora o retroactiva respecto al pasado. Esta coyuntura se encuentra claramente más marcada por los efectos de dos eventos de naturaleza diferente.

  • 12Cf. Daniel Levy, Natan Sznaider, The Holocaust in the Global Age, Philadelphia, Temple University P (…)

17El primero es, evidentemente, la exterminación de los judíos por los nazis, un crimen de una naturaleza y de una amplitud sin precedentes en la historia, que conllevó, después de 1945, a formas, también sin precedentes, de gestión del pasado, término que se inscribe igualmente en el contexto post-Auschwitz. Estas formas se desarrollan inicialmente en el marco de la República federal alemana, que proporcionó el modelo de la Vergangenheitsbewältigung cuya historia, en cierta medida edificante, es hoy cuestionada, tal como atestigua la trayectoria y las polémicas reciente en torno al escritor Günter Grass. La memoria del Holocausto se expandió enseguida a los países vecinos, en consecuencia o paralelamente a conflictos de memorias autóctonas (como la cuestión de Vichy, en Francia), posteriormente a escala europea e internacional. La memoria del Holocausto es, sin duda, un elemento central de la creciente importancia de la noción de memoria en los años 1970. Desde entonces, y a través de un proceso que no estaba anticipado, el combate por el reconocimiento de un puñado de víctimas, acompañado por la reparación parcial de crímenes cometidos por los nazis contra los judíos, tomó una amplitud sin precedentes, hasta convertirse en el paradigma memorial por excelencia. Ya sea a través de las formas de la acción colectiva a favor de la memoria, la construcción de problemas públicos vinculados a interpretaciones del pasado, o incluso la definición de repertorios de acción específicos, fundados, por ejemplo, sobre la posibilidad de reparaciones jurídicas, simbólicas o financieras, la gestión reciente de esta memoria ha suscitado, al mismo tiempo, formas de deseo, de mimetismo, de competencia, al tiempo en que ha contribuido a la globalización del problema.12

18El segundo acontecimiento es la caída del muro de Berlín, aunque sea preciso evitar convertirlo en la explicación de todo fenómeno histórico reciente. La caída del comunismo y el fin de la Guerra fría significaron formas de democratización en Europa central y oriental y, sin duda, precipitaron la desaparición duradera de otros sistemas dictatoriales en América Latina, o el apartheid en Sudáfrica, conduciendo a varios países a cuestionarse sobre la gestión inmediata, o a mediano plazo, de su pasado a una escala inusitada desde 1945. No hay, sin embargo, una relación sistémica, incluso después de 1989, entre un proceso de transición democrática y la emergencia de un modelo memorial. Por otra parte, si aún queda una memoria por construir, es efectivamente la de la herencia comunista, en el amplio sentido del término, que constituye incluso una excepción notable frente al modelo aquí bosquejado. Las representaciones y los usos del pasado comunista permanecen acotados a espacios políticos, geográficos, mentales, infinitamente más restringidos que la importancia del fenómeno comunista en el siglo XX. Éstos continúan incluso a separar, con una línea invisible, las tradiciones del Este o del Oeste de Europa, como testimonia la dificultad de hacer emerger en Rusia una memoria del Gulag. La cuestión es saber si se trata de una excepción estructural o si la fase de amnesia relativamente actual desembocará, como en otros lugares o en otros tiempos, en una amnesia de gran escala, siguiendo el modelo esbozado más arriba. Por otra parte, los fenómenos de amnesia, de victimización, de reparación del pasado, no son un rasgo exclusivo de los Estados democráticos: también aparecen en China, en un contexto totalmente diferente, en que el país entero se presenta como una víctima olvidada respecto a su rivalidad con Japón.

19Además, hay tanto diferencias como semejanzas entre Asia oriental y Europa en lo que concerniente a la memoria de la guerra, para retomar el ejemplo que es punto de partida de mi reflexión sobre un posible nuevo régimen de historicidad globalizado. Las guerras asiáticas de la primera mitad del siglo XX no pueden, por ejemplo, ser consideradas como concluidas, como el conflicto mundial de los países europeos que llegó a su fin en 1945 o, en el peor de los casos, en 1989, si nos apegamos al punto de vista de cierta historiografía del Este europeo. En contrapartida, en los dos casos, podemos identificar elementos comparables. Así, los debates de Corea del Sur relativos a la amplitud y los efectos de la colaboración con los invasores japoneses, el resurgimiento reciente de una historia ocultada, los dilemas creados por una colaboración duradera que contribuyó en parte a la modernización del país, nos recuerdan la situación de ciertos países europeos hace unos veinte años. Lo mismo se puede decir para los debates transfronterizos sobre la posibilidad y la difícil emergencia de una “historia compartida”, antídoto de los nacionalismos, cuyo modelo explícito es aún la reconciliación franco-alemana. En los dos casos, las semejanzas no provienen solamente de la proximidad de los fenómenos históricos en cuestión – la colaboración con el enemigo en un país ocupado es un problema genérico, cualquiera sea la situación histórica – sino, más bien, del contexto general en el que esos debates aparecen de manera concomitante y casi simultánea en los años 1990.

20Aunque limitado y ciertamente incompleto, este breve ejercicio comparativo ha tenido como objetivo incitar una reflexión sobre la historia de la memoria fuera del marco nacional. Si los historiadores u otros investigadores en ciencias sociales pretenden participar plenamente en los debates públicos sobre el pasado, que tienen un carácter nacional limitado, no deben contentarse simplemente con reaccionar a las polémicas. Su contribución mayor reside menos en la defensa de una postura, sin duda necesaria, que en el trabajo teórico y empírico, comparativo y pluridisciplinar, en torno al reto mayor del siglo XX que es la evolución incierta, intrigante, y hasta inquietante, de nuestra relación con la historia.

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Notes

1 Esta última expresión proviene del alemán y se inscribe en el debate matricial sobre el pasado. Cf. Norbert Frei, Vergangenheitpolitik. Die Anfänge der Bundesrepublik und die NS-Vergangenheit, Münich, Beck, 1996 [trad. al inglés : Adenauer’s Germany and the Nazi Past: The Politics of Amnesty and Integration, New York, Perseus Books Group, 2012].

2 Ver particularmente Aleida Assmann, Cultural Memory and Western Civilization: Functions, Media, Archives, Cambridge, Cambridge University Press, 2011.

3 La literatura reciente sobre la cuestión es abudante: Michel Dobry (coord.), Democratic and capitalist transitions in Eastern Europe. Lessons for the social sciences, Dordrecht et Boston, Kluwer, 2000; Sandrine Lefranc, Politiques du pardon, Paris, PUF, 2002 y, bajo la dirección del mismo autor, Après le conflit, la réconciliation?, Paris, Michel Houdiard editor, 2007; Jon Elster, Closing the Books. Transitional Justice in Historical Perspective, Cambridge University Press, 2004, y Jon Elster (coord.), Retribution and Reparation in the Transition to Democracy, Cambridge University Press, 2006. Ver igualmente una obra clave de Mark Osiel, Mass Atrocity, Collective Memory & the Law, New Brunswick, Transaction Publ, 1997.

4 Proveniente de la antropología, este concepto ha sido desarrollado por François Hartog, Régimes d’historicité. Présentisme et expériences du temps, Paris, Seuil, 2003. Ver igualmente, del mismo autor: Croire en l’histoire, París, Flammarion, 2013.

5 Cf. Ian Buruma, Wages of Guilt: Memories of War in Germany and Japan, New York, Farrar Strauss Giroux, 1994; Christoph Cornelissen y alii (coord.), Erinnerungskulturen. Deutschland, Italien und Japan seit 1945, Francfort, Fischer, 2003. Sobre la memoria en Japón, ver igualmente: Claire Roulière, La mémoire de la Seconde guerre mondiale au Japon, Paris, L’Harmattan, 2004; Philip Seaton, Japan’s Contested War Memories: The « memory Rifts » in Historical Consciousness of World War, New York, Routledge, 2007; Sebastian Conrad, The Quest for the Lost Nation. Writing History in Germany and Japan in the American Century, Berkeley, University of California Press, 2010 [1ra ed.: Göttingen, 1999].

