Historia dela antropología en Chile

foto Luis Fernando Arellano (Kallejero)

Universidad intervenida: El libro que desclasifica sumarios y revela a los soplones en la U. de Chile en dictadura

La universidad puso a disposición del público los sumarios realizados en dictadura para expulsar a alumnos partidarios de la UP y del MIR, con un libro en el que además revela nombres de profesores y estudiantes que delataron a sus compañeros y otros documentos clave de cómo funcionó la Casa de Bello en esa época, como una clase magistral de Augusto Pinochet en Casa Central, en 1976. Entre los casos está el del actual secretario técnico de la Comisión Superior de Evaluación Académica, funcionario hace 35 años del plantel, acusado de delatar a excompañeros de Geografía en 1974. Él niega las imputaciones y pide que se pericie el sumario original para comprobar la veracidad del documento.

Casa Central Universidad de Chile

Este lunes 7 de noviembre la Universidad de Chile lanzará el libro “La dictadura de los Sumarios (1974 – 1985) Universidad de Chile Intervenida”, donde se desclasifican las investigaciones internas que realizó el plantel durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, expulsando a estudiantes y profesores partidarios del gobierno de la Unidad Popular o del MIR.

El lanzamiento se da un año después que el mismo plantel decidiera digitalizar y dejar a disposición de consulta de todo el público los archivos de esos sumarios y otros documentos de esa época.

“Este libro es producto de un arduo trabajo del Archivo Andrés Bello. Se convocó a varios académicos para que escribieron ensayos. Con ese mismo rigor se entrevistó a distintas personas para que ellos dieran sus testimonios. Es un pequeño paso de otros que se han dado, importantísimo no solamente para la Universidad de Chile sino que para la memoria histórica del país. Para ir conociendo qué nos pasó, de ir nombrando, porque dentro de los mismos sumarios se puede descubrir la vida cotidiana de ese país. Y de cómo la Universidad de Chile fue brutalmente intervenida”, dice Ximena Poo, editora del libro.

Poo agrega que cada persona puede ir a consultar o pedir por Ley de Transparencia estos archivos, los que pueden servir para investigación académica, periodística e incluso personal “para muchas personas -académicos, funcionarios y estudiantes- que fueron expulsados de la Universidad de Chile en esa época y que pueden reconstruir parte de su historia”.

“Es un libro que aporta una mirada de futuro porque acá, tal como dice Berta Valenzuela, también no solo quebraron la biografía de algunos, sino que algunos murieron o hasta hoy son detenidos desaparecidos por lo sucedido. En varias partes el libro dice ‘Para que nunca más’, pero ese ‘Para que nunca más’ no debe ser un panfleto, sino que debe servir para en que este país no vuelva a pasar algo así. Este libro es importante que algunos fiscales o acusadores puedan hacer un mea culpa y otras universidades revelen también sus archivos”, agrega Poo, doctora en Estudios Latinoamericanos del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile.

El caso de Geografía

Dentro de los sumarios revelados, existen varios casos ocurridos en el Departamento de Geografía de esos años. Y precisamente uno de ellos, a través del documento y un testimonio revela que el actual secretario técnico de la Comisión Superior de Evaluación Académica de la Universidad de Chile, Ulises Faúndez Tejos, sería uno de los delatores de la documentalista Berta Valenzuela, estudiante expulsada de la Casa de Bello en 1974.

En el testimonio de Valenzuela, titulado “Me quebraron la biografía”, la técnico audiovisual cuenta la historia de su ingreso a la universidad en 1972, donde también comenzó su militancia en el MIR. Ahí señala también que después del golpe de Estado, regresó a la universidad a terminar el semestre en enero de 1974 tratando “de pasar piola” por las noticias graves que circulaban.

Valenzuela cuenta que nunca fue notificada de la expulsión, pero que al entrar a un curso a comienzos del año académico del 74 le dijeron que tenía prohibido entrar a la universidad y que mejor no se acercara, sino la detendrían.

Y detalla que luego de revisar su sumario ya desclasificado 40 años después, notó que sus delatores -sus excompañeros de Geografía, se encuentra Faúndez, detallando que en su caso los soplones la acusaban de “irreversible, potencialmente violenta, muy desprejuiciada” y “totalmente sectaria”.

Además sostiene que el mismo Ulises Faúndez también habría delatado a su compañero Pablo Altamirano, a quién describió como un militante del MIR “agresivo durante peleas fuera de la U con linchacos” e “irrecuperable ideológicamente”.

“Quienes fueron cómplices de la dictadura nos cortaron las alas, las ganas. Al final, pienso, lo que pasó conmigo no es nada, porque hay otra gente que lo pasó más mal, que perdió la vida, que perdió todo. Por lo menos yo sigo aquí”, dice al final de su carta.

Faúndez se defiende: “Es una letra que claramente no es la mía”

Hoy Ulises Faúndez, el funcionario sindicado como delator en el texto es geógrafo, es académico del Instituto de Ciencias Política de la Universidad de Chile y profesor de la Academia Nacional de Estudios Estratégicos. Trabaja hace 35 años en la universidad y tiene oficina en la denominada Torre 15.

Pero desde su cargo en la comisión de evaluación académica, Faúndez cumple con un rol clave, ya que dicha oficina tiene como misión registrar los antecedentes curriculares de académicos propuestos para ingresar a la carrera, sus proposiciones de ascenso, recursos de apelación y todo tipo de documentación administrativa.

Consultado por The Clinic Online por este asunto, Faúndez niega enfáticamente las acusaciones y dice ser víctima de una acusación en su contra. “Soy el primero en estar interesado que esto se aclare. Hay gente que aparece en el sumario y que yo no conozco, pero otros que sí conozco y que me importa. Sobre todo Max, el hermano de Sonia Montecinos. Y lo que me duele más todavía es que mi madre era la mejor amiga de su madre, de años. ¿Usted cree que yo podría ser capaz de algo así con la mejor amiga de madre? ¿Qué clase monstruo creen que soy yo?”, dice.

El académico señala que se comunicó con las autoridades de la universidad, pidió que se permitiera un perito calígrafo para ver la autenticidad del documento y tampoco, y que pidió un pronunciamiento por parte de Contraloría hace dos meses, pero todavía no le contestan. “Es una letra que claramente no es la mía. Y la firma es una imitación, pero tampoco es mía tampoco. ¿Entonces, qué puedo hacer yo? Es mi palabra contra la de alguien”, dice.

Según Faúndez, prácticamente no conocía a Valenzuela en ese tiempo, pero dice compartir el dolor porque él también vivió esa época. Y además agrega estar muy dolido con algunas autoridades de la universidad por no haberle consultada si el documento es verídico o no, agregando que por este motivo ha recibido “amenazas, mensajes anónimos por debajo de la puerta, llamadas por teléfono, molestia a mi familia”.

“Que el sumario esté prescrito, eso es una cosa. Pero la dignidad, el nombre, el honor de las personas no prescribe. Yo no sé quién hizo esto, pero yo siento que tomaron mi nombre, como el de otros colegas, porque nosotros éramos francamente críticos a ese sistema. Tú no viviste esa época, yo la viví. Había mucha pelea, muchas pugnas. Nosotros manifestábamos nuestra crítica en público porque era un tiempo malo. Esta cuestión estaba como Venezuela, por decirte algo, aunque no sé si sería igual. Pero era un período duro, de mucha polarización, y eso no ayudaba. Huelgas, webeo, y nosotros éramos francamente críticos. Entonces, es posible que hayan cargado a estos cabros. Ahora, quién fue, difícil saberlo si imagínate, han pasado cuántos años. Por eso yo dije que primero viéramos si el archivo es verdadero”, alega.

Experiencia a otras universidades

Por su parte, la Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile, Faride Zerán, que además prologa el libro, señala que la universidad ha ido enfrentando estos temas en el último tiempo con el proyecto de digitalizar los archivos que estaban en la biblioteca y que decidieron el 30 de enero de este año que los archivos se hicieran públicos, en un gesto de transparencia hacia la historia y la memoria.

“Efectivamente en el marco de la digitalización de este archivo aparecen los sumarios que se hacen en el departamento de Geografía, en el año 74, y ahí aparece un funcionario de la Universidad de Chile, actualmente en funciones y que efectivamente ocupa un cargo estratégico dentro de la universidad. Estos antecedentes los tienen, lo saben superiores de este funcionario y desde el punto de vista formal le informaron a la Vicerrectoría General de Comunicaciones que al ser hechos que están prescritos, legalmente la universidad no puede hacer nada al respecto”, señala Zerán.

“Lo que sí nos parece es que la comunidad tiene derecho a ese deber de memoria y la verdad, y la política de la universidad no es esconderlos bajo la alfombra, sino exhibirlos, mostrarlos y que la gente sepa”, agrega la académica, quien además sostiene que han estado en contacto con otras universidades del Estado a propósito este tipo de políticas frente al acoso sexual o de memoria con el tema de los sumarios, para que estas sean asumidas institucionalmente y de alguna manera la experiencia en la Casa de Bello pueda ser asumida en otros planteles.

 


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50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología

50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología

FECHA: 21 NOVIEMBRE, 2013

Fernando Orellana

Fernando Orellana Torres

Director General de Postgrado

Universidad Católica del Norte

 

En las décadas de 1950 y 1960 se concretaban en Chile cambios importantes en los métodos técnicos e interpretaciones de esta disciplina.

La Dirección General de Postgrado de la Universidad Católica del Norte organizó un evento recordatorio de los 50 años del Primer Congreso Internacional de Arqueología, realizado entre los días 6 y 13 de enero del año 1963, en San Pedro de Atacama, en las instalaciones del recién inaugurado Museo de la Universidad del Norte.

En esa reunión científica se encontraron diferentes especialistas chilenos y extranjeros, profesores y alumnos, autoridades de diferentes instituciones e, incluso, en la inauguración participaron los ministros de Estado, del gobierno del presidente Jorge Alessandri, los señores Ernesto Pinto Larraguibe y Julio Philippi.

Los importantes hallazgos arqueológicos efectuados entre 1955 y 1962 por el Padre Le Paige y sus colaboradores atacameños interesaban a la comunidad científica de Chile y a la de los países limítrofes.

Por esos años -décadas de 1950 y 1960- se concretaban en Chile cambios importantes en los métodos técnicos e interpretaciones de la arqueología. Antiguos y nuevos museos, centros de investigación y carreras recién creadas no solo investigaban y publicaban de acuerdo con la nueva arqueología, sino que además iniciaban la formación especializada de arqueólogos.

En estos nuevos ambientes científico-académicos, el Congreso de 1963 inició sus sesiones de trabajo.

Se puede leer en las Actas publicadas por los Anales de la Universidad que se presentaron ponencias de los investigadores chilenos Gustavo le Paige (Presidente del Congreso), Hans Niemeyer, Carlos Munizaga, Jorge Kaltwasser, Percy Dauelsberg, Luis Álvarez, Julio Montané, Mario Orellana (Secretario General del Congreso) y Lautaro Núñez.

 

 Padre Gustavo Le Paige,presidente del Congreso

 

Por los investigadores extranjeros expusieron Alberto Rex González y Dick Ibarra Grasso. También presentó un trabajo el prehistoriador Osvaldo Menghin. Este estudioso, como Julio Montané -según se nos informó-, no acudieron finalmente a San Pedro de Atacama.

Igualmente, participaron la doctora Grete Mostny, del Museo de Historia Natural; el arquitecto Roberto Montandón, delegado del Consejo de Monumentos Nacionales, y Jorge Iribarren, director del Museo Arqueológico de la Serena.

Entre los estudiantes universitarios presentes en ese Congreso estuvieron distinguidas (os) especialistas: Silvia Quevedo, Julie Palma, Mario Rivera, Osvaldo Silva, y Gonzalo Ampuero.

También es importante mencionar que es en San Pedro de Atacama, en este Congreso de 1963, donde se formó la Sociedad Chilena de Arqueología. Esta institución, fundamental para el futuro desarrollo de la arqueología de Chile, también cumplió 50 años, recayendo su primer directorio en los investigadores Hans Niemeyer F. (Presidente), Jorge Iribarren Ch., Julio Montané M., Mario Orellana R., y Virgilio Schiappacasse F. (Directores).

Nuestra Universidad sigue desarrollando la investigación y la docencia de postgrado en San Pedro de Atacama, y esperamos que así se mantenga por muchos años, en colaboración con las distintas comunidades atacameñas.

El recuerdo de tan prestigioso evento científico no puede quedar guardado en la memoria de unos pocos, porque el Congreso Internacional forma parte de la memoria histórica de la Universidad Católica del Norte.

Los archivos ocultos de la antropología chilena . Jorge Pavez

INTEGRACIÓN

Los archivos ocultos de la antropología chilena

Facultad Ciencias Sociales

Qué información omitieron, mezclaron y en qué dosis armaron el mapa indígena chileno los primeros antropólogos.  El sociólogo de la Universidad Alberto Hurtado, Jorge Pavez recorrió los archivos mundiales para consultar los registros que hicieron los fundadores de la etnología nacional y descubrió cosas aberrantes como que el sacerdote Gustavo Le Paige armó su museo nortino a costa de los niños atacameños.

Marzo, 2016

Mas que la identidad, me interesa la alteridad: el problema no es saber quiénes somos, sino cómo nos relacionamos con la diferencia”. Con estas palabras el sociólogo Jorge Pavez, investigador de la Universidad Alberto Hurtado y autor del libro “Laboratorios etnográficos. Los archivos de la antropología en Chile (1880-1980”, explica su dedicación de 10 años a una investigación que buscó los registros fundacionales de la antropología chilena para comprender cómo se registró la existencia de los grupos indígenas en el extenso territorio nacional.

El título “Laboratorios etnográficos” tiene que ver con diversas perspectivas y escenas donde se implementaron verdaderas técnicas de traducción y clasificación de la diferencia cultural por parte de investigadores extranjeros, chilenos e indígenas. Pavez cuenta que recorrió Chile, Francia, España, Bélgica, Estados Unidos y Alemania analizando las operaciones de intercambio etnográficos que se hicieron a lo largo de cien años de historia y descubrió relatos que permiten sumergirse en las condiciones políticas, institucionales e individuales que hicieron posible la investigación de las culturas indígenas.Lo interesante es que el autor problematiza la forma en que nos contaron la existencia indígena, relatos que inciden hasta el día de hoy.La búsqueda fue larga y pausada, ya que el conjunto del material está disperso, debido –según explica- a que el Estado nunca tuvo mucho interés en tener un museo indígena, como el que se creó en 1912, el Museo de Etnología y Antropología, cerrado y disuelto en 1929.Entre de los fundadores de la antropología destacan nombres como el alemán Rodolfo Lenz, el belga Gustave Le Paige, Tomás Guevara, o el austríaco Martin Gusinde. “Son los europeos los que empiezan a desarrollar una ciencia para el conocimiento de los indígenas, porque son ellos los que empiezan a colonizar, y requieren conocer mejor las poblaciones que quieren dominar”, explica el académico.En esta publicación hay mucha descripción de las formas de acercarse a los indígenas, desde grabaciones de rituales, ceremonias, o lugares como los liceos donde los propios alumnos ayudaban a describir la historia de sus familias.  -¿Las prácticas que usaron los primeros antropólogos eran bien domésticas?-Hay mucho de eso porque en esa época, a finales del siglo XIX, no era reconocido ni valorado dedicarse a hacer registros de los indígenas, porque se consideraba que ellos no tenían ninguna cultura. En ese sentido, este grupo de europeos era gente bien excéntrica, porque insistían en que tenían que rescatar algo importante que había ahí. Son fundadores de un conocimiento.¿Qué es lo más valorado de estos antropólogos fundacionales?-Dejaron cosas fundamentales que siguen vigentes en la antropología hasta el día de hoy: el mapa étnico de Chile, la cronología de la prehistoria del territorio, dentro de la cual sigue trabajando la arqueología actual, y documentos etnográficos de primera mano como los registros de caciques mapuche hablando sobre su pueblo, o las mujeres yaganes cantando y inventando letras en ceremonias rituales, y mucho en las lenguas originarias. Es un legado fundamental.

¿Cuál es la mirada crítica de esta investigación?– Junto a científicos y laicos trabajaban misioneros que, en general, pensaban en evangelizar y proteger a los indígenas, pero a veces más bien distorsionan lo que veían en los indios. Se dan polémicas sobre los temas sexuales y el lenguaje obsceno, que los misioneros consideraban una faceta negativa del pueblo mapuche, y no querían difundir. O  cuando Rodolfo Lenz quiere publicar cómo hablaban los huasos chilenos, el habla popular que se encuentra en adivinanzas pícaras por ejemplo; fue todo un escándalo.¿Hay un conflicto entre la lectura de la elite y lo popular?La élite busca quitarle la legitimidad que le dan estos antropólogos a lo popular y lo indígena. Por eso los ataca desde el saber más letrado.-¿El tema de los niños cruza todo el libro, por qué?Los científicos conversan mucho con ellos. En el liceo de Temuco el rector Tomás Guevara a través de sus alumnos puede acceder a las comunidades mapuches. Los niños son informantes claves de los etnógrafos, como un mediador para acceder al mundo de los adultos. También porque tienen tiempo libre para acompañar al extranjero de visita, por gustar siempre de la novedad. Los niños se interesan en los viajeros-exploradores y los etnólogos aprovechan este interés de ellos.-

-¿Por qué plantea que en el norte, Le Paige llega a usar a los niños para lograr el museo que enorgullece al norte de Chile?

