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La narrativa memorialista. Género literario: Testimonio

PRÓLOGO PARA UN LIBRO QUE NO RECUERDO

Por Cristian Cottet

Hablar de la memoria y hacerlo desde una expresión literaria que se corresponda con aquel génesis que evoca el asentamiento perenne de una escritura memorialista de la historia, es un desafío. El libro, como instrumento de comunicación, ha estado determinando este proceso. Hoy incluso hablamos de un “género literario” del cual se ha posesionado la empresa editorial estableciendo concursos y colecciones. Nos referimos a un “género literario” que se le reconoce con el nombre de testimonio, dando por establecido intención y sentido en cada uno de estos textos sin medir que en verdad estamos en medio de un atolladero que se mueve entre lo divino, lo jurídico o lo político y que sufre de un abandono conceptual a la hora de establecer ese corpus que le da forma. También se puede encontrar este género en el uso que ha prestado a las siempre renovadas ciencias sociales, bajo el pomposo rótulo de “historias de vida”, como si se pudiera establecer la historia de una vida. ¿No poseen acaso todas las vidas una historia? ¿En qué momento este “instrumento de trabajo” salta para transformarse en un objetivo independiente y, por qué no decirlo, con vida propia? Las memorias, biografías, autobiografías, etc. son también historias de vida, pero el espacio que en la empresa editorial ha ocupado se les margina de lo estrictamente científico, artístico o político.

De temor en temor, este híbrido impreso como libro (que es el área que hoy nos ocupa) ha cobrado cuerpo y asume la correspondiente distancia con otras expresiones narrativas. Se le compara, se le descubre con asombro en cada obra que le convoca, se le re-inventa cada vez que vuelve a presentarse. La tarea de la distinción semeja más al bullicio que a los aciertos calificatorios, por lo que resulta resbaladizo asirse a un patrón que pueda dar cuenta de ciertos límites sobre aquello que estamos nombrando y entregando un ambiguo “valor de uso”.

Establecidas estas expresiones literarias como un “algo” que genera obras, que se desarrolla desde tantas vertientes, aceptado ya como soporte y agente de la memoria y que ha levantado expectativas y deseos ocultos que no siempre van de la mano de una ortodoxia literaria, se hace necesario, urgente podríamos agregar, establecer límites. A este nivel de las cosas tenemos ya tres desafíos que nos refieren al tema: primero, establecer un sujeto narrativo que podamos distinguir y desplegar (testigo); segundo establecer los límites que pueda cubrir este requerido despliegue del sujeto (corpus); y tercero avanzar en el reconocimiento de este sujeto desplegado en la “literatura testimonial femenina” en chilena (¿testimonio de género?).

Si no existe un eje de desarrollo desde donde se pueda estructurar un género literario, considerando sus variantes, variaciones y desvaríos, difícil resulta encontrar ese “género en si” ya que en torno a ese “eje” tropezaremos con lo que le da forma y contenido. El epicentro de ese género se determina por los límites que posee y desde donde puede o no referenciarse. Mayúscula resulta la dificultad de acercarnos a aquello que no posee límites o que éstos estén en un espacio indeterminado para nuestra percepción. Puede resultar de mayor obviedad, pero si algo ha determinado la instalación de la literatura memorialista en América Latina es la frecuente ausencia de fijación del sujeto en un territorio y que desde allí “sea”, no como una particularidad cartesiana con ínfulas de totalidad, si no más bien una certeza (aunque pequeña) y poder instalarla por doquier. Por lo mismo es que ha costado tanto clasificarlo, cuantificarle, definir su esencia, en fin, hacer de él un universo de trabajo.

La narrativa memorialista, aquella que arranca desde el exclusivo y excluyente sujeto que recuerda (o “hace memoria”), ha estado presente en cada época de la historia de nuestro país, ha saltado desde la carta hasta el tratado genético, desde los recuerdos puros hasta el más insolente y panfletario discurso político, logrando mayor impulso y entusiasmo en determinados periodos políticos determinados por una intencionalidad o esfuerzo social unificador, esto es, cuando el cuerpo social se concentra y convoca en un objetivo cultural que camina por alcanzar el destino histórico inevitable, sea durante o después de una crisis o simplemente en las antesalas de ésta.

Recuerdos, testimonios, impresiones y memorias que se sostienen sobre la crisis que atenta contra cierta continuidad humana. La guerra, como fenómeno de cambio, desarticula e inutiliza la ficción y el especulativo ensayo intelectual para instalar esta mirada tierna, humilde y que apelará a “lo vivido”. Habiendo puesto el acento en el testigo como agente discursivo ese testigo se desliza hacia un discurso individual, un discurso antropológico y asido a la subjetividad de “una mirada”. Un testigo sin caretas que despliega su discurso en exclusivo amparo de su memoria, esto es, desde la capacidad de conservar lo vivido. Se trata entonces de un agente activo hecho discurso y ademas cuerpo de memoria. Un agente que explica el haber vivido, de saber, de ser dinámicamente protagonista y con esto, volver hasta su propio presente este discurso y transformar las posibilidades de futuro.

Reconocemos en éste un agente que ve, escucha, vive a manera de conciencia su devenir, se retrae y habla o escribe. Pero además reúne desde este discurso un conjunto de condiciones que le facilitan expresar una verdad propia a un colectivo de iguales y su historia, como fenómeno totalizador, le sobrevivirá como espacio que le contiene, justifica y proyecta. Asume su realidad como un asunto particular y de profundo sentido colectivo, hace de su experiencia una dialéctica expresión de aquella verdad que le diera contenido a su pasado: desde el “conocimiento para sí” es capaz de llegar íntegro y salvo al “conocimiento para él y para sí”.
Este testigo flanquea las normativas que la sociedad de masas le impone y levanta su voz, su discurso, su particular verdad, su empírica verdad, como una más y a la vez como la voz del colectivo. Supera la soledad ontológica que como individuo le ha hecho vivir, para caminar en el silencioso acuerdo colectivo, en el significante “para sí”. Metamorfosea su existencia desde una voz disonante y anónima a una múltiple y mayor, voz que habla de sí pero que en verdad refiere una y otra vez al colectivo. En el contexto señalado como narrativa memorialista, el testigo es el instrumento que hace del testimonio un asunto político y contingente ya que comparte historia y funcionalidad con el proyecto social que en ese determinado periodo histórico cobra energías y certeza de destino. Se colectiviza sin con esto perder la propia individualidad que es inherente a su condición.

Es el que trae un pretérito, a veces olvidado, y desde este nuevo espacio lo vuelve contra si para cotejar la propia verdad que se expone. Instalado el personal discurso en los infinitos espacios de la conciencia colectiva y hecho como un instrumento por medio de la palabra escrita, se transforma en lo que damos en llamar testimonio, ya que es justamente este testigo dinámico quien hace de lo sólo memorialista un agente transformador y político. Nos parece de básico sentido establecer que el contenido cualitativo, de ser un discurso individual y colectivo a la vez, es el esqueleto que le justifica como testigo, el mismo poseedor del discurso cultural transformador, que hablara Narváez, el mismo que por la omnipresencia de su voz cargada de recuerdos colectivos, es capaz de hacerle desechando con esto el espacio de su privacidad.

Una segunda incursión a este impulso memorialista y el reconocimiento del “sujeto narrativo” lo encontramos en Hernán Vidal, cuando reinstala esa voz que expulsa un conocimiento como parte de la sanación política. La propuesta de Vidal es el de un discurso fundacional en que el testigo que memoriza lo vivido (léase también sufrido) se hace a sí mismo en un proceso donde cada parte se tensa y vuelve a renacer (sanación) en la forma de un múltiple observador activo de lo pretérito, lo memoriado y dicho. Visto así, se es partícipes de un proceso destinado al cambio, sea personal, sea colectivo, que viene a determinar mediante la evacuación el destino de ambos.

Aceptaremos esta expresión del discurso memoralista como una expulsión (evacuación) con destino social imprimiendole también la premura del cambio. Quizás este sea la posibilidad de asentar la diferencia identificadora del testimonio, haciéndole un instrumento que se desplaza desde un testigo-actor. Y si damos riendas sueltas a este testigo, será él quien nos indique los derroteros por donde comienzan a establecerse los límites buscados.

Hemos ubicado al testimonio en un lugar diferenciador dentro de la narrativa memorialista, apelando a su intencionalidad política, cuestión que no le expulsa ni extranjeriza respecto de su entorno literario. Muy por el contrario, sólo le confiere particulares responsabilidades, que serán su destino. Meridianamente acotado el sujeto narrativo que nos convoca, debemos volver al comienzo de este asunto y explorar el territorio que ocupa y de cómo se despliega en él. Recordemos que nuestra primera señal fue la de poder establecer un corpus, esto es un espacio limitado y diferenciado, que de contenido al testimonio en la narrativa memorialista y, por último, en la narrativa en general.

Si aspiramos a establecer ese corpus no podemos dejarlo al arbitrio del crecimiento general de éste, método que ha sido el empleado hasta el momento. Cierto, si bien la narrativa memorialista es de larga e intrincada data, lo que ahora reconocemos como testimonio es más producto de la práctica y la urgencia que de un intelectual sentido de pertenencia narrativo. Se ha hecho testimonio a ciegas, reinventándole en cada texto y experiencia, dando tumbos en medio de requerimientos externos que “obligaban” al producto más que al fenómeno. Se ha hecho literatura memorialista desde la psicología, se ha enfrentado desde la antropología como historia de vida, se ha buscado en el periodismo, etc. pero en definitiva este potente instrumento de sanación y acción política que es el testimonio a debido “hacerse” a si mismo desbordando todo intento de definición. Menester resulta establecer los límites de su crecimiento.

La más estrecha definición de límite habla de término o confín de una zona, el borde donde se puede establecer que se está transitando a otra. Es la amplitud que permite reconocer iguales y “dejar de ser” para transformarse en “ser otra cosa”, una nueva realidad que nos obliga a ubicarnos en un contexto que se presenta de manera disímil. La ambigüedad no puede ser un estilo de límite, dado que comparte la pertenencia a dos o más zonas de una misma referencia, diferenciándose lo buscado en el estricto conocimiento para determinar ese particular devenir que le hace, cuestión que la ambigüedad no posee. Es el corpus que se enfrenta a su señero destino y que le obliga a su particular negación. Es justamente esta negación de un otro lo que depura la cosa, le hace diferente y autorreferente. El límite llevará las cosas hasta “lo que se es” y esto obliga referenciar al miembro de un corpus determinado.

En cuanto narrativa memorialista esta negación de un otro se asienta en pequeños movimientos o giros que le distancian de otras manifestaciones narrativas. El camino no puede ser otro que la reafirmación diferenciadora: se habla desde lo vivido y esa verdad se sustenta sobre la base del “recuerdo”, esto es, el ejercicio de traer a una temporalidad presente un pretérito reconocido socialmente como real y compartido; se manifiesta desde la palabra escrita y publicada, sea con el soporte libro, folleto o revista y se concentra fundamentalmente en el espacio de la narrativa.

Por otro lado, en cuanto testimonio, contenido y asimilado por la narrativa memorialista, debemos acotar este espacio sobre los siguientes instrumentos de exclusión/identidad se habla desde un soporte de dolor que aspira cierta sanación; se habla desde un espacio de soledad que busca romper el límite de su abandono en un colectivo al cual se cree pertenecer; se habla desde un tránsito pascual que va de la indefensión a la fuerza; y finalmente, se colectiviza desde una teatralidad política para, apelando al dolor, la soledad y la indefensión, instalarse como discurso cultural/paradigmático.

Estos cuatro elementos activadores nos llevan irrenunciablemente a enfrentar el testimonio como un ritual político que convoca a una instalación dramática donde se nos interpela e invoca a ser parte de esa verdad expulsada, ritual que se cumple en tres instancias de complicidad. En este momento no hablamos del sólo acto ritual de leer, si no de aquel que invoca fuerzas externas al texto, que son reconocidas por un colectivo, para acumular fuerza política-social y desde allí aspirar al discurso cultural de que nos habla Narváez y para esto se asume el dolor, la soledad y la indefensión como instancias totalizadoras (desde ese colectivo), se reconoce la “vida propia” como parte del relato y se moviliza el cuerpo social a un proyecto de acción y cambio.

 

Bibliografía
Castillo, Carmen (1986). “Un día de octubre en Santiago”. Editorial Sinfronteras. Santiago de Chile.
Callejas, Mariana (1995). “Siembra vientos. Memorias”. Ediciones ChileAmérica Cesoc. Santiago de Chile.
Narváez, Jorge (1983). “El Testimonio: 1972 – 1982. (Transformaciones en el sistema literario)”. Editorial CENECA. Santiago de Chile.

Nota: RELACIONADO. César Díaz-Cid Unitec New Zealand El discurso testimonial y su análisis literario en Chile

 

 

Por Cristian Cottet

En el camino de instalación de las Ciencias Sociales, la Antropología ha debido salvar más de un estorbo y retroceder sobre sus pasos para así entregar respuesta a diversos ámbitos de estas ciencias que aparecen cuando el ser humano se hace grupo, sociedad y cultura. Un ejemplo de esto es la mirada que se ha tenido de las instituciones que regulan la pertenencia a la comunidad, en especial el Estado. A tientas y dando empujones tanto al idealismo como al ultramaterialismo, es recién con la aparición de la recopilación de monografías acerca de las organizaciones políticas en África, el año 1940, cuando los antropólogos se enfrentan a la necesidad de dar una respuesta más contundente que reconocer “sistemas políticos con Estado y sin Estado” y que este sistema político se constituía por motivación territorial o por consanguinidad. El paso siguiente, y que rompería esa tranquila convivencia funcionalista, lo dio el año 1954 R. Leach, con la monografía “Sistemas políticos de la Alta Birmania”, que instala el concepto de competencia y rivalidad en la política, intencionadas éstas por producir cambios que redistribuyan las cuotas de poder en un sistema sociocultural.