6 Cf. Paul Ricœur, La mémoire, l’histoire, l’oubli, Paris, Seuil, 2000.

7 Ver, por ejemplo, Jean-Pierre Rioux, La France perd la mémoire, París, Perrin, 2006.

8 Cf. Henry Rousso, « History of Memory, Policies of the Past: What For?” in Konrad Jarausch and Thomas Lindenberger (ed.), Conflicted Memories. Europeanizing Contemporary Histories, New York/London, Berghahn Books, 2007. Cf. iguallmente: Małgorzata Pakier and Bo Stråth (ed.), A European Memory. Contested Histories and Politics of Remembrance, New York, Berghahn Books, 2010; Muriel Blaive, Christian Gerbel, Thomas Lindenberger (ed.), Clashes in European Memory. The Case of Communist Repression and the Holocaust, StudienVerlag, Vienne, 2011.

9 Sobre este concepto de la sociología de la acción colectiva, ver Michel Offerlé, Sociologie des groupes d’intérêt, París, Montchrestien, 1998.

10 Ver Annette Wieviorka, L’ère du témoin, París, Plon, 1999 et surtout Avishai Margalit, The Ethics of Memory, Cambridge, Harvard University Press, 2004.

11 Sobre este aspecto, que se abre hacia otros horizontes disciplinarios, ver por ejemplo Jean-Claude Métraux, Deuils collectifs et création sociale, prólogo de René Kaës, Pars, La Dispute, 2004.

12 Cf. Daniel Levy, Natan Sznaider, The Holocaust in the Global Age, Philadelphia, Temple University Press, 2006 [1e ed.: Francfort, Suhrkampf Verlag, 2001].

Pour citer cet article

Référence électronique

Henry Rousso, « Hacia una globalización de la memoria », Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En ligne], Débats, mis en ligne le 18 septembre 2015, consulté le 21 mars 2018. URL : http://journals.openedition.org/nuevomundo/68429 ; DOI : 10.4000/nuevomundo.68429

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El silenciamiento no deshace el pasado ni puede detener el derecho a la verdad

El silenciamiento no deshace el pasado ni puede detener el derecho a la verdad

El silenciamiento no deshace el pasado ni puede detener el derecho a la verdad

Manifestar la indignación públicamente también es restituir una moral que ha sido lesionada, que por décadas ha sido educada en la conveniencia de la mentira, en la preferencia de dañar a otros que responder por el daño causado, y en el mensaje de que tras el daño infringido es posible continuar con la vida como si nada hubiese pasado.

Por Loreto López G. / 21.03.201

Antropóloga, Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.

Mesa Sitios de Memoria Colegio de Arqueólogos de Chile.

La Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y la Central Nacional de Informaciones (CNI) fueron creadas por la dictadura para perseguir y eliminar a quienes ésta consideró sus enemigos. Para llevar adelante esos propósitos perpetraron crímenes de lesa humanidad. No se trata de organismos o servicios públicos que sólo contribuyeron burocráticamente a  la represión, como en muchos casos ocurre con otras reparticiones del Estado, sino que sus funcionarios y funcionarias, con independencia de sus tareas, formaron parte de una intensa y probada actividad delictual.

Conocer las identidades de esas personas es un imperativo para la verdad y la justicia, cuya consecución no sólo se reduce a las cortes del sistema judicial. La sociedad tiene otros juzgados donde esas personas rendirán cuentas, se trata del escarnio social y la sanción moral. Eso es lo que desde 1998 ha venido haciendo la Comisión Funa.

Ahora, en un fallo dividido, la Corte Suprema ha establecido mantener la reserva de información de ex agentes de la DINA y la CNI que prestarían funciones en el Ejército. Argumenta que “la revelación de su identidad redundará, con toda probabilidad, en la afectación de su seguridad y la de su familia y en la perturbación de su vida privada y familiar”. Lo de afectar la seguridad es dudoso, no se han conocido casos en que la integridad personal haya sido amenazada o lesionada y mucho menos ajusticiamientos, si es que a eso se refieren, sin embargo es evidente que el conocimiento público de lo obrado en el pasado por estas personas pue de afectar su vida privada y familiar. Es más, si algo de conciencia moral hay en estas personas y su entono inmediato, se diría que han vivido afectadas y perturbadas por décadas, porque aunque la justicia no les haya dado alcance, han debido convivir con sus propios actos todos estos años.

Porque ¿cómo es posible continuar la vida luego de haber contribuido a perseguir, torturar, matar y desaparecer? Como se ha presenciado desde el Golpe en adelante, el argumento de la violencia necesaria contra la amenaza marxista puede ayudar a apaciguar sus conciencias, pero no borra lo obrado. Eso es lo que prevalece, y que con toda justicia, jurídica o no, les perseguirá, al menos, en la arena del espacio público.

La dictadura lo sabía, y por eso ha sido tan importante promover el olvido o en su defecto el silencio, como lo hace ahora la Corte Suprema, porque sólo olvidando se evita el remordimiento y es posible seguir viviendo consigo mismo tras los crímenes cometidos. Lo que se quiere entonces es evitar “importunar” a estas personas con el recuerdo público de sus actos, que ni siquiera sus nombres a parezcan asociados a la actividad delictual de la DINA y la CNI.

El escenario político ha cambiado y por ello es posible que en el futuro presenciemos más acciones de silenciamiento como la recién ejecutada, las que se unen a la renovada energía con la cual se ha restituido públicamente la justificación de los crímenes por la vía de la contextualización histórica, la revisión o negación de éstos por la reposición de la propaganda y la minimización por medio de la búsqueda de beneficios carcelarios para criminales de lesa humanidad.

Sin embargo, los imperativos morales de la verdad y la justicia, no pueden reducirse únicamente al orden político, que sólo requiere de ciudadanos respetuosos de la ley, el repudio a los crímenes cometidos y a los criminales, puede sin duda trascender los límites jurídicos, como lo demostró la funa, que por demás es la reacción a una falta de justicia jurídica: “si no hay justicia, hay funa”.

Manifestar la indignación públicamente también es restituir una moral que ha sido lesionada, que por décadas ha sido educada en la conveniencia de la mentira, en la preferencia de dañar a otros que responder por el daño causado, y en el mensaje de que tras el daño infringido es posible continuar con la vida como si nada hubiese pasado.

Y por último, a cada cual le toca responder por el pasado, toda la sociedad chilena, las generaciones anteriores, actuales y futuras, cargarán con los crímenes que el Estado perpetró en su nombre durante la dictadura, mientras los/as hijos/as y nietos/as de los perpetradores cargarán con sus nombres, porque sus padres, madres, abuelos o abuelas accedieron a participar de organizaciones dedicadas al crimen. Podrán negar lo que ocurrió, podrán silenciar sus identidades, pero el pasado no se puede deshacer.

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foto Luis Fernando Arellano (Kallejero)

LA MEMORIA Y SUS DILEMAS

LA MEMORIA Y SUS DILEMAS

Por Andrés Vera Quiroz

“Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar”
(José Saramago)

En la ética, el (los) dilema (s) se presentan cuando debemos elegir entre dos u más alternativas, sin que haya elementos claros para decidirse por una u otra, al observar en ambas opciones aspectos positivos y negativos. Y según nuestros valores adquiridos en la vida escogeremos una de ellas, más allá sí es correcto y/o incorrecto incluso, más allá, si es verdadero y/o falso.

En ese sentido descrito anteriormente, la memoria durante el siglo XX se ha venido trabajando desde dos perspectivas más o menos definidas pero contrapuestas entre sí, una de ellas, la individualidad y otra, colectiva.

Nos referiremos a la visión de la memoria colectiva pues la individual cada persona a partir de sus experiencias, enseñanzas y recuerdos la puede traer al presente.

La memoria se ha estudiado desde la Grecia clásica pues con ellos se inaugura el “arte de la memoria” a partir de relatos de los poetas y filósofos, por tanto, era una transmisión, oral con lo cual, ya estamos dejando algo establecido, el lenguaje es la función fundamental y constructor para acometer dicho acto.

El relato de la memoria siguió profundizando con el devenir de la historia de la humanidad, por aquel, pasaron las hazañas de los romanos, la resistencia de los pueblos contra la opresión en todas las guerras y conflictos que hubo en la historia.

Además del lenguaje, existen dos complementos que vienen a reforzar lo anterior, como son las fechas y los lugares. En ese sentido, cuando se reúnen las sociedades van construyendo sus recuerdos. Dado lo anterior, Pierre Nora habla de “lugares de la memoria”, porque en esos lugares se configuran y almacenan los recuerdos (2009).

Según Nora, la memoria es vida encarnada en grupos, cambiante, pendular entre el recuerdo y la amnesia, desatenta o más bien inconsciente de las deformaciones y manipulaciones, siempre aprovechable, particular y mágica por su efectividad.