Porque hace trabajar a los niños, los hace escarbar en el desierto y los hace trasladar las momias al museo a cambio de una moneda, una ropita, lo que sea. Los atacameños siempre han tenido una relación singular con los muertos y un tabú de contacto, prohibiciones respecto a los cementerios, etc. Lo que hace Le Paige es decirles a los niños que lo que les dicen sus mayores es pura superstición. Y les ofrecía alguna cosa material a cambio. Y esas momias y objetos que sacaban, el mismo Le Paige las regalaba a sus visitantes. Es como una forma de mercado negro, de tráfico de influencias, donde los niños son los obreros, el eslabón subalterno más dominado, porque a veces los mismos padres se los entregaban a  Le Paige. En Fin, ahí hay una responsabilidad ética que no se ha asumido. Le Paige donó el museo a la U. Católica del Norte y ellos gestionan este patrimonio en su gueto, como si fuera su propiedad. Actualmente, hay una demanda en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por todas estas prácticas discutibles: ¿Por qué un cura manda a los niños a desenterrar a los muertos y luego una universidad se apropia de estos cuerpos y de ese trabajo infantil?

Hasta el día de hoy la Universidad y los académicos de esa universidad dicen Le Paige fue el gran hombre que salvó el registro arqueológico del norte, salvador de los atacameños. Me parece que esos discursos son resabios de la dictadura, del paternalismo, el totalitarismo y el autoritarismo de la dictadura en su relación con los pueblos indígenas, con los obreros, con los niños, con todos. Y recordemos que Le Paige celebraba la dictadura, era amigo de Pinochet, y se volvió un activo colaborador de la dictadura, tanto en el extranjero como en Atacama, donde ejercía la vigilancia y la denuncia contra toda oposición al régimen.

En la Católica del Norte hay muchos que siguieron la misma línea, por eso Le Paige es para ellos un ícono.

Jorge Pavez.

Origen: Los archivos ocultos de la antropología chilena | Cambia el mundo – Centro de Inspiración

Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico y revisión crítica del proyecto disciplinar

 Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología
Número 45 2015, páginas 95-114
Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico
y revisión crítica del proyecto disciplinar
Hugo Carrión1, Cristián Dávila2, Ayelén Delgado3, Nicole Fuenzalida4, Patricia Kelly5,
Francisca Moya6, Sandra Rebolledo7, Simón Sierralta8, Jairo Sepúlveda9 y Cristián
González10
Resumen
En las últimas tres décadas, el desenvolvimiento de la Arqueología Social en Latinoamérica (ASL) se
ha visto sujeto a numerosas revisiones, tanto en sus postulados como en su puesta en marcha. En este
sentido, en el Chile actual, resulta necesario realizar una revisión del proceso histórico de la ASL.
En este artículo se propone discutir la convergencia de las nuevas “arqueologías sociales”, iniciativas
teóricas diversas que tienen como eje el desarrollo de una praxis social, con los postulados de la ASL
y desde la crítica contribuir a la valoración de este proyecto disciplinar.
Palabras Claves: Arqueología Social Latinoamericana, Arqueología Social, Marxismo, Comunidades
Indígenas, Difusión Patrimonial, Arqueología Industrial, Arqueología de la Represión y la Violencia
Política Reciente.
Abstract
In the last three decades, the development of Social Latin American Archaeology (ASL) has been
subject to numerous revisions, his postulates as much as its application. Along this line, at Chile
today, it is necessary to perform a review of the historical process of ASL. In this paper we propose
to discuss the convergence of new “social archaeologies”, diverse theoretical initiatives that have the
development of a social praxis ancestral theme with the principles of the ASL and from the critical,
we contribute at delimit the possibilities of realization of this current disciplinary project.
Key words: Social Latin-American Archaeology, Social Archaeology, Marxism, Indigenous
Communities, Patrimonial Diffusion, Industrial Archaeology, Archaeology of Repression and
Recent Political Violence.
1 Investigador independiente. hcarrionmendez@gmail.com
2 Investigador independiente. cristiandavilac@gmail.com
3 Investigadora independiente. ayelen.delgado@gmail.com
4 Investigadora independiente. nnm_fb@hotmail.com
5 Investigadora independiente. pat.kellys@gmail.com
6 Investigadora independiente. franmoya.c@gmail.com
7 Investigadora independiente. sanrebolledo@gmail.com
8 Investigador independiente. simon.sierralta@gmail.com
9 Grupo de Acción Ecológica y Conservación Añañuca, Eleuterio Ramírez 1446, Santiago. sepulveda.jairo@gmail.com
10 Investigador independiente,.cgonzalez2405@gmail.com
Recibido: 5 de Febrero de 2015. Aceptado: 31 de Julio de 2015. Versión final: 24 de Agosto de 2015.
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La Arqueología Social Latinoamericana (en adelante ASL) se comenzó a desarrollar hace poco más de cuatro décadas como un proyecto científico-político fundamentado en el materialismo histórico y en la praxis marxista, cuyo desarrollo concreto ha involucrado a diversas epistemologías y tradiciones culturales en los contextos de México (Bate 1974, 1977, 1981, 1982, 1984, 1986, 1993, 1998; Gándara 1980, 1981, 1993; Gándara et al. 1985; Lorenzo 1961; Montané 1980), Perú (Lumbreras 1974; Tantaleán 2004, 2006) y Venezuela (Sanoja 1981; Sanoja y Vargas 1978; Vargas 1985, 1986).
Esta diversidad de planteamientos sin embargo, adhieren a una base común, institucionalizada en ciertos “hitos” como reuniones y otros espacios de producción científica, fundada en el rechazo a otras formas de materialismo (cultural, estructural) y el regreso a los clásicos (Marx, Engels, Lenin), y principalmente en el entendimiento de la Arqueología como ciencia social histórica, cuyo objetivo es el estudio de la sociedad como totalidad concreta (Bate 1977; Lorenzo et al. 1976). Será la convicción del carácter científico del materialismo histórico lo que implicó en la ASL un discurso político abierto, que se proponía no sólo explicar la realidad, sino también transformarla (Bate 1998). Así se explicitan los efectos políticos de la labor, jugando un rol la toma de conciencia de la posición desigual de las situaciones nacionales poscoloniales e imperialistas del continente (Lorenzo 1976; Sanoja y Vargas 1994).
A pesar de su desarrollo, el reconocimiento internacional de la ASL es reciente, siendo criticados diversos elementos de la propuesta como: el uso de metodologías mixtas empiristas, histórico-culturales y procesuales, la falta de una metodología o trabajo del dato arqueológico, la falta de generación de escuelas, el peso que tuvo el contexto socio-histórico pasado, y el fracaso en determinados proyectos como el Museo del Hombre Venezolano (1984-1987) (Benavides 2001; Gándara 1993; Gándara et al. 1985; Jackson et al. 2012; McGuire y Navarrete 1999; Navarrete 2006, 2012; Oyuela-Caycedo 1994; Oyuela-Caycedo et al. 1997; Patterson 1994, 1997; Politis 1995; Tantaléan 2004; Troncoso et al. 2006).
No obstante lo anterior, en la actualidad, la ASL permanece como una propuesta arqueológica alternativa, en términos de la geopolítica del conocimiento, genuinamente latinoamericana y consolidada epistemológica y políticamente (Navarrete 2012). Junto a ello, las trayectorias particulares de sus exponentes siguen funcionando. Hoy en México se reconoce un grado mayor de refinamiento teórico, así como programas académicos y proyectos comunitarios (Acosta Ochoa et al. 2012). Por otra parte, en Venezuela existe una crítica y activismo político vigente (Vargas y Sanoja 2014). En medio de esto, quizá la cualidad más sobresaliente del último tiempo sea la reproducción del proyecto en las revisiones de los preceptos a partir de reuniones y libros compilatorios que buscan generar un carácter internacional del marxismo como praxis (Tantaleán y Aguilar 2012) y las posibilidades que emergen desde otros escenarios como en la arqueología Marxista Española (Lull 2005) y en el caso ecuatoriano (Benavides 2001).
En nuestro país, pese al papel relevante desplegado por los investigadores nacionales en el desarrollo de la ASL, el golpe de Estado de 1973 y la consiguiente persecución política, significaron el silenciamiento de la producción marxista y cambios en el desarrollo académico de las ciencias sociales en general. En las últimas dos décadas este panorama ha cambiado en ciertos aspectos y en la arqueología chilena se ha asumido la existencia de “arqueologías sociales”. En este sentido, el objetivo de este artículo es presentar una evaluación crítica del desarrollo disciplinar actual chileno, enfocado en discutir las tendencias o arqueologías que al menos desde la discursividad, incluyan
alguno de los postulados principales de la ASL: tener una base teórica materialista histórica y/o explicitar un compromiso social y político de la disciplina en el presente.
El análisis consiste, entonces, en una revisión de la producción bibliográfica de los últimos veinticinco años, pues consideramos que, a partir del retorno a la democracia, se produjeron una serie de transformaciones que han determinado el surgimiento de nuevas prácticas que se enmarcan en lo definido anteriormente. Por ello, se han seleccionado las siguientes líneas investigativas: la Arqueología con base teórica Marxista, la Arqueología y comunidades indígenas, los trabajos en Difusión Patrimonial, la Arqueología Industrial y la Arqueología de la Represión y violencia política reciente.
Si bien este ejercicio no dará cuenta de la complejidad del tema en su totalidad, esperamos acercarnos a una reflexión crítica a partir de los principios establecidos como lineamientos de la ASL, que permita tanto calibrar en qué medida su influencia emerge hoy en los trabajos que han pretendido darle contenido social a la arqueología, como examinarlos en tanto perspectivas alternativas al cientificismo tradicional.
Arqueología Chilena durante el siglo XX: ¿cómo entender el surgimiento y ocaso de la ASL?
Hacia mediados de siglo XX se presenta un momento relevante para la Arqueología nacional, cuando se produce la institucionalización concreta de la disciplina en tanto ciencia a partir de la creación del Centro de Estudios Antropológicos en 1958 (Orellana 1991; Troncoso et al. 2008). En aquellos años, la intervención estadounidense en Latinoamérica alcanzó su punto máximo en la academia, estimulando la producción científica y humanista acorde a los valores del imperialismo. En la otra vereda, el avance de los movimientos de izquierdas intelectuales y/o populares, encauzó un proceso culminado en la vía democrática al socialismo de la Unidad Popular. A fines de la década de 1960, la intelectualidad de izquierda intentaba desarrollar teorías sociales de base marxista, que permitieran escapar a la dependencia del primer mundo y guiar la praxis revolucionaria.
La reforma universitaria implicó, para la arqueología, la conformación de la Licenciatura en Filosofía con mención en Prehistoria y Arqueología (1969) y del Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueológicas en Universidad de Chile (1971), del Departamento de Antropología en la Universidad de Concepción (1970) y la fundación de la carrera de Arqueología en Antofagasta (1971). A esto se sumó la promulgación de la Ley de Monumentos Nacionales (1970), la creación de museos regionales, la conformación de la Sociedad Chilena de Arqueología (1963), la organización de reuniones especializadas periódicas y una progresiva sistematización de las publicaciones (Orellana 1988, 1991, 1996; Troncoso et al. 2008).
Al interior de la academia, las discusiones sobre el rol que debían cumplir las disciplinas antropológicas en la sociedad eran reflejo del contexto nacional durante el gobierno de la Unidad Popular (Orellana 1991). Mientras en la Universidad de Chile se giraba hacia una arqueología cientificista, en la Universidad de Concepción se proponía abiertamente el deber revolucionario de la disciplina, expresión de lo cual fueron las cátedras de Lumbreras que culminaron en uno de los libros más influyentes de la ASL (Lumbreras 1974). Así, distintas posiciones teóricas se explicitaron en este período, por una parte, existían investigadores que rechazaban la politización de la academia, relevando el procesualismo norteamericano en instancias como el VI Congreso Nacional de Arqueología Chilena de 1971 (Orellana 1996; Troncoso et al. 2006, 2008), por otra, se
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Francisca Moya, Sandra Rebolledo, Simón Sierralta, Jairo Sepúlveda y Cristián González
proponía que el objetivo de la arqueología era el estudio de las formaciones económicas específicas de las sociedades del pasado (Montané 1972). Esta última, tesis que se pretendió materializar a nivel internacional con la realización del Primer Congreso del Hombre Andino (1973) (Troncoso et al. 2008).
Tras el Golpe de Estado, las universidades fueron intervenidas y sus redes desarticuladas, con particular énfasis en las ciencias sociales y humanidades; las escuelas de antropología de las Universidades de Concepción y Antofagasta cerraron, y muchos investigadores, fueron encarcelados, perseguidos o exiliados. Julio Montané y Luis Felipe Bate representan casos paradigmáticos de este proceso (Bate 1974, 1977, 1982, 2006; Montané 1980). Por otro lado, existe consenso en que la dictadura implicó un serio retroceso y detrimento para el desarrollo de la arqueología en general (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983: 16-88; Orellana 1991, 1996; Troncoso et al. 2006, 2008) y de la arqueología socialmente comprometida en particular.
La dictadura implicó que en los años ‘80 “la disciplina en la universidad desmejorara significativamente, presentándose hoy ciertamente deprimida (…) [y la] relación de la arqueología con la sociedad, se ha restringido a un nivel exclusivamente turístico” (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983: 42). Los museos asumieron parcialmente el rol de las universidades, y se potenciaron los marcos teóricos norteamericanos expresados en las Jornadas de Arqueología y Ciencia (Arqueología y Ciencia: primeras jornadas 1983). Esta ideología tuvo un correlato en la institucionalidad científica, medidos “lineamientos del capitalismo norteamericano” (Troncoso et al. 2008: 130).
La arqueología en la post-dictadura (1990-2011)
El término de la dictadura y la “transición a la democracia” implicó la compleja conjunción de distintas tensiones y tuvo al menos tres características fundamentales: la continuidad del modelo económico hegemónicamente neoliberal; la mantención de una democracia vigilada o “de baja intensidad”; y la emergencia de una política social y cultural orientada esencialmente a evitar la aparición y emergencia de conflictos sociales (Portales 2000).
Bajo este marco, la academia quedó despojada de cualquier posible sentido social. El carácter de la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICYT), estructurado como un referente de producción científica despolitizada durante la dictadura, se mantuvo con modificaciones puntuales. La arqueología encontró allí, con el programa FONDECYT, un buen nicho de financiamiento para desarrollar investigaciones con un marcado carácter positivista (Troncoso et al. 2008). Si bien el retorno de la democracia implicó mayor libertad en la docencia e investigación, primaron marcos teóricos fortalecidos en dictadura como la Nueva Arqueología, con una incipiente importación de otras perspectivas norteamericanas o europeas (Orellana 1996; Troncoso et al. 2008).
Por otra parte, durante los gobiernos de la Concertación se tuvo que conformar una institucionalidad estatal que se hiciese cargo de aquellas necesidades culturales propias de la herencia de la dictadura, como la verdad histórica, y de las nuevas problemáticas del contexto mundial post Guerra Fría, como la multiculturalidad y el patrimonio. Si bien se trató de casos excepcionales, la arqueología tuvo que jugar un papel en instituciones como la Comisión de Verdad y Reconciliación (1990) y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (2003).Junto con el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), organismo encargado del resguardo de la legalidad patrimonial, la institucionalidad del Estado ha mantenido el rol tradicional de los museos como entes de comunicación con la sociedad, papel que se ha visto suplementado también por un creciente papel de fondos concursables orientados a la puesta en valor de los bienes arqueológicos. No bien la existencia de esta esfera de práctica arqueológica, la situación de estas instituciones se habría visto crecientemente afectada; la consolidación del neoliberalismo y del Estado subsidiario, redundaría en un progresivo detrimento y precarización de las instituciones vinculadas a educación y patrimonio, como la DIBAM, el CMN y la U. de Chile (Troncoso et al. 2008).
Paralelamente, en 1994 fue promulgada la Ley General de Bases del Medioambiente, que establece la necesidad de someter las intervenciones de infraestructura a la evaluación de su impacto ambiental. La entrada en vigencia de esta normativa y del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), ha implicado grandes cambios en el desarrollo de la práctica de la arqueología en el país, destacando la apertura de un mercado laboral relevante y mayoritario para los arqueólogos, como el potenciamiento del estudio de nuevas áreas (Cáceres 1999, Cáceres y Westfall 2004). Sin embargo, aunque la institucionalidad establece marcos de regulación para diversos proyectos, se manifiesta ineficacia práctica y desfase entre la dinámica del sistema y la realidad en que se desenvuelve la praxis arqueológica. Junto a esto, en la arqueología de contrato, el proceso de transferencia de conocimiento no resulta relevante, y las labores de conservación, almacenaje, y difusión, entre otras, se constituyen más en un lastre que un beneficio (Uribe y Adán, 2003). En consecuencia, los resultados de esta arqueología no han sido retornados a la sociedad en la construcción de historias y/o prehistorias nacionales, ni tampoco se ha desarrollado experiencias de gestión comunitaria que impliquen otorgarle valor cultural a los sitios o materiales arqueológicos.
Sumado a lo anterior, la patrimonialización de los materiales y sitios arqueológicos constituye una atmósfera creciente (Alegría 2013), donde frecuentemente se la utiliza como estrategia de acción política tanto del empresariado como de ciertas colectividades. En la sociedad se va popularizando un concepto de patrimonio arqueológico que descentra la atención y potestad del Estado, así como la legitimidad del discurso académico y con ello de la arqueología (Ayala et al. 2003). Una disrupción en este sentido la va a constituir la conformación del Colegio de Arqueólogos (2009) y su rol en las manifestaciones contra la competencia Rally Dakar.
Actualmente, podemos ver que la arqueología del país funciona desde la crisis del modelo de representación estatal, el enfrentamiento con la mercantilización del patrimonio, que cada vez se inserta más en una situación conflictiva dada entre la gestión local y supranacional del patrimonio, los reclamos étnicos y la privatización del manejo de los bienes culturales. Evidentemente, en tal contexto no resulta fácil construir un planteamiento renovado, pensamos entonces que un primer paso es reflexionar sobre el desarrollo disciplinario actual y las formas en que se ha resuelto el vínculo de la arqueología con una praxis “más social”.
El marxismo en la arqueología chilena
Aún con el retorno formal a la democracia y el cese de la persecución política en la academia, el silenciamiento del marxismo que implicó la dictadura en la arqueología sólo ha sido tibiamente roto en los últimos años. Esto podría deberse al exilio de los investigadores que avanzaron en la
construcción de una base materialista histórica y dialéctica para el desarrollo de la arqueología, así como a la desmovilización y despolitización general de la sociedad, considerando que el impulso a este tipo de teorías suele ir de la mano de la agitación sociopolítica y/o solidez orgánica de la izquierda marxista (Tantaleán 2006).
No obstante, se pueden reconocer algunos intentos por generar reflexiones o interpretaciones arqueológicas desde el materialismo histórico (Gallardo 1998, 1999, 2004; Uribe y Adán 2004; Rees y De Souza 2004; Ballester y Sepúlveda 2010; Cornejo 2012; Uribe 2012). Por una parte, existen revisiones asociadas a lecturas neomarxistas que, desmarcándose de las posiciones clásicas, centran su reflexión en torno a la problemática del poder (Uribe y Adán 2004) y de la ideología (Gallardo 2004). Otros han apuntado a interpretar, con mayor o menor grado de coherencia, fenómenos económicos de cambio social en torno a los conceptos que tradicionalmente ha utilizado el marxismo en su análisis (Rees y De Souza 2004; Cornejo 2012). Por último, ejercicios teóricos han buscado aportar en la discusión de temáticas específicas, ya desde la revisión bibliográfica de propuestas de arqueología marxista (Ballester y Sepúlveda 2010), ya desde la aplicación de reflexiones generales del materialismo histórico a temáticas específicas como el arte rupestre (Gallardo 1998, 1999).
Sin embargo, la mayoría del trabajo académico de estos autores no utiliza como cuerpo teórico el marxismo, ni profundiza en aplicaciones prácticas ni desarrollos metodológicos o teóricos posteriores. En este sentido, vemos han adoptado orientaciones más cercanas al historicismo cultural (Uribe et al. 2004), al procesualismo (Cornejo y Sanhueza 2003; De Souza 2004; Adán y Mera 2011; Ballester et al. 2014) o al posmodernismo/posprocesualismo (Gallardo et al. 1999; Gallardo 2001; Uribe 2004; Cornejo y Sanhueza 2011), sentándose solo brevemente en la mesa del materialismo histórico. Estos ensayos tampoco se refieren, en general, a la tradición de arqueología marxista ameroibérica que ha desarrollado el grueso de las discusiones al respecto en las últimas décadas, ni a los pensadores clásicos de otras latitudes. Se producen así trabajos de un marxismo huérfano y sui generis, con menciones entremezcladas a autores tan disímiles teóricamente como Binford, Godelier, Adorno, Bourdieu y Giddens. En términos políticos, no suelen mostrar una intencionalidad evidente, salvo Uribe (2012) y Uribe y Adán (2004) que explicitan la necesidad de desnaturalizar conceptos y modelos propios del evolucionismo norteamericano.
Una excepción puede encontrarse en los trabajos de Núñez (1999, 2000, 2001, 2003, 2004, 2005, 2012), que en forma sistemática se han enmarcado en coordenadas conceptuales que integran referentes clásicos del marxismo con aquellos de la arqueología social amero-ibérica. Sus escritos plantean esfuerzos interpretativos del pasado del Norte Grande, explícitamente desde la arqueología social. Desde allí se abordan temáticas sociales contemporáneas como las identidades históricas, el cambio social o el diálogo intercultural, esbozando incluso la necesidad de una arqueología social que integre el pensamiento feminista y una visión de género.
De cualquier forma, es difícil hablar del desarrollo de una arqueología marxista en la década de 1990 en Chile. Más bien, hasta la fecha el panorama general señala la existencia de declaraciones de voluntad y esporádicos atisbos de praxis interpretativa marxista, que permanecen lejos de la propuesta programática de la ASL, y más lejos aún de la constitución de una línea teórica más sólida o permanente.
Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico y revisión crítica… | 101
Arqueología y difusión patrimonial
La necesidad de la disciplina de abrir espacios de comunicación (Troncoso et al. 2008: 132) con el propósito de aproximarse a la comunidad no especializada mediante la difusión de conocimiento científico, se ha vinculado con la puesta en valor del patrimonio y la traducción de los saberes a un lenguaje común y accesible. Para ello, la difusión patrimonial ha tomado un papel relevante, ya que tiene por objeto transmitir el conocimiento producido desde la disciplina hacia la sociedad, para así, vincular a esta última con el pasado a través de la cultura material e inmaterial, reconociendo su valor e imprimiéndole significación en el presente (Guglielmino 2007). Parte de estos preceptos se asocian con la denominada arqueología pública, la que plantea un acercamiento al público general mediante plataformas interactivas que estimulen la gestión del patrimonio y educación en diversos espacios (Montenegro 2012; Salerno 2013).
En el país se han propuesto instancias de discusión que problematizan la vinculación de la arqueología con la sociedad, ejemplo de ello son los “Talleres de Teoría Arqueológica” (Troncoso et al. 2006), los simposios “Hacia una arqueología pública: nuevas estrategias de difusión del patrimonio arqueológico en Chile”, “Más allá de las comunidades. Perspectivas en la arqueología pública de América del Sur” y “Arqueología y Educación”; el primero, parte del XIX Congreso Nacional de Arqueología Chilena (Arica, 2012) y los dos restantes realizados en el VII TAAS (San Felipe, 2014). Se suman también espacios institucionales como FONDART, plataforma destinada a la difusión cultural y conservación patrimonial; y la incorporación en el último tiempo en FONDECYT de ítems de divulgación y vinculación con el público no especializado en sus formularios de postulación.
En Chile no existe un número significativo de trabajos escritos referidos a la difusión patrimonial, aunque en los últimos años se aprecia un mayor interés y desarrollo. En general, las publicaciones resultan ser trabajos particulares realizados por lo común al alero de museos. Se plantea como objetivo acercar el patrimonio cultural local a la ciudadanía aplicando diversas estrategias didácticas con el fin de generar nuevas experiencias educativas (Córdova-González et al. 2002, 2004; Romero et al. 2004; Aguilera et al. 2006; Aguilera y Prado 2010), mientras que otros trabajos enmarcados en proyectos de investigación, incluyen la difusión del conocimiento a través de canales distintos a los utilizados en el área científico-académica (Carrasco et al. 2003a).
Sin embargo, todas estas propuestas no cuentan con un programa común, respondiendo a la coyuntura relacionada con la demanda internacional de protección patrimonial. Los trabajos no pretenden formar parte de una corriente determinada, aunque existen algunos que se autodefinen como parte de la arqueología pública utilizando definiciones ambiguas (Romero et al. 2004). Tal ambigüedad en el empleo de ciertos conceptos se observa en la mayor parte de los textos en el uso del término “patrimonio”, planteado como un principio incuestionado e impreciso. En otras palabras, no se explicita una definición clara respecto de qué es lo que se está entendiendo como patrimonio, sino más bien se impone como valor intrínseco. Lo anterior da cuenta de la perspectiva acrítica que tiene la mayoría de los trabajos respecto del discurso hegemónico, y en consecuencia, la falta de posicionamiento teórico y político por parte de los autores. Con todo, los trabajos elaborados en torno a la difusión patrimonial crean una idea más bien difusa de la vinculación real que debe tener la comunidad no especializada con la disciplina y del verdadero alcance y valor de la difusión.
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Francisca Moya, Sandra Rebolledo, Simón Sierralta, Jairo Sepúlveda y Cristián González
Arqueología y comunidades Indígenas
Desde la implementación de la Ley Indígena Nº 19.253 (Boccara y Ayala 2011), los pueblos indígenas han cobrado progresivamente relevancia como actores sociales con demandas propias en las luchas de significación y de poder que atañen a sus derechos culturales y a los recursos dentro de sus territorios. Teniendo como precedente lo ocurrido en otras regiones (Endere y Ayala 2012), han surgido una serie de exigencias por parte de los pueblos indígenas que han buscado, por un lado, la devolución y restitución de su patrimonio (custodia y manejo de los sitios arqueológicos), y por otro, poner atajo a distintas prácticas que, realizadas sin previo consentimiento, pudiesen atentar contra su cultura (Ayala 2007, 2008). En este panorama, el actuar de los arqueólogos es cuestionado por las comunidades indígenas, poniendo en duda no sólo la validez de sus prácticas, sino también la legitimidad de sus discursos sobre el pasado (Jackson et al. 2012). La arqueología chilena se ha visto entonces, en la necesidad de reflexionar respecto de su quehacer y reaccionar a las demandas indígenas, cuestionando el rol y la finalidad del conocimiento arqueológico, así como la responsabilidad social del arqueólogo con las comunidades.
A partir de una revisión histórica de los discursos arqueológicos nacionales, se observa que previo a la década de 1990, la disciplina no considera a los pueblos indígenas ni como receptores del conocimiento arqueológico, ni como depositarios de una tradición relevante para el proceso científico (Romero 2003). Quizás la única excepción a esta situación la constituyó el Grupo Toconce (Adán et al. 2001; Ayala et al. 2003). En el ambiente académico formal, las reflexiones se empezaron a manifestar hacia fines de la década de 1990, con la publicación de artículos en el Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología (Ayala 1999; Rivera 1999; Westfall 1998) y del libro “Patrimonio Arqueológico Indígena en Chile: reflexiones y propuestas de gestión” (Navarro 1998). La discusión iniciada en esos años resultó en una serie de instancias de diálogo entre comunidades indígenas, arqueólogos y organismos estatales, entre las que destacan los encuentros de Cupo y Ollagüe, mesas de diálogo llevadas a cabo por el Museo de San Pedro de Atacama, y el programa de educación patrimonial Escuela Andina (Adán et al. 2001; Ayala 2007).
Si bien una parte de la arqueología nacional ha intentado comprometerse con la demanda de los pueblos originarios, esta intención no se manifiesta como una propuesta sistemática, sino como una reacción ante conflictos eventuales, manteniendo una prudente distancia en territorios con población indígena o evadiendo las mismas, como ocurre en la zona sur de Chile (Uribe y Adán 2003). En ese sentido, permanece como una práctica académica influenciada por las directrices gubernamentales (Uribe y Adán 2003) y centros hegemónicos de poder, posicionándose muchas veces como una herramienta de éstos últimos en el sentido de mediatizar discursivamente las relaciones conflictivas. Por otra parte, hay que tomar en cuenta que si bien ciertos proyectos pregonan el desarrollo de arqueologías participativas, éstas continúan reproduciendo antiguas relaciones de poder/saber, en las cuales los indígenas siguen participando como excepcionales informantes, excavadores o ayudantes de terreno y laboratorio, pero no intervienen en los procesos de toma de decisiones sobre su pasado y materialidad (Ayala 2008; Gnecco y Ayala 2010), generando una “participación sin participación” (Ayala 2014).
Evaluación de la Arqueología Social en Chile: desarrollo histórico y revisión crítica… | 103
Arqueología industrial
La arqueología industrial es uno de los temas de trabajo más recientes en la disciplina y se enfoca a la comprensión de los espacios, métodos y maquinarias dentro del proceso de industrialización enmarcado en la revolución industrial y la tecnologización posterior, tratando de comprender las formas de comportamiento social derivadas de dicho proceso (Symonds y Casella 2006).
El concepto fue acuñado a mediados de la década de 1950 por Michael Rix (Symonds y Casella 2006), sin embargo, en nuestro país ha suscitado interés solo recientemente, aunque existen antecedentes en trabajos de Alcaide (1981, 1983) y Bittmann y Alcaide (1984) sobre el ciclo del salitre, y Brown y Craig (1994) durante la década de 1990 en Huantajaya. Esto podría explicarse por la relevancia preponderante que la academia y el financiamiento institucional le dan a la investigación de la prehistoria, y que ha relegado las arqueologías de la modernidad a una posición marginal.
A partir del año 2000, sin embargo, se observa un proceso de transformación que posee tres causas posibles o conjuntas: por una parte, el desarrollo de la Arqueología de Impacto Ambiental que hace necesaria la comprensión e inclusión dentro del registro arqueológico de espacios industriales, por otra, la apertura de los espacios académicos tradicionales a este tipo de temáticas, como los Congresos Nacionales de Arqueología Chilena de 2006 y 2009, y por sobre todo, el interés particular de una serie de investigadores en aumentar la comprensión de un pasado reciente. En este último grupo podemos encontrar, entre otros, trabajos en torno al ciclo salitrero en Antofagasta (Vilches et al. 2008; Rees et al. 2010), a la reconstrucción de la cotidianeidad a partir de las últimas oficinas salitreras en Taltal (San Francisco et al. 2009), a la explotación cuprífera en San Bartolo (Aldunate et al. 2006) y en Capote (García-Albarido et al. 2008; Rivera et al. 2007; Rivera 2008).
Estos dos pulsos diferenciados de investigación mostraron, además, claras diferencias conceptuales. Los trabajos publicados en las décadas de 1980 y 1990 desplegaron esfuerzos orientados más bien a dar cuenta de la existencia y relevancia del patrimonio industrial, sin generar una reflexión ni un discurso importante sobre el contenido del mismo. En el siglo XXI, en cambio, se ha intentado establecer e interpretar la relación entre los restos materiales de la actividad industrial y los procesos sociales del capitalismo inicial, poniendo de manifiesto las contradicciones propias de dicho sistema económico-social.
Los arqueólogos industriales contemporáneos ven en la investigación una vía alternativa para conocer los nexos entre la materialidad y la “vida social” en contextos capitalistas, comprendiendo que este tipo de evidencia ofrece una perspectiva que no es evidente mediante el estudio de fuentes documentales orales o escritas (Fuentes y Rovano 2012), y basando gran parte de su marco teórico en torno a las dinámicas posibles de establecer entre la materialidad industrial, el espacio y la cultura (Vilches et al. 2008; Rivera et al. 2008; García-Albarido et al. 2008).
En último término, la diferencia más importante entre las investigaciones recientes y las de fines del siglo XX, radica en que los nuevos investigadores orientan sus esfuerzos en una dirección políticamente reflexiva, reivindicando la historia de los trabajadores o resaltando el carácter identitario de la industria en el lugar determinado. Esto no implica, en todo caso, la existencia de un sólo eje de trabajo, puesto que mientras algunos se enfocan en la problemática de la patrimonialización (Rivera et al. 2008), otros lo hacen en la reconstrucción de las historias de vida y el día a día de los sujetos (San Francisco et al. 2009), y aún otros en visibilizar prácticas y acontecimientos excluidos de los relatos tradicionales (Cristino y Fuentes 2011).Recientemente también podemos encontrar los trabajos desarrollados por Vilches y coautores (2014) cuya caracterización del periodo de industrialización de San Pedro de Atacama apunta a la visibilización de una época de la historia oscurecida por el pasado prehispánico de la zona de estudio. Y, en ese sentido, el análisis contiene orientaciones políticamente reflexivas desde la perspectiva del discurso nacional y regional.
No obstante todo lo anterior, en términos generales, los trabajos citados no muestran algún tipo de convergencia o eje programático hacia un planteamiento que refiera a la utilidad social de la arqueología en el contexto de los procesos de industrialización.
Arqueología de la represión y la violencia política reciente
Considerando la historia reciente del país, el problema de la violencia política, secuestro, tortura y desaparición forzada de personas, resulta una cuestión fundamental para las ciencias sociales e históricas nacionales. La arqueología ha tenido algunas aproximaciones a esta temática a partir de experiencias puntuales desde la década de 1980. Durante la década señalada, algunos arqueólogos fueron parte de la búsqueda e identificación de detenidos desaparecidos en el marco de procesos judiciales (Jensen y Cáceres 1995; Cáceres 2011: 8).
Tras el final de la dictadura militar, en 1990 se creó la “Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación” a partir de lo cual aumentaron los trabajos y sujetos involucrados en el tema, destacando la labor realizada entre 1989 y 1994 por el Grupo de Antropología Forense (GAF), conformado mayormente por antropólogos sociales. Si bien otros investigadores participaron en paralelo, en muchos casos la colaboración fue puntual, luego de lo cual cada uno de los especialistas retomó sus labores académicas o laborales (Cáceres 2011: 62), sin desarrollarse entonces una reflexión interna de la disciplina respecto al tema (Cáceres 1992; Jensen y Cáceres 1995).
Un proceso de transformación se ha esbozado durante el siglo XXI lo que se refleja en la incorporación del tema en congresos nacionales de Antropología y más recientemente de Arqueología (Cáceres 2004; Carrasco et al. 2003b, 2004; Cáceres y Jensen 2007), así como en la realización de las primeras investigaciones enfocadas en centros de detención y tortura utilizados en la dictadura militar (Fuenzalida 2011; San Francisco et al. 2010; Fuentes et al. 2009). En el último caso, se trata de ejercicios que llaman a pensar cómo herramientas teórico-metodológicas propias de la arqueología pueden aportar a la construcción de un discurso y/o una memoria al respecto. Asimismo, a diferencia de los trabajos enfocados en la identificación de detenidos desaparecidos, estas investigaciones no necesariamente se vinculan al “hacer justicia”, sino más bien a rescatar y ayudar a mantener la memoria histórica en torno al tema, considerando que los recintos de detención y tortura son hitos arquitectónicos particularmente significativos para ello y que, aún en democracia, existe una política de invisibilización de la violencia ejercida por el Estado.
Considerando lo anterior, la reflexión acerca de este tema en la arqueología chilena se refleja en esfuerzos relevantes, pero poco sistemáticos. En Chile a diferencia de otros países como Argentina o Uruguay (Bellelli y Tobin 1985; Funari y Zarankin 2006; López Mass 2006; Zarankin y Salerno 2008; González y Lema 2011), esta tendencia no constituye una propuesta inserta en el ámbito disciplinar y los escasos esfuerzos que desarrollan un trabajo en ésta línea no tienen sustento institucional.Pese a ello y a diferencia de las otras temáticas revisadas en este trabajo, en este campo se observa más claramente la existencia de una voluntad política explícita de vincular la práctica arqueológica con la realidad del presente y el pasado reciente del país, constituyendo un aporte social e histórico concreto. Es que a diferencia de otras tendencias teóricas, en esta arqueología se conjuga la necesidad de construir y aportar en términos de discursos a la memoria reciente vinculada al pasado dictatorial y traumático de nuestro país. La política aparece de forma explícita en los planteamientos, cuando se tiene en consideración que la arqueología puede servir de “evidencia” en casos judiciales abiertos (ver Cáceres 1992; Carrasco et al. 2003b; Cáceres y Jensen 2007) o contribuir a visibilizar memorias no historizadas en los discursos oficiales (Fuenzalida 2011, 2014; San Francisco et al. 2010; Lizardi 2015).