El Estado una vez instalado se incorpora en las vidas cotidianas con la forma de la ley, de la palabra hecha determinantemente inviolable, se hace con esto parte constitutiva de los destinos particulares. Ese Estado nace ansioso de no dejar sin atender factor alguno, primero en la relación familiar, luego en la escuela, luego por medio de la policía, luego por amenaza, finalmente simplemente existiendo como “referencia de castigo”. Obedecer, sea la orden, sea la ley, sea la circunstancia que ese Estado impone, es obligación. Dicho así, las palabras van dando forma a un entarimado de limitaciones que conforman la reglamentación, que debe “obedecerse”.

¿Qué ocurre cuando un miembro de la comunidad, grupo o sociedad simplemente des-obedece, decide no ajustarse a lo escrito ni cumplir la voluntad de quién manda? Hecho este primer acercamiento al riesgo de castigo, ¿qué sucede cuando se decide no ser esclavo? Comúnmente las situaciones políticas, ideológicas o culturales que nos corresponde enfrentar, entre ellas la des-obediencia, no son otra cosa que expresiones de iguales fenómenos ocurridos en pretéritas zonas o periodos históricos, “vida cruda” que no termina de hacerse carne en boca de disímiles actores que validan el miedo, el castigo, el recuerdo y el testigo.

El testigo no se justifica si no enfrenta a un colectivo y entrega su discurso ritualizado. Entonces, ¿cual es el momento en que este discurso venido de un testigo que produce cambio se establece frente a un receptor, también activo y le invoca? Cada uno de los cientos de trabajos testimoniales que hemos recogido, vienen a cuantificar el “por qué” dar fe de su recuerdo y memorizar. Es el testigo, preñado sólo de si, quien nos induce a las respuestas globales. En el seno de cada uno de esos discursos (testimoniales) se presenta un intento de respuesta, una justificación que globaliza.

Delimitando aún más nuestro universo de trabajo, expondremos ahora desde un testigo mujer que en su proceso testimoniador aspira a esa teatralidad en la escritura y la lectura, buscando en “esa otra” el resguardo que da la ceremonia de la complicidad.

Carmen Castillo y Mariana Callejas, cada una desde su privado temor, nos invocan a reconocer ese territorio del cual nos desprendimos.

Ambos testimonios (aunque se autocalifiquen como “memorias”) los recogemos también como un intento de instalarles paradigmáticamente en un escenario donde se ha desplazado el arraigo a lo latinoamericano más que a lo nacional. Ambas nos invocan como mujeres, apelando a su carácter de pareja, para intensificar la explicación de ser miembros de un destino común y turbulento, que en ningún caso se desprende del dolor, la soledad y la indefensión. Ambas, victimizadas y desplazadas, se acercan al territorio de la memoria y la ceremonia con estupor y urgencia. Ambas, desde sus personales trincheras, se desnudan para expulsar, sanar y dar contenido femenino a “lo vivido”.

Carmen Castillo no apela a cualquier receptor, va tras “el que conoce”, el iniciado políticamente, para convocarle a esta ceremonia de lectura cómplice, dado que ambos (ella y el/la lector(a)) saben y comparten algo que les une, su historia inmediata. En ella el receptor no es necesariamente una mujer, es más, puede asistirse a este ritual desde la sanación de Carmen Castillo o de Miguel Enríquez (su pareja, dirigente del MIR y muerto en enfrentamiento), por lo que su colectivo trasciende lo genérico.

De otra parte, Mariana Callejas, instala a Michael Townley como un padre ejemplar y como parte de la felicidad que aspira la autora, está también invocándonos a presenciar la sanación de éste tanto como la de la autora. Existe la certeza de que su experiencia, la que narrará a ese cuerpo social reconocido como receptor, no es única, pero sí que es exclusiva. Reconoce también que es su privilegio narrar en la medida que: incluye como actores al receptor y a la vez le excluye de conocedor sistemáticos de esa verdad que ella les transmite.

Las suyas, como la del resto, es una historia que conoce pero que no ha vivido sola, por lo que requiere desnudar su intimidad para “hacerse” parte de ese otro colectivo. Es una historia socialmente construida pero que sospecha “no colectiva” y esto le obliga a invocarnos como parte de lo ritual. La valoración que las autoras hacen de sus historias es exclusivamente una cuestión individual, pero mientras no sea transmitida y presentada en esta ceremonia sanadora es palabra muerta. Salta a la vista que uno de los elementos fundamentales del rito y que valoriza su discurso, es el hecho de existir ese agente que narra, se plantea como testigo y le habla a su propio receptor social, a su semejante. Es en esencia un discurso direccionado y por ende tiende a transformarse en un fenómeno cultural, integrado a otros discursos que van configurando la necesidad de cambio. Este cambio, esta “pascua” que se produce es afectiva respecto al testigo, al receptor y al conjunto del cuerpo social que les contiene (en este caso Chile). Así como ambas autoras se transforman en el proceso de escribir, de testimoniar y asumir como propias estas historias, la o el lector de estos textos se transforma, muta a un estadio donde todas las lecturas convergen. Después de dar fe de lo contado, de lo compartido y hecho colectivo, ya nadie será el mismo.

A pesar de tener su punto de arranque en lo individual, el discurso que la testigo trae a colación es de aspiraciones democráticas, recurre al recuerdo de una experiencia social que puede ser rebatida y enmendada y que no por esto pierde su original fuerza dado que está hablando desde un nosotros que aspira ser parte de un cuerpo (que le lee) y que sospecha también agresivo. Un discurso direccionado a sus iguales, donde el que lo instala debe “hechizarse” de igualdad y abrirse al diálogo para aglutinar en torno a su verdad, que se persigue desde la “vida propia” como parte del relato. El rito de sanación no termina en el proceso de escritura, tampoco en el de lectura. Es necesario el escarnio popular, la sangredad expuesta, para que ambas retornen al territorio simbólico que les contiene.

Importa distinguir el punto de arranque desde donde las autoras aspiran desplegar el rito y así transformar la experiencia individual (“necesitaba relatar algunos instantes”) en una cuestión colectiva e invocadora. La experiencia que se apela amerita, obliga e impone un conocimiento social primario (por ejemplo, cuando apela a la “lucha en Chile”) y, una vez reunido y analizado, ordenarlo de forma nueva para transformarlo en historia de todos (“aquellos que nos ayudan”), que es donde el proceso rituálico se cumple.

Un segmento de la sociedad ha vivido de manera común esta experiencia y carga con ella como conocimiento colectivo, esto es, el reconocimiento como propia pero no por esto una experiencia que le unifique y transforme. Es entonces cuando el conocimiento colectivo convoca, reúne y referencia a los miembros de la comunidad invocada. Así, el receptor de lo contado, de lo testimoniado, es parte de la función transformadora del texto. Por esto, la transformación de lo social a lo colectivo, esta “pascua” que reúne lo socialmente conocido y a veces olvidado, es dado por el receptor, por la dialéctica relación del texto con su referencia. Una pascua, valga redundar en esto, que se conmemora en cada uno de los hechos narrados o memoriados con el último sentido de producir cambio. Recordemos que “se habla desde un tránsito pascual que transita de la indefensión a la fuerza” como articulador de la identidad/exclusión.

Como instancia del rito, se moviliza el cuerpo social a un proyecto de acción y cambio, pero finalmente sospechamos que no es más que una excusa (en ambos casos) para la sanación del otro, quedando ellas arrinconadas en el espacio de la vocería y representación de aquel. Como textos se apela por aquella “vida compartida” que justifica lo escrito y testimoniado, pero a la hora del reconocimiento genérico, esto se desvanece en un atropellado arraigo que no encuentra receptor dada la ambigüedad del discurso. En ambos casos el rito está abierto a la sanación política, pero se diluye en el marco patriarcal de invocar a sus parejas, siendo ellas el vehículo sanador.

La construcción de este “colectivo” apelando a la memoria para construir fuerza, esto que antes denominamos como pascua, es también el más importante efecto de la “lectura memorioso”. Se comienza del supuesto que todos sabemos, somos parte de este hecho vivido, pero se nos convoca a que volvamos a recordar y de esa manera nos reunamos (simbólicamente) en un cuerpo colectivo, que será nuestro refugio particular de reunión.

El destino último del testimonio viene a ser el “sujeto lector” que es invocado a este rito, el testigo, su receptor que está también ampliado a otros nichos sociales que vienen a ser parte de un patrón social mayor y que también le determina. La cuestión de definir el colectivo es extensa y es aquí donde nace lo popular y liberador de este sencillo acto de recuperar lo vivido y volver a instalarlo como “lo que se vive”. El rol del testigo, que limita con cierto autoritarismo, que habla de muchos e increpa a éstos paras ser transformados a su vez en nuevos testigos, es un proceso lento, imperceptible y cautivante. No puede dejar de ser afecto el testigo y el receptor. En definitiva, se trata de creer en que “nada está perdido”, aunque el planeta comience a partirse en dos.

La sanación política y humana finalmente se da no sólo en “ser parte de”, sino en la militancia en este rito donde se asume el dolor, la soledad y la indefensión como instancias totalizadoras, que aspiran sensibilizar, movilizar y finalmente producir el cambio. Esta totalización puede leerse también como el esfuerzo por traducir las particularidades a la instancia paradigmática y mística que permite sobrepasar y sanar del dolor, la soledad y la indefensión. En un medio cultural donde el discurso oficial descansa sobre la verticalidad y el compartimentado desarrollo de éste, lo testimonial apela a la horizontalidad y al permanente debate sobre él, transgrediendo uno de los principales instrumentos de dominación cultural.

A la luz de lo dicho podemos reconocer en Chile una literatura testimonial que se ha desarrollado desde diversos ámbitos políticos. Sorprende descubrir expresiones de esto en textos de mujeres que lucharon políticamente contra los gobiernos de Allende como de Pinochet. Sorprende también la diversidad social desde donde se planta cada una. ¿Qué hace la dificultad de reconocer ese corpus ritual necesario en el testimonio? Un hecho resulta claro a la hora de dar respuesta a esto: se han instalado a un nivel nacional textos que se acercan a la referencia paradigmática que acomoda el universo literario y político transformándose en ese instrumento de cambio que aspira toda lectura memoriosa.

Explicaciones pueden haber, pero eso es razón de otro texto, este sólo aspira iniciar el camino de reconocimiento de sujeto y construcción de corpus del testimonio de mujeres en nuestro territorio.

 

Bibliografía
Castillo, Carmen (1986). “Un día de octubre en Santiago”. Editorial Sinfronteras. Santiago de Chile.
Callejas, Mariana (1995). “Siembra vientos. Memorias”. Ediciones ChileAmérica Cesoc. Santiago de Chile.
Narváez, Jorge (1983). “El Testimonio: 1972 – 1982. (Transformaciones en el sistema literario)”. Editorial CENECA. Santiago de Chile.
Leach, E. R. (1977). “Sistemas políticos de Alta Birmania. Estudio sobre la estructura social kachin”. Editorial Anagrama, Barcelona, España.

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Los últimos negros de Chile

 

Afrochilenos-0001Supuestamente en Chile no hay negros. A lo más, es un pueblo con sangre indígena y europea. Sin embargo, en la frontera norte del país existe un importante número de afrochilenos.

Arica es el último enclave negroide de la nación y su legado lentamente va desapareciendo. En este artículo, los protagonistas reconstruyen el pasado y bosquejan su futuro.

Es cosa de sentarse un rato en algún banco del paseo 21 de Mayo, en el centro de Arica y ver pasar a la gente. Rápidamente comenzamos a distinguir a los afrodescendientes. Los más viejos son negros de piel, nariz achatada, pelo ensortijado, imponente estatura y pausado andar. Los más jóvenes salpican rasgos al azar: altas mujeres de tez blanca y cabellera afro, morenos de nariz protuberante y pelo liso. A simple vista y motivados por nuestros prejuicios sureños, diríamos que esta gente es peruana, brasileña o cubana. Sin embargo, es cosa de entablar una conversación para darnos cuenta de nuestro error.

La gente morena de Arica es descendiente de esclavos y negros libres del Perú y también de gente traída directamente del África. Llevan siglos en la zona y hasta hace poco tiempo eran mayoría absoluta. Las historia nos cuenta que en tiempos de la colonia, Arica tuvo dos alcaldes negros, un barrio llamado Lumbanga (caserío, en idioma congolés) e innumerables tradiciones culturales. ¿Cómo llegaron? ¿Cómo ha sido su vida? ¿Cuál es su futuro? Todas estas preguntas recién comienzan a ser respondidas.

Primer antecedente imborrable: hasta fines del siglo XIX, Arica y la provincia de Tarapacá eran territorios peruanos. Durante años, la esclavitud africana tuvo una gran importancia para la actividad económica de esta nación. Los negros eran un preciado bien, tanto por su trabajo en plantaciones de caña y algodón, como por la jerarquía social que significaba tener servidumbre africana en las haciendas de los terratenientes blancos. Un sistema totalmente despreciable moralmente, pero que fue una realidad no sólo del Perú, sino a lo largo de todo nuestro continente (incluyendo a Chile).

Bajo este contexto, Arica tenía bastantes condiciones para transformarse en un interesante foco esclavista. Primero que nada era el principal puerto por donde zarpaban hacia Europa las mercancías de plata extraídas de Potosí (Bolivia), tenía un valle agrícola (Azapa) ideal para plantaciones de algodón y caña de azúcar, la ciudad estaba aislada en medio del desierto y, por último, la zona sufría de malaria, enfermedad a la cual muchos negros se mostraban inmunes.

Todos estos factores potenciaron la esclavitud africana en la zona. Es más, en el siglo XVIII, don Francisco Yánez, don Luis Carrasco y don Ambrosio Sánchez, distinguidos criollos de Arica, instalaron tres “criaderos de negros” en el valle de Lluta. Estos eran establos donde unos cuantos machos y un montón de mujeres se “reproducían” para luego vender la “mercancía” (niños) al mejor postor.

Sin embargo, no todos los negros de Arica eran esclavos. A fines del siglo XIX, muchos afrodescendientes libres del norte del Perú llegaron hasta esta zona y compraron tierras, principalmente en el valle de Azapa. También se cuenta que en una fecha incierta, un barco esclavista naufragó cerca de Pisagua y muchos africanos escaparon hacia el desierto para después instalarse en Azapa.