Por lo planteado hasta ahora, para que exista memoria también debe existir olvido, por tanto, ambas se relacionan y tienden a configurar las sociedades, en el sentido de que en la medida que una avanza el otro tiende a retroceder, cuando la memoria se incrementa el olvido se minimiza y viceversa.

Acá ya tenemos un buen desafío, y una tarea fundamental para el presente siglo, avanzar en la memoria para que el olvido retroceda lo más posible. Necesitamos memorias que comuniquen y narren los acontecimientos pasados y que no sólo se transmite el hecho, la hazaña y/u la gesta épica, muy por el contrario, necesitamos rescatar el significado de esos hechos, los por qué. Es decir, menos exactitud y más reconstrucción de significante para el grupo, para el colectivo, pues la comunicación de los significados y sus contenidos permiten dar una cierta continuidad al pasado, permitiendo que lo de ayer tenga permanencia en la actualidad y por tanto, aprehender del pasado, algo que todas las sociedades están en deuda.

El conflicto claramente es y será entre memoria y olvido. Este último se forja a partir del poder de los grupos dominantes y que por cuya presencia van modificando procesos, acuerdos, compromisos incluso, obligaciones institucionales. Por tanto, es un olvido impuesto desde los grupos que generalmente dominan abierta o secretamente las sociedades, pueden ser gubernamentales, académicas, políticas u eclesiales, en donde a través de las cuales imponen su punto de vista pues gozan de credibilidad y de poder. Cuando dicho olvido es impuesto silentemente, el mismo es aceptado y asumido por la sociedad, aparece la desmemoria y se transita lentamente hacia el olvido social.

Lo anterior, dos grandes pensadores ya lo plantearon Nietzsche (1874), “es necesario el olvido” y Todorov (1995), “es necesario olvidar”. No olvidemos que en Grecia se llegó a legalizar a través de decretos, el olvido. Dicho lo anterior, el olvido social lo utiliza el poder como mecanismo de control para narrar el pasado, relatar la historia de manera tal, que ellos son los únicos herederos reales del pasado.

En dicha perspectiva, el olvido es una desmemoria. Por tanto, nuevamente la tarea es avanzar sobre las enseñanzas de la memoria. Por tanto, afirmamos, sí el recuerdo se erige sobre el lenguaje y el lenguaje es parte de la memoria… el olvido se apoya en el silencio.

Seguramente a esta manera de pensar, reflexionar se refería Orwell cuando planteaba, “quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”.

Pero ¿qué sucede con la memoria en la actualidad? Donde residen las grandes batallas por la memoria? Una respuesta a la rápida podría ser la solicitud de cierre del penal de Punta Peuco y/o en el nombramiento a lugares como Sitios de la Memoria, pero sin recursos ni política de conservación.

Pero no cabe duda, aun sigue en forma transversal la ausencia de debate, conversación y/o acuerdo sobre el NUNCA MÁS y todo lo que implica aquello. Mientras en la espera se siguen vulnerando los DERECHOS de la infancia, del pueblo mapuche, de los migrantes, de los trabajadores, de las mujeres y aparecen casos de personas retenidas y desaparecidas por agentes del Estado en tiempos de Democracia.

Cito a Elizabeth Jelin que plantea lo siguiente “En el plano personal, últimamente digo que “estoy aburrida de la memoria”, o que “me quiero ir de la memoria”, porque no me gusta lo que se está haciendo. Las cuestiones de memoria han invadido el espacio público y el campo de las ciencias sociales y las humanidades, pero de maneras que no me satisfacen; hay una banalización del tema. Cualquier cosa puede llamarse memoria, aplicando una noción de sentido común más que analítica” (2014).

Ahí, el desafío por tercera vez, la memoria permite conocer, denunciar y atender los atropellos de la sociedad actual, para evitar su olvido y naturalización, pues recupera las voces silenciadas y las experiencias de colectivos humanos. Con ese caudal, nos habilita a abrirnos a otras formas de pensar, resolver problemas y salir de la enunciación en primera persona.

Para finalizar, “la memoria nace cada día, con lo que significamos del pasado construimos la realidad en la que nos movemos, y por la memoria tiene sentido. La memoria nos remite a los orígenes, a lo fundacional, a lo que se encuentra al inicio de nuestras intenciones, de las intenciones edificantes de una nación, de una sociedad. Hay que saber qué hay en la raíz, en el comienzo, para averiguar así si hemos desviado el desviado el camino, y entonces sabernos conducir, porque cuando se olvidan los principios se olvidan los fines. Cuando se olvida el pasado el único futuro que queda es el olvido, y el olvido es la única muerte que mata de verdad” (Mendoza, 2005).

Febrero 2018

La Compañía Explotadora de Isla de Pascua. Patrimonio, Memoria e Identidad en Rapa Nui

Reseña Libro

La Compañía Explotadora de Isla de Pascua. Patrimonio, Memoria e Identidad en
Rapa Nui

Claudio Cristino, Miguel Fuentes
(Editores)

Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales,
Universidad de Chile,

15 de Julio 2011

Riet Delsing
1

Doctora en Antropología

I
En primer lugar quiero agradecer la invitación para presentar el libro “La Compañía
Explotadora de Isla de Pascua”. Es importante este texto interdisciplinario pensado
desde Chile – por un grupo de investigadores chilenos y Rapanui. También me parece
importante el gran interés y entusiasmo que está despertando la isla en las nuevas (y no tan nuevas) generaciones de investigadores del país.

En este volumen encontramos una abrumante cantidad de material histórico y
antropológico, a veces archi conocido para los estudiosos de Rapa Nui, pero también
hay muchos datos nuevos y ángulos de investigación novedosos que nos ayudan a
construir el pasado del pueblo Rapanui, pieza por pieza. Después de años de haber leído la misma historia sobre los acontecimientos de fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cualquier “novedad” y enfoque distinto me produce una cierta emoción.

Talvez el principal valor del texto es el de haber hecho esta búsqueda de las piezas
faltantes del puzzle, tomando como punto de partida temáticas específicas, a través de la limitada bibliografía existente, pero también haciendo uso de materiales de archivo poco conocidos, y testimonios orales Rapanui. Así la historia Rapanui es recontada y
reevaluada con frescura, cobrando vida nueva, por ejemplo en los dos trabajos de
Cristian Moreno Pakarati que revisó materiales conocidos en función de su investigación sobre los liderazgos y rebeldías Rapanui durante el siglo pasado y ante
pasado.

Resalta una vez más que varias características y expresiones de la cultura Rapanui no
han sido entendidas por los colonizadores occidentales, como por ejemplo el significado de la tierra en una cultura polinesia. El constante y continuo malentendido sobre este significado resulta ser no sólo inquietante, sino también porfiado. Es justamente el ensayo de Edmundo Edwards, inserto en este libro, el cual nos da un exhaustivo resumen de la historia de la tenencia de la tierra en Rapa Nui, que ciertamente tiene un carácter Polinesio. Otros autores se preocupan de otros significados simbólicos, como lo hace Nelson Castro en su brillante ensayo sobre las respuestas Rapanui a la dominación colonial, por ejemplo cuando nos explica los significados de la bandera y el mástil en las culturas polinesias y occidentales.

Por inclinación personal me interesan las interpretaciones estructuralistas de Castro
como herramienta teórica para ligar pasado y presente, porque – y cito a Marshall
Sahlins – “la estructura permite la repetición y la „predicción‟ de eventos”. Esta postura estructuralista nos facilita, por ejemplo, ver – o mejor dicho extraer – el constante descontento de los Rapanui con la situación colonial, empezando con la oposición a las prácticas abusivas de Enrique Merlet, Horacio Cooper, el Comandante Rojas y tantos otros, hasta las protestas de hoy en día, que se traducen en las eternas discusiones sobre el Estatuto Especial, el control de la inmigración y las movilizaciones del último año a través de la ocupación de los terrenos tomados por el Estado Chileno en Hanga Roa y la ocupación del hotel del mismo nombre. En definitiva, todo esto expresa el persistente e insistente descontento de los Rapanui con las políticas “de estado”, un estado que no ha sido capaz de crear un ambiente de verdadero diálogo con los Rapanui, sino que por el contrario una importante resistencia de estos últimos.