Relevancia, limitaciones y proyecciones del proyecto disciplinar de la ASL en Chile
En este trabajo hemos evaluado diferentes iniciativas enmarcadas en líneas investigativas que se relacionan con la ASL ya sea porque poseen una base teórica crítica y/o asumen una postura política clara y explícita. Consideramos que estos aspectos son fundamentales cuando se entiende a la arqueología como ciencia social, en cuanto a disciplina que forma parte de un sistema ante cuyos debates, necesidades y problemáticas debiera responder.
La Arqueología Social Latinoamericana, como desarrollo teórico, fue una expresión del proceso histórico de lucha que transitó el continente desde comienzos de la segunda mitad del siglo XX. En tanto tal, su entrelazamiento con el proceso revolucionario nacional, y la adopción del materialismo histórico como enfoque predominante de su praxis científica, determinaron que en Chile fuese erradicada de forma eficiente, inmediatamente después de la instalación de los organismos militares en el poder en 1973 (Bate 1984). Resulta complejo, por lo tanto, realizar una evaluación de su desarrollo en las décadas siguientes, entendiendo que, junto con suprimir “el cáncer marxista” y la reflexión y crítica social en general, la dictadura cívico-militar promovió perspectivas teóricas alineadas con los modelos económicos norteamericanos, enraizados en la concepción liberal de independencia política del conocimiento científico.
–Este desarrollo teórico posee una relevancia intrínseca a su definición como proyecto disciplinar, en tanto representa una perspectiva alternativa a los modelos imperantes, donde converge una posición filosófica, ética y política particular. Se trata de un proyecto disciplinario por y para nuestro continente, que responde a la historia y realidad particulares de Latinoamérica.
Como hemos visto, sin embargo, las arqueologías chilenas que se proponen “sociales” carecen de estos elementos. En el caso de los trabajos vinculados a las comunidades indígenas, por ejemplo, a pesar de un reconocimiento del conflicto entre la institucionalidad, los arqueólogos y las propias comunidades, se han adoptado aproximaciones poco reflexivas y unilaterales, que en nombre de idealizaciones de “identidades en pelig“idero” ignoran las problemáticas de fondo, lo que, sumado a una legislación ambigua, difícilmente puede hacer sino legitimar desigualdades y asimilar al sistema nacional diversidades de un modo menos traumático (Díaz-Polanco 1978). Asimismo, podemos encontrar problemas similares cuando se trabaja desde la óptica del patrimonio: perspectivas ingenuas que privilegian la forma por sobre el contenido, por lo general naturalizando el valor de la cultura material sin introducir cuestionamientos a la lógica de consumo en que ésta se desarrolla. En ambos
casos, se busca proteger “lo indígena” o “lo patrimonial” sin siquiera cuestionar los alcances y la dirección de dicha protección.
Esta misma visión poco reflexiva y cortoplacista se observa en los intentos de aplicar el materialismo histórico a la interpretación arqueológica; la ausencia de una praxis sistemática al respecto han dado como fruto, artículos cuya relevancia no trasciende la anécdota. Por su parte, los trabajos vinculados a los asesinatos y desapariciones durante la dictadura, sin desmerecer el enorme valor que poseen en sí mismos, se caracterizan justamente por tratarse de respuestas contingentes a demandas del poder judicial, y sólo el último tiempo aparecen las primeras iniciativas de índole propositiva. La arqueología industrial, por último, se encuentra aún en un estado muy incipiente para emitir juicios al respecto, pero tampoco existen indicadores que muestren necesariamente el comienzo de una tendencia diferente.
Por ello, tal como Gándara y coautores (1985:9) son quienes diagnostican que la arqueología marxista no existe en México, y Tantaleán (2004), para quien la arqueología social peruana se encuentra en un panorama desolador sin mayor producción o coherencia, consideramos que en nuestro país no existen trabajos que hayan desarrollado una perspectiva consistente con la Arqueología Social Latinoamericana. Se hace evidente que se trata de iniciativas que, aunque puedan compartir algunos de los postulados de la ASL, constituyen posiciones teóricas eclécticas que carecen de una reflexión sistemática sobre la problemática social a nivel nacional y continental, y su propia praxis al respecto. Por el contrario, surgen como respuestas contingentes a manifestaciones específicas de los conflictos generales, y son alimentadas desde la necesidad de dar legitimidad social a la propia práctica.
Esto podría ser explicable considerando tres causas principales. La primera -y de la que se desprenden las siguientes- refiere al contexto político que condicionó el abandono de esta perspectiva a nivel institucional a partir de la persecución de la izquierda en general, y el ejercicio sistemático de despolitización de la sociedad civil aplicado durante los últimos cuarenta años. La segunda, apunta a una práctica arqueológica que se caracteriza por tendencias eclécticas, que en la mayoría de los casos carece de explicitación teórica o mayor reflexión. En ésta se observa más bien la adopción oportunista de marcos teóricos -fundamentalmente norteamericanos y europeos- para enfrentarse a situaciones específicas. La tercera, dice relación con la idea, arraigada en la academia, de que la arqueología como ciencia no tiene cabida para las mezclas con la política o la historia, sino que se trata de una esfera autónoma e independiente de la contingencia de la sociedad de la que forma parte. Por último, cabe mencionar que la disciplina arqueológica se caracteriza por una fuerte elitización, pues gran parte de sus miembros forman parte de los grupos más favorecidos del país, situación que se reproduce institucionalmente, por ejemplo, en la Universidad de Chile a partir de los estándares de acceso a la misma.
Luego de esta valoración crítica, el proyecto permanece. Al igual que en el resto del continente, surge la necesidad de realizar reelaboraciones teóricas y prácticas que se hagan cargo de las condiciones políticas actuales, actualizando los postulados previos al apogeo neoliberal, y que, por lo tanto, permitan también discutir los paradigmas dominantes en la arqueología local y mundial. Asimismo, es necesario evaluar las problemáticas que emanan de las contradicciones generales y específicas de esta sociedad capitalista, y que no han sido abordadas en este trabajo, como la predominancia de la praxis mercantilizada de la arqueología de impacto ambiental, frente a las iniciativas de investigación, difusión e intervención.Con esto no proponemos desechar la experiencia acumulada en los últimos treinta años por los trabajos revisados anteriormente, simplemente por carecer de la substancia teórico-política que hemos propuesto. Por el contrario, pese a las críticas planteadas reconocemos –en varios casos- su aporte desde una perspectiva de aprendizaje metodológico y práctico, así como su carácter de puntos de partida que permiten problematizar más incisivamente sus esferas de acción. Lo que pareciera urgente y necesario es, entonces, dinamizar las iniciativas que cada vez emergen con más frecuencia en una propuesta política clara y un sentido de realidad que permitan, nuevamente, plantear la posibilidad de un proyecto disciplinar de escala amplia.
Tampoco es la intención de este artículo plantear una solución programática a la situación expuesta, pues pensamos que ésta deberá surgir de una reflexión que supera la mera evaluación de la historia de la investigación. Sí podemos, en cambio, plantear las direcciones fundamentales por las que creemos que debe conducirse el proceso de construcción de una arqueología social orgánica y políticamente sólida.
En primer lugar, existe la necesidad de desarrollar una producción teórica propia, que se haga cargo de las condiciones específicas de las sociedades del pasado y contemporáneas a nivel local, nacional y continental. Por lo mismo, es fundamental la creación y apropiación de espacios de producción y difusión locales y cotidianos, en el sentido de poseer un grado de inserción comunitaria relevante, así como la utilización y creación de metodologías de difusión e integración que permitan vincularse exitosamente con el resto del campo social. De la mano con lo anterior, se vuelve necesario el involucramiento de la arqueología en el pasado reciente y la historia directa de las comunidades actuales, indígenas o no, una práctica que si bien comienza a desarrollarse sigue siendo muy escasa. Por último, pensamos que todos estos aspectos debiesen articularse en torno a una praxis social que marque una distinción y permita oponerse a la actual condición mercantil de la disciplina, difundida como arqueología de contrato, de la subordinación de la producción académica al sistema internacional de publicaciones científicas, o del manejo del patrimonio como bien de consumo.
Agradecimientos. Agradecemos a Daniel Delfino y Gustavo Pisani por la organización del simposio “Todas las tierras. Crítica y reivindicación de la Arqueología Social Latinoamericana” en el marco del XVIII Congreso Nacional de Arqueología Argentina, donde presentamos una primera versión de este trabajo. Al mismo tiempo agradecemos a los evaluadores de este manuscrito porque con sus pertinentes comentarios aportaron enormemente a la calidad del contenido aquí planteado.
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108 |Hugo Carrión, Cristián Dávila, Ayelén Delgado, Nicole Fuenzalida, Patricia Kelly,
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Instrucciones a los Autores | 115
Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
El Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología es una publicación anual editada por la Sociedad Chilena de Arqueología. Tiene como propósito la difusión de avances, resultados, reflexiones y discusiones relativos a la investigación arqueológica nacional y de zonas aledañas. Presenta así a la comunidad arqueológica contribuciones en la forma de artículos originales, referidos a los diversos campos del quehacer arqueológico.
Instrucciones a los autores
1. Las contribuciones de los autores deben ser originales. Su recepción no garantiza su publicación, ya que luego del proceso de evaluación, el comité editorial podrá solicitar cambios tanto de contenido como formales a sus autores, o bien rechazar la publicación del mismo.
2. Los manuscritos deben dirigirse al Editor del Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología: schaboletin@gmail.com.
3. El texto completo deberá estar escrito en letra Times New Roman tamaño 12, en formato .doc o .docx.
4. La extensión máxima de los textos, en página tamaño carta e incluyendo todas sus secciones, notas, tablas, figuras y referencias citadas será de 25 páginas.
5. El texto completo deberá presentarse con interlineado simple y justificado.
6. Los márgenes izquierdo y derecho serán de 2,5 cm, mientras que los márgenes inferior y superior serán de 3 cm.
7. Los párrafos no deberán tener sangría.
8. El texto deberá contener obligatoriamente las siguientes secciones en el orden mencionado:
a) Título principal.
b) Nombre del o los autores.
c) Resumen en español (5 a 10 líneas)
d) Palabras clave en español (máximo 5).
e) Abstract en inglés (5 a 10 líneas).
f) Keywords en inglés (máximo 5).
g) Texto.
h) Agradecimientos (opcional).
i) Referencias citadas.
j) Listado de Tablas y sus leyendas.
k) Listado de Figuras y sus leyendas.
116 | Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
9. El título principal se presentará centrado, escrito en minúscula y negrita. No podrá contener notas de ningún tipo.
10. El nombre del o los autores irá en minúsculas y centrado. En nota al pie de la primera página, deberá presentarse en el siguiente orden: filiación institucional y dirección electrónica.
11. El Resumen se titulará con minúscula, centrado y en negrita. A continuación se presentarán las Palabras Clave en minúscula y alineadas a la izquierda.
12. El Abstract se titulará con minúscula, centrado y en negrita. A continuación se presentarán las Keywords en minúscula y alineadas a la izquierda.
13. El texto se iniciará sin la palabra Introducción.
14. A lo largo del texto los títulos primarios deberán ser escritos en minúscula, negrita y centrados. Los títulos secundarios deberán ser escritos en minúscula, normal y alineados a la izquierda. Los títulos terciarios deberán ser escritos en minúscula, cursiva y alineados a la izquierda.
15. Los Agradecimientos se presentarán al finalizar el texto y antes de iniciar las Referencias Citadas. Se consignará el término Agradecimientos en minúscula, cursiva y alineado a la izquierda. A continuación y en la misma línea, separados por un punto, se anotarán los reconocimientos que el autor estime. En esta sección corresponde indicar los créditos a las fuentes de financiamiento correspondientes.
16. Se presentará como notas toda aquella información adicional relevante al texto y que no pueda ser incluida en el mismo. Las notas serán todas a pie de página y deberán numerarse correlativamente con números arábicos (1,2,3.). La nota 1 corresponderá a la filiación institucional y dirección electrónica del primer autor.
17. Las citas textuales de más de tres líneas se indicarán entre comillas, separadas del texto y en cursiva.
18. Las tablas y figuras se indicarán en el texto entre paréntesis, con letra minúscula y normal, por ejemplo: (Tabla 1), (Figura 3). Deberán ser numeradas en el orden en que aparecen en el texto. Deberá adjuntarse un listado de Tablas y Figuras en formato .doc o .docx con las respectivas leyendas.
19. Las tablas podrán presentarse como archivos separados del texto en formato .doc, .docx, .xls o xlsx, o presentarse insertas en el texto mismo, en cuyo caso no deberá ser como imagen.
20. Las figuras comprenden fotografías, dibujos y mapas. Estas deberán presentarse en archivos separados del texto, en escala de grises, en formato JPG, TIF, BMP o PNG, con una calidad no inferior a 300 dpi y un tamaño no mayor a 18 x 14 cm.
21. Las citas en el texto se señalarán en paréntesis, minúscula y normal. El autor o autores y el año de publicación no deberán separarse con coma. En una cita que contenga más de una referencia, éstas se ordenarán alfabéticamente y separadas con punto y coma. La expresión et al. (siempre en
Instrucciones a los Autores | 117
cursiva) se utilizará para referencias que tengan más de dos autores. Referencias que tengan el mismo autor o autores en el mismo año se las distinguirá con las letras a, b, c, etc. Los trabajos en prensa o manuscritos se indicaran en el texto sólo refiriendo al año y sin siglas como Ms.
Por ejemplo: (Castro et al. 2001; Hocquenghem y Peña 1994; Llagostera 1979, 1982; Méndez 2012a, 2012b; Suárez 1981).
22. Los números cardinales serán referidos con palabras si el valor es inferior a nueve, por ejemplo: cuatro cuchillos. Si el valor es superior a nueve, se lo referirá con números, por ejemplo: 58 vasijas; excepto al inicio de un enunciado, por ejemplo: “Cincuenta y ocho vasijas …”.
23. Los fechados radiocarbónicos que se publiquen por primera vez siempre se deben señalar en años a.p. sin calibrar, indicando la fecha con un rango de error (sigma), el código de laboratorio y número de muestra, el material fechado y el valor δ13C de estar disponible. Por ejemplo: 1954±56 a.p., UB 24523, semillas de Chenopodium quinoa, δ13C = -27,9 ‰
Para los fechados radiocarbónicos calibrados se debe indicar tal condición, la cantidad de sigmas (1 o 2) empleados y el programa y curva de calibración utilizados; se puede informar también la probabilidad de los rangos de edad entregados. Por ejemplo: 48 cal. a.C-3 cal. d.C (p = 0.105) y 10-222 d.C. (p = 0.895) (calibrado a 2 sigmas con el programa CALIB 7.1 [Stuiver et al. 2005] y la curva SHCal13 [Hogg et al. 2013])
24. Los fechados de termoluminiscencia que se publiquen por primera vez siempre se deben señalar en años calendáricos (a.C., d.C.), indicando la fecha con un rango de error (sigma), el código de laboratorio y número de muestra, el material fechado y el año base utilizado. Por ejemplo: 430±130 d.C., UCTL 1537, cerámica, año base 1990.
25. La sección de bibliografía se titulará Referencias Citadas, en minúscula, negrita y centrado. Las referencias serán ordenadas alfabéticamente por apellido y en forma cronológica ascendente para cada autor. La información de cada referencia será dispuesta en el siguiente orden: autor(es), año, título, imprenta, lugar de publicación. Los autores deberán ir en minúscula. Se deberá consignar solamente las iniciales de los nombres de los autores; cuando haya más de un autor, solamente para el primero deberá aparecer el apellido antes que el nombre. A continuación y en la misma línea, separados por un punto, se indicará el año, título del trabajo y el resto de las referencias. Sólo la primera letra del título deberá ir en mayúscula. El título de la revista, libro o monografía deberá aparecer en cursiva. Todos los artículos de revista o capítulos de libro deben anotar los números de página correspondientes.
Ejemplos:
– Libro:
Binford, L. 1981. Bones: ancient men and modern myths. Academic Press, New York.
-Libro editado, compilado o coordinado:
Se indicará al autor o autores como “(ed.)”, “(comp.)” o “(coord.)”, respectivamente y según corresponda.
Flannery, K. (ed.) 1976. The Early Mesoamerican Village. Academic Press, New York.
– Artículo en revista:
Legoupil, D., C. Lefèvre, M. San Román y J. Torres. 2011. Estrategias de subsistencia de cazadores
118 | Boletin de la Sociedad Chilena de Arqueología
recolectores de Isla Dawson (Estrecho de Magallanes) durante la segunda mitad del Holoceno: primeras aproximaciones. Magallania 39(2):153-164.
– Capítulo en libro:
Schiappacasse, V., V. Castro y H. Niemeyer. 1989. Los Desarrollos Regionales en el Norte Grande de Chile (1000 a 1400 d.C.). Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editado por J. Hidalgo, V. Schiappacasse, H. Niemeyer, C. Aldunate e I. Solimano, pp. 181-220. Editorial Andrés Bello, Santiago.
– Actas de Congreso como volumen propio:
Dillehay, T. y A. Gordon. 1979. El simbolismo en el ornitomorfismo mapuche: La mujer casada y el “ketru metawe”. Actas del VII Congreso Nacional de Arqueología Chilena, Volumen I, pp. 303-316. Editorial Kultrún, Santiago.
– Actas de Congreso como parte de una publicación periódica:
Núñez, P. 2004. Arqueología y cambio social: Una visión de género y materialismo histórico para el Norte de Chile. Actas del XV Congreso Nacional de Arqueología Chilena / Chungara Revista de Antropología Chilena 36 Volumen Especial, Tomo I, pp. 441-451. Universidad de Tarapacá, Arica.
– Memorias, Tesis o Disertaciones de grado o título:
Artigas, D. 2002. El sueño esculpido: arte rupestre y memoria del mito en el valle de Canelillo, Provincia de Choapa. Memoria para optar al Título de Arqueólogo. Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Santiago.
– Manuscritos en prensa:
Se indicará de acuerdo a la categoría correspondiente (libro, artículo en revista, capítulo en libro u otro), para finalizar con el término En prensa.
Sanhueza, J. 2005. Registro de un cementerio del periodo Formativo en el oasis de Pica (Desierto de Tarapacá). Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología. En Prensa.
– Manuscrito inédito:
Se indicará su institución depositaria y su condición de manuscrito.
Gaete, N. 2000. Salvataje Sitio 10 PM 014 “Monumento Nacional Conchal Piedra Azul”. Informe Segunda Etapa. Volumen 3. Archivo Consejo de Monumentos Nacionales, Santiago. Manuscrito.
– Sitios o Documentos WEB:
Se indicará de acuerdo a la categoría correspondiente (libro, artículo en revista, capítulo en libro u otro), señalando la fecha de consulta más reciente.
Stuiver, M., P. Reimer y R. Reimer. 2005. CALIB 5.0. [WWW program and documentation]. http://intcal.qub.ac.uk/calib/manual/index (1 agosto 2015).
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Una historia de sesenta años. La Antropología en Chile