 

“A los peruanos, sobre todo si eran negro, los perseguían…”

 

Esclavos o negros libres, lo cierto es que hasta comienzos del siglo XX, Arica era negra en su mayoría. Después, cuando la ciudad pasa definitivamente a formar parte de Chile (1929), la mayoría de ellos tuvieron que escapar a Tacna. Alberto Quintana, afrodescendiente de la ciudad, aún recuerda lo que su padre le contaba al respecto: “A los peruanos, sobre todo si eras negro, los perseguían. Los chilenos te marcaban la puerta de tu casa con una X, te tiraban animales muertos y si te pillaban caminando por la calle simplemente te mataban a sangre fría.”

La llamada “chilenización” de Arica no fue tan pacífica ni inocente como cuentan la mayoría de los libros de historia elaborados en el país. Quintana cuenta que desde Santiago llegaban barcos con cientos de presidiarios de la capital (Santiago), liberados de sus penas a cambio de que se “encargaran” de espantar a los peruanos de Arica: “Fueron años de gran tensión. Los negros que tenían tierra en Azapa se iban al Perú, pero después retornaban de forma ilegal por el altiplano y vivían escondidos en sus casas, casi no salían. Otros se nacionalizaron chilenos y comenzaron a denunciar a sus familiares para congraciarse con las autoridades. Sin embargo, con el tiempo la cosa se fue tranquilizando y negros, blancos, chilenos y peruanos vivieron en perfecta armonía”.

 

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Morenos de Azapa

Conocido por sus famosas aceitunas, el valle de Azapa es un verde y frondoso oasis en medio del desierto ariqueño. Aquí encontramos plantaciones de mangos, plátanos, guayabas y maracuyás, frutas tropicales que nos hablan de las bondades de estas tierras. Además esta zona concentra el mayor número de negros de la provincia de Tarapacá. Incluso en Arica cuando te encuentras con un negro no le preguntas si es brasileño o cubano, sino simplemente ¿eres azapeño? Los Corvacho, los Ríos, los Baluarte y los Cadenas son algunas de las familias de sangre africana que habitan desde hace siglos este hermoso lugar. Gente que ha sabido adaptarse a las costumbres chilenas, pero que no reniegan de su pasado ni del color de su piel.

Francisca Ríos vive cerca del kilómetro 4 del valle. Asegura que la vida era indudablemente mejor y más llevadera en el Azapa de antaño: “Cuando estaban los negros, aquí era todo más hermoso y tranquilo. Había mucha fruta, grandes cantidades de mangos, guayabas, papayas, plátanos y caña de azúcar. La gente era muy sana y respetuosa. No se necesitaba dinero, todo te lo daba el valle. Una vez a la semana bajábamos a Arica en burro para vender fruta, aceitunas y comprar algunas cosas. Ahora, todo es distinto. Si no tienes dinero no haces nada. Ya no hay ni fruta y los pozos de agua se están secando. Los valores han cambiado y cada día se ven menos negros.”

Sobre las tradiciones negroides del valle, Francisca Ríos asegura que se han ido perdiendo con el tiempo: “Lamentablemente no queda nada. Ni las fiestas familiares ni los carnavales. Antes todos éramos mucho más unidos, si había un cumpleaños llegaba toda la familia y celebraban hasta el otro día. Mis tíos tocaban la guitarra, otro golpeaba una mesa o un cajón y bailaban sin parar.”

Sobre qué cosas danzaba los negros en Azapa, doña Francisca recuerda el vals, la cueca y otro baile que no quiere mencionar, pero finalmente termina entregando algunos datos entre risas y ademanes de vergüenza: “Existía el baile de la Lumbanga. Yo nunca lo bailé porque era muy niña, pero me acuerdo que los mayores se ponían en círculo y comenzaban a golpearse cadera con cadera. Era pura percusión. Tocaban sobre una mesa, un barril de aceituna o cualquier cosa.”

 

Los negros ya no son mayoría, el tiempo los ha mezclado y dividido socialmente.

 

Otra de las tradiciones que los negros tenían en el valle eran las “peleas de gallos”. Ángel Báez recuerda que éstas eran verdaderas batallas entre las familias de la zona, donde más allá del dinero estaba el honor por saber quién era el mejor criador. Hasta hace poco tiempo, el propio Ángel tenía sus gallos, pero ya olvidó esta actividad por problemas económicos: “Criar un gallo de pelea cuesta mucho dinero y tiempo. Ahora la vida en el valle está mucho más difícil, por lo tanto, ya casi nadie va a las galleras. Hoy todo se compra, hasta la fruta, y debo procurar más dinero que antes.”

Sin embargo, las tradiciones más recordadas en el valle eran la “Cruz de Mayo” y el Carnaval. En el mes de mayo, cada familia de Azapa subía a un cerro una cruz, en el trayecto se rezaba y entonaban cantos corales. Una vez que la cruz era clavada en la cima, todos retornaban a sus hogares para celebrar una fiesta hasta el otro día.

Los carnavales se celebraban antes de la Cuaresma cristiana y se realizaban tanto en el valle como en Arica. A diferencia de los actuales, los carnavales de esos tiempos no eran celebrados bajo la música andina, sino por comparsas negroides, formadas por cientos de guitarristas, bombos y quijadas de burro.

Todas estas tradiciones se han extinguido con el tiempo. Los pueblos indígenas de la zona -principalmente aymaras- muchos más organizados y homogéneos culturalmente, se han apropiado de los espacios públicos y culturales. Los negros ya no son mayoría, el tiempo los ha mezclado y dividido socialmente.

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Sin embargo, para eso se formó “Oro Negro”, la primera fundación de afrodescendientes chilenos. Liderados por Sonia Salgado, alcaldesa de la comuna de Camarones, esta organización busca recuperar el legado negro de Arica y sus alrededores. Para ello intentan realizar un censo para determinar cuántos afrodescendientes son en la actualidad y hacen talleres para recrear la música y las tradiciones de este pueblo. Según su presidenta, “Oro Negro” busca “poder agrupar estas aceitunas negras, este racimo de uvas que está disperso, discriminado y olvidado en un rincón de la diversidad cultural de este país”.

 

Fuentes: Este artículo fue escrito por Gustavo del Canto para Primera Línea, revista digital chilena (www.primeralinea.cl).
Más información: http://ong-oronegro.blogspot.com.es/

Fotografías:
ONG Oro Negro
Movimiento generación 80 (www.g80.cl)

Marzo 2004
En Fundación Oro Negro

Afrodescendientes se organizan en I región

En Arica se organizó la primera Fundación de Afrodescendientes chilenos y se bautizaron con el nombre Oro Negro. La mayoría de quienes forman parte de esta comunidad son de la zona, especialmente, del valle de Azapa donde se congrega el mayor número de descendientes africanos. Ellos esperan ser reconocidos en cuanto a sus antecedentes étnicos y además buscan que en Chile y en el norte se reconozca la ascendencia negra. Sonia Salgado, presidenta de la Fundación y Alcaldesa de Camarones, habla con voz firme a la vez que invita a conocerlos “en sus penas y alegrías” con una amable y afectuosa sonrisa.

Fuente: http://www.usuarios.lycos.es/oronegro/
Por Virginia Rioseco

Oro Negro es la primera fundación de afrodescendientes de Chile. Creada el 5 de diciembre del año 2000 en el marco de la “Conferencia Regional sobre discriminación y Racismo”, realizada en el edificio Diego Portales de la ciudad de Santiago se constituyó formalmente en abril de 2001. Su centro de operaciones está en Arica ya que en el valle de Azapa se concentra la mayor población de origen africano en el país.

La presidenta de esta Fundación, Sonia Salgado, es además la Alcaldesa de la comuna Camarones de la I región. Entre los objetivos de esta Fundación están el conseguir el reconocimiento político y social de los afrodescendientes de Chile, rescatar y difundir las raíces culturales, capacitar y facilitar la participación de ellos en áreas como salud, educación, participación ciudadana, artes y deportes.

Para llevar a cabo estos objetivos, Oro Negro realizará cursos y talleres culturales (música, danza, artes plásticas, deportes, etcétera) y contará con un equipo de profesionales encargados de resolver los problemas sociales de este grupo.

Para Sonia Salgado, los afrodescendientes enfrentan la discriminación racial con mucha sabiduría. “Nos ponemos de pie para decirle a la comunidad mundial que los descendientes de la negra esclavitud hemos buscado una forma de reencuentro llamada Oro Negro, organización que nos permitirá crecer y vivir con un estilo propio, con nuestra particularidad de hacer de cada letra una canción, de cada pena una alegría, de cada ruido un baile, de cada sonrisa una amistad y de cada mano muchas manos para ayudar”.

Afrochileno

Africanos en Chile
Bandera de Chile
Afrochilenos
Otros nombres africanos subsaharianos en Chile
Descendencia estimada 0.01%
Idiomas español chileno
Religiones cristianismo, religiones africanas, sincretismo religioso
Migraciones relacionadas afroargentinos
Asentamientos y comunidades activas
1.º Región de Arica y Parinacota
2.º Región de Tarapacá
3.º Región Metropolitana
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Afrochileno es el término utilizado para designar a las personas de nacionalidad chilena descendientes de africanos subsaharianos. Estos tienen tres orígenes; primero los descendientes de esclavos traídos durante la colonia al actual territorio chileno, principalmente a la zona norte que pertenecía al Virreinato del Perú. En segundo lugar los descendientes de esclavos africanos llevados a otras zonas de América y que han emigrado a Chile y han generado descendencia. Y en tercer lugar los inmigrantes de paises africanos que han llegado a Chile y han generado descendencia.

El primer grupo apareció luego de la anexión de las regiones de Arica y Parinacota y Tarapacá luego de vencer a Perú en la Guerra del Pacífico en 1884, puesto que durante la Colonización española de Chile la entonces Capitanía General de Chile no se consideraba un destino relevante para el tráfico de esclavos, y la población negra que habitaba el territorio fue muy marginal. Esta población tiene un alto grado de mestizaje y cuenta con una incipiente identidad afrochilena luego de más de un siglo de invisibilización de parte del estado y la población chilena en general. Actualmente se ubica principalmente en los valles de Lluta y Azapa.1

El segundo grupo está compuesto por inmigrantes y descendientes de afroamericanosafroperuanosafrouruguayosafrobrasileñosafrocolombianosafroecuatorianosafrovenezolanosafrocubanosafrohaitianosafroestadounidensesafrodominicanos etc. Este grupo se ha incrementado considerablemente desde el retorno a la democracia, pues la población ha llegado en busca de mejores condiciones sociales y económicas, y es principalmente notable en grandes ciudades como Santiago o Antofagasta. También presentan en algunos casos grandes niveles de mestizaje con población de origen europea (mulatos), indígena (zambos), o la combinación de varias (multiracial), dependiendo de la historia genética particular de su país y región de origen.

El tercer grupo está compuesto por africanos inmigrantes y su descendencia, que al igual que los anteriores, han llegado a Chile en busca de mejores condiciones de vida, muchas veces como refugiados producto de las grandes guerras africanasocurridas en las últimas décadas. A diferencia de los grupos anteriores, su cultura, lengua, religión y costumbres son muy diferentes a las latinoamericanas y afrolatinas. Su fenotipo es marcadamente negro y su origen étnico de gran diversidad.

El estado de Chile no distingue a sus ciudadanos por el color de su piel, ni tampoco reconoce a los afrochilenos como un grupo étnico, por lo que actualmente no existe un mecanismo oficial para censar a la población afrodescendiente, y en consecuencia la cantidad de habitantes es incierta.2​ Por otra parte, estudios genéticos señalan que en 2014, el genoma chileno proviene en un 3,8 % de africanos subsaharianos, donde la mayor carga se presenta en las regiones de Tarapacá (5,7 %), Antofagasta (5,0 %), y la Región Metropolitana (4,5 %), y la menor en Aysén (0,3 %).3

Afroféminas

Afrochilenos-0001Supuestamente en Chile no hay negros. A lo más, es un pueblo con sangre indígena y europea. Sin embargo, en la frontera norte del país existe un importante número de afrochilenos.

Arica es el último enclave negroide de la nación y su legado lentamente va desapareciendo. En este artículo, los protagonistas reconstruyen el pasado y bosquejan su futuro.

Es cosa de sentarse un rato en algún banco del paseo 21 de Mayo, en el centro de Arica y ver pasar a la gente. Rápidamente comenzamos a distinguir a los afrodescendientes. Los más viejos son negros de piel, nariz achatada, pelo ensortijado, imponente estatura y pausado andar. Los más jóvenes salpican rasgos al azar: altas mujeres de tez blanca y cabellera afro, morenos de nariz protuberante y pelo liso. A simple vista y motivados por nuestros prejuicios sureños, diríamos que esta gente es peruana, brasileña o cubana. Sin embargo, es cosa…

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Coordinador de DDHH de los Colegios Profesionales, al inicio del año 2015

Coordinador de Derechos Humanos de los Colegios Profesionales proponemos los puntos aquí señalados para cuestionar el paradigma imperante e impulsar un debate libre y creativo que nos permita avanzar a una sociedad en la cual el respeto a los derechos de todos y todas constituya una práctica cotidiana.

Como profesionales comprometidos con los derechos humanos y la democracia, queremos expresar nuestra preocupación por  los hechos que se investigan a nivel judicial y que ponen al descubierto la vinculación ilícita del poderoso grupo empresarial Penta con parlamentarios, políticos y ex funcionarios del Estado, financiados en secreto por Penta. 

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Recordando a José Manuel Lira, “…el mejor de los nuestros”.

Recordando a José Manuel Lira, “…el mejor de los nuestros”.

                                                                                                  (María Leonor Rojas Flores)

Este jueves 28 de julio de 2016, se cumple un año desde el fallecimiento de “nuestro querido Pepe”, José Manuel Lira Morales.

Nació el 27 de Mayo de 1949, hijo de Raúl y Griselda, fue el menor de 5 hermanos… “la oveja negra de la familia”.

Estudió en el Colegio San Agustín y luego entró a la Universidad de Chile donde pasó por las escuelas de Filosofía, Economía y Antropología, entre los años 1967 a 1973.

También formó parte de ese grupo de 25 alumnos que dio vida al primer curso con el que se abrió la Escuela de Antropología y Arqueología  en la U. de Chile en 1970.