El título del texto confunde un poco: aunque anuncia un tratamiento del colonialismo
empresarial en la isla – del “Company State”, como bien lo define el geógrafo
canadiense Douglas Porteous -, su contenido estaría mejor reflejado en una inversión de sus dos partes, de la siguiente manera: “Patrimonio, Memoria e Identidad Rapanui en tiempos de la Compañía Explotadora de Isla de Pascua”. Me parece que aún está por investigarse y escribir la historia de la performance de la Williamson Balfour &
Company en Rapa Nui. Necesitamos esta historia – aunque si fuera solo por razones
comparativas – porque lo que pasó en Pascua es un textbook case de un conocido
método de dominación colonial e imperial de la época, es decir un estado que relega la responsabilidad de gobernar un territorio ocupado (o anexado, como dirían otros) a una corporación privada.
En definitiva, este libro nos cuenta de las relaciones y entretelones entre Estado,
Compañía y Comunidad Rapanui, una triangulación propuesta por Rolf Foerster y que
ofrece distintas interpretaciones, dependiendo desde qué punto del triangulo se mire los acontecimientos. Es urgente hacer esta triangulación mientras que los actores Rapanui que fueron partícipes del proyecto de la Compañía aún están en esta vida terrenal.

Por esto son tan valiosos los testimonios Rapanui recogidos en este volumen. También
tenemos la suerte de que la voz del Estado Chileno de la época se ve reflejada en las
memorias de los Subdelegados Marítimos, en un idioma accesible a colonizadores y
colonizados a la vez, mientras que la historia de la Compañía puede ser investigada en
idioma Inglés, ahora leído por la mayoría de los investigadores Chilenos y Rapanui, esto último a diferencia, lamentablemente, de los archivos de otra gran Company State de mi país. Me refiero a los archivos de la Verenigde Oost-Indische Compagnie, cuyos
empleados informaron durante dos siglos (1600 a 1800) sobre sus quehaceres como
representantes del Estado Holandés, principalmente en Indonesia, todos escritos,
lamentablemente, en Holandés. Tenemos suerte entonces que los elementos para ésta
triangulación están a la vista para los involucrados, y el presente volumen constituye un excelente inicio para dicha investigación.

Me quiero detener un poco en el tema de los idiomas, los coloniales y “los otros”. En
este sentido, es importante tener en cuenta que las investigaciones en la Polinesia se han dificultado por el hecho que los investigadores de uno u otro lado no leen con facilidad el idioma del “vecino” colonial. Mientras que varios franceses leen el inglés, este no es el caso de los ingleses, y principalmente los norteamericanos. Además no hay muchos que se sienten cómodos en el idioma francés.

En el caso de Rapa Nui existe una gran cantidad de trabajos, seminarios, libros, escritos en inglés. Basta mirar las extensas actas de los congresos de la Easter Island
Foundation. A varios de estos investigadores no les es fácil leer el español, mientras a
los Chilenos y Rapanui les puede costar un poco el inglés. Este fenómeno ha inhibido
una fertilización cruzada más profunda de datos e ideas. Además, los archivos Chilenos casi no han sido tocados por los investigadores anglófonos, con excepción, talvez, de Grant McCall.

Ni hablar del hecho que pocos investigadores hablan Rapanui y todos sabemos del
abismo que este hecho ha creado entre una realidad y la otra. Así que no es tarea fácil la de hacer investigación en Rapa Nui, en la Polinesia, pero las cosas están cambiando de a poco, lo cual augura un período de intercambios más fructíferos. Y espero que
seguiremos leyendo-nos entre nosotros/nosotras, no desde una “trinchera”, sino que
desde una apertura real.

II
Miraremos ahora el riquísimo contenido de los diferentes trabajos, aunque sea solo a
vuelo de pájaro. Claudio Cristino abre el escenario con una excelente y entretenida
recopilación de la historia del período que nos concierne – basada en su tan citado texto de 1984 – y narrada a través de distintos escenarios. El cierre es tal vez un tanto abrupto, con el escenario de la integración, escenario que todavía está por estudiarse, y que ojalá pueda comenzar a ser leído de otra manera, tal vez como el escenario de la diferencia cultural, o por lo menos un escenario que da cuenta de una cierta hibridación, de multiculturalidad.

Los dos trabajos de Cristián Moreno Pakarati sobre el poder político y las rebeliones
Rapanui en los primeros años del siglo ofrecen entradas novedosas en una historia ya
muy contada. Me llamó la atención su énfasis en los linajes Rapanui, los mata, ure,
paeŋa y hua’ai, todos ligados a la kaiŋa, lo cual constituye el tejido profundo de la vida
socio/cultural Rapanui. Así estos artículos tienen como mérito el haber podido construir otra historia con las mismas fuentes. Me parece importante la conclusión del segundo trabajo de Cristián, el que permite colocar el origen de las divisiones actuales de la comunidad Rapanui en la muerte del rey Simeón Riro Kaiŋa, cuando “la comunidad dejó de actuar en bloque y de identificarse como una sola unidad”. De esta manera, las complicadas relaciones con los “otros”, sean la Compañía o el Estado, han divido y siguen dividiendo a los Rapanui hasta el día de hoy.

4
Desde la aparición de su tesis sobre “misioneros y milenaristas” en 1996 el trabajo de
Nelson Castro ha hecho un aporte teórico potente a los estudios Rapanui. En este ensayo de nuevo insiste sobre la importancia de los primeros catequistas que construyeron un espacio político donde se permitía una fusión entre lo sagrado y la soberanía Rapanui, lo cual se traducía en una estrategia de autonomía política. Castro cuenta de los seductores nuevos bienes de prestigio que trajeron los colonizadores/otros. También da las primeras pistas para un análisis de género y el protagonismo político de las mujeres Rapanui, desde los tiempos de Aŋata hasta el día de hoy.

Rolf Foerster, por su parte, hace un interesante y bien documentado análisis del rol
jugado por el obispo Rafael Edwards, feroz crítico de la Compañía y defensor del
pueblo Rapanui, pero a la vez de la soberanía nacional. Rolf enfatiza la triangulación
entre Compañía, Estado y Comunidad y otra, entre Pascua, Edwards y la Nación. Esta
última la ilustra a través de la fotografía, un medio/disciplina subutilizada en los análisis académicos. La acción del obispo Edwards contribuyó al desmedro de la soberanía Rapanui, una soberanía a la cual también alude Nelson Castro, y que fue teóricamente desarrollado por el cientista social Partha Chatterjee, fundador del grupo de los estudios subalternos. Aquel habla de un “inner domain”, un espacio interior, el de la identidad cultural, característica fundamental de los nacionalismos anticoloniales modernos. Una pista muy interesante para perseguir en los estudios Rapanui.

Seguimos este entretenido viaje por los artículos de este libro. Aquí notamos que el
libro se vuelve un poco repetitivo a veces, debido a una cierta auto-referencia. Me
refiero a que algunos autores sobre-citan a los otros ensayos recopilados en el mismo
volumen, cosa que se podría haber evitado en la edición del manuscrito.

Miguel Fuentes vuelve a la cuestión de la soberanía Rapanui en su extenso artículo
sobre las relaciones entre Compañía, Estado y Comunidad isleña durante el período
1917-1936, el cual marca a través de hitos específicos. Entra en discusión con Rolf
Foerster sobre la capacidad del pueblo Rapanui “para construir „soberanías‟ en los
márgenes del dominio de los agentes coloniales”. Insisto que es una discusión
importantísima. Aunque se refiere en este caso al espacio reducido de Hanga Roa durante la época de la Compañía, se podría extender la metáfora al espacio, al territorio Rapanui dentro del Estado de Chile hoy en día, donde los Rapanui están luchando para conservar su inner domain – a pesar de los extensos procesos de hibridación – un espacio propio,un cuarto propio como diría Virginia Woolf. El texto de Fuentes tiene méritos por su extenso uso de material de archivo, de las memorias de los subdelegados marítimos Recabarren y Olalquiaga, de donde manan datos desconocidos, por ejemplo sobre la huelga del 1928. Fuentes también se refiere al uso de la lengua Rapanui, la vanaŋa, como herramienta de sublevación.