A SESENTA AÑOS DE LA ANTROPOLOGÍA EN CHILE Sixty years of Anthropology in Chile MILKA CASTRO LUCIC * Antropóloga, Doctora en Antropología, Directora del Programa Antropología Jurídica e Interculturalidad, Facultad de Derecho, Universidad de Chile. Correo electrónico: mcastro@uchile.cl. Revista Antropologías del Sur N°1 ∙ 2014 Págs. 43-64
| 44 Introducción1 La antropología en Chile cumple sesenta años de vida. He pensado en este escrito como una modesta contribución sobre el desarrollo de la disciplina, sus raíces y su historia. Una antropología que nace comprometida con la consolidación del Estado-nación chileno en el siglo XIX, y que se desarrolla bajo la influencia del pensamiento teórico europeo. El año 1973 este desarrollo es truncado por el golpe de Estado, imponiendo el curso que tendría los años siguientes. La antropología en Chile venía consolidando su desarrollo con el aporte de insignes antropólogos que llegaron al país con la intención de establecer su residencia y otros, solo para realizar sus investigaciones. Aún a riesgo de no nombrar a todos aquellos que contribuyeron en la institucionalización de la antropología en Chile, haré referencia, al menos, a quienes han sido reconocidos por la comunidad científica. También me ha parecido importante referirme brevemente al contexto general en el que se ha venido desarrollando la disciplina: el marco político y económico, las posibilidades de organización académica y gremial, el campo del ejercicio laboral en Chile, las condicionantes de la producción bibliográfica, y el estado de la enseñanza de pre y posgrado en las universidades. En este artículo destacaré cuatro etapas de su desarrollo: el inicio, destacando los aportes de los precursores, la institucionalización como una disciplina de formación académica universitaria, la intervención militar en las universidades y sus efectos en la consolidación académica, orientaciones teóricas y, el campo profesional. Las fuentes de este escrito provienen de revisión bibliográfica sobre la historia de la antropología y entrevistas a colegas de diferentes universidades del país 2
. Precursores de la antropología, el contacto con sociedades diferentes. El origen de la antropología en Chile se entrelaza con varios episodios de la historia del país, entre los que destacaré, por una parte, las políticas poscoloniales que se inscribían en una situación de auge económico y propiciaban la implementación de importantes obras públicas, educacionales y legislativas; y por otra, la presencia masiva de expediciones científicas y de viajeros que llegaban atraídos por América Latina. Durante el siglo XIX, las expediciones constituyeron la mejor expresión del vínculo que existía entre la expansión capitalista en un mundo en proceso de industrialización y la ciencia (Valcárcel, 2004). En ese mismo periodo, alrededor de finales del siglo XVIII, había nacido en Inglaterra el romanticismo, movimiento cultural que reaccionaba contra el racionalismo ilustrado y que se extendía a Alemania y Francia, propagándose desde estos centros por Europa. Su elogio de la historia y la tradición, la valoración de lo diferente, de los sentimientos y de la cultura de cada pueblo, ejerció gran influencia en la construcción teórica de los primeros antropólogos que asignaron valor a la alteridad y en la idea de cultura como materialización del espíritu de los pueblos (Castro Lucic, 2014). En los sucesos descritos se inscribe la formación profesional de los precursores europeos que con su llegada a Chile, sentaron las bases de la antropología. En Europa el debate científico tendía a centrarse en los fundamentos naturales de la diversidad humana y el estudio de las razas, campo disciplinario que sería designado como Etnología. Por el interés de la filantropía sobre estos temas, se crea en Londres en el año 1838 la Sociedad Protectora de Aborígenes, con el objeto de conocer el estado de los “pueblos salvajes” y auxiliarles cuando fuera necesario. Posteriormente, en el año 1839, se crea la Sociedad Etnológica de Paris, formada por naturalistas, geógrafos, historiadores, arqueólogos, y exploradores. Los trabajos realizados por esta sociedad estimularon la creación de las Sociedades Etnológicas de Londres y de Nueva York el año 1844. Las ideas humanistas de Francia, con la abolición de la esclavitud, nutren el interés por conocer el lugar de los pueblos salvajes en la escala de civilización, y por cierto, en lo posible asistirlos, en un afán que mezcla ciencia y conmiseración (Vilanova y Piera, 1862). Se multiplican las publicaciones sobre la geografía, etnografía, costumbres y descripciones físicas culminando en 1859, con la iniciativa de Paul Broca (1824-1880), médico y antropólogo positivista francés –acusado de ateo y materialista–, quien con diecinueve naturalistas más funda en París, la primera Sociedad Antropológica. La repercusión de su éxito en otros países, se advierte en la promoción de congresos de antropología en Alemania y en Inglaterra con el nacimiento a la Sociedad de Antropología, el año 1863. La fecundidad de esta sociedad llegó a Viena, Berlín, Madrid, Florencia, Manchester, Moscú y otras ciudades importantes. “Se habían multiplicado los viajes, y con ellos las publicaciones referentes la geografía, la etnografía, las costumbres, y la descripción física del hombre, (…) en Inglaterra, Francia y Norte América se estudiaban con fervor creciente el hombre y las razas (…)” (Ibíd., LXXIV). Imperaba por esos años la controversia del monogenismo o poligenismo, que tuvo su expresión en el seno de estas sociedades y, coinciden con el problema de la clasificación de las razas y los criterios para esta clasificación: los caracteres anatómicos o rasgos lingüísticos (Bonté e Izard, 1996). En estas orientaciones teóricas europeas, donde los estudios sobre las diferencias físicas entre los pueblos de Europa y América fueron concebidas como diferencias de naturaleza, estaba ausente el análisis de la historia del poder (Quijano, 2000). Los pueblos del cono sur de América, mapuche y fueguinos, eran de gran interés en las sociedades científicas, así como para empresas de exhibiciones en parques y ferias, obteniendo importantes dividendos, de los llamados “zoológicos humanos”. De esta atmósfera sucintamente descrita, provenían, como señalé antes, los viajeros que hoy identificamos como los precursores de la antropología en Chile. En el estudio del periodo fundacional de la antropología, la historia destaca preferentemente, los escritos sobre trabajos realizados en la zona centro y sur del país, desde la capital hasta el Cabo de Hornos en el extremo sur; el norte es referencia periférica, posiblemente por el hecho de que se incorpora al territorio chileno solo a fines del siglo XIX, luego de la Guerra del Pacífico (1879). Por ello, antes de entrar en la historia de la antropología del siglo XIX a partir de los clásicos, destacaré un estudio regional del norte del país que constituye una contribución importante al conocimiento de la historia de la antropología en Chile. Me refiero a la publicación Sociedades indígenas y conocimiento antropológico. Aymaras y Atacameños de los siglos XIX y XX, donde los antropólogos Gundermann y González ofrecen, en sus palabras: “(…) una aproximación al desarrollo del conocimiento antropológico sobre aymarás y Atacameños del norte de Chile, desde mediados del S. XIX a la actualidad (…) [y] los tipos de conocimientos generados sobre estos pueblos por distintos investigadores a lo largo de este período, relacionando estos aportes con el contexto histórico y la etapa de evolución de la disciplina correspondiente al momento en que se generan” (2009:113). En su análisis, los autores establecen cuatro períodos: 1. Precursores (1860-1950). En este periodo identifican a Rodolfo Phillipi, médico alemán que cultivó la biología y geología, y efectuó un reconocimiento del despoblado de Atacama por encargo del gobierno de Chile; Mariano Felipe Paz Soldán, historiador y geógrafo peruano; Alejandro Bertrand, geógrafo e ingeniero en minas chileno, quien elabora informes geográficos y exploraciones de Tacna, Arica, Tarapacá y Atacama; Francisco Risopatrón, geógrafo e ingeniero hidráulico chileno, publicó el diccionario geográfico de Tacna y Tarapacá; Francisco San Román, ingeniero en minas y topógrafo chileno, explora el desierto y la cordillera atacameña; Luis Risopatrón, ingeniero chileno, con sus expediciones fronterizas en Tarapacá y Atacama. Entre estos científicos destaca Max Uhle, arqueólogo alemán, filólogo y doctor en filosofía, contratado por el gobierno chileno a principios del siglo XX, quien realiza trabajos de arqueología y reconstrucciones históricas considerando los pueblos del presente, de los que entrega algunos antecedentes; Tomás Guevara, historiador, ex combatiente de la Guerra del Pacífico; y Ricardo Latcham ingeniero inglés, que reúne y presenta información etnográfica y arqueológica. Se pueden asimilar a este grupo los aportes de estudiosos anteriores, como José Toribio Medina con su obra general sobre los pueblos aborígenes chilenos y una específica recopilación bibliográfica sobre las lenguas quechua y aymara. Emilio Vaisse, Félix Hoyos y Aníbal Echeverría, con su recopilación de voces cunza o atacameñas; Carlos Keller, que edita el censo económico de la provincia de Arica de 1942, con abundante información socio-demográfica y económica sobre los poblados interiores de población aymara; Vicente Dagnino, escribe acerca del Corregimiento de Arica y sobre la localidad de Tacna; y los peruanos: Rómulo Cúneo Vidal, quien escribe acerca de las poblaciones indígenas coloniales regionales, y Víctor Barriga con sus colecciones documentales.
2.. En cada uno de los dos períodos siguiente aluden a un importante número de autores nacionales y extranjeros motivados por el interés de estudiar los pueblos del norte del país aymarás, atacameños (o lican antay) y changos.
3. Antropología andina bajo la dictadura (1973- 1990).
4. Democratización del país: reconstitución y apertura de la antropología (1990-2000).
En la zona centro y sur, diversas fuentes destacan a cinco autores europeos que han marcado el inicio de una antropología científica en Chile y han sentado las bases de su posterior institucionalización.
Ignacio Domeyko (1802-1889)3 , ingeniero en minas polaco, llega a Chile contratado en 1838 por Charles Lambert –representante del gobierno chileno–, como profesor de química y mineralogía en Coquimbo (La Serena), realizando importantes exploraciones geológicas y mineralógicas. Cabe señalar que: “[el aporte] al desarrollo de la minería nacional es extraordinario. A partir de la exploración del territorio contribuye significativamente a su conocimiento geológico y mineralógico, propone al gobierno nuevas leyes de fomento y estímulo a la industria minera, y contribuye desde la universidad y por medio de la enseñanza superior de la ingeniería de minas a la renovación de las técnicas de explotación minera” (Casali, 2010:143). Domeyko permaneció cinco décadas en Chile, llegando a ser rector de la Universidad de Chile. Este ingeniero, hijo de la época del romanticismo, quedó impresionado por el mundo indígena y sus continuas luchas por su independencia (Ryn, 2000); aún cuando cuestiona el sentido de la palabra civilización, adhiere a las políticas asmilacionistas y paternalistas del naciente Estado-nación chileno como mecanismo para incorporar los indígenas a la nacionalidad católica y republicana. En un capítulo de su libro propone: “(…) examinar las causas que detienen este país en la marcha progresiva de que participan los demas pueblos de Chile, i cuales pueden ser los medios mas adecuados para la civilización i reduccion de los Indios” (1846:65). Y más adelante señala: “Parece que el día de la emancipación de la América meridional, complacida la Providencia con este tan fausto como glorioso acontecimiento, dejó a cada una de sus repúblicas un hijo de sangre no mezclada, indígena, para que lo criase con el amor de una madre y lo educase en los principios de la única y verdadera moral que es la religión de nuestros padres” (Ibíd.: 104). Realizó valiosos estudios etnográficos en la región mapuche, destacando su obra Araucanía i sus habitantes: recuerdos de un viaje hecho en las provincias meridionales de Chile en los meses de enero i febrero de 1845, en la que combina el estilo narrativo y la observación empírica.
Ricardo E. Latcham (1869-1943)4, nacido en Bristol, Inglaterra, también formado en ingeniería, ejerció como arqueólogo, etnólogo, folclorista y profesor. Fue contactado por Martin Drouilly encargado del Gobierno de Chile, para contratar en el extranjero profesionales que debían preparar el terreno en la provincia de Malleco para los futuros colonos, invitación que acepta sin vacilaciones 5 , y el 22 de agosto de 1888, se encontraba en Chile (Feliú, 1969). Influido por las ideas evolucionistas de la época, inicia su formación como antropólogo en los trabajos en terreno con el pueblo mapuche, mientras trabajaba como ingeniero. Entre sus obras se destacan La agricultura precolombiana en Chile y los países vecinos; Ethnology of the Araucanos; La capacidad guerrera de los araucanos: sus armas y métodos militares; La prehistoria chilena; Los primitivos habitantes de Chile; La organización social y las creencias religiosas de los antiguos araucanos.
Rodolfo Lenz (1863-1938), alemán, filósofo, lingüista, filólogo, lexicógrafo y folclorista, impartió las cátedras araucanista y de lingüística el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. El Dr. Yolando Pino señala que: “(…) dedicó algunos de sus mejores años de trabajo científico al examen y filiación de esta importante rama de la literatura oral araucana… Con el conjunto de cuentos, tradiciones históricas, trozos descriptivos y poesía de la más pura autenticidad construyó su monumental obra: Estudios araucanos, Materiales para el estudio de la lengua, la literatura y las costumbres de los indios mapuches o araucanos”. (1987:13). En este escrito sistematiza los discursos en mapudungun, como fenómeno social para comprender la historia de una nación y su cultura. Lenz, señala el prof. Gilberto Sánchez, se refería con admiración al pueblo mapuche, aunque también abogaba por su asimilación:  “(…) hay muchos entre ellos que pudieran llegar a ser miembros útiles del pueblo chileno, si se les tratara de una manera conveniente, si se supiera asimilarlos (Lenz, 1895-7; Introd.; XIV, en Sánchez, 1992:282). Se interesó también por las manifestaciones culturales asociadas a la lengua mapuche, la religiosidad, el arte, las casas, tejidos, alfarería; lamentó la falta de atención que recibía la cultura, convencido que todo sería barrido “por los progresos que la industria europea hace entre ellos” (Ibíd.:293)
. Martín Gusinde (1886- 1969), sacerdote y profesor de Ciencias Naturales, nació en Breslau, Alemania (hoy Polonia); llegó a Chile el año 1912 donde permaneció hasta 1924. Trabajó en las colecciones del Museo de Etnología y Antropología de Chile, viajando a la región de la Araucanía y a la Tierra del Fuego donde investigó sobre los selknam (conocidos como onas), los kawésqar (conocidos como alacalufes) y yagán (conocidos como yámanas). El Congreso Católico Araucanista le comisionó el año 1916, estudiar la “Etnología de la raza araucana”. Viajó por las zonas más apartadas, Boroa, Puerto Saavedra e Isla Huapi, Toltén y Purulon. También fue a tierras huilliches, a Osorno y San Juan de la Costa; luego se trasladó a la zona de los lagos Panguipulli y Calafquen. A su regreso, el mismo año 1916, escribe el artículo Medicina e Higiene de los antiguos araucanos, y se propone demostrar que poseían cultura propia, específica y relativamente desarrollada, desde tiempos anteriores a la influencia inca (Orellana, 2003). Entre sus obras publicadas se encuentran: Die feuerland indianer; Hombres primitivos de la Tierra del Fuego; Expedición a la Tierra del Fuego; Los indios de Tierra del Fuego.
Entre los precursores chilenos a fines del siglo XVIII e inicios del XIX, destacaremos los aportes de tres autores. Diego Barros Arana (1830– 1907)6, considerado el primer historiador por sus méritos científicos, en el tomo I de su obra Historia General de Chile, dedica cinco capítulos al origen, territorio, organización social y cultura de los indígenas. José Toribio Medina (1852– 1930)7 , titulado en Derecho, publicó más de 300 volúmenes, entre los que destaca Los aborígenes de Chile, considerado uno de los primeros estudios etnohistóricos y de antropología física, resultado de muchas investigaciones y exploraciones (Orellana, 1996). A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se desarrolla vigorosamente la etnografía de los pueblos del sur de Chile por parte de investigadores que tampoco tuvieron formación antropológica universitaria.
Tomás Guevara (1863-1938), profesor de educación básica, nacido en Curicó, ha sido considerado pionero de los estudios etnográficos del pueblo mapuche. Autor de muchas obras como: Historia de la civilización de la Araucanía; Costumbres judiciales i enseñanza de los araucanos; La mentalidad araucana; Psicolojía del pueblo araucano; Folklore araucano: refranes, cuentos, cantos, procedimientos industriales, costumbres prehispanas; La etnolojía araucana en el poema de Ercilla. Las últimas familias i costumbres araucanas.
Una mención especial merece Alejandro Lipschutz (1883-1980), nacido en Riga, Letonia, doctor en medicina, llegó a Chile en 1926 como docente de la Universidad de Concepción. En 1930 se le confiere la nacionalidad chilena, y en 1969 el Primer Premio Nacional de Ciencias, por su labor de investigación en el área de la endocrinología y la medicina experimental. Hacia la década del cuarenta se aleja de los estudios médicos y se introduce en el campo de la antropología. Fue uno de los fundadores del Instituto Indigenista Chileno y de la Sociedad Chilena de Antropología. Realizó investigaciones en antropología física y etnología. Por sus contribuciones a la antropología fue reconocido como miembro honorario del Fellow of the Royal Anthropological Institute, de Londres; del Instituto Internacional de Sociología de Roma; Presidente Honorario de la Sociedad Chilena de Sexología Antropológica; Miembro Honorario del Instituto Indigenista de Chile y del Instituto Arqueológico Nicaragüense, entre otras. Realizó importantes aportes en estudios y publicaciones sobre el tema indígena. Desde 1935 investigó sobre los pueblos originarios y, particularmente, los fueguinos y los mapuche (Chihuailaf, 2012). Entre sus muchas publicaciones destacan: El Problema Racial en la Conquista de América y el Mestizaje. La comunidad indígena en América y en Chile. Su pasado histórico y sus perspectivas. El Indoamericanismo y el Problema Racial en las Américas. La propiedad indígena en la legislación reciente de Chile. La noción o definición del indio en la reciente legislación protectora en las América. El movimiento indigenista latinoamericano en el marco de la “ley de la tribu” y de la “ley de la gran nación”. Otro de los méritos de Lipschutz en su contribución a la antropología es el haber sido pionero en dos conceptos que hoy están en el centro de las demandas de los derechos de los pueblos indígenas, materia que trata la antropología jurídica: autonomía indígena y peritaje antropológico. Respecto del primero: “(…) expuso sus ideas sobre la ‘ley de la tribu’ en un momento en que la autonomía reivindicada por las organizaciones indígenas aún no despuntaba verdaderamente. La demanda de autonomía aparecerá expresamente en los documentos de las organizaciones indígenas de los años 70 y constituye desde entonces una reivindicación central. Esta demanda vino a cuestionar una política integracionista. Integración que apuntaba a una asimilación económica y cultural” (Ibíd.: 108). En cuanto al peritaje antropológico, es un hito en la jurisprudencia de un caso de homicidio perpetrado en una comunidad mapuche, en contra de una abuela; dado que se dicta sentencia que absuelve a la inculpada basándose en las circunstancias socioculturales, expuestas por una comisión en la que participó el antropólogo Alejandro Lipschutz8 .
A mediados del siglo XX, con la venida a Chile de notables antropólogos extranjeros se dio un nuevo impulso al desarrollo de la disciplina.
El año 1940, llega Joseph Emperaire (1910– 1958), antropólogo francés, acompañado de su esposa la doctora en arqueología Annette Laming. Venía en una misión del Museo del Hombre para realizar un sistemático estudio de los kawésqar que habitaban los fiordos y canales del extremo sur de Chile. En su libro Los Nómadas del Mar, expone los resultados de sus dos expediciones.
En la década de los treinta Alfred Métraux (1902- 1963), etnólogo suizo, quien vivía en Argentina, viaja a Chile para realizar investigaciones en la Isla de Pascua entre los años 1934 y 1935. Era miembro de una expedición patrocinada por el Instituto de Etnología de la Universidad de París, el Museo Nacional de Historia Natural en París y el gobierno de Bélgica. Entre sus obras se cuentan La Isla de Pascua; Le chamanisme araucan, dans magies et religions indiennes de l’Amérique du Sud Religión y Magias Indígenas de la América del Sur; Ethnology of Easter Island.
Richard Schaedel, (1920-2005)9 , antropólogo estadounidense, viajó a Chile contratado por Departamento de Estado del gobierno de Estados Unidos. Schaedel, influyó en la orientación que los primeros docentes de   la antropología chilena darían a sus estudios y cátedras de antropología urbana 10, como es el caso del profesor Carlos Munizaga quien fuera director del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile y reconocido formador de antropólogos en la década de los setenta.
Misha Titiev (1901-1978), antropólogo ruso, doctorado en Harvard, realizó estudios del pueblo mapuche. Una de sus obras más reconocida es Araucanian culture in transition, publicada en 1951.
Posteriormente, en 1969 llegó a Chile Milan Stuchlik (1932-1980), acompañado de su esposa Jarka Stuchlíková; este antropólogo checo había estudiado etnografía y arqueología en la Universidad de Carolina de Praga; se instaló en el sur de Chile en el pueblo de Cholchol. Stuchlik viajó a Chile en 1968, en el marco de un programa de intercambio universitario. En 1969 y 1970 enseñó antropología en la Universidad de Concepción. Entre 1971 y 1973 se desarrolla el primer Programa de Especialización en Antropología impulsado por el Centro de Estudios de la Realidad Regional (CERER), bajo su dirección, en Temuco11. Después del golpe militar en Chile, los Stuchlik retornaron a Europa. A partir de septiembre de 1973 el programa modifica su definición transformándose en la carrera de Licenciatura en Antropología con mención en etnolingüística, inicialmente dirigida por el Dr. Adalberto Salas.