Además “…como joven estudiante, participé en la formación de un colectivo para iniciarnos en el camino de la obra del Profesor Lipschütz. La transformamos en una cátedra paralela que nunca fue repuesta”.*

José Manuel era un discípulo serio y aventajado en la obra antropológica y médica de Alejandro Lipschütz.

Fue el compilador magistral para dar cuerpo a la “Nueva Antología de Alejandro Lipschütz (1911-1967).Escritos antropológicos, políticos, filosóficos”. Que se publicó en 2005 con el apoyo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en un tiraje de 3.000 ejemplares.

“Apasionado y rotundo, Pepe asumió un trabajo militante durante el Gobierno de la Unidad Popular y estuvo dispuesto a dar la vida por defender las conquistas de la clase trabajadora. Su compromiso militante lo alejó de las aulas en ese entonces”. **

En 1973 fue tomado prisionero y permaneció encarcelado por dos años. En 1976 fue expulsado de Chile, instalándolo directamente en un Campo de Refugiados en las afueras de Viena, Austria.

Su exilio lo vivió dolorosamente, como tantos chilenos dispersos por el mundo.

Activista incesante en el trabajo de denuncia de las Violaciones a los Derechos Humanos que estaba cometiendo la Dictadura de Pinochet.

Fue miembro de la organización Chile Democrático que se extendía por Europa y colaborador de la Vicaría de la Solidaridad, entre otras.

Estuvo prohibido de regresar a Chile con el pasaporte marcado para impedirle el libre desplazamiento. Sin embrago, en 1985 volvió al país para dedicarse a la resistencia contra la dictadura.

En el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, José Manuel aparece caratulado con el N° 13187.

Fue un Internacionalista comprometido, leal y ético. Colaboró, desde su potencia intelectual como Antropólogo y Marxista, con organizaciones campesinas e indígenas en Chile, Brasil, Paraguay, Perú, Bolivia, México, etc.

Miembro del Colegio de Antropólogos de Chile y varios Colectivos dedicados a no dejar que la memoria del Chile reciente se pierda.

Nos dejó una serie de artículos en el campo de los Derechos Humanos y la Antropología Social y Crítica.

Al momento de fallecer con 66 años, trabajaba, junto a su compañera y esposa, en la recuperación de Derechos de Aguas Inmemoriales con las Comunidades de Colliguay, lugar en el que vivía desde hace 9 años.

Ahora que se cumple un año desde que iniciara “su viaje hacia la cima de los volcanes” y que, tal vez ya nos acompaña convertido en un protector Pillam, quisimos entregar más antecedentes que van dando luces de su historia de vida.

Un hombre coherente, consecuente, exigente, intenso, poderoso intelectualmente y profundamente comprometido con la liberación de sus pueblos, en el entendido que él se llamaba a sí mismo como “un VIVIENTE de INDOAMERICA”.

Nuestra memoria te retendrá por siempre.

 

—-

*.- José Manuel Lira

**.- Rodrigo Sepúlveda

 

José Manuel Lira, ¡Presente!: Un Gran Humanista que Sigue Caminando con Nosotros

PUEBLOS ORIGINARIOS

TIPOGRAFÍA

El domingo 29 de noviembre de este 2015, en el Cementerio de Colliguay, se llevó a cabo una Ceremonia de Agua y Humo para conmemorar los cuatro meses desde que José Manuel Lira falleciera a consecuencia de un cáncer vertiginoso.

Por qué conmemorar a los cuatro meses…porque en prácticas de pueblos originarios que celebran el  culto a la vida que trasciende a la muerte, el espíritu de “nuestros muertos” sólo después de un tiempo inician la caminata por los cuatro lados sagrados de la tierra, por el Meli Witran Mapu Felei ,a decir en lengua mapuche.

Es así que, los que le conocieron saben que era una persona rigurosa y abierta.

Era un hombre de fe, de “fe revolucionaria “al igual que Mariátegui; saben que era un trabajador empedernido para conseguir “la restauración de Indoamérica” como lo proponía su maestro Alejandro Lipschütz; saben que era un Marxista profundo y serio “seducido por el indianismo” a decir de Willka Zárate sobre García Linera. (*)

Muchas militancias afectivas unidas a José Manuel creyeron entonces que, conmemorar estos 4 meses desde su partida era un momento sagrado para restaurar las emociones, tan sacudidas en los aconteceres neoliberales y por la ausencia de otro hombre bueno, “El mejor de los nuestros, el menos visible” como se refirió a él su Colega en la Antropología Crítica, Rodrigo Sepúlveda.

La ceremonia se llevó en ambiente poético, con música e ideas. Muchos testimonios nos acercaron otro poquito en el conocimiento de José, quien “no sólo era antropólogo, siempre hábil y polifacético, artesano de la madera, de la piedra y del papel”; que nos obligaba a la “apertura de los horizontes (…) posibilitando la intervención de la práctica creadora (…) la teoría como acción creadora (*)

“(…) la muerte no tiene la última palabra, sino la vida. Es la vida de José que hoy nos reúne (…). José vivió intensamente, no se dejó llevar por la mediocridad del ambiente y se puso al servicio de su pueblo. Por eso fue revolucionario y mariateguista, pero de los auténticos (…).

Así se refirió el Padre Luis Zambrano, párroco de Pueblo de Dios en Juliaca, Perú, amigo leal y respetuoso que le conoció en su exilio en Austria.

“(…) José, la verdad es que tú estás y estrás siempre con nosotros. Está tu risa, tu ironía, tu potencia intelectual, tu ejemplo. Estás cuando me voy a una tienda en Londres y en los 15 minutos que me quedan, compro tres libros de Eric Hobsbaum, entre ellos “Cómo cambiar el mundo” que fue el último que tú leíste.

José tú estás cuando juego con mis niñas y río con ellas. Estás en mi trabajo cuando me digo que se vaya al carajo la derecha (…).  Palabras de Philipp Müller, discípulo e hijo en las ideas, desde Lausanne en Suiza para Colliguay.

La Ceremonia conmemoraba los cuatro meses de su partida y era hora de poner una placa en su tumba del Cementerio Campesino.

El epitafio reza; Yo voy a reír cuando me muera”, que es el nombre de un poema del Padre Lucho de Juliaca. Compartimos algunos versos.

Yo voy a reír cuando me muera

Yo
Voy a reír
Cuando me muera,
Pues para entonces
Ya habré llorado mucho. /
Me reiré
De mis muchas discusiones
De la (música) que me gusta
Y del sol que hoy me quema. /
Me reiré
De mi casa sin sala
De mis sábanas usadas
De mi chalina de alpaca. /
Me reiré
De mis dolores estomacales
De mis viejos apuntes
De mi propia cara. /
Me reiré
Tanto, de tantas cosas,
Que ya al final,
Desde la lejanía
Por la ventana del recuerdo,
Asomará una lágrima.

“La muerte, como fin absoluto, como catástrofe, la hemos inventado nosotros, los hombres. Es decir la interrupción de la existencia individual como catástrofe es imaginable sólo desde el punto de vista  de una personalidad individual consciente.

(…) tenemos que hacer un esfuerzo para entender que la realidad física de la muerte, la que nosotros, los hombres, tanto lamentamos, porque a nosotros atañe, no encierra nada de catastrófico…”.

(A. Lipschütz, “Tres Médicos Contemporáneos…, pag.283)

“El cáncer lo realiza (la persona) a través de diferentes comportamientos.
El cáncer no es otra cosa que muerte celular, es decir, morir de a poco.
Mi cáncer es producto de mi vida…
Tener voluntad basada siempre en la coherencia, sin desesperar, tampoco deprimir; ni caer en estados de auto abandono.
Decisión activa (personal)… la vida ya se realizó. O se vive bien o se muere…
SABER MORIR (…)”.

(José Manuel Lira, últimos escritos sobre la vida y la muerte)

Estos cuatro meses  de ausencia física han sido “tiempos y espacios donde la cabeza se une al corazón y sabotea la razón. Yo creo en las “palabras húmedas de misterio” (…). Cuando sabemos que las (personas) existen, pero no están, y sentimos la carencia “aquí dentro”, la palabra “AUSENCIA” es la “la palabra húmeda de misterio” que, contrario a satisfacción, genera dolor”. (*)

Por  todo lo aquí escrito, es que la Ceremonia para fortalecer los compromisos de acción con José  nos inspiraron para viajar a Colliguay.

En Colliguay,” (…) vi de cerca  el indomable espíritu luchador de José, su visión de futuro y su entrega  (a “mi pueblo” como decía), pues trabajó en la recuperación del patrimonio de la cultura campesina y la trascendente tarea de la Regularización de Derechos de Aguas Inmemoriales.” (Padre Lucho).

Durante la Ceremonia se anunció el Proyecto de re-edición de la” Nueva Antología de Alejandro Lipschütz” que José Manuel trabajará magistralmente en 2005.

Este Proyecto estará en manos LOM Ediciones junto al Colegio de Antropólogos, ICAL y María Leonor Rojas, su compañera y esposa por 30 años.

Levantamos nuestra copa real e imaginaria para hacer un brindis por José Manuel que lleno de vida en la muerte nos dejó  mucha teoría y sugerencia de mucha práctica para no perdernos en el espejismo neoliberal.

Noviembre 2015.

(*) Antología Hacia el Gran Ayllu Universal Álvaro García Linera”. “WIllka” Álvaro Zárate (compilador).Biblioteca Indígena; Universidad Arcis; Altepetl. México 2015.

Sergio Rapu Haoa.

Berkeley student and former governor Sergio Rapu grapples with taking Easter Island into the 21st century
15 November 2002

By Bonnie Azab Powell, Public Affairs

http://www.berkeley.edu/news/media/releases/2002/11/peace/rapu.html

BERKELEY – Rotary World Peace Scholar Sergio Rapu is a little different from your typical UC Berkeley student.

About the Rotary World Peace Scholars program at Berkeley

For one, he has a few more gray hairs. The 53-year-old father of two college-age children, Rapu is both paternal toward and in awe of his fellow students: “I feel like their daddy, but they are all such bright kids — smarter than me,” he says. His energy is boundless: twice a day he walks up and down the steep hill from the International House to the Berkeley BART station just for exercise. And even amid Berkeley’s celebrated diversity, Rapu’s birthplace qualifies as exotic: Easter Island, home to the famous moai — those enigmatic, monolithic stone heads — and one of the world’s most geographically isolated places, all alone in the South Pacific.

Sergio Rapu
If we don’t solve these problems of development versus conservation, we may face the island spoiled totally, turned into a shantytown rather than a beautiful, open-air museum, simply because we didn’t learn to take care of it ahead of time.
—Sergio Rapu, Rotary World Peace Scholar. (Photo by BAP)

It’s also a safe bet that he’s the only former governor currently on campus. Governor of the island’s 3,000 residents from 1984 to 1990, Rapu was the first native Easter Islander (or Rapanui, the name preferred by the indigenous people) to hold the post since the island was annexed by Chile in 1888. He’s quick to point out, however, that like most residents, he’s not 100 percent Rapanui: “I call myself ‘chop suey.’ My grandfather was Scottish, my great-grandfather was Danish, and then there’s some French, Chinese, and Chilean blood in there, too.”

Rapu has put his career on hold and come to Berkeley with one ambitious goal: to find a way that Easter Islanders can protect their heritage while finding their place in the 21st century.

“I’ve really changed my life 180 degrees — I had a lot of projects and research going,” he says. (He was just about to finish the Anakena restoration project, pictured at top.) “At Berkeley I want to build up skills and work on proposals the island urgently needs. Because if we don’t solve these problems of development versus conservation, we may face the island spoiled totally, turned into a shantytown rather than a beautiful, open-air museum, and our culture will be lost.”

The Navel of the World

An anthropologist and archaeologist by training, Rapu is used to explaining the history of the island to those who know it only from the Sony commercials (in which the moai groove to headphones).

The Rapanui are descended from early Polynesians who arrived around 400 A.D. and remained isolated until a Dutch explorer, Jacob Roggeveen, landed in 1722. Roggeveen named the island after Easter Sunday, the day he landed, but the Rapanui name, Te Pito O Te Henua — translated roughly as “Navel of the World” — seems more apt for this 66-square-mile speck of lava rock, lying 2,500 miles from Chile and 2,000 miles from Tahiti in the South Pacific ocean.

Roggeveen was just the first of a wave of destructive European and South American visitors. In 1805 an American ship, the Nancy, stopped at the island and kidnapped 22 men and women for forced labor. Peruvian slave traders began making regular raids on the island in the 1860s. When popular opinion in Peru turned against the slave trade, efforts were made to repatriate some Easter Islanders: unfortunately the small percentage who survived the tortuous return trip brought smallpox with them, decimating the remaining population. At the island’s low point its inhabitants numbered little more than 100.

In the 1880s, Christian missionaries working in the South Pacific took up the plight of Easter Island and began negotiating for its annexation to its distant neighbor Chile, which could protect it from slave trader incursions. In 1888 the Rapanui chiefs voted unanimously to cede sovereignty to Chile, which has held the island ever since.

Things did not improve greatly under Chile, which allowed Chilean companies to take over the island and basically turn it into a giant sheep farm, with the islanders confined to Hangaroa, the main village. The only regular visitors were the Chilean navy and shipwrecked crews. (Easter Island’s coast is so treacherous that even today, ships must anchor offshore and ferry passengers in by small boat.) The sheep completed the denuding of vegetation that the Rapanui had begun long ago and by the 1940s, the island was basically a fiefdom for the Chilean navy.

In 1955, the island had its most constructive visitor: the Norwegian Archaeological Expedition headed by Thor Heyerdahl, famous for building and sailing a primitive raft from Peru across the sea to the Tuamotus Islands. Heyerdahl was the first to excavate and publicize Easter Island’s rich cultural heritage; one of his team members, William Mulloy, later returned to the island and spearheaded the movement to re-erect statues, restore sites, and begin an island-wide archaeological survey.

In 1965, Alfonso Rapu — Sergio Rapu’s older brother — led an insurrection that forced the Chilean government to return rights to the land and its precious archeological treasures to the Rapanui. Alfonso Rapu was the first Rapanui to be elected mayor of the island; 22 years later, his little brother would become the group’s first governor.