Ya se mencionó que el ensayo de Edmundo Edwards relata el tema de la tierra en Rapa Nui de manera clara y concisa, empezando con una excelente introducción sobre la tenencia de la tierra en la Polinesia, aunque eché de menos las fuentes en que se basa este relato. Para contar la historia de la tierra en Pascua, Edmundo hace extensivo uso  de los manuscritos misioneros que revelan datos nuevos y fascinantes. Así nos informa acerca del rol de la iglesia en la expropiación de las tierras y en la concentración de la población Rapanui en Hangaroa. Aunque sugiere que no existen tierras ancestrales en Hanga Roa, cabe recordar aquí el análisis que hace Grant McCall sobre este tema. El propone que, no obstante que los Rapanui fueron separados de sus tierras ancestrales, no se separaron de su tradicional concepto de la tierra, y que los lugares que ocupan en Hanga Roa llegarían a remplazar la kaiŋa tradicional de su mata. Una interpretación estructuralista, por cierto. El ensayo de Edwards es un texto escrito desde adentro con conocimiento y pasión, que refleja los largos años de investigación y la cercanía que el tiene con su lugar y su tema.

Seguimos con dos trabajos, realizados por las/los antropólogas y arqueólogas Francisca Santana, Constanza Roa, Rodrigo Retamal y Miguel Fuentes sobre modos de vida, salud y alimentación durante la Compañía. Están repletos de datos interesantes que nos ayudan a reconstruir la vida cotidiana de los Rapanui en estos tiempos. Queremos volver a notar que enfoques diferentes producen ángulos diferentes. Mucha información viene de informantes Rapanui y felicito a lo/as investigadores por el aparente contacto fluido que tuvieron con ellos.

El segundo artículo de Miguel Fuentes, junto al arquitecto Felipe Rovano, se articula
desde la disciplina de la Arqueología industrial. Esta óptica me hace recordar a los
conocidos análisis del trazado reticular de las ciudades coloniales latinoamericanas,
donde los españoles intentaron de domesticar los espacios indígenas anteriores, a través  de la imposición de calles formados de ángulos rectos, alrededor de una plaza con construcciones arquitectónicas representando a los máximos poderes del estado y la iglesia.

Para el caso de la isla, Fuentes reemplaza el concepto de la company town de los
asentamientos industriales del continente con el de company land como tipo de
organización territorial, es decir que la isla entera fue ocupada en función del fundo
ovejero de la Compañía, situación ya preparada por los misioneros a través de la
concentración de los Rapanui en Hangaroa. El modelo no se impone del todo como
herramienta de control social, por varios factores, como son: el territorio restringido de la isla con una población mínima, la resistencia de esta población, y el poder de “las
caras vivientes de los ancestros”, los moai, desplazados en el territorio como guardianes de sus descendientes. Un ejercicio interesante el de Fuentes y Rovano, aunque los conceptos utilizados talvez requieren de un desarrollo mayor para hacerlos más productivos.

Y entramos en la parte final del libro, el de los testimonios, a cargo de los historiadores
Carmen Gloria Soto, Miguel Fuentes y de los Rapanui Alberto Hotus y Felipe Pakarati.
En el primer artículo se intenta hacer una recuperación de la memoria histórica sobre la vida de los Rapanui en tiempos de la Compañía, tomando para esto como base los
testimonios orales realizados por Rapanui alrededor de distintas temáticas como son el
trabajo, las restricciones y los conflictos. El hilo conductor de la narrativa está hecha por los investigadores, a diferencia del reciente libro de Patricia Štambuk sobre la historia oculta de Isla de Pascua, en lo cual la autora cede su voz a los entrevistados, con excelentes resultados. En este trabajo la estrategia ha sido distinta, en el sentido que se agregan datos de archivo, principalmente de cartas e informes de los subdelegados, los cuales son hilados con los testimonios Rapanui por los autores del artículo. Me parece interesante comparar estos métodos y evaluar sus méritos para futuras presentaciones de testimonios orales.

Luego, Alberto Hotus nos cuenta, con una memoria impecable, acerca de su primera
salida al continente en 1940 y su posterior experiencia como enfermero al cuidado de
los pacientes de lepra en la isla. Posteriormente, Felipe Pakarati nos habla como ex
trabajador de la Compañía, de la empresa Williamson, como el dice, con el objetivo
fundamental de dar cuenta de esta vida de forma imparcial, para contribuir a la
historiografía de la isla.

Me queda por último mencionar el recuento del trabajo colectivo que resultó en la bella Cantata Rapanui sobre la revolucionaria Aŋata, aquí presentada por su principal creadora, Sofía Abarca, y el excelente y tan necesario trabajo sobre la situación jurídica en Rapa Nui de Paola González. Ella denuncia el espíritu asimilacionista de las normas legales chilenas, históricamente y en la actualidad, en cuanto a los pueblos indígenas en general y Rapa Nui en particular.

Aquí termino este viaje por los diversos senderos de Rapa Nui en tiempos de la
Compañía Williamson Balfour. Se aprecia el esfuerzo, la pasión y el excelente resultado de un trabajo en equipo de esta institución académica, un trabajo realizado con fondos públicos, tan esenciales y tan discutidos en estos días de protesta nacional por una educación pública de calidad, cuyo valor está ampliamente demostrado en este proyecto editorial.

Ha sido tremendamente útil e iluminadora la lectura de este volumen, porque ayuda a pensar la isla desde los tiempos de la Compañía con nuevos elementos, nuevos
investigadores y por nuevas sendas.
1 Universidad de Leiden, Universidad de California Santa Cruz (PhD).

http://www.uchile.cl/publicaciones/73672/la-compania-explotadora-de-isla-de-pascua

Panfletos y Murales la resistencia popular a la dictadura chilena (1980-1990)

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Panfletos y Murales

la resistencia popular a la dictadura chilena (1980-1990)

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  • Nicole Fuenzalida
  • Simón Sierralta
##plugins.pubIds.doi.readerDisplayName##https://doi.org/10.24885/sab.v29i2.10

RESUMEN

La mayoría de las investigaciones sobre la política gráfica de la resistencia a la dictadura militar de Chile (1973-1990) ha adoptado enfoques que enfatizan el análisis del medio como creación artística. Por ello, obvian elementos claves como su contexto, condiciones de producción y distribución, el peso de la autoría, o los objetivos que persiguen en tanto objetos materiales de la política. En este trabajo, se propone realizar un estudio comparativo de dos soportes gráficos de la resistencia contra la dictadura: panfletos y murales. Así, se discute la relevancia de la producción en la clandestinidad, para considerarlos no sólo como expresión visual, sino como objetos que cargan con la memoria de la resistencia realizada desde las bases políticas, una expresión de la lucha popular.

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PUBLICADO
2017-05-10
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FUENZALIDA, Nicole; SIERRALTA, Simón. Panfletos y Murales.Revista de Arqueologia, [S.l.], v. 29, n. 2, p. 96-115, mayo 2017. ISSN 1982-1999. Disponible en: <http://www.revista.sabnet.com.br/revista/index.php/SAB/article/view/10>. Fecha de acceso: 28 feb. 2018 doi: https://doi.org/10.24885/sab.v29i2.10.

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Introducción a la Antropología 2018 – Lavenda & Schultz

Introducción a la Antropología 2018. Lavenda y Schultz

Antropología Definición e Introducción

Este es un esquema para un curso de Introducción a la Antropología 2018, que proporciona una definición de antropología al demostrar hallazgos antropológicos contemporáneos. Esta definición de antropología se basa en la 4ª edición de Antropología: ¿Qué significa ser humano? por Robert H. Lavenda y Emily A. Schultz, publicado en 2018 por Oxford University Press.

El esquema del curso se divide en tres secciones de 12 clases. Dividí cada uno de los 16 capítulos de Lavenda y Schultz en dos partes. Dejé los cuatro módulos como independiente. El esquema del curso es ideal para un curso de 14 a 15 semanas que se reúne tres veces por semana, dejando espacio para exámenes y otras actividades. El esquema se puede ajustar fácilmente para otros formatos o estructurado para lectura independiente.

A. Evolución y antropología biológica

1. ¿Cuál es la definición de antropología?

Capítulo 1, “¿Qué es la antropología?” (3-7)

2. ¿Cuáles son los campos de la antropología?

Capítulo 1, “¿Qué es la antropología?” (8-20)

3. ¿Es la antropología científica?

Módulo 1, “Antropología, ciencia y narración de cuentos” (21-29)

4. ¿Cómo estudian los antropólogos la evolución?

Capítulo 2, “¿Por qué la evolución es importante para los antropólogos?” (31-41)

5. ¿Cómo está evolucionando la teoría evolutiva?

Capítulo 2, “¿Por qué la evolución es importante para los antropólogos?” (41-59)

6. ¿Los humanos son primates?