El Dr. Milan Stuchlik (a título póstumo), y su esposa Jarka Stuchlíková, fueron galardonados en 2001 por el gobierno de Chile, con la Orden Bernardo O´Higgins, en el grado de Comendador, por su inestimable labor en la investigación y difusión de la cultura mapuche. Entre sus obras se cuentan: “El estado actual de la sociedad mapuche y algunas sugerencias para la solución de los problemas de su desarrollo integral”12; La vida en mediería; Mecanismos de reclutamiento social de los mapuche; Life on a half share. Mechanism of social recruitment among the mapuche of southern Chile.
Jarka Stuchlikova, al retornar a su país en 1998, publicó el libro Indígenas, Políticos, Coroneles.
Por último, mencionaremos a Louis Faron, antropólogo estadounidense quien también realizó sus estudios con el pueblo mapuche. Entre sus obras más reconocidas se considera The Mapuche Indians of Chile, publicada en 1968, y Los mapuche y su estructura social, publicada en 1969. Quisiera concluir este breve relato histórico con una provocativa reflexión de Boaventura de Sousa Santos:
“(…) cada vez resulta más claro que las teorías, los conceptos, las categorías que usamos en las ciencias sociales fueron elaborados y desarrollados entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX en cuatro o cinco países: Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos e Italia. Entonces, las teorías sociales, las categorías y los conceptos que utilizamos fueron hechos sobre la base de las experiencias de esos países. Todos los que estudiamos en esos países nos dimos cuenta, cuando regresamos a los nuestros, que las categorías no se adecuan bien a nuestra realidad”. (Santos, B. S., 2008: 101, citado en Krotz, 2011:11)
La institucionalización de la antropología en las Universidades: 1954 a 1973 En Chile, tres universidades fueron pioneras en el desarrollo de la antropología: la Universidad de Chile, en Santiago; y en el sur la Universidad de Concepción y la Universidad de Temuco, en las ciudades homónimas. El punto de partida para la consolidación de los estudios de antropología se ha establecido el 30 de octubre de 1954, cuando se crea en Santiago, el Centro de Estudios Antropológicos siendo rector de la Universidad de Chile, Juan Gómez Millas 13.
Dieciséis años después, en 1970, se crea la carrera en el Departamento de Antropología y Arqueología en la Universidad de Chile que impartiría la Licenciatura en Antropología con dos especialidades: prehistoria/arqueología y antropología social. El primer curso se impartió el año 1971 y contó con 25 alumnos. La orientación de la malla curricular, propuesta por el profesor Carlos Munizaga Aguirre, comprendía la antropología física, y la antropología sociocultural; ésta última se subdividía en Arqueología, Etnografía, Folklore y Lingüística Antropológica.
En el nuevo Departamento los cursos se impartían en otras unidades como el Centro de estudios Antropológicos, Centro de Estudios Araucanos y el Instituto de Investigaciones Folklóricas (Orellana, op.cit.). La carrera aunque no fue cerrada tras el golpe militar, como ocurriría en las Universidades de Concepción y Temuco, sufrió pérdidas valiosas debido a la expulsión y exilio de profesores y alumnos, chilenos y extranjeros.
El año 1964, bajo el auspicio de la UNESCO y la participación de dos investigadoras americanistas francesas, Simone Gamelon y Anette Emperaire, se creó el Centro de Antropología, en la Universidad de Concepción. Ello ocurre en el contexto de una reforma universitaria, marcando el inicio de la institucionalización de la antropología en Concepción.En 1966 se crea la primera carrera de antropología en Chile en esta universidad, bajo la dirección del Dr. Carlos Encela (Garbulsky, 1998). La primera promoción contaba con 12 alumnos quienes deberían realizar y aprobar su memoria para obtener el título de Licenciado en Antropología. Siete años más tarde, en 1973, el gobierno militar ordenó cerrar el Departamento de Antropología Cultural, y conservar solo el Departamento de Arqueología y Prehistoria.La mayoría de los docentes fueron despedidos, expulsados del país o llevados como prisioneros al Estadio Regional o a la isla Quiriquina. Todo ello ocurrió en un clima de intimidaciones que llevó a la cesantía a muchos docentes. Dos años más tarde, en 1975, se ordena cerrar el Departamento de Arqueología y Prehistoria y fundirlo en un nuevo Departamento de Antropología. Nuevamente son despedidos los últimos docentes e investigadores que habían sido contratados con anterioridad al golpe militar. El año 1976 se ordena cerrar el ingreso de alumnos de primer año, y el Departamento de Antropología pasa a integrar un Instituto de Antropología, Historia y Geografía. Luego, en 1981, la carrera de antropología se transfiere a la Facultad de Educación, Humanidades y Arte,
El año 1970, como anticipara más arriba se crea, en la Región de la Araucanía, el Centro de Estudios de la Realidad Regional (CERER) en la Universidad Católica de Temuco. Esta unidad académica estuvo destinada a desarrollar investigación en Antropología Social y Etnolingüística acerca de la realidad de la región, caracterizada como multicultural por la alta población mapuche .  A fines del primer semestre 1978, se hace efectivo el cierre previsto de la carrera, egresando como licenciados quienes han cumplido la totalidad del plan de estudios y, en calidad de bachilleres, quienes han cumplido solamente una parte de él. Solo sería reabierta en 1992 14.
Antropología durante la dictadura militar (1973 – 1990)
Las ciencias sociales, en general, habían cultivado e impulsado una importante reflexión teórica sobre los diversos quehaceres disciplinares. Este desarrollo fue interrumpido por acontecimientos sociales, políticos y económicos derivados del golpe de Estado del año 1973. El quiebre generado enlutaría su historia y marcaría sus derroteros. En Chile, como he señalado, se venía desarrollando la disciplina desde la década de los sesenta logrando consolidarse con la creación de las carreras de antropología en tres universidades chilenas: la Universidad de Chile, Universidad de Concepción y Universidad Católica de Temuco. El freno a este proceso impuesto por el golpe militar, se coronaba con una de las medidas que dañaría gravemente la autonomía universitaria: la designación de “rectores delegados” con plenos poderes. Decanos, directores de departamentos y demás autoridades universitarias debían ser nombradas por estos rectores, y permanecían en sus funciones mientras contaran con su confianza, confabulados con políticas represivas de hostigamiento, persecución, encarcelamiento, exoneraciones y exilio para profesores y alumnos. En este escenario, para unos el destino fue la diáspora intelectual, otros permanecimos en el país tomando inevitablemente lugar en bandos de una sociedad fracturada. Mientras las carreras de antropología se cierran en las universidades del sur del país -Concepción y Católica de Temuco-, la Universidad de Chile si bien no sufre esta arbitrariedad, debió soportar la supresión de libertad de pensamiento bajo el lema de la “despolitización” de las ciencias sociales. Así, la autonomía institucional, la libertad de expresión y de cátedra, y el pluralismo, desaparecieron.
Una alumna de Antropología de la Universidad de Chile, de la generación que ingresó al inicio de la carrera el año 1971, relata esos tiempos: “(…) se había llegado en los primeros años de la década de los 70 a una universidad extremadamente polarizada. Pero en las aulas éramos libres, cátedras paralelas con profesores de excelente nivel, podíamos tomar cursos y seminarios en el Instituto Pedagógico o en otras carreras. El desafío era lograr un contundente conocimiento teórico y metodológico para participar en las discusiones de las aulas, como era el caso de las exigentes clases del profesor Patricio León. Era impensable lo que llegó a ocurrir a partir del 11 de septiembre de 1973… cuando pudimos regresar a clases ya no éramos los mismos, la Universidad no era la misma, todo había cambiado, observábamos silenciosamente la ausencia de muchos compañeros y compañeras, pero nadie hablaba, se instaló la desconfianza frente a los otros, se instaló un temor ancestral que duraría muchos años. Todos podíamos ser sospechosos de algo… se hablaba de listas de alumnos que serían requeridos, cualquiera de nosotros podría estar en ellas, de personas que eran informantes: auxiliares de aseo, bibliotecarias, profesores, alumnos. Y en las aulas se instala una sombra de lo que había sido el fecundo escenario anterior; solo estaba permitido pensar desde el funcionalismo y teorías de sistemas…y solo sobre esos temas se podía consultar libros en nuestra escuálida biblioteca permitida por el régimen…todo se había reducido, las personas, las ideas, los libros…”
L o s c a m b i o s i m p u e s t o s p r o d u j e r o n no solo un estancamiento, en muchos aspectos fue un retroceso, y por cierto un cambio en la orientación de la disciplina.  Con el golpe de Estado, se inicia la llamada “limpieza ideológica”, anulando todos los cursos que hubiesen sido impartidos por profesores de izquierda15. Luego, se prohíbe o minimiza la lectura y enseñanza de corrientes teóricas y metodológicas afines al marxismo y se fomentan aquellas que aseguraran la reinserción en moldes del pensamiento que el sistema requería, funcionalismo y ecología. Las reformas estructurales y de gobierno de fines de los sesenta fueron abolidas, y la universidad fue puesta bajo vigilancia permanente (Brunner, 1986). La polarización alcanzada por la comunidad de las ciencias sociales hasta el golpe militar de 1973, en general, se transformó en una poderosa alternativa de poder para un sector, con sus particulares ideas sobre la sociedad, cultura y economía. La intervención militar y desmantelamiento del claustro académico, la censura al trabajo científico, el cierre de algunas carreras, las divisiones ideológicas y la obsesión por el crecimiento económico, son factores que marcaron el debilitamiento de las ciencias sociales (Huneeus, 2007). La crisis que vivió la sociedad chilena a consecuencias del golpe de Estado no solo cerró otras carreras de Ciencias Sociales, Sociología, Servicio Social, Ciencias Políticas y Administrativas, etc., sino que de igual forma a que lo que vivimos en antropología, algunas de estas carreras pudieron continuar existiendo, pero en condiciones muy adversas, con mallas curriculares improvisadas; bibliografía restringida; docentes sin trayectoria académica; infraestructura de mala calidad; sistemas de evaluación arbitrarios16. Por varios años después del golpe del año 1973, hubo persecución y encarcelamiento de profesores, aulas intervenidas, labor docente controlada y contenidos teóricos mutilados; estas políticas se fortalecían con la desconfianza que se había instalado en la comunidad universitaria por muchos años, frenando cualquier intento de reorganización (Castro Lucic, 1998).
Durante el largo periodo del gobierno militar la producción y creatividad científica se vio mermada por razones ideológicas claras, dando paso a un trabajo netamente individual o semi individual (Orellana, op.cit.). Este tiempo se caracterizó por la inexistencia de una comunidad antropológica constituida y por el aislamiento profesional. Por ello, algunos veíamos en la conformación de un colegio profesional, un espacio donde romper ese aislamiento. Esperanzas y desafíos: el Colegio de Antropólogos
Como una alternativa de protección y defensa de las arbitrariedades que se estaban cometiendo, el año 1983 un grupo de antropólogos del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile tomó la iniciativa de crear un Colegio de Antropólogos de Chile, aún cuando la dictadura militar había transformado los colegios en meras asociaciones gremiales, sin potestad alguna sobre el ejercicio profesional y cuando se corría el riesgo de la persecución y represión a quienes pretendían organizarse contra la dictadura.
“La creación del Colegio de Antropólogos, es indisoluble del contexto socio-político del momento… Diversos colegios profesionales de larga tradición venían progresivamente teniendo un rol de mayor importancia en la oposición al gobierno militar (médicos, psicólogos, abogados, etc.). Un pequeño grupo de jóvenes titulados y egresados vimos la necesidad de asumir como antropólogos también un papel en esta oposición activa a la dictadura.  Esto tenía un doble sentido: poder pronunciarnos como grupo organizado frente a urgentes temas de atropello a los derechos humanos y civiles y, al mismo tiempo, generar una mayor visibilización pública de un gremio nuevo, los antropólogos licenciados principalmente en la U. de Chile. (Comunicación personal de Mario Muñoz, primer presidente electo en asamblea)”
No fue fácil. Hubo desencuentros e interminables discusiones internas, en la formulación de los estatutos y la imagen pública que se le quería dar al colegio. Las reuniones, realizadas en casas particulares, eran promovidas por un entusiasta grupo de jóvenes egresados que tomó la iniciativa, y luchó incansablemente para consolidar el proyecto, aún cuando otros grupos de antropólogos y arqueólogos se oponían a la iniciativa. Ello era una muestra de las divisiones políticas que existían al interior de las ciencias sociales. Cuando la esperanza de tener un Colegio parecía perdida, los acuerdos se veían lejanos y el quiebre era irremediable, en una de las tantas reuniones, las partes dialogan y nace el Colegio de Antropólogos de Chile el año 1984 (Castro Lucic, 1995). El Colegio definió como principales estrategias a seguir: apoyar en todo lo que fuese necesario al retorno a la democracia y el compromiso gremial y, otros deberían asumir un compromiso en el ámbito de lo académico como asociación científica.
La primera directiva provisoria fue elegida en una Asamblea y estuvo conformada por Mario Muñoz Méndez (presidente) y Milka Castro Lucic (vicepresidenta) y un directorio de seis miembros 1717. El Colegio tenía una función gremial y una académica. Tuvo un rol activo “en la defensa de los derechos humanos y el respeto a las minorías por aquellos años. La participación en el colegio fue relevante y comprometida, habida cuenta de que la tarea fue asumida preferentemente por los jóvenes titulados y egresados (Muñoz, 2014)18.
En la función académica, uno de los objetivos que fortalecería la organización, fue convocar a un Primer Congreso de Antropología, designando para este efecto a Milka Castro Lucic como Secretaria Ejecutiva, para asumir la organización general junto a activos y jóvenes colaboradores: Marcela Benavides, Hernán Salas, Miguel Bahamondes y Leandro Sepúlveda 19.
El Presidente de la Comisión Organizadora, don Carlos Munizaga, comprometido con este objetivo, entregó un emotivo discurso inaugural. Permítaseme, abrir un espacio para recordar al maestro. Junto con señalar que el primer “congreso será un hito en el desarrollo de la antropología chilena y en la vida de los antropólogos”, compartió un doloroso episodio, cuando en un momento de su vida académica se cernía sobre él la amenaza de ser descalificado pública y profesionalmente; lo que le obligaría a tomar una lacerante determinación, en sus palabras: “(…) tendría que abandonar la Universidad y la Antropología Social… ella sería administrada por otros profesionales… Estábamos ante un método, una táctica de instrumentalización de la antropología… no quisiera que ninguno de ustedes viva jamás una jornada tan fría e implacable como ésta. Es decir no quiero que la vivan sin tener conciencia de las fuerzas dentro de las que estarán presos. Porque estoy seguro que muchos de Uds. tendrán que vivirla. Vívanla etnográficamente entonces; como un científico que sabe que no es el ciego destino sino que son bacterias las que atacan y minan su organismo, mientras se defiende de ellas!” El profesor Munizaga cerró su discurso de inauguración dirigiéndose a los alumnos: “¡Cuánto necesitamos nosotros y necesitan los jóvenes estudios etnográficos de la Universidad! con una etnografía que dé cuenta de cómo se manifiesta en ella concretamente, en la historia de vida de sus académicos y alumnos, la influencia, la implacable guadaña exterior que cegará a los que sabe que no transan en materias que amenacen la libertad intelectual, social… etnografía que revele quienes orientan esta ciencia en una unidad académica, quienes mandan, deciden…Considero que estas notas tienen actualidad práctica y que, junto con la de otros antropólogos, debe abrir los ojos a los alumnos. Sin rencor alguno…” Don Carlos, como le llamáramos quienes fuimos sus ayudantes de cátedra, se alejó silenciosamente de la Universidad el año 1992, falleciendo el 2 de septiembre de 1993, sin que nada supiéramos en el Departamento de Antropología de la Universidad de Chile. Hans Niemeyer explicaría en la revista Chungara lo ocurrido: “Dejó expresa decisión que no se le rindiera homenaje a su muerte ni se hiciera ceremonia fúnebre. Debía pasar lo más inadvertido posible; ni siquiera noticias del cementerio, ni de la hora ni día del sepelio. Disposición que refleja su carácter reservado, de excesiva modestia que siempre acompañó sus actuaciones públicas, o bien, ¡… una póstuma protesta! (Niemeyer, 1990:7)”
Este histórico congreso que tuvo lugar en Santiago en el mes de noviembre de 1985 en los altos del Café Torres, establecimiento patrimonial ubicado en el Palacio Íñiguez, contó con 249 personas inscritas. Se presentaron 30 ponencias y 12 comunicaciones sobre Antropología. Al evento concurrieron estudiantes y antropólogos de todo el país -Arica, Iquique, La Serena, Santiago, Concepción, Temuco, Valdivia y Chiloé. Una advertencia telefónica nos comunicó, cuando se había iniciado el congreso, que teníamos una bomba; salir en estampida o quedarnos suponiendo que nada ocurriría, fueron las alternativas. Optamos por la segunda.
El ambiente político que rodeaba este evento lo describe Rony Goldschmied (1985), presidente del Colegio, en su discurso inaugural: “Recuerdo esas clases en que no era necesario cerrar la puerta porque el debate y las diferencias estaban permitidas… no había posiciones ni teorías prohibidas… La diversidad se expresaba en todos los ámbitos en la Universidad. Las carreras de Ciencias Sociales quedaron sometidas a un clima de desconfianza y sospecha… la legitimidad y el prestigio que conllevaba ser un cientista social pasó a ser casi un estigma; han sido conculcados los derechos fundamentales de las personas y grupos sociales que no comparten la ideología imperante. Crisis moral, violencia y pobreza crítica, exilio, detenidos, desaparecidos, torturas y secuestros, son parámetros a los que nos estamos acostumbrando, porque se han convertido en características de nuestra sociedad”.
A partir de 1989, con el retorno a la democracia el Colegio se desarticula hasta caer en la inacción, producto de mejores oportunidades de inserción laboral de sus asociados, dejando como resultado la no realización del segundo congreso que debía ser el año 1989 en el sur del país. Transcurrieron diez años hasta que un grupo de antropólogos nos organizamos para rehacer la organización. Nos movía el convencimiento que los congresos debían ser espacios de encuentro, reflexión y discusión sobre el estado del conocimiento generado durante los años precedentes, y también para contribuir al fortalecimiento de la identidad del antropólogo.
Era recurrente la pregunta entre quienes egresaban después de cinco años de formación:  ¿para qué sirve la antropología? La incertidumbre del campo profesional que poseía la disciplina llevó a muchos a continuar estudiando en otras carreras y hubo quienes no ejercieron. El directorio que asumió la organización del segundo congreso, otorgó prioridad a la reactivación de los congresos y a la práctica de continuar con la edición de sus actas. La edición ininterrumpida de éstas, constituye un legado y un valioso documento histórico, testigo del devenir de la disciplina. Se otorgó una alta valoración a cada uno de los trabajos que se presentaron, conscientes de que eran fruto de esfuerzos individuales tras la búsqueda de opciones para concretar el ejercicio profesional, en una amplia gama de posibilidades laborales en organismos públicos y privados (Castro Lucic, 1992). El segundo congreso tuvo lugar el año 1995 en la Universidad Austral, ciudad de Valdivia, donde el año 1985 se había creado la carrera de antropología 20.
A partir de esta fecha los congresos se han realizado rigurosamente cada tres años y todos han concluido con la publicación de los trabajos presentados en las Actas del Congreso. El tercero tuvo como sede la Universidad Católica de Temuco (1998), donde el año 1991 se había abierto la Licenciatura en Antropología. El cuarto congreso “Los desafíos de la Antropología. Globalización, Sociedad Moderna y Diferencia”, se realizó en la Universidad de Chile, el año 2001; el quinto en la Ciudad de San Felipe, el año 2004; el sexto congreso “Antropología aquí. Miradas del Sur”, nuevamente en la Universidad Austral de Valdivia, el año 2007; el séptimo en San Pedro de Atacama, el año 2010, y el último, el año 2013 en la ciudad de Arica. Sus actas están en proceso de edición.
Después de la dictadura: 1990-2014. Con la vuelta a la democracia, en 1990, las universidades inician un lento proceso de democratización, bajo marcos jurídicos heredados de la dictadura. Hasta 1973 se venía desarrollando la concepción de una antropología que sería aplicada a los problemas que requería el país y que los gobiernos deberían resolver. Ser cientista social conllevaba un reconocimiento social y un respeto al saber de los asuntos de la sociedad y de la cultura. En 1975, cuando egresamos los primeros antropólogos de la carrera de antropología en la Universidad de Chile, nos enfrentamos a un panorama laboral e institucional muy diferente, había inestabilidad laboral, desocupación y precariedad de los ingresos. El buscar trabajo se convirtió en una de las principales ocupaciones de las nuevas promociones (Goldschmied, op.cit). Había que enfrentar problemas que marcarían el devenir de las ciencias sociales y dignificar su ejercicio. Romper el círculo vicioso que concentra las posibilidades de obtener fondos de investigación en unos pocos, desalentando y debilitando la participación de la comunidad nacional. Había que luchar contra la obsesión por un estilo de crecimiento que se concibe principalmente a través del fortalecimiento de la empresa y el capital, en la orientación del discurso de la “cultura del emprendimiento”, la cultura de la empresa, pero no de una “cultura del trabajo” (Huneeus, op.cit).