A grand, open-air museum

Sergio Rapu has been pondering the island’s future while caring for its past since 1971, when he worked as the curator of Easter Island’s museum. “‘Curator’ is kind of a grand word for what I did. I was the only employee, so I cleaned floors, turned off the lights, picked up people from the airport,” he laughs. But that’s how Rapu met Mulloy, who became his mentor — bringing him to the University of Wyoming in 1973 for his bachelor’s in anthropology. He followed it with a master’s from the University of Hawaii, specializing in Pacific culture and archaeology. Since then, in addition to serving as governor and overseeing restoration projects on Easter Island, he has headed the Institute for Polynesian Studies at Hawaii’s Brigham Young University and consulted for several nonprofits on Polynesian preservation efforts. He and his wife, a fellow archaeologist, divide their time between Hawaii — where they can be closer to their children enrolled at mainland U.S. universities — and Rapu’s homeland.

Meanwhile, Easter Island’s museum has grown from one employee to 12 and quadrupled in size, recounts Rapu proudly. That transformation reflects the growth of the island’s main industry: tourist visitors to the estimated 20,000 archeological sites that dot the landscape, including 800 or so moai, the giant heads carved from volcanic rock. No one has yet figured out how the Rapanui ancestors moved these inscrutable figures, which range in size from 6 feet to more than 60 feet tall and weigh many tons, from the quarries to their final resting places around the island.

Sergio Rapu
People think that the choice is either go with the rest of the planet, or maintain your own identity with pride. But it doesn’t have to be one or the other. We can be different and still share in the progress.
—Sergio Rapu, Rotary World Peace Scholar (Photo by BAP)

In fact, when Rapu took office as governor, most of the moai lay broken on their sides, toppled by civil war, invaders, and hurricanes. And they would probably have stayed that way, if a Japanese construction executive hadn’t happened to hear Rapu talking about the island’s lack of restoration resources in a 1988 interview on Japanese television. The man called the show and offered the services of his company, Tadano. Tadano worked with Rapu and the Chilean government to donate a $1 million crane to the islanders as well as teach them how to use it. Thanks to that effort, numerous moai around the island have been resurrected and restored to their historical homes on Easter Island’s ahu, or shrines.

The moai may be better off, but the residents of Easter Island still face major challenges. Two flights a week from Chile bring the tourists that are the island’s only major industry, other than subsistence farming and fishing. And tourists, of course, can eventually destroy what they come to see if left unsupervised.

Rapu is taking classes in international environmental politics, resource management, demography, and archaeology (to catch up on recent preservation research) in search of answers to those dilemmas. “We must empower the Rapanui owners of the heritage to be its permanent guardians,” says Rapui. “We have preserved our culture in the way that we relate to each other, our kinship, our language, our conception of property, and the way we mark the important moments of life. But I think we need help from Chile in getting the tools, the training, and proper regulations — perhaps through a nongovernmental organization or a foundation — to preserve our physical heritage as well.”

The Chilean government has been giving land grants to Easter Island residents in a somewhat arbitrary fashion. That means that many thousands of the precious archaeological sites, containing moai, shrines, or petroglyphs, are now in private hands. “Each private owner should be aware of what’s there,” says Rapu, “so that rather than plowing up the site and planting potatoes, say, they have an incentive to protect it.”

In 1995 Easter Island was named to UNESCO’s World Heritage list of cultural sites, a distinction that obligates Chile to protect and conserve the island’s treasures. Rapu hopes to persuade the Chilean government to set up a foundation that might offer the Rapanui a small financial incentive to care for the sites on their land. Another possibility would be to charge an island entrance fee for tourists, as the Galapagos Islands do to raise funds for ecological preservation.

Noble savages vs. modern world

But preservation of Easter Island’s physical heritage is just one of the challenges that Rapu would like to take on. The land itself has been deforested and suffers from mineral leeching common to small islands. Although tourism likely will remain the most prominent part of the island’s economy, Rapu thinks it is possible that careful agricultural management might restore the soil and allow the Rapanui to grow pineapples, mangos, spices, and flower extracts for perfume. These high value, small volume products could survive the journey to Chile and earn income for the islanders without further damaging either the soil or the archaeological sites.

“Development is about more than just preventing Easter Island from becoming a Waikiki-style resort,” says Rapu. “It’s about whether islanders have the chance to become doctors and lawyers rather than being fishermen all their lives, and can do that without forgetting our culture or how to talk to our relatives. The evolution of society is happening at a faster and faster pace. If we insist on special treatment, we run the risk of being the noble savages who get left behind. People think that the choice is either go with the rest of the planet, or maintain your own identity with pride. But it doesn’t have to be one or the other. We can be different and still share in the progress.”

He would like to see a truly bilingual education (in Rapanui and Spanish) introduced to the island’s school, and more written texts that would help the non-Rapanui residents — about half the island’s population — understand the history of their adopted home. “Our numbers are so small now that we can only grow by inviting more people to join our culture.”

Rapu is optimistic that despite the ravages Easter Island and its people have suffered in the past two centuries, the Rapanui can recover and prosper. “When I look back at our history I see that the Chilean government has tried to respond positively to the Rapanui. The challenge for us now is to continue to lobby for the funds and the resources that we need, and to communicate better what those things are,” he says. “And we must also be cautious in our integration. Before, we wanted all the benefits of citizenship; now, we must sift the virtues from the vices in order to preserve our heritage.”

Traducción on line

Sergio Rapu es un poco diferente del  típico estudiante de UC Berkeley. Por ejemplo, tiene unas cuantas canas más.  Padre de 53 años de dos hijos de edad universitaria, Rapu es paternal hacia y en la admiración de sus compañeros: ‘ me siento como su papá, pero son todos estos niños brillantes, más inteligente que yo,’ dice. Su energía no tiene límites: dos veces al día camina arriba y abajo de la colina de la casa internacional a la estación de BART de Berkeley para hacer ejercicio. Y aún en medio de la celebrada  diversidad  de Berkeley, la cuna de Rapu lo califica como exótico: Isla de Pascua, hogar de los famosos moais, esas cabezas de piedra monolíticos, enigmáticos, y uno del mundo más geográficamente de los lugares, solos en el Pacífico Sur.     «Si no resolvemos estos problemas de desarrollo versus conservación, podemos enfrentar la isla totalmente estropeado, convertido en un barrio de chabolas en lugar de un museo al aire libre, hermoso, simplemente porque no aprendemos a cuidar de él antes de tiempo. ‘  También es una fuerte apuesta que él es el únicoo ex gobernador actualmente en el campus. Gobernador de 3.000 residentes de la isla desde 1984 a 1990, Rapu fue el primero en ocupar el cargo de las islas Pascua (o Rapa Nui, el nombre preferido por los indígenas) para ocupar el cargo ya que la isla fue anexionada a Chile en 1888. Él es rápido para señalar, sin embargo, que como la mayoría de los residentes, no es 100% Rapa Nui: ‘ me llamo ‘ chop suey. «Mi abuelo era escoces, mi bisabuelo era danés y luego hay algo francés, Chino y chileno de sangre allí, también. ‘ Rapu ha puesto su carrera en espera y vienen a Berkeley con una meta ambiciosa: encontrar una manera que isleños de Pascua puede proteger su patrimonio y encontrar su lugar en el siglo XXI. ‘ Realmente he cambiado mi vida 180 grados, yo tenía un montón de proyectos e investigación va,’ dice. (Estaba a punto de terminar el proyecto de restauración de Anakena, en la foto en la parte superior). ‘ En Berkeley quiero construir habilidades y trabajar en propuestas de la isla con urgencia las necesidades. Porque si no resolvemos estos problemas de desarrollo versus conservación, podemos enfrentar la isla estropeado totalmente, se convirtió en un barrio de chabolas en lugar de un museo al aire libre, hermoso, y nuestra cultura se perderá. ‘ El ombligo del mundo un antropólogo y arqueólogo de profesión, Rapu se utiliza para explicar la historia de la isla a los que saben solamente de los comerciales de Sony (en el que los moai ranura para auriculares). Los Rapanui son descendientes de los primeros polinesios que llegaron alrededor de 400 a. D. y permaneció aislado hasta un explorador neerlandés, Jacob Roggeveen, en 1722. Roggeveen la isla el nombre del domingo de Pascua, el día que aterrizó, pero el nombre de Rapa Nui, Te Pito O Te Henua, traducido aproximadamente como ‘El ombligo del mundo’, parece más apto para esta partícula de 66 millas cuadradas de roca de la lava, 2.500 millas de Chile y 2,000 millas de Tahití en el Pacífico Sur. Roggeveen fue sólo el primero de una ola de visitantes europeos y sudamericanos destructivas. En 1805 un barco americano, el Nancy, se detuvo en la isla y secuestraron a 22 hombres y mujeres para trabajo forzado. Traficantes de esclavos peruanos comenzaron a hacer incursiones regulares en la isla en la década de 1860. Cuando la opinión popular en el Perú contra la trata de esclavos, se hicieron esfuerzos para repatriar a algunos isleños de Pascua: Desafortunadamente el pequeño porcentaje que sobrevivieron el viaje de vuelta tortuoso trajeron viruela, diezmando la población restante. En el punto más bajo de la isla sus habitantes contados a poco más de 100. En la década de 1880, misioneros cristianos trabajando en el Pacífico Sur tomaron la difícil situación de isla de Pascua y comenzaron la negociación para su anexión a su vecino lejano Chile, que podría proteger de las incursiones de comerciante de esclavos. En 1888 los jefes Rapanui por unanimidad ceder soberanía a Chile, que ha ocupado la isla desde entonces. Cosas no mejoró mucho en Chile, que permitió a las empresas chilenas asumir el control la isla y básicamente convertirlo en una granja de ovejas gigantes, con los isleños a Hangaroa, la aldea principal. Los visitantes sólo regulares fueron la armada y náufragos equipos. (Costa de la isla de Pascua es tan peligroso que incluso hoy en día, naves deben anclar offshore y ferry pasajeros por lancha). La oveja terminó el Desollamiento de la vegetación que los Rapanui había comenzado hace mucho tiempo y por la década de 1940, la isla era básicamente un feudo para la Armada de Chile. En 1955, la isla tuvo su visitante más constructivo: la expedición arqueológica Noruega dirigida por Thor Heyerdahl, famoso por construir y navegar una balsa primitiva de Perú a través del mar a las islas Tuamotus. Heyerdahl fue el primero en excavar y dar a conocer riqueza cultural de la isla de Pascua; uno de sus miembros del equipo, William Mulloy, más tarde regresó a la isla y encabezó el movimiento para volver a erigir estatuas, restaurar sitios y comenzar una prospección arqueológica de toda la isla. En 1965, Alfonso Rapu, Hermano mayor de Sergio Rapu — condujo una insurrección que obligó al gobierno chileno a devolver los derechos a la tierra y sus preciosos tesoros arqueológicos a los Rapanui. Alfonso Rapu fue el primer Rapanui para ser elegido a alcalde de la isla; 22 años más tarde, su hermano pequeño llegaría a ser primer gobernador del grupo. Un gran museo al aire libre Sergio Rapu ha sido pensando en futuro de la isla mientras cuida de su pasado desde 1971, cuando se desempeñó como curador del Museo de la isla de Pascua. ” Curador ‘ es de una gran palabra para lo que hice. Era el único empleado, así que limpié pisos, apagados las luces, recogidas personas desde el aeropuerto,’ se ríe. Pero que es cómo Rapu Mulloy, quien se convirtió en su mentor, llevándolo a la Universidad de Wyoming en 1973 para su licenciatura en Antropología. Él siguió con una maestría de la Universidad de Hawai, especializada en Arqueología y cultura pacífica. Desde entonces, además de servir como gobernador y supervisar proyectos de restauración en Isla de Pascua, ha dirigido el Instituto de estudios Polynesian en Brigham Young University de Hawaii y consultado por varias organizaciones no lucrativas en esfuerzos de preservación Polinesia. Él y su esposa, un arqueólogo compañeros, dividen su tiempo entre Hawaii, donde puede estar más cercanos de sus hijos en continente U. S. universidades y de la patria de Rapu. Mientras tanto, el Museo de isla de Pascua ha crecido de un empleado a 12 y cuadruplicado en tamaño, relata con orgullo Rapu. Que transformación refleja el crecimiento de la industria principal de la isla: turistas que visitan a los sitios arqueológicos de 20.000 estimados que salpican el paisaje, incluyendo 800 o más moai, las cabezas gigantes, talladas en roca volcánica. Nadie ha descubierto aún cómo los antepasados Rapanui trasladó estas cifras inescrutables, que varían en tamaño desde 6 pies hasta más de 60 pies de altura y pesan varias toneladas, de las minas a sus lugares de descanso finales alrededor de la isla.     ‘ La gente piensa que la opción es ir con el resto del planeta, o mantener su propia identidad con orgullo. Pero no tiene que ser uno u otro. Podemos ser diferentes y aún compartir el progreso. ‘ —  de hecho, cuando Rapu asumió el cargo como gobernador, la mayoría de la endecha de moai rota en sus lados, derrocado por la guerra civil, invasores y los huracanes. Y probablemente habría se quedó así, si un ejecutivo japonés de la construcción no había ocurrido escuchar Rapu hablando de falta de la isla de los recursos de la restauración en una entrevista de 1988 en la televisión japonesa. El hombre había llamado la feria y ofrece los servicios de su empresa, Tadano. TADANO trabajó con Rapu y el gobierno de Chile para donar una grúa $ 1 millón para los isleños, así como enseñarles cómo usarlo. Gracias a ese esfuerzo, numerosos moai de la isla han sido resucitados y restaurados a sus hogares históricos en Isla de Pascua ahu, o santuarios. Los moai puede ser mejor, pero los residentes de isla de Pascua todavía enfrentan grandes retos. Dos vuelos a la semana desde Chile traer los turistas que son sólo grandes industrias de la isla, que no sea la agricultura de subsistencia y pesca. Y los turistas, por supuesto, pueden eventualmente destruir lo que vienen a ver si dejó sin vigilancia. RAPU es tomar clases de política ambiental internacional, gestión de recursos, demografía y Arqueología (para ponerse al día sobre la reciente investigación de preservación) en busca de respuestas a los dilemas. ‘Debemos capacitar a los propietarios de Rapanui de la herencia que sus guardianes permanentes,’ dice Rapui. ‘ Nosotros hemos conservado nuestra cultura en la forma en que nos relacionamos unos a otros, nuestro parentesco, nuestra lengua, nuestra concepción de la propiedad, y lo marcamos en los momentos importantes de la vida. Pero creo que necesitamos ayuda de Chile en conseguir las herramientas, la formación y normativa adecuada — quizás a través de una organización no gubernamental o una Fundación — para preservar nuestro patrimonio físico, así. ‘ El gobierno de Chile ha dado subvenciones de tierra a los residentes de la isla de Pascua de una manera un tanto arbitraria. Eso significa que muchos miles de los preciosos sitios arqueológicos, que contienen moai, santuarios o petroglifos, están ahora en manos privadas. «Cada propietario privado debe ser consciente de lo que está allí,» dice Rapu, ‘ así que en lugar de arar el sitio y plantación de papas, decir, tienen un incentivo para protegerlo. ‘ En 1995, isla de Pascua fue nombrada a la lista del patrimonio mundial de la UNESCO de sitios culturales, una distinción que obliga a Chile a proteger y conservar los tesoros de la isla. RAPU espera persuadir al gobierno chileno para crear una Fundación que podría ofrecer el Rapanui un pequeño incentivo financiero para cuidar los sitios de sus tierras. Otra posibilidad sería cobrar una tarifa de entrada de la isla para los turistas, como las Islas Galápagos para recaudar fondos para la preservación ecológica. Nobles salvajes vs.