Capítulo 3, “¿Qué puede decirnos el estudio de los primates sobre los seres humanos?” (61-72)

7. ¿Por qué la primatología es importante para la antropología?

Capítulo 3, “¿Qué puede decirnos el estudio de los primates sobre los seres humanos?” (63-81)

8. ¿Qué tipo de método de citas es el más preciso?

Módulo 2, “Métodos de datación en paleoantropología y arqueología” (82-93)

9. ¿Cómo evolucionaron los simios?

Capítulo 4, “¿Qué puede decirnos el registro fósil sobre los orígenes humanos?” (95-116)

10. ¿Cómo evolucionó el Homo sapiens ?

Capítulo 4, “¿Qué puede decirnos el registro fósil sobre los orígenes humanos?” (117-141)

11. ¿Puede el ADN decirnos sobre la raza?

Capítulo 5, “¿Qué puede decirnos la teoría de la evolución sobre la variación humana?” (143-156)

12. ¿Los humanos todavía están evolucionando?

Capítulo 5, “¿Qué puede decirnos la teoría de la evolución sobre la variación humana?” (156-167)

B. Arqueología, historia y cultura

13. ¿Qué es arqueología?

Capítulo 6, “¿Cómo sabemos sobre el pasado humano?” (169-183)

14. ¿Qué papel juega la ética en la arqueología?

Capítulo 6, “¿Cómo sabemos sobre el pasado humano?” (183-199)

15. ¿Qué es la domesticación (definición de antropología)?

Capítulo 7, “¿Por qué los humanos se establecieron, construyeron ciudades y establecieron estados?” (201-218)

16. ¿Cuál es la evidencia arqueológica de la complejidad social?

  • Capítulo 7, “¿Por qué los humanos se establecieron, construyeron ciudades y establecieron estados?” (218-235)
  • Falk, Dean y Charles Hildebolt. 2017. “Las muertes anuales de guerra en pequeña escala frente a las sociedades de estado aumentan con el tamaño de la población en lugar de la violencia”. Antropología actual 58 (6): 805-813. O para un resumen de Dean Falk, ver ¿El reloj está avanzando hacia el fin del mundo? en Sapiens (enero de 2018).

17. ¿Por qué es importante estudiar cultura?

Capítulo 8, “¿Por qué es importante el concepto de cultura?” (237-246)

18. ¿Por qué la antropología se preocupa por el relativismo cultural?

Capítulo 8, “¿Por qué es importante el concepto de cultura?” (246-256)

19. ¿Qué significa etnográfico ?

Módulo 3, “Métodos etnográficos” (257-271)

20. ¿Qué es el lenguaje (definición de antropología)?

Capítulo 9, “¿Por qué es importante comprender el lenguaje humano?” (273-284)

21. ¿Qué es la ideología del lenguaje?

Capítulo 9, “¿Por qué es importante comprender el lenguaje humano?” (284-297)

22. ¿Hay significado sin contexto?

Módulo 4, “Componentes del lenguaje” (298-301)

23. ¿Por qué jugamos?

Capítulo 10, “¿Cómo hacemos sentido?” (303-321)

24. ¿Puede la antropología explicar la religión?

Capítulo 10, “¿Cómo hacemos sentido?” (321-335)

C. Comprender nuestro mundo

25. ¿Por qué la antropología estudia la economía?

Capítulo 11, “¿Por qué los antropólogos estudian las relaciones económicas?” (337-351)

26. ¿Puede la antropología económica contribuir a un mundo más justo?

Capítulo 11, “¿Por qué los antropólogos estudian las relaciones económicas?” (351-361)

27. ¿Qué es el poder en antropología?

Capítulo 12, “¿Cómo estudian los antropólogos las relaciones políticas?” (363-375)

28. ¿Cómo afecta la globalización a los Estados-nación?

Capítulo 12, “¿Cómo estudian los antropólogos las relaciones políticas?” (376-391)

29. ¿Cómo estudia la antropología el género?

Capítulo 13, “¿Qué puede enseñarnos la antropología sobre el sexo, el género y la sexualidad?” (393-406)

30. ¿Es la sexualidad una construcción social?

Capítulo 13, “¿Qué puede enseñarnos la antropología sobre el sexo, el género y la sexualidad?” (406-419)

31. ¿Qué es el parentesco?

Capítulo 14, “¿De dónde vienen nuestros parientes y por qué importan?” (421-441)

32. ¿Qué es el matrimonio?

Capítulo 14, “¿De dónde vienen nuestros parientes y por qué importan?” (441-467)

33. ¿Cómo se usan los discursos de naturalización?

Capítulo 15, “¿Qué puede decirnos la antropología sobre la desigualdad social?” (469-479)

34. Si la raza no es biológica, ¿qué es?

Capítulo 15, “¿Qué puede decirnos la antropología sobre la desigualdad social?” (479-501)

35. ¿Cuál es la contribución de la antropología a la salud pública?

Capítulo 16, “¿Cómo se aplica la antropología en el campo de la medicina?” (503-517)

36. ¿Cuál es el futuro de la antropología médica?

Capítulo 16, “¿Cómo se aplica la antropología en el campo de la medicina?” (517-529)



Definición de antropología: recursos adicionales

Para una definición general de antropología, vea la página Introducción a la Antropología . Ver también Qué es la Antropología , los Blogs de Antropología , y la Conferencia de Antropología 2017, Asuntos de Antropología .

Utilicé la 3ª edición de Lavenda y Schultz para una Introducción a la Antropología 2017 e Introducción a la Antropología 2016 . Esos esquemas de curso pueden ser útiles para una definición de antropología si hay libros disponibles disponibles.


 

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Un viaje muy particular. Sergio Vuskovic Rojo

 

El viaje de Sergio Vuskovic

 

Un viaje muy particular

UN VIAJE MUY PARTICULAR

Sergio Vuskovic Rojo

Araucaria de Chile. Nº 42, Madrid 1988.

Este viaje fulgurante y terrible a que nos invita el texto de Sergio Vuskovic, va produciendo, poco a poco, una imagen, una figura concreta, que dominará el texto, y que es la del hombre desnudo, vendado y, por lo tanto ciego, frente a la tortura. Estructura de poder de un hombre frente al otro. Figura extrema donde el hombre es un lobo para el hombre. Situación de fragilidad del hombre reducido a su puro estar ahí, desnudo, y absolutamente amenazado, porque el poder ha llegado al límite de poder dar muerte al otro.

Pero ésta no es sólo una imagen, es una situación real, vivida y viviéndose. Una situación que es a la vez punto de llegada y punto de partida. Porque el comienzo del viaje a que nos conmina Sergio Vuskovic empieza en este punto límite. En esta situación extrema que es la tortura.

Punto de llegada, también, porque la represión y la tortura que a Sergio le tocó sufrir, proviene de un sistema y de una lógica de dominación, que se propone reducir a todo un pueblo, que lucha y sigue luchando, a esta situación límite donde el individuo; solo e indefenso, se halla reducido a su más estricta individualidad fisiológica frente al sistema de dominación.

La tortura es el punto extremo de una lógica que se impone a toda la sociedad, que atraviesa todos sus compartimentos, que se expresa en la intervención de sindicatos, partidos políticos y universidades. Que se proyecta en la desaparición de la previsión y de la seguridad social. Que en lo económico se expresa en el libre juego del mercado, la privatización del bien público y la exaltación del egoísmo frente a la solidaridad.

Pero el texto nos habla también de una respuesta, que aquí es la respuesta del pensamiento. De la importancia que el pensamiento puede tener en una situación cuyo propósito principal pareciera ser la destrucción de todo pensamiento.

El pensamiento se defiende. Se defiende en el momento mismo del ataque final, en el momento de la tortura. Cuando el sistema represivo se lanza a la aniquilación total de este individuo, que en cambio comienza a pensar en Wittgenstein, en Pío Baroja, en su biblioteca. Asistimos así a la resistencia de este yo, que en medio de una situación que Descartes no imaginó, se refugia en este espacio exiguo pero potente del «yo pienso».

Pero no de un yo que está dudando, sino afirmando. Afirmando como resistencia al dolor, a través del recurso supremo de anularlo, produciendo un corte respecto de las otras implicaciones que ese dolor representa.

La respuesta al dolor emprende un viaje a lo suyo; piensa en aquello donde lo individual se transforma en lo colectivo, en donde esta experiencia concreta se reproduce, es decir, en el libro, en la biblioteca, en lecturas que se han hecho y que se propone hacer.