La instalación de una crítica epistemológica a la dominante visión occidental y, una apertura a las nuevas formas sociales y culturales generadas en la actual sociedad chilena en el marco de la globalización, constituyen algunos de los principales desafíos que debe enfrentar la antropología. En el marco de las políticas neoliberales, se ha producido un desplazamiento del eje de coordinación de la educación superior desde el Estado y las corporaciones académicas hacia el mercado. En este nuevo escenario, las universidades deben competir entre sí por alumnos, personal académico y prestigio, buscando financiamiento, fiscal o privado, en un juego competitivo. En Chile, como en todos los gobiernos de los países en vías de desarrollo, se ha optado privatizar la masificación de sus sistemas de educación superior, dejando (por acción u omisión) que nuevos proveedores privados absorban la mayor demanda estudiantil (Brunner, 2006).
Entre los años 1978 y 1985 solo permaneció abierta la carrera de antropología en la Universidad de Chile, luego del cierre en las universidades de las ciudades de Temuco y Concepción. El año 1985 se abre en la Universidad Austral en la ciudad de Valdivia. Con el retorno a la democracia (1990) se produce una sorprendente proliferación de las carreras de antropología: en 1991, en la Universidad Católica de Temuco; en 1992 se abre en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y en la Universidad Bolivariana (pero se cierra el 2010); el año 2005, en la Universidad de Concepción y en la Universidad de Tarapacá; el 2007 en la Universidad de Arte y Ciencias Sociales (ARCIS); el 2011 en la Universidad Alberto Hurtado, y el 2013 en la Universidad Católica.
Sin duda, esta proliferación viene a constituir una respuesta a las demandas de los jóvenes con gran interés por estudiar la carrera 21. De esta manera, nueve son las Universidades que imparten la carrera al año 2014. El escaso tiempo que lleva la consolidación de los pregrados en las universidades, ha representado una limitante para el desarrollo de líneas de formación de posgrados. El año 2000 se crea un magíster bajo el título de Antropología y Desarrollo, en la Universidad de Chile; el 2002, lo hace la Universidad de Tarapacá con el nombre de Magíster en Antropología. Solo esta última, a partir del año 2006, imparte un Doctorado.
Entre las revistas nacionales donde más frecuentemente se publican trabajos de los antropólogos, se encuentra:
Revista Chilena de Antropología Visual, de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano;
Chungará, Universidad de Tarapacá;
Revista Chilena de Antropología, Universidad de Chile;
Revista Austral de Ciencias Sociales, Universidad Austral de Valdivia;
Cuhso Cultura-Hombre-Sociedad, Revista Ciencias Sociales y Humanas, Universidad Católica de Temuco;
Werken, Revista de Ciencias Sociales, Universidad Internacional SEK;
y Austerra, Revista de Antropología Social, Universidad Bolivariana.
Orientaciones temáticas de la antropología en Chile.
Pocos estudios existen sobre las orientaciones de la antropología en Chile. La producción de trabajos de antropología social en tesis de grado y textos provenientes de investigaciones, han sido objeto de análisis y comparación con la finalidad de conocer algo de la orientación de los temas que son de interés de la antropología social. Palestini, Ramos, y Canales (2010), han realizado un sugerente estudio comparativo entre los temas de Tesis de Grado del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile producidos, entre los años 1977-1987 (Arnold, 1990), y un estudio que realizaron sobre la base de investigaciones publicadas entre los años 2000 y 2006, identificando sus marcos paradigmáticos, áreas temáticas, diseños teóricometodológicos y la audiencia a la que se dirigen.
 Concluyen que existe  (Palestini, Ramos & Canales, 2010).
Hubiese querido efectuar un trabajo semejante con las Actas de los Congresos de Antropología de Chile desde 1985 a la fecha, pero es una tarea que amerita mayor tiempo e investigación. No obstante, he efectuado una somera caracterización de las orientaciones a partir de los Simposios y las respectivas ponencias. Al comparar la producción de los estudiantes entre los años 1977 y 1987, la investigaciones entre los años 2000 y 2006, y las presentaciones en Congresos entre los años 1985-2005, se observa aquella tendencia a la dispersión de temas. En el caso de las Tesis de Grado, los estudiantes, eligieron con mayor frecuencia los temas de: antropología y salud, desarrollo local y ecología, estudios urbanos, educación, género y pueblos originarios. Existe cierta coincidencia con los trabajos presentados en el primer Congreso de Antropología del año 1985, donde predominan los temas sobre género, antropología rural, antropología y salud, educación y pueblos indígenas. Respecto a la cuestión étnica, Bengoa en su escrito sobre la trayectoria de la antropología en Chile (1998), concluye que en los primeros trabajos, en los años 60, se observa que lo indígena se desdibuja entre el folclore y lo campesino, y agrega que el tema era preferentemente abordado en tesis de las carreras de derecho, historia y literatura. En el estudio de Palestini et. al. (op.cit) sobresalen los temas sobre pueblos originarios y comunidades, desarrollo local, estudios organizacionales, medicina y salud; al comparar con las ponencias en congresos, se observa una correlación con pueblos originarios, desarrollo local, antropología y salud. En las actas de los seis congresos de antropología, los temas que han mantenido la continuidad con un mayor número de ponencias son: antropología y salud, cultura y medio ambiente, educación e interculturalidad, antropología visual, antropología y derecho (antropología jurídica), estudios de territorialidad, pueblos originarios, antropología rural, identidad, antropología crítica y derechos humanos.
Luego viene una larga lista de diferentes temas relacionados con folclore, literatura, género, etnomusicología, cultura organizacional, metodologías, capital social, violencia, patrimonio, políticas públicas, gerontología entre otros. Con la finalidad de conocer de parte de docentes de diferentes universidades y regiones del país sus opiniones respecto del desarrollo de la disciplina, sostuvimos breves entrevistas con seis antropólogos y antropólogas, tres entrevistas en Santiago, una en la Universidad de Concepción, una en la Universidad Católica de Temuco y una en la Universidad Austral. Consultados sobre los hitos que marcan el desarrollo, solo dos entrevistados aludieron al golpe de Estado, la mayoría se circunscribió al surgimiento y devenir de las carreras universitarias. Respecto de las líneas teóricas que han marcado el desarrollo de la disciplina, las respuestas fueron diferentes. Los antropólogos entrevistados en Santiago, formados en la Universidad de Chile, pero docentes en otras universidades, coinciden en destacar el enfoque funcionalista con referencia a la formación en la Universidad de Chile: “Creo que la Universidad de Chile con antropología social es un caso aparte porque tuvo una línea muy marcada por el funcionalismo, se ha ido diluyendo un poco, me doy cuenta (porque la conozco bien) que no aplican la antropología teórica, pero en trabajo de campo y etnografía han hecho un trabajo importante”. “(…) en Chile, la antropología, no se ha caracterizado por ser demasiado teórica, o sea, no hay gran discusión teórica”. “(…) la formación antropológica en Chile ha sido dominada por corrientes funcionalistas y eso lo atribuyo a la propia historia de la disciplina, que ha estado dominada por teorías funcionalistas idealistas y las corrientes críticas han sido marginales a ese eje”. “(…) hay un funcionalismo muy fuerte, que tiene una vocación por el micro estudio”. “(…) en la actualidad predominan con fuerza las teorías de sistemas y más funcionalismo. La disciplina siempre ha estado dominada por corrientes funcionalistas”.En regiones se hace referencia a varios enfoques: Estructural-funcionalismo o funcionalestructuralismo, culturalismo, materialismo, posmodernismo, interpretativismo geertziano. En respuesta a la pregunta sobre los autores extranjeros más leídos, en Santiago hubo consenso en los siguientes autores: Levi-Strauss, Geertz y Malinowski, aunque cada entrevistado agregó otros como Wolf, Steward y Godelier. En las regiones del sur no hubo consenso y el listado es mayor. No se nombró a Malinowski, los autores más leídos serían: Geertz, Barth, Sahlins, Steward, Wolf, Latcham, Lipschutz, Mostny, Titiev, Faron, Heyerdhal; Stuchlik, Emperaire y Paul Rivet. Respecto de los autores chilenos que han contribuido al desarrollo de la antropología, no hubo consenso, cada entrevistado entrega un listado de nombres diferente a los mencionados en las otras entrevistas. No se reconocería en Chile autores sobresalientes. Tal vez estas respuestas de los antropólogos entrevistados, expliquen la situación: “Ninguno, lo que hay son buenos repetidores de teorías, tipos que manejan teoría, pero que hayan contribuido en esa teoría, profundizado, no hay”. “Estamos muy concentrados en Europa, entonces hay poco énfasis latinoamericano, es una antropología muy alienada, eso se debe superar”. Solo la figura de don Carlos Munizaga, sobresale entre los entrevistados en Santiago, como el padre de la antropología en Chile: “(…) abre la antropología, la hace explotar, permite conectar la antropología con un montón de disciplinas que ya estaban consolidadas: medicina, arquitectura (…) fue capaz de conectar la antropología con todas estas disciplinas”. “Más que un teórico, don Carlos tuvo la siguiente virtud, la de enseñar a los alumnos lo que era la antropología, no tradicional, sino una que estuviera de acuerdo a los tiempos, porque para él la antropología debía desempeñarse en todos los ámbitos, y sus escritos hablaban de la diversidad de temas que podía trabajar la disciplina. Él hablaba de todo, de medicina, de arquitectura, de urbanismo, etc. Don Carlos logró sacar a la antropología hacia otros temas, porque antes hablar de antropología era hablar de pueblos indígenas. El barrió con eso fue capaz de superarlo, en su práctica lo hizo, no es que te hablara de que había que hacerlo, él lo hizo”.
Espacios laborales de los antropólogos en Chile
El Colegio de Antropólogos ha identificado cinco áreas donde los antropólogos desarrollan actividades:
1) Docencia e investigación en universidades que dictan la carrera de antropología en el país;
2) Docencia en universidades e institutos profesionales, en asignaturas electivas y asignatura de antropología como parte de mallas curriculares de otras disciplinas.
3) Reparticiones públicas: Ministerio de Justicia, en sus secciones de Gendarmería: área criminológica, área reinserción social de reclusos, área de clasificación de reclusos; y Servicio Nacional de Menores; Ministerio de Desarrollo y Planificación (actualmente Ministerio de Desarrollo Social), en los departamentos de inversión social y estudios sobre pobreza; Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI); Ministerio de Educación; e) Ministerio de Salud en programas de salud intercultural; f) Ministerio del Interior – Comisión Nacional para el Control de Drogas (CONACE).
4) En investigación con fondos de proyectos del Fondo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (FONDECYT).
5) Antropología aplicada, en organizaciones no gubernamentales y municipios: a) estudios de impacto ambiental exigidos por la Comisión Nacional del Medio Ambiente (CONAMA); b) reinserción social y rehabilitación conductual de jóvenes y adultos en conflicto con la justicia; c) incorporación de prácticas de la herbolaria indígena en contextos de atención de salud pública; d) desarrollo local, en el marco de las políticas públicas de erradicación de la pobreza; e) diseño de programas, y aplicación de fondos de inversión social en los ámbitos productivo y asociativo; f) proyectos y capacitación en etnoturismo; g) protección del patrimonio cultural; h) antropología jurídica y forense (Parry, 2005)22.
Comentarios finales
Pese a que los precursores fueron destacadísimas figuras, a la luz de la historia y después de sesenta años la antropología pareciera que no ha logrado llegar a su madurez como ciencia, construyendo cauces teóricos propios. Gran dispersión de intereses, pequeños grupos trabajando aisladamente, ausencia de reflexión y discusión teórica, son algunas de las demandas que extraemos de los antecedentes expuestos. Las referencias al golpe militar, los diecisiete años de dictadura y un sistema económico de mercado, han impactado las ciencias sociales, empujando a las universidades y profesionales a insertarse al sistema. He señalado que con el retorno a la democracia en 1990, se inició un período de lentísima recuperación de los espacios académicos para las ciencias sociales, pues se debía arrastrar además de los estilos de trabajo, de organización y marcos jurídicos de gobernanza universitaria heredados de la dictadura, políticas privatizadoras y una severa escasez de recursos para desarrollar investigación23.
La antropología en Chile tiene un gran desafío: trabajar en la construcción de un pensamiento científico y crítico propio, en el contexto de las antropologías de Latinoamérica.
Agradecimientos
Con la finalidad de ser fiel a la información sobre el desarrollo de la disciplina, solicité a colegas formados en la Universidad de Chile, Universidad Católica de Temuco, Universidad de Concepción y Universidad Austral, su opinión respecto de los principales hitos, las principales líneas teóricas, y los autores chilenos relevantes en el desarrollo de la antropología en Chile y los autores extranjeros más leídos o citados. Debo advertir que sus respuestas abren una serie de interrogantes y desafíos. No pude incluir todo lo conversado en este texto. Agradezco la colaboración de Andrea Aravena, Marcelo Berho, Miguel Bahamondes, Damián Gálvez, Mario Muñoz, Roberto Morales, Daniel Quiroz y Juan Carlos Skewes. | Milka  Notas
1 Parte de este escrito fue presentado en el Congreso de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) realizado con motivo de la conmemoración de sus 50 años, en la ciudad de Quito, entre los días 29 y 31 de octubre de 2007.
2 Damián Gálvez, antropólogo de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, realizó entrevistas en Santiago a Miguel Bahamondes Parrao (Universidad de Chile), Daniel Quiroz Larrea (Universidad de Chile) y Juan Carlos Skewes Vodanovic (Universidad de Chile). La autora entrevistó vía correo electrónico a: Andrea Aravena Reyes (Universidad Austral), Marcelo Berho Castillo (Universidad Católica de Temuco), Roberto Morales Urra (Universidad Católica de Temuco), y Mario Muñoz (Universidad de Chile). Se revisó la información contenida en las actas publicadas de seis congresos de antropología. Las actas de los congresos de los años 2010 (San Pedro de Atacama) y 2013 (Arica), no han sido publicadas aún.
3 Nació en Niedzwiadka, Polonia. Estudió filosofía, ciencias y mineralogía. En Chile destacó como educador, etnólogo, servidor público, asesor en educación. Fue rector de la Universidad de Chile.
4 Entre 1910 y 1915, publicó estudios bibliográficos en la Revista de Bibliografía Chilena y Extranjera con el título de Bibliografía Chilena de ciencias antropológicas y Bibliografía chilena de antropología y etnología. Para este autor la etnografía correspondía a la descripción detallada de la vida de los pueblos, proporciona los datos a la Etnología, que los estudia en conjunto para sacar las consecuencias, conclusiones y leyes que obran en el desarrollo de la civilización y del progreso (subrayado nuestro). En Conferencias sobre Antropología, Etnología y Arqueología (1925). En Conferencias sobre Antropología, Etnología y Arqueología (1925).
5 Martin Drouilly había sido encargado por el gobierno de Chile, para contratar en el extranjero a quienes debían preparar el terreno en la provincia de Malleco para los futuros colonos; actuaba como agente de Chile de Colonización en la Frontera. Buscaba jóvenes que, por espíritu de aventura y de trabajo, quisieran colaborar en las faenas que preparaba el gobierno para poblar esas regiones (Feliú, 1969).
6 Intelectual liberal, autor de la Historia General de Chile
7 Dedicó su vida a recopilar, transcribir y publicar miles de textos, contribuyendo al conocimiento de la Historia Colonial y la Inquisición Americana.
8 En el documento elaborado por Rodolfo Stavenhagen (1988), se lee: “En Chile, el caso del proceso seguido contra la indígena Juana Catrilaf, del 4 de julio de 1953, ha permitido establecer los criterios imperantes en ese país, situación doctrinaria que se ha mantenido con avances y retrocesos. En efecto, el artículo 10, núm. 9 del Código Penal de Chile establece la causa de exención de responsabilidad penal, en el caso del que obra movido por “miedo insuperable” o impulsado por una “fuerza irresistible”. En el caso en cuestión, se trata del homicidio de la abuela de la inculpada, de profesión machi (bruja), y para determinar la responsabilidad penal se solicitó un informe de tres peritos indigenistas. “El informe de los indigenistas constituye un estudio acabado de las creencias araucanas en materia de brujería y sus principales consideraciones son las siguientes: a) la creencia en el poder mágico y maléfico del curandero, que al mismo tiempo es hechicero y brujo; b) la brujería aparece en el Antiguo Testamento; c) los investigadores especializados han verificado que la creencia en la bruja maléfica existía entre los indígenas araucanos; d) para el indígena que participa de estas creencias, ellas se convierten en realidades poderosas y los determinan, en defensa propia y de su comunidad: La acusada es analfabeta y de nivel cultural muy bajo”.
9 Estudió antropología en la Universidad de Wisconsin, y se doctoró en la Universidad de Yale.
10 Entre las obras de Schaedel en el tema urbano se cuentan: Ensayos histórico-sociales sobre la urbanización en América Latina (Hadoy, J.E., Morse, R., & Schaedel, R. comps.), Las ciudades de América Latina y sus áreas de influencia a través de la historia (Schaedel, R., &. Hardoy, J.E. comps); El proceso de urbanización en las Américas desde sus orígenes hasta nuestros días (Hardoy, J. & Schaedel, R. comps.).
 11 Universidad Católica de Temuco. Historia. Disponible en: http://antropologia.uct.cl/historia.php Fecha de consulta: 27 de marzo de 2014.
12 Informe preparado por el Dr. Milan Stuchlik y por el Dr. Václav Solc. Informe presentado en 1971 al Ministerio de Agricultura del Gobierno de Chile, en: Rasgos de la sociedad mapuche contemporánea (Ruiz, 2005) Disponible en: www.archivochile.com/Pueblos_ originarios/hist_doc_gen/POdocgen0005.pdf 26-11-2001 www.radio.cz/es/articulo/1516 13 El Centro estuvo conformado por Bernardo Berdichewsky, Carlos Munizaga, Alberto Medina, Jorge Kaltwasser, Juan Munizaga y Gonzalo Figueroa. (Orellana, M., 1996: 167).
14 Documento de Trabajo. 1er Encuentro chileno de Antropología Visual. Disponible en http://www.antropologiavisual.cl/documento_encuentro.doc 15 En la Universidad de Chile se redujo el personal por “limpieza” ideológica (1973-74), se eliminó a la gente más estrechamente al gobierno de Salvador Allende. Entre las expulsiones de la Universidad de Chile, 255 eran de la Facultad de Ciencias Sociales, 120 del Departamento de Educación, 160 de la Facultad de Filosofía y 212 del Departamento de Economía Política y fueron cerrados centros como el de Estudios Socioeconómicos, el de Estudios Estadísticos y Matemática, el Departamento de Historia Económica y Social y una parte del Programa de Enfermeras de la Escuela de Medicina” (Garretón, 2005). 16 Ver: http://www.unap.cl/sociales/2001/s_pecont.html
17 La primera directiva fue elegida en una asamblea y estuvo conformada además por los siguientes directores: Marcelo Arnold, Miguel Bahamondes, Victoria Estrada, Sergio Martinic, Juan Carlos Skewes y Mónica Weisner.
18 Mario Muñoz, comunicación personal, abril, 2014.
19 Se invitó a conformar la Comisión Académica a las siguientes personas: Teresa Durán, María Victoria Estrada, Branco Marinov, Hans Niemeyer, Virgilio Schiappacasse, Zulema Seguel, Juan Carlos Skewes. Colaboraron con alguna tarea en la organización: Mónica Weisner, Tibor Gutiérrez, Isabel Toledo, Neva Klivadenko, Jorge Razeto, Kenet Jensen, Katia Quintana, Eduardo Liendro y Elías Padilla.
20 Asumen la organización de este segundo congreso de antropología: Miguel Bahamondes, Coordinador del Comité Ejecutivo, Priscila Délano Presidenta de la Comisión Organizadora y, Milka Castro Lucic, Presidenta del Colegio de Antropólogos.
21 En Chile los estudiantes deben rendir una Prueba de selección universitaria (PSU). El puntaje más bajo matriculado en el año 2006 en la carrera de antropología de la Universidad de Chile, comparte el cuarto lugar con Ingeniería y Ciencias, después de Medicina, Odontología e Ingeniería en Biotecnología molecular. Información disponible en:  El mismo año los mejores puntajes fueron capturados por las universidades tradicionales, las privadas quedaban con el 15,5%. En 2007 hubo cambios: las tradicionales capturaron el 82% y las privadas con el 17,1%
22 Secretario General, Colegio de Antropólogos de Chile A.G. 2004-2007.
23 Para el año 2008 el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (FONDECYT), otorgó financiamiento solo a tres proyectos de investigación en antropología social, lo que permite suponer que se estaría limitando la apertura de nuevos temas de investigación y la consolidación de otros. Ver: http:// http://www.europosgrados.cl/
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Conmemoran 50 años de la apertura del Centro de Antropología UdeC
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Escrito por Alexandra Venegas
20 de mayo de 2014