Etnomusicología de la Isla De Pascua

Publicación de Rapanui Press:
Enciclopedia de música rapanuí vuelve a la luz

El repertorio ancestral que se seguía cultivando en la isla en los años 60 fue recuperado por Ramón Campbell, quien lo transcribió e identificó su sentido cultural.  
Romina de la Sotta Donoso Alcanzó a conocer los vestigios de la música ancestral. Aún había gente que se sabía de memoria cantos con 200 años de vigencia.

Ramón Campbell (1911-2000) llegó en 1964, como doctor de la isla. Y esa fue su gran oportunidad para desarrollar su vocación antropológica y musical. Había estudiado composición con Pedro Humberto Allende y escribió unas 70 obras. Sin embargo, lo que escuchó en el leprosario cambiaría su vida.

No alcanzó a llegar a una urgencia: un anciano había muerto. Todos los enfermos y monjas cantaban un antiguo Riu-Tangi -lamento-, que se repetía largamente. Articulaban el canto, rítmicamente, con gritos guturales y golpes de aire en la glotis.

Entonces, decidió desentrañar las raíces espirituales de una música inexplorada. Y lo consiguió en un libro que ahora, 44 años después, es reeditado por Rapanui Press, con apoyo de $6.215.961 del Fondo del Libro. “La herencia musical de Rapa Nui” tiene 648 páginas, cuesta $14 mil en MuseumStore.cl e incluye un disco con registros históricos.

“Las pocas recopilaciones que algunos etnógrafos y misioneros hicieron en la isla no son más que pequeños paréntesis dentro de la historia que aún no estaba escrita sobre la música de la isla”, dice Eduardo Ruiz-Tagle, director de Rapanui Press.

“Él era el taote nui-nui (gran médico) de la isla, e hizo reales amigos dentro de los cantores y recopiladores. Su trabajo es único e irrepetible, pues recurrió a fuentes que después fallecieron y que eran gente con poca influencia extranjera. Después, todo cambió rápidamente y la música de la isla se volvió algo absolutamente comercial”, agrega.

“Yo buscaba lo antropológico, las raíces primitivas del hombre”, escribe Campbell, quien va a las fuentes vivas. Y construye una investigación que da cuenta de cada canto vigente: transcribe su música, traduce su letra y la interpreta según su simbolismo y uso ritual.

Del repertorio auténticamente rapanui que rescata, de unos 120 cantos, los más antiguos tenían más de 200 años, y eran los Cantos de Ate . u les siguen de cerca, con entre 90 y 150 años de edad. Los primeros son amorosos – Ate significa hígado, que es el órgano amoroso rapanuí- y los segundos expresan la totalidad de los sentimientos humanos. Ya que se practicaban antes de 1864, cuando llegan los primeros misioneros, Campbell los llama “Música Antigua Primitiva”.

El mana (poder oculto) de este repertorio es enorme. Al cantar los Cantos de Aku-aku -espíritus-, Campbell cuenta que “la ejecución colectiva da origen a actos de terror sobrenatural entre ellos, al revivir los recuerdos de antaño”.

En 1914, cuando comienza la influencia tahitiana, se abre un nuevo periodo: “Música Moderna Polinésica”. La música pascuense se complejiza con siete tipos nuevos de cantos. Nacen los famosos Kai-kai , que se vinculan con juegos de cuerda y con los poemas de las tabletas Kohau Rongo-Rongo . Incluso existían Kor o-Ei , torneos de canto donde se medía la capacidad de burla y de aguante: perdía el primero en golpear al oponente.

Es la época en que ingresa a la isla el Sau-sau , asumido como un antiguo canto pascuense. Llegó a Chile en 1939, con el yate alemán “DieWalküre”, que venía escondiéndose y con solo dos tripulantes: Henere y Mapé. Estos músicos polinésicos aficionados encantaron a los rapanuí con un canto en un dialecto que ni ellos entendían. Era el Sau-sau . “El canto se arraigó y creció”, dice Campbell. Le habían agregado estrofas, haciéndolo suyo. Proceso que se intensificará cuando empieza a realizarse un viaje anual a la isla. Entonces ingresan el tango, el foxtrot y los corridos. Campbell había llegado justo a tiempo.

Ver  http://www.trewhelaschool.cl/Site/dowload/documentos/segunda_edicion_herencia_rapanui.pdf

“Iorana & Goodbye”. La base yanki en Rapa Nui que cambió su ADN

lunes, 2 de diciembre de 2013

 

La base militar norteamericana en Rapa Nui

En anteriores entradas hemos promocionado la investigación que se encuentra desarrollando la periodista Patricia Stambuk, sobre la base militar norteamericana en Isla de Pascua, sobre la cual, inexplicablemente hay muy poca información disponible, solo datos sueltos.
Sabemos que en agosto de 1965 el General norteamericano D.H. BROOKS, comandante de los servicios de Rescate Aeroespacial de la Fuerza Aérea Norteamericana estuvo cinco días visitando la isla de Pascua, donde ya  había un destacamento a cargo del Coronel LLOYD  SITTER, también de la US Air Force, que tenian la misión de “triangulación de satélites” (ver referencia), pero detalles mayores no se encuentran, en general, toda las alusiones son a una base científica conocida como “Misión Ionosférica”, que era desarrollada por las fuerzas armadas norteamericanas, abastecida de todo directamente desde EE.UU., no solo mediante aviones, sino mediante buques de guerra y transportes que generaban un tremendo impacto en la cultura y economía locales.
Lo concreto es que en JUNIO de 1965, ya existía de hecho, instalada y funcionando, una base militar norteamericana en Isla de Pascua (ver referencia)
Se recuerda que los norteamericanos tenian una patrulla que recorria en jeep Hanga Roa y alrededores, para verificar que no hubiese “basura norteamericana”, ni ningún impacto negativo de la base en la isla…   otros más suspicaces dicen que ese era solo un pretexto par la vigilancia y seguridad más allá de los deslindes de las instalaciones norteamericanas.
LA INVESTIGACIÓN FINANCIADA POR EL CNCA
En la actualidad, no solo Patricia Stambuk sino tambien otros investigadores, han manifestado interés por investigar este período, pero no es tarea fácil, es un arduo trabajo, y afortunadamente, gracias al financiamiento del CONSEJO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LA ARTES, se financiará la investigación que se requiere, así Patricia Stambuk y su equipo podrán viajar a la isla y recabar los antecedentes necesarios, ya que como periodista con vasta experiencia se abocará al tema de la “memoria local”, la “tradición oral”, recogiendo el testimonio de los testigos, de quienes de diversas formas vivieron ese período.
No podemos soslayar el tremendo impacto que significó para la isla una Base Militar Norteamericana, que funcionó ANTES que entrara en vigor la “ley Pascua” y todos los esfuerzos desplegados para integrar a la etnia formalmente a su condición de “ciudadanos chilenos”, pues bien, antes de entrar de lleno a “ser ciudadanos chilenos”, los rapanui ya se estaban asomando a la modernidad y a la globalización, a través de la cultura material norteamericana.
TESTIMONIOS
La recopilación de testimonios es un arduo trabajo, son muchos los detalles que se pierden por no recordarlos y demasiados los que ya están perdidos porque ya no contamos con testigos, es el momento preciso, quizas el último momento, para recuperar la memoria histórica de este periodo.
Una de las personas que pueden aportar en forma privilegiada a este esfuerzo investigativo, es la “Tia Hanana”, quien casada con un militar norteamericano conoció desde dentro la base, y luego de vivir en EE.UU., tener familia y conocer el modo de vida norteamericano, desde la perspectiva institucional militar, volvió a Chile, a Rapa Nui, y retomó su vida y sus raices, compartiendo generosamente sus recuerdos con Patricia Stambuk, con quien aparece en esta foto tomada frente a su casa, en noviembre pasado, en el marco de la investigación sobre la Base Militar Norteamericana en Isla de Pascua.
Patricia Stambuk ha compartido fotografias y antecedentes, incluso nos permitió entrevistarla en video, lo que daremos a conocer oportunamente, una vez haya concluido la etapa de recabar testimonios.
miércoles, 6 de julio de 2016

Artículo sobre “Iorana & Goodbye” (Editorial Pehuén), de Patricia Stambuk

Un completo libro, con abundantes testimonios y fotografías, sobre la desconocida historia de una base de Estados Unidos en la Isla de Pascua, acaba de publicar la periodista Patricia Stambuk (Punta Arenas, 1951).

Iorana & Goodbye (Editorial Pehuén) cuenta cómo entre 1965 y 1970 la Fuerza Aérea estadounidense (USAF) se instaló en la Isla de Pascua, cambiando de manera radical el modo de vida de los rapa nui, al conocer las costumbres de las sociedades de consumo del mundo desarrollado.
En este periodo, además, el gobierno de Eduardo Frei Montalva promulgó la Ley Pascua, que significó una nivelación básica entre los derechos de los isleños y los continentales.
En este libro, Stambuk reúne los testimonios de quienes fueron protagonistas de esta historia y relata los efectos positivos y negativos de la mayor inmigración vivida por la ínsula más aislada de la tierra. Una base que los estadounidenses debieron abandonar con la llegada al poder del socialista Salvador Allende, en 1970.

Alcohol y mestizaje

Stamkuk se enteró de la historia durante la escritura de un libro anterior sobre la isla, Rongo (también Pehuén), que relata la vida de los rapa nui a mediados del siglo XX.
Le llamó la atención el desconocimiento que había en Chile sobre esos hechos y la escasa información que se podía obtener en fuentes documentales. “Era un tema lleno de misterios y reservas. No había ni una foto publicada de la base. Ni un documento sobre la forma en que se llegó a permitir su instalación en la isla”, dice.
Relata que la llegada de los estadounidenses y de los funcionarios chilenos enviados por el gobierno de Frei Montalva dieron un giro radical a la vida de los isleños.
“Sumaban un poco menos que la totalidad de la población nativa, unos 900 rapa nui. Fueron cambiando las costumbres locales, se introdujo con fuerza el alcohol, hubo mestizaje, se modificó la estructura de las familias, que giraban en torno a un padre organizador, desplazado ahora por la independencia de sus hijos, que tenían otros trabajos y además un sueldo”, explica.
Eso no fue todo. También cambió la economía local, con isleños asalariados. Además “había una atractiva oferta de productos importados, mucha ropa usada y la nueva realidad de los desechos. Porque, hasta entonces, nada sobraba en la isla, ni siquiera un tarro vacío de pintura. Había real austeridad de recursos”.
Stambuk comenta que, una vez inaugurada la pista aérea en 1967, el turismo fue el “broche de oro”. “Había que satisfacer las expectativas del visitante, y eso generó emprendimientos que los fueron sacando de la pobreza”, señala.

Buena relación con los gringos

¿Cómo fue la relación de los isleños con los estadounidenses y cómo reaccionaron los “chilenos”? “Fue una relación grata, bastante directa en lo social, al menos con la suboficialidad de la USAF”, responde. “Esa actitud le gustó mucho al isleño, que siempre se había sentido menoscabado y hasta maltratado por los chilenos del ‘conti’”, agrega.
Los chilenos pasaron a ser los “tire veve”, “chilenos pobres”, agrega. “Los funcionarios estatales no se relacionaban con los gringos, excepto los de la Fuerza Aérea de Chile, que incluso comían en el casino de la USAF y tenían con ellos una relación también muy amistosa, muy fluida”, detalla.
Si hubo alguna pelea, siempre fue por las mujeres: “Peleas de los obreros de la empresa Longhi que trabajaban en la construcción de la pista aérea, reclamos del alcalde Rapu al comandante gringo por la arremetida de estos agraciados e impecables norteamericanos con las jóvenes del pueblo, en fin”.

La visita de Allende

Como en todo libro, no faltan los personajes y las anécdotas destacados. Entre estos, la visita de Allende, en 1967, como presidente del Senado, en respaldo a un grupo de guerrilleros cubanos que habían escapado de Bolivia tras la muerte de Ernesto “Che” Guevara y buscado en vano asilo en Chile. El gobierno de Frei los expulsó a Tahiti vía Isla de Pascua. Allí el futuro Presidente se reunió con ellos.
“El viaje de Allende tiene lecturas de todo orden: políticas, sentimentales, sociales, comunicacionales”, comenta Stambuk, sobre todo tomando en cuenta su rechazo a la base de Estados Unidos en la isla.
“Todos mis entrevistados hacían referencia, con distintas versiones, al presunto rechazo de los norteamericanos para que Allende visitara el laboratorio de los norteamericanos en Mataveri y a su también presunta amenaza de expulsarlos del país si él era elegido Presidente de la República. Y fue elegido. Y se fueron, pero antes que los echaran”, apunta.