Sergio Vuskovic fue prisionero de guerra en Dawson durante tres años, en los duros y heridos rigores del sur de Chile. Luego de vivir en el exilio, regresa a su patria, donde lo llamaba el compromiso con su pueblo. Cae de nuevo en manos de los esbirros del régimen militar chileno, y su nueva relegación conoce ahora la sequedad del norte calcinante y yermo. Espacio lunar sin árboles ni pájaros.

Esta segunda estadía en los campos de concentración de Pinochet, la he conocido a través de un texto todavía provisorio y que narra el momento cuando reencuentra lo que le es propio, llevando a cabo un reconocimiento inédito de la casa que ya ha habitado. Así, en la soledad del norte de Chile, se pone a pensar, sistemáticamente, sobre los fundadores de lo que ha sido hasta entonces su práctica principal: la del pensamiento.

Para ello vuelve a Platón. Lo lee y estudia. Me pregunto, ¿por qué no? Piensa a Platón en Conchi y Taltal, ¿y por qué no?

Este acto al parecer tan natural contiene preguntas preñadas de implicaciones y significados. Por ejemplo, ¿por qué Platón y no otro? Y el texto, en el silencio de su carácter preparatorio, aporta la respuesta que tiene que ver con todo este proceso de revisión teórica.

Platón es la racionalidad de Occidente, del cual somos, aunque «excéntricamente» y desde la periferia, una parte. Platón nos enseñó la pregunta que desde ese entonces domina la manera que tenemos de interrogarnos sobre las cosas.

Se trata entonces de volver a las preguntas fundamentales, que recuperan esta cultura occidental, que llegó al tris de su nada en aquel instante de la tortura en que nos introduce, Un viaje muy particular. ¿Qué queda de esa cultura en el momento de la tortura? ¿Es ésta también su producto?

Así propuesto, este recorrido constituye un proceso de recuperación cultural. Recuperación del yo, en primer lugar, pero también recuperación de lo suyo, de su familia, de sus camaradas. O sea, de los valores del amor, de la solidaridad, que la tortura quisiera negar. Recuperación de su mundo.

Con esto llegamos a la otra imagen que nos aporta este viaje singular: la necesidad absoluta de la acción unitaria para cambiar la situación que ha hecho posible esta lógica de dominación, que produce y reproduce cotidianamente este asalto a la razón.

Osvaldo Fernández

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“El no contar la historia sirve para perpetuar su tiranía” Dori Laub

Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

por  22 enero, 2010

Nancy Nicholls Historiadora. Docente de la Escuela de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

  • La memoria de un país es fundamental para la construcción de identidad y de futuro; es también un elemento clave -sobre todo en países como el nuestro, que han vivido experiencias marcadas por la división, el enfrentamiento y la deshumanización- que participa de la búsqueda de la tan ansiada reconciliación. Sin espacios que permitan la expresión de las memorias ‘denegadas’ sobre la violación de los derechos humanos, probablemente estemos en la línea de lo que Dori Laub señaló a propósito del Holocausto: ‘El no contar la historia sirve  para perpetuar su tiranía’.

Me parece importante, al referirme al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, centrar la mirada en su nombre. Se trata de un museo de la memoria más que de la historia; y se trata de un museo cuyo énfasis está puesto en los derechos humanos, en cómo fueron violados por la dictadura militar y en cómo fueron defendidos por diversas organizaciones, personeros, militantes y opositores al régimen, a lo largo de las décadas del 70 y el 80.

Al ser un museo que se centra en la memoria de los derechos humanos entre 1973 y 1990 y no en la historia de ese periodo, su intención no es levantar y proponer una interpretación de los hechos acaecidos, como podría hacerlo un historiador que investigue sobre la temática. No obstante, hay que señalar que un museo de este tipo no puede soslayar la construcción de un cierto relato histórico de tal modo que la memoria de los hechos narrados en diversos soportes adquiera sentido, coherencia y legibilidad. Este relato se va construyendo implícitamente -entre otros elementos- a través de la selección tanto de las memorias expuestas como de los eventos históricos que son nutridos por esas memorias.

Sin espacios que permitan la expresión de las memorias ‘denegadas’ sobre la violación de los derechos humanos, probablemente estemos en la línea de lo que Dori Laub señaló a propósito del Holocausto: ‘El no contar la historia sirve  para perpetuar su tiranía’.

Esto, que podría parecer un detalle sin importancia, adquiere relevancia frente a los argumentos de quienes han sostenido que la memoria de la violación a los derechos humanos cometida por agentes de la dictadura necesita de un correlato que aporte todos los antecedentes históricos que llevaron al golpe de Estado y la posterior instalación del régimen militar por diecisiete años. Sostienen además, quienes defienden esta posición, que un museo sobre los derechos humanos establecido por el Estado no debería sólo mostrar la violación a los derechos humanos protagonizada por la dictadura, sino también la cometida por la extrema izquierda bajo el mismo periodo.

A mi juicio la enunciación y relato de la memoria sobre la violación a los derechos fundamentales del hombre ejercida por el Estado dictatorial en Chile, no plantea como condición imperativa para su existencia un despliegue de todos los antecedentes históricos que llevaron a que aquella se cometiera; tampoco ‘necesita’ mostrar la violencia ejercida por el ‘otro bando’.

En primer lugar, porque el museo está orientado a la reflexión ética de lo ocurrido y no al análisis histórico, como ya señalé. La narración pública de la Shoa en los museos y sitios de memoria que se han erigido o preservado en diversos países, no busca como objetivo fundamental exponer los múltiples y complejos dispositivos que armaron el entramado de la política de exterminio judío por parte del régimen nazi. No otorga un espacio privilegiado, por poner un ejemplo, a la exposición del antisemitismo imperante en muchos países de Europa, desde bastante tiempo antes de la Segunda Guerra Mundial, como uno de los  fenómenos históricos que habrían contribuido a la ‘solución final’. Si bien aquel puede llegar a ser un antecedente presente en dichos museos o sitios de memoria, el sentido primordial de estos está centrado en la narratividad y preservación de la memoria de la Shoa, invitando a la reflexión y a la creación de una conciencia colectiva en torno a ella, de tal modo de contribuir a evitar que genocidios como el judío se reediten.

En segundo lugar, porque la violación a los derechos humanos cometidas por la dictadura militar fue producto de una política estatal orientada hacia la sociedad civil en su conjunto, fenómeno que no guarda relación con las acciones armadas de grupos de izquierda que optaron por el camino de la violencia para derrocar a un régimen ilegítimo.

No se trata de equilibrar la balanza, como pretendió en Argentina  la ‘teoría de los dos demonios’, según la cual, el terrorismo y la represión de Estado bajo dictadura militar (1976-1983) debían ser analizados o comparados con las acciones de violencia ejercidas por los grupos guerrilleros argentinos en ese mismo periodo.

La represión dictatorial en Chile produjo un daño físico y psicológico que muchas víctimas cargan hasta el día de hoy; sembró el terror entre todo opositor al régimen, destruyó el tejido social así como los supuestos en que descansaban las relaciones interpersonales y comunitarias con anterioridad al golpe, y eso lo hizo ostentando un poder ilimitado y arbitrario que actuó por lo general contra una sociedad indefensa. Ello no es comparable a la violencia ejercida por las organizaciones  y movimientos de extrema izquierda que actuaron en el periodo.

Y en tercer lugar, porque las violaciones a los derechos humanos cometidas entre 1973 y 1990 constituyen un fenómeno que compete al Estado: fueron actos dirigidos, planeados y ejecutados desde diversas reparticiones del estado dictatorial y organismos dependientes de él, que no sólo afectaron a los directamente reprimidos, sino que a sectores mayoritarios de la sociedad.  En ese sentido, el Estado actual debe hacerse cargo de esa memoria lacerante, en razón de un imperativo ético.