Con el propósito de  rescatar la memoria y la tradición que nuestra Universidad tiene en el desarrollo de la antropología y la arqueología en Chile, se conmemorarán los 50 años de la apertura del Centro de Antropología de la Universidad de Concepción, fundado el 24 de mayo de 1964.

Con diversas actividades -a realizarse entre el 26 y 29 de mayo- los académicos y estudiantes de Antropología, conmemorarán las cinco décadas de la formación institucional de esta especialidad, así como el aporte significativo que esto ha implicado para el desarrollo de la región y del país,

Para el docente y antropólogo, Dr.  Rodrigo Herrera, esta celebración es un reconocimiento a la trayectoria en la formación, investigación y desarrollo científico de esta carrera en la UdeC y tiene un doble motivo. “Buscamos crear un hito con este discurso de la  continuidad de la carrera y creemos que es el momento oportuno para rendir un homenaje a la primera directora del Centro de Antropología de la UdeC, Zulema Seguel, quien fue artífice  de la apertura y consolidación de  este centro y pionera en su trabajo en esos tiempos”, dijo.

El antropólogo también destacó las instancias de participación que han organizado los estudiantes en el marco de la celebración, declarando que “son instancias de congregación,  que buscan acompañar las actividades formales con instancias más lúdicas donde puedan compartir con los profesores o invitados especiales”.

Como resultado del trabajo que ha liderado el  arqueólogo y especialista en osteoarqueología, Pedro Andrade, sobre la  historia de la carrera  en la UdeC surgió esta celebración con el fin de rescatar su memoria, y es por ello, que el lunes 26 presentará una conferencia, donde realizará una revisión histórica de la antropología, precisando que “vamos a ver los procesos de las distintas etapas de la antropología en Chile, porque si bien celebramos 50 años de una institucionalización formal de esta especialidad, tenemos antecedentes de que la antropología estuvo presente en nuestra Universidad casi desde su fundación, de manera informal, pero con profesores que estuvieron interesados en esto. Incluso tenemos antecedentes de que el primer curso de arqueología en Chile  se hace en la Universidad de Concepción en 1934, entonces toda esa época pre institucionalización también creemos que es importante rescatar”, dijo.

antropologia 2Actividades

El lunes 26 de mayo a las 17 horas en el Auditorio EmpreUdec se desarrolló el acto inaugural de esta conmemoración para luego, a las  18.30 horas, continuar con la conferencia denominada Historia de la Antropología en la Universidad de Concepción, dictada por el profesor  Pedro Andrade.

 

Se realizó el reconocimiento de la carrera de Antropología a Zulema Seguel y Jorge Hidalgo, para continuar con  el conversatorio sobre experiencias de estudiantes y egresados de Antropología de la Universidad de Concepción, donde participarán el profesor de la Universidad Católica de Temuco, Rosamel Millamán; el Director  del Museo de Historia Natural de Concepción, Marcos Sánchez, y la profesora y ex alumna  de la generación del 2005,  Camila Guerra. conferencia  del profesor de la Universidad Católica de Temuco, Héctor Mora, quien expondrá sobre el Desarrollo de la Antropología en Chile.

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