En Isla de Pascua, Allende con algunos de los guerrilleros cubanos.
Los hijos mestizos
También hay otras vida notables, como la de James Price, hijo de un contrabandista estadounidense y una rapa nui.
“A los doce años lo mandaron a un hogar de menores en Valparaíso por robar corderos, y allí empezó una carrera delictual que lo llevó a ser uno de los capos de cada cárcel en que estuvo. Es un hombre muy agradable, muy solitario, que regresó a la isla después de su última condena. Su relato es escalofriante”, sostiene.
Price fue sólo uno de los muchos niños que crecieron de relaciones entre estadounidenses e isleñas, la mayoría de los cuales nunca conocieron a sus progenitores ni fueron reconocidos.

James  Price
“Fueron los pocos casos ‘felices’, en que sus padres se casaron o hicieron vida familiar, como Clarence Price Atán, que nació en Estados Unidos y pudo probarlo, y los hermanos Crossan Araki“, dice Stambuk. “Pero en los demás casos no obtuvieron nada, a pesar de hacer algunos esfuerzos. Sus madres tampoco les cooperaron mucho para que lo consiguieran. Y, al final, después de la desilusión, prefieren su vida en la isla y su nacionalidad rapa nui. Pero a varios todavía les duele”, puntualiza.
Para su autora, el libro está lleno de mensajes específicos, pero hay uno general: toda cultura en la Tierra está expuesta a sufrir ganancias y pérdidas en su inevitable encuentro con la modernidad, con el desarrollo, “pero en el caso de los pueblos antiguos el precio suele ser muy alto”.
“Porque se pierde una forma de interpretar el cosmos, se pierde el idioma, que es la base de su identidad, y se asimilan costumbres que terminan por apagar las propias, que siempre son más originales”, explica. “Para los que somos muy parecidos a otros, la transculturación no importa tanto. Ellos son todavía únicos. Y la diversidad es la riqueza más interesante de la humanidad. O no estaríamos viajando por el mundo para conocer a otros que no son como nosotros, ¿verdad?”.

Iorana & Goodbye. Una base yanqui en Rapa Nui

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Autor: Patricia Stambuk
Precio: $20.000
ISBN: 978-956-16-0657-9

Encuadernado: Tapa rústica
Formato: 21 x 27 x 2,2
Páginas: 344

Peso (gr): 1.324

Entre 1965 y 1970 la Fuerza Aérea de Estados Unidos, USAF, se instaló en la Isla de Pascua, cambiando de manera radical el modo de vida de los rapa nui, al conocer las costumbres  de las sociedades de consumo del mundo desarrollado. En este periodo, además, el gobierno de Eduardo Frei Montalva promulgó la Ley Pascua, que significó una nivelación básica entre los derechos de los isleños y los continentales. En este libro, la periodista Patricia Stambuk, reúne los testimonios de quienes fueron protagonistas de esta historia y nos relata los efectos positivos y negativos de la mayor inmigración vivida por la ínsula más aislada de la tierra.

Cómo dar una ponencia (y no morir en el intento) – El Historiador Desconocido

De todas las formas de comunicación académica, ninguna reúne tantas variantes y es tan enriquecedora como presentar una ponencia. A diferencia de un artícu

Origen: Cómo dar una ponencia (y no morir en el intento) – El Historiador Desconocido

Cómo dar una ponencia (y no morir en el intento)

Cómo dar una ponencia (y no morir en el intento)De todas las formas de comunicación académica, ninguna reúne tantas variantes y es tan enriquecedora como presentar una ponencia. A diferencia de un artículo o un libro, que puede ser leído y releído tantas veces como uno quiere sin necesidad directa con su autor/a, una ponencia es efímera y requiere de una serie de habilidades tanto orales como escritas para asegurar su permanencia en el auditorio. Ello le imprime una dinámica particular, ya que mientras es la mecanización y reproducción del texto impreso lo que permite que un trabajo pueda llegar a un lector, una ponencia representa un vínculo directo entre autor/a y audiencia.

Respondiendo a la invitación cursada por este portal, he tratado de ordenar algunas ideas en base a mi doble experiencia como panelista y como auditorio. De modo que es un post de tips en base de las cosas que he ido aprendiendo y observando en estos años así como de mis propios errores (no pocos), y que espero pueda ser mejorado con las sugerencias de los lectores y sus propias experiencias.

Un aspecto importante a considerar es la naturaleza misma de la ponencia. Una ponencia no es un capítulo de tu tesis. Tampoco es un artículo ni mucho menos un trabajo que has presentado para tu curso, por más que el profesor te haya felicitado. Una ponencia tiene una estructura específica que está determinada por una cantidad de tiempo así como por una audiencia a la cual uno se dirigirá. Puedes utilizar cualquiera de las modalidades que hemos mencionado para elaborar una ponencia, pero recuerda que finalmente no debe ser un capítulo recortado a último momento ni un texto que necesite de otros textos (incluso si son tuyos) para ser comprendida.

Una ponencia es un texto en sí mismo, que aspira a sostenerse sola y que busca comunicar una idea central bajo la estrategia de una argumentación que se va desarrollando a través de la presentación de evidencia, la cual quedará nuevamente articulada con la idea central a través de una conclusión al final de la ponencia. Escribir y comunicar una buena ponencia requiere de trabajo y práctica, pero no es difícil. La ponencia es asimismo la forma más común de intercambio académico pues uno suele presentar más ponencias de las que publica. Y presentar una ponencia es una excelente oportunidad para comenzar a plantear ideas e hipótesis que puedan ser ajustadas con miras a un artículo, a un capítulo de un libro, a una tesis o… a otra ponencia, de modo que el ciclo continúe.

El primer paso es tener un texto estructurado. Puede parecer una obviedad pero recuerda que al tener un tiempo limitado, la estructura es clave en el éxito de tu comunicación. Una ponencia que tenga una introducción, un desarrollo y una conclusión permite al público seguir mejor tu exposición y captar la idea central. En el primer o segundo párrafo menciona tu argumento o tu idea central, y no debe pasar más de tres minutos sin que el público sepa cuál es tu idea y contribución. Debes repetir esto en la conclusión, para que el público se quede con esa idea al salir de la sala. No peques de ambicioso. Centra tu ponencia en un aspecto particular que quieras comunicar.

El promedio de tiempo es de alrededor de 15 minutos. Es tiempo suficiente si tienes una ponencia debidamente estructurada. Si te parece que es poco, en realidad no lo es. Recuerda que el público que te escucha posiblemente ha estado escuchando ponencias antes. Además, la capacidad de atención raramente suele durar más por parte de quien escucha. Así que es mejor terminar dentro del tiempo establecido a ver cómo la tarjeta de “Terminó tu tiempo” te es mostrada una y otra vez o te distraes con el fulano que ya no te sigue y ha sacado su iphone para ver si algún amigo lo quiere acompañar por unas cervezas apenas hayas terminado.

El tiempo es tirano. Considera que el tiempo de más al establecido en el panel que tomas para ti es posiblemente tiempo menos para el próximo ponente o tiempo menos para la ronda de preguntas. Que no te recuerden como el ponente al cual el moderador le tuvo que quitar el micrófono porque no quería terminar o a quien tuvieron que interrumpir para poder dar paso al siguiente expositor. Nadie ni nada pueden garantizar que el moderador no controle bien el tiempo o que el siguiente ponente rompa las leyes de la física leyendo su trabajo, pero no seas tú el causante de cualquier demora.

Si el moderador te alcanza la famosa tarjeta de “Te quedan dos minutos”, nada de entrar en pánico, que el público es muy sensible a los panelistas aterrados. En ese caso lo mejor es cerrar la idea que estás leyendo y pasar directamente a la conclusión. Evita decir: “Como me están mostrando la tarjeta saltaré a las conclusiones”. Rara vez alguien se ríe y da a entender que no leerás tu trabajo completo y que no te preparaste para una eventualidad así. Hay dos formas de evitar que esto se convierta en un problema. Lo primero es ensayar tu ponencia para tomarte el tiempo y ajustarla según el tiempo sugerido. Lo otro es marcar qué párrafos podrías cortar en caso veas que por alguna razón te va a faltar el tiempo.

Si practicas tu ponencia con anticipación vas a poder evitar leerla del todo. No es que se vea mal, pero la imagen de alguien que no despega la vista del papel puede parecer monótona a la audiencia. Tampoco debes memorizarla, pero algo a medio camino es lo mejor. Por razones personales me inclino más a explicar una ponencia antes que leerla. Ello me permite evitar tonos monocordes de voz, darle cierta performance a una ponencia y hacer contacto visual con el público, algo importante para reforzar tu rol como ponente con quienes han asistido a escucharte.

Al comenzar la ponencia agradece a quienes han organizado el evento, con lo cual has cumplido la etiqueta. No te extiendas en los agradecimientos a tus profesores, tus parientes o al señor de Inmigración que te revisó la visa para que viajes a la conferencia. Ya habrá otras instancias donde puedas hacerlo con más detalle. Si eres de los últimos, escucha con atención las ponencias de los demás panelistas y haz mención brevemente de sus trabajos mientras desarrollas tu ponencia, indicando cómo coincides con algunos de ellos o das una interpretación alternativa a lo que propone algún otro.

En la ronda de preguntas escucha atentamente lo que te pregunten, toma nota del nombre de quien lo hace y, muy importante, agradécele por la pregunta, la sugerencia o el comentario. No importa que la pregunta o el comentario no sea de tu agrado, pero trata de responder de la manera más cordial posible. Si ves que ello requiere de una explicación más larga, y para que no monopolices el tiempo de las preguntas, usa la fórmula: “Podemos seguir conversando sobre esto en el pasillo”.
Como decía al inicio, dominar el dar una ponencia requiere tiempo y práctica. Pero se trata de un ejercicio gratificante que tiene como correlato poder desarrollarlo dentro de un espacio cordial de colegas y quienes están interesados en tu trabajo. Espero que estos tips sean de ayuda.

Para información más detallada sobre cómo mejorar las presentaciones académicas, sugiero este post, “Connecting People to Useful Information. Guidelines for Effective Data Presentations”.

Y para etapas posteriores a la ponencia, como la escritura de artículos académicos, recomiendo este post de Patrick Dunleavy sobre cómo redactar párrafos académicos.

José Ragas

University of California, Davis
joseragas.com
jragas@ucdavis.edu

Las memorias militantes y el uso testimonial en la historia política del tiempo presente en Chile: de lo estructural y lo subjetivo.

La recuperación del relato militante ha tenido distintas etapas en nuestro país, aunque todavía no tiene una significación importante y sistemática en el uso historiográfico chileno, ha ido revistiendo un proceso de validación como fuente historiográfica testimonial clave para acceder a distintos espacios del pasado reciente.

Hacer la historia... construir el presente!

Dra. Cristina Moyano Barahona.

Académica Departamento de Historia- Universidad de Santiago de Chile.

La historia política del tiempo presente o del pasado reciente, según sea la adscripción teórico que se encuentra detrás de la nominación, ha ido registrando avances significativos en el espacio historiográfico chileno. En ese plano, al igual que en lo que ido ocurriendo en Argentina (Pittaluga, 2007), las memorias militantes han comenzado a ser usados tanto como fuente para acceder a procesos reconstructivos del pasado reciente y de la experiencia militante, así como para reflexionar, en segundo grado, acerca de la forma productiva, los contextos políticos de producción y de esta forma, las tensiones y diálogos que se expresan tanto a nivel político, como cultural en la posibilidad de decibilidad de las transiciones a la democracia.

La recuperación del relato militante ha tenido distintas etapas en nuestro país, aunque todavía no tiene una significación importante y sistemática…

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El investigador en la sociedad digitalizada. Nuevas etnografías y ciberespacio: reformulaciones metodológicas.

CULTURA & POLÍTICA @ CIBERESPACIO
1er Congreso ONLINE del Observatorio para la CiberSociedad

En septiembre de 2002 el Observatorio para la CiberSociedad celebró su primer Congreso ONLINE bajo el título “Cultura & Política @ CiberEspacio”.
Comunicaciones – Grupo 10
El investigador en la sociedad digitalizada
Coordinación: Jordi Colobrans (jcolo97@lix.intercom.es)
http://cibersociedad.rediris.es/congreso
Nuevas etnografías y ciberespacio:
reformulaciones metodológicas.
Anastasia Téllez Infantes
Universidad Miguel Hernández, Elche
nasta70@hotmail.com y atellez@umh.es
Resumen
En esta comunicación nos planteamos cómo hacer antropología en, sobre y a través del ciberespacio y la necesaria adaptación metodológica de la investigación etnográfica. Y ello, porque defendemos que las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (N.T.I.C.) y en especial Internet, se constituyen en técnicas de investigación. En segundo lugar, este contexto ciberespacial es un campo de estudio donde podemos analizar la interacción de los individuos o informantes cibernautas y la creación de una denominada “cibercultura” en la Red. Y, por último, otro ineludible tema de análisis antropológico son las repercusiones y transformaciones socioculturales que estas N.T.I.C. y este nuevo “mundo virtual” están generando en el “mundo real” de algunos usuarios.
Abstract
In this paper we think about how make anthropology in,about and through the ciberspace and the necessary methodological adaptation of the investigation. And it, because we defend that the New Technologies of the Information and the Communication (N.T.I.C.) and especially Internet, they are constituted in technical of investigation. In second place, this context is a study field where we can analyze the interaction of the people or informants and the creation of a denominated “ciberculture” in the Net. And, lastly, other unavoidable topic of anthropological analysis is the repercussions and social transformations that these N.T.I.C. and this new virtual world is generating in the real world of some users.
Palabras claves
Metodología etnográfica, Nuevas Tecnologías, Internet, investigación antropológica, realidad virtual, ciberantropología, ciberespacio.

Introducción
En esta comunicación nos planteamos cómo hacer antropología en, sobre y a través del ciberespacio y la necesaria adaptación metodológica de la investigación etnográfica. Y ello, porque, en primer lugar, defendemos que las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (N.T.I.C.) y en especial Internet, se constituyen en herramientas o técnicas de trabajo en la investigación, tanto en el proceso etnográfico (recogida de datos y organización de la información) como el producto etnográfico (la presentación y difusión de los resultados). En segundo lugar, este contexto ciberespacial es un campo de estudio donde podemos analizar la interacción de los indivíduos o informantes cibernautas y la creación de una denominada “cibercultura” en la Red. Y, por último, consideramos que otro ineludible tema de análisis son las repercusiones y transformaciones socioculturales que estas N.T.I.C. y este nuevo “mundo virtual” están generando en el “mundo real” de algunos usuarios.
Por ello, vamos a discutir la forma en que podemos realizar lo que se viene denominando etnografía de la cibercultura, para profundizar en el nuevo terreno que se abre para los antropólogos en Internet, centrando el debate en la cuestión de si el clásico método etnográfico es válido para el estudio de las relaciones sociales y la cultura a través de la World Web Wide (WEB).

Nos detendremos pues en cuestionar si las herramientas conceptuales que usamos en el trabajo etnográfico del mundo real pueden utilizarse en este nuevo escenario virtual.
Como apunta Picciolo (1998) “la Antropología puede aportar algo al estudio de un espacio nuevo, donde se están generando nuevas reglas y donde por primera vez hay un contacto multiétnico generalizado. Ese espacio nuevo no se ubica en ninguna parte y genera sus propias reglas”.

Por un lado, las propias observaciones del investigador pueden considerarse como un hecho etnográfico al igual que las acciones y el discurso de los informantes en el ciberespacio. Por otra parte, nuestra disciplina tiene mucho que decir “acerca de los ritos de pasaje por los que discurre un internauta antes y después de una inmersión en la realidad virtual; así como el hecho de que la red internet permite un permanente y generalizado intercambio de distintas visiones del mundo” (Picciuolo, 1998).
Si pretendemos cuestionar la investigación antropológica en el contexto de Internet y las N.T.I.C. en general, se hace preciso admitir lo complejo y difícil que a priori resulta delimitar el objeto de estudio y las particularidades que conlleva. Y esta necesidad de replanteamiento metodológico no sólo ocurre en nuestra disciplina, sino en general en todas las Ciencias Sociales.
Como señala Mayans (2002, e.p.) “el estudio de las formas y manifestaciones de la tele-presencia es un área de trabajo pertinente para los etnógrafos de lo cibersocial, puesto que en estas formas y manifestaciones se va a descubrir la materia prima de las relaciones sociales trenzadas a través de las comunicaciones mediadas por ordenador”.
Aunque aún nos falta la perspectiva histórica y el paso de algunos años para poder evaluar el fenómeno de cambio sociocultural que las N.T.I.C están produciendo en el mundo (occidental) ello no es óbice para mantener la ensimismada postura y la hasta hoy no merecida importancia que tales fenómenos culturales tienen para el gremio antropológico.*
Individuos y comunidades enteras están fijando su atención en una realidad distinta de la que consensuamos como tradicional. Una realidad donde el espacio físico deja de tener importancia, donde ciertas decisiones son tomadas con ayuda de la función random, donde la imagen corporal no es -a priori- necesaria para las relaciones sociales… “Nos estamos refiriendo a la creación y actualización permanente que requiere mantener en funcionamiento lo que la cibernética llama Isomorfismo de los Modelos de Representación de la Realidad y comunmente es conocido como Realidad Virtual” (Picciuolo, 1998).
En opinión de Faura (1998) “la telefonía móvil, la sofisticación de los sistemas de información y, como factor más espectacular, la aparición de las grandes redes informáticas y la nueva cultura que éstas han creado, la cibercultura, son campos abonados para la investigación de la antropología, campos que por todo lo que representan actualmente merecen tener un papel importante dentro de nuestra disciplina”. Así pues, opinamos que la antropología cuenta con las herramientas teóricas y metodológicas apropiadas para la comprensión de los revolucionarios escenarios que plantea, como ciencia de la diversidad y de las comunicaciones, las profundas transformaciones que conllevan las N.T.I.C. y la cibernética en general.
La cibercultura y el ciberespacio
Plantearnos investigar etnográficamente en y través de Internet nos induce en primer lugar, a la delimitación de nuestro marco conceptual y objeto de estudio, y ello nos obliga a definir algunos nuevos conceptos tales como cibercultura, ciberespacio y ciberantropología, en busca del estudio de la “ciberotredad”.
Autores como Downey, Dumit y Williams (1995) definieron la ciberantropología como la antropología cultural de la ciencia y la tecnología. Los antropólogos cuando se hace referencia a las nuevas tecnologías, y más concretamente cuando hablan de estudiar el fenómeno del ciberespacio, suelen tender a analizar el impacto que éste nuevo fenómeno tecnológico está produciendo sobre las diversas y variadas culturas en que está inmerso el ser humano (Faura, 2000). Aunque en nuestra opinión la ciberantropología abarcaría muchos más aspectos.
Fue en la conferencia anual de la American Anthropological Association de 1992, donde se reconoció académicamente los conceptos de cibercultura y ciberespacio y se caracterizó a la ciberantropología como la rama que estudia las relaciones entre los humanos y las máquinas en un contexto histórico en que las N.T.I.C. se transforman en agentes de producción social y cultural de tal magnitud, como para que el eje mismo de los procesos de acumulación se articule ya sobre la información y la sociedad post-industrial se identifique con una sociedad del conocimiento (Hauser, 2000). En esta conferencia se definió la ciberantropología (cybor anthropology) como el “estudio etnográfico de las relaciones entre los humanos y las máquinas en este final del siglo XX en el que las nuevas tecnologías sirven como agentes de producción social y cultural” (Faura, 1998).
Por su parte, en la reunión de la American Anthropological Association del año 1995 “ya se constató un crecimiento de este tipo de estudios y una reorientación en la dirección de investigar las comunidades electrónicas desde el punto de vista de los contextos donde las tecnologías del ordenador se desarrollan, la interacción entre los diseñadores y los usuarios y las comunidades que resultan de esta interacción, a veces imaginadas e inventadas, pero capaces de crear nuevas identidades, los cyborgs, y los vecinos electrónicos que pueden vivir en regiones y comunidades físicas y virtuales” (Faura, 1998)

La investigación etnográfica se centraría, entre otras cosas, en los entornos sociales y las relaciones sociales que sus informantes, usuarios, establecen a través de Internet. Al respecto, diversos autores sostienen que hay que tener presente el mundo real de quienes estudiamos en el mundo virtual, es decir, el contexto cultural de los usuarios de Internet que analizamos en nuestra investigación, pues las fronteras entre ambos mundos está difuminada e interconectada. El mundo virtual es un mundo de flujos e interconexiones, de tiempo encriptado e intermitente, de “no lugares” ciberespaciales y de “lugares con identidad propia” a modo de contextos de sociabilidad formal e informal. En este mundo virtual el etnógrafo debe saber sumergirse con empatía entre sus informantes, presentarse siguiendo los códigos de conducta establecidos, dominando el mundo simbólico y por supuesto el lenguaje propio.
A la hora de definir la cultura que el antropólogo analiza a través y en la WEB, la denominada cibercultura, hay que, por un lado, acotar la comunidad de estudio, y por otro, entender el ciberespacio como unidad de observación tempo-espacial diferente.
Refiriéndonos al espacio “no podemos decir que sea distinto, por la sencilla razón de que en la inmersión no existe el espacio. Uno nunca sabe si esta visitando una WEB en su mismo pueblo o en las antípodas. Para el cibernauta el espacio es un tema irrelevante. Aunque siendo algo tan importante en el mundo real (sin espacio físico no habría mundo real) sería interesante investigar qué rituales devuelven al internauta su control del espacio físico” (Picciuolo, 1998). Igualmente deberemos investigar cómo el espacio virtual puede generar acciones en el mundo real, como por ejemplo la huelga de usuarios antiglobalización contra algunas “cumbres internacionales” o la de cibernautas contra grandes empresas de telefonía, o los encuentros “cara a cara” entre personas que se conocieron en la red.
En cuanto al tiempo cuando el etnógrafo está navegando-investigando en el ciberespacio, cambia sustancialmente la configuración de la atención, puesto que en el ciberespacio el tiempo parece que transcurre a una velocidad distinta que en el mundo real (Picciuolo, 1998).
En este ciberespacio el antropólogo encuentra “otros distantes” y “otros cercanos” al mismo tiempo y de forma entrelazada, siendo la mayoría de ellos sujetos de contextos “urbanos” y “occidentales”.
En palabras de Hauser (2000) “los flujos sociales contemporáneos, basados en circuitos de impulsos electrónicos y nódulos de sistemas tecnológicos interconectados que soportan relaciones humanas, son ya un producto de la cultura cibernética, que asume la turbulencia como campo de acción, a la vez que han generado la “tercera ola de la cibernética”, caracterizada por los fenómenos de “emergencia” y están históricamente determinados por el nacimiento y desarrollo de las redes humanas con soporte tecnológico, es decir, por las nuevas tecnologías de información y comunicación”. Nuevas redes en Internet e interacciones sociales que se sustentan en nuevos códigos y lenguajes que el antropólogo debe conocer en su investigación, nos referimos principalmente a los iconos, puesto que son los símbolo más utilizados en la WEB. Puesto que la iconografía es uno de los factores más determinantes dentro del ciberespacio, y esta iconografía ayuda a unificar a la llamada cibercultura pues todos conocen perfectamente el significado de cada uno de sus símbolos. También podemos citar el caso de los denominados emoticons o símbolos utilizados por los internautas para expresar su estado de ánimo en momentos y entornos en que se produce una relación más directa entre interlocutores, como es el caso del correo electrónico y de los denominados chats o conversaciones en tiempo real (Faura, 2000).

Junto al conocimiento del lenguaje de la red el antropólogo debe conocer los valores y las representaciones ideológicas principales del entorno ciberespacial en el que investiga. Así necesitará saber cuáles son los “valores centrales” dentro del ciberespacio, entre los que algunos estudiosos destacan como claves el individualismo, la iniciativa y la igualdad de oportunidades (Faura, 2000). Valores y comportamientos compartidos por muchos cibernautas a quienes se les considera que han desarrollado una “nueva cultura” en Internet, la denominada “nueva ideología californiana”.
Por otra parte, la existencia de esta sociabilidad en la WEB sólo es factible por determinados acuerdos sociales entre los usuarios que hacen posible que la realidad virtual y el mundo real se relacionen. Los acuerdos son la interface entre el mundo real y el ciberespacio. Así, es la intención de los usuarios, antes, y después, lo que permite la interrelación entre el ciberespacio y el mundo real y para que este triángulo funcione se están poniendo en juego no sólo protocolos de comunicación sino también contactos económicos e interculturales (Picciuolo, 1998).
Como destacan algunos autores (Hauser, 2000) en los últimos años se han realizado estudios sobre la interacción real o virtual entre diseñadores, usuarios y comunidades y se han llevado a cabo investigaciones aplicadas de corte etnográfico, en el marco preferente de alianzas estratégicas con la industria para comprender y orientar los comportamientos, expectativas y consumo de los actores. Pero aún queda mucho por hacer y debatir desde nuestra disciplina.
El trabajo de campo en la web
Consideramos que el trabajo de campo en la WEB, o lo que se suele llamar etnografía online o del “mundo virtual” presenta características muy diferentes al trabajo de campo en las tradicionales etnografías del “mundo real”.
Por un lado, para realizar el trabajo de campo en el ciberespacio se hace imprescindible tejer una red de informantes sin enredarse en ella, donde el investigador tiene que poner en juego contínuamente el compromiso y la negociación con ellos, lidiando con la subjetividad y la intersubjetividad. Y la inmersión en el campo se realiza a través de la interactuación y la socialización con los sujetos seleccionados en la WEB.
Como afirma Velasco (2002) “(…) el trabajo de campo es la situación necesaria para que el investigador sea copartícipe de las experiencias de los otros, coparticipación que es más la razón de ser del trabajo de campo como experiencia. La coparticipación se logra introduciéndose en los circuitos de la comunicación y enmarañándose en las redes sociales de los otros”. Redes sociales en las que tanto el antropólogo como sus informantes desempeñan determinados roles, que en numerosas ocasiones varían según el contexto en el que interactúen y la intencionalidad que se posea en ese momento y en ese espacio (un canal concreto de Internet Relay Chat [IRC], un mailing list, un foro de discusión, una freenet, etc.). Redes, que en el ciberespacio se difuminan y crean y recrean en un continuo proceso donde los factores que el investigador controla son aún más impredecibles que los que usualmente intenta manejar en el mundo no virtual.
Mucho se ha discutido en la última década sobre la interferencia del investigador en el contexto interlocutorio, en la escena que analiza, en la realidad en la que se introduce en su investigación. En nuestro caso, el antropólogo se sumerge en el ciberespacio del mismo modo que lo hacen sus informantes, necesitando obviamente un proceso de socialización que a partir del extrañamiento y la empatía le posibilite aprehender los fenómenos culturales que investiga. De esta forma se convierte en un sujeto interactuante con el contexto de estudio y con las personas que analiza. Y su presencia modela e interfiere esa propia realidad virtual desde el momento que aparece en las pantallas de sus informantes usuarios de la red, se presenta en sus foros de discusión o participa en un canal de chat de IRC. Porque puede introducirse a través de un servidor y “navegar” o “surfear” por todos los sitios WEB, donde encontrará miles de usuarios, potenciales informantes, para quienes ese espacio virtual se convierte en pauta cultural y contexto de interacción social.
Como en todo trabajo de campo uno de los aspectos que debe saber evitar el antropólogo es no convertirse en “nativo cibernético”, y si lo hace, al menos ser consciente de ello y procurar un proceso de distanciamiento que le permita volver a recuperar su capacidad de extrañamiento y objetividad.
Cuando los sujetos-objeto de estudio están en el ciberespacio la distancia entre investigador e informantes se transforma; ahora el pretender alejar lo cercano y acercar lo lejano se difumina con contornos tempo-espaciales distintos, aunque la aspiración al relativismo cultural siempre debe estar presente. Por ejemplo, al participar en un chat el antropólogo debe conocer los códigos de comunicación, las expresiones, juegos de palabras, y símbolos escritos a través de los cuales los informantes se comunican. Es por ello, por lo que se hace preciso, por ejemplo, al entrar en un canal de chat conocer los rituales de saludo, de reconocimiento, de despedida y el cómo concertar una cita o