El objetivo del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos es hacer pública y preservar la memoria de la represión y la violación a los derechos humanos perpetradas bajo el régimen de Pinochet,  memoria subalterna en muchos casos, ‘denegada’ en otros -para utilizar el concepto de Ludmila da Silva Catela- y acallada en la mayoría. A través de videos documentales (del golpe, de las afueras de un Estadio Nacional repleto de detenidos o de las protestas de los 80), de las cartas de los niños cuyos padres estaban presos, de las arpilleras de las mujeres que relatan la represión, de los documentos de la DINA, por nombrar algunos de los muy variados soportes en que la memoria de la violación a los derechos humanos se expresa en el museo, el visitante puede formarse su propia visión de lo ocurrido. Si bien el relato implícito, del que hablé al principio de esta columna, está presente, la mayoría del material documental exhibido proviene de los años 70 y 80, y por lo tanto no se trata de una memoria interpretada y resignificada en el tiempo desde la actualidad. La interpretación queda, sobre todo, en manos de los visitantes, quienes pueden tomar estas diferentes ‘fuentes documentales’ sobre la violación a los derechos humanos cometidas por agentes de la dictadura militar como una invitación a la reflexión. Esto último es uno de los sentidos con el que el Museo fue construido: ‘El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos- expresa un folleto explicativo que se recibe en la entrada-  es un espacio de reflexión ética sobre las violaciones a la vida y a la dignidad de las personas cometidas en Chile entre los años 1973 y 1990, que busca generar un compromiso ciudadano para que estos hechos nunca más se repitan’.

La memoria de un país es fundamental para la construcción de identidad y de futuro; es también un elemento clave -sobre todo en países como el nuestro, que han vivido experiencias marcadas por la división, el enfrentamiento y la deshumanización- que participa de la búsqueda de la tan ansiada reconciliación. Sin espacios que permitan la expresión de las memorias ‘denegadas’ sobre la violación de los derechos humanos, probablemente estemos en la línea de lo que Dori Laub señaló a propósito del Holocausto: ‘El no contar la historia sirve  para perpetuar su tiranía’.

Lucila Svampa: “La memoria es objeto de disputa, nunca puede ser neutral”

19/04/2017 LIBROS

Lucila Svampa: “La memoria es objeto de disputa, nunca puede ser neutral”

Lucila Svampa, doctora en Ciencias Sociales, contrapone distintas tradiciones teóricas sobre los usos del pasado y marca los riesgos latentes en la construcción de las “políticas de la memoria”.

Por Julieta Grosso

En los vínculos que una sociedad entabla con su pasado se dirimen múltiples y problemáticas relaciones que la investigadora Lucila Svampa desentraña en “La historia en disputa”, una obra que desarticula la idea de una tensión irremediable entre memoria y olvido, a la vez que dialoga con los debates actuales que intentan relativizar la experiencia de la dictadura a través del cuestionamiento a la cifra de desaparecidos.

La recuperación de la memoria colectiva es una instancia siempre compleja en la que asoman nudos problemáticos, trampas potenciales que es necesario esquivar para no caer en versiones maniqueas o apologéticas que resulten funcionales al poder o alienten enfoques condescendientes que anulen el sustrato crítico necesario para que no se reproduzcan en el presente los traumas del pasado.

Bajo esas coordenadas se planta “La historia en disputa” (Prometeo Editorial), un riguroso trabajo crítico en el que la doctora en Ciencias Sociales María Lucila Svampa contrapone distintas tradiciones teóricas para problematizar la noción de usos del pasado y marcar los riesgos latentes en la construcción de las “políticas de la memoria”.

La ensayista retoma una genealogía de autores que han trabajo estas cuestiones (el alemán Andreas Huyssen, el español Manuel Cruz o la argentina Claudia Hilb, entre otros) para alertar sobre la malversación de la memoria (el historiador italiano Enzo Traverso alerta en ese sentido sobre los riesgos de embalsarmarla y “neutralizar su potencial crítico”) y analizar las estrategias que dispone el Estado para trazar una narrativa del pasado que no clausure sucesivas resignificaciones a través del tiempo.

– Télam: ¿Tiene sentido abrir una discusión sobre el número de desaparecidos como lo han hecho el ex ministro de Cultura Darío Lopérfido y el titular de la Aduana Juan José Gómez Centurión, o este tipo de debates contaminan el consenso alcanzado por una parte de la sociedad acerca de las secuelas que dejó la dictadura?
– Lucila Svampa:
Sería importante contar con un número documentado de desaparecidos porque eso equivaldría a un gran logro de los organismos de derechos humanos: supondría dar con el paradero de sus cuerpos y restituir la identidad de nietos robados. Sin embargo, dado que los secuestros y el robo de bebés durante la dictadura se produjeron en la clandestinidad, y que los represores mantienen perversamente un pacto de silencio al respecto, es virtualmente imposible acceder a esa información. En este escenario, cuestionar que se mantenga el número de 30 mil para referirse a los desaparecidos es una provocación abierta a los organismos de derechos humanos y a los familiares de las víctimas. Como recordó hace poco el escritor Martín Kohan en una entrevista radial, se trata de una cifra estimada y las implicancias de entrar en una polémica sobre ella son graves, en tanto niega la clandestinidad y la vigencia del miedo que persiste en torno a posibles nuevas denuncias.

– T: El libro plantea los equívocos que subsisten respecto a la articulación entre memoria y olvido, en especial impugna la idea de que la operación de recordar determinados hitos implique desechar otros ¿De qué manera se deja atrás esa idea de la mutua exclusión como estrategia para recuperar el pasado?
– L.S.:
Efectivamente, la dupla entre memoria y olvido aparece, en muchas ocasiones, formulada en términos excluyentes. Se dice que los alemanes olvidaron los bombardeos de Dresde por recordar Auschwitz, o que en la Argentina se reprimió la historización de la lucha armada beneficiando la memoria de los desaparecidos. Pero estos binomios demuestran ser poco productivos por no contemplar una lectura de los modos en que un acontecimiento es recuperado. Habría que identificar cuál es el gesto político que acompaña las denuncias de la eliminación de determinados hechos de la escena política en detrimento de otros. Por último creo que hace falta distinguir los niveles en que circulan los discursos históricos. No es lo mismo un relato político, que uno histórico o uno memorial.

– T: Además de someter a juicio a los perpetradores de torturas y crímenes como los que llevó adelante la dictadura ¿qué otras variables tiene que contemplar el Estado para resignificar los hitos más traumáticos de su historia?
– L.S.:
Existen por un lado, medidas legales y por otro, medidas más sigilosas pero no por ello menos relevantes para la construcción de la memoria de una sociedad. Las más importantes y conocidas de los últimos años fueron la derogación de los indultos a perpetradores, la fijación del 24 de marzo como feriado nacional, el impulso de los enjuiciamientos a represores, la creación de un banco de datos genéticos, la inauguración del sitio de la memoria, la inclusión del tema en la currícula escolar y la investigación de los delitos económicos durante la dictadura. En segundo lugar, es preciso identificar las condiciones que hicieron posible que una tragedia tenga lugar con el fin de evitar que se recreen las mismas situaciones que las políticas memoriales buscan recordar.

– T: El gobierno anterior y el actual desplegaron discursos casi antagónicos respecto a la valoración de la dictadura: mientras el kirchnerismo intentaba recuperar ese período desde una mirada por momentos fosilizada, algunos ex integrantes de la actual gestión instalaron versiones de sesgo negacionista. ¿En qué medida ambas posturas conspiran contra la construcción de la memoria colectiva?
– L.S.:
En primer lugar, pienso que durante el kirchnerismo, lejos de una imagen petrificada de la memoria se promovió la construcción de una lectura del pasado que incluyó a varios actores de la sociedad y estuvo abierta a debates. La proliferación de investigaciones académicas sobre el tema, la multiplicación de encuentros científicos que debatieron dicha memoria, su inclusión en la currícula escolar son algunos ejemplos de políticas que promovieron cambios en el enfoque. Resulta difícil que un gesto tal pueda conspirar contra la recuperación del pasado ni que se pueda homologar a declaraciones de corte negacionista, que plantean un peligro para la vida pública de los recuerdos referidos a los crímenes de la dictadura militar.

– T: ¿Por qué cree que son nocivas las políticas de memoria que se posicionan como neutrales y pacificadoras?
– L.S.:
Porque anulan el conflicto y pretenden representar un todo. Las políticas referidas al pasado nunca pueden ser neutrales porque se expresan sobre acontecimientos que tuvieron consecuencias concretas para sectores en particular. Las políticas que discursivamente se apoyan en la paz son en general promotoras de indultos y tienden a rechazar una reelaboración del pasado.

Dejan fuera de ella a aquellos que no adhieren a sus posturas. De modo que su operación entraña una exclusión extrema. Si la memoria es un objeto de disputa, esta nunca puede ser neutral, porque por definición siempre toma posición en el contexto de una historia que no está dada, sino que se construye. Que se construya no quiere decir que se falsifique, significa que se nutre de diferentes relatos que pueden rescatar memorias aplacadas y que, por ende, está abierta.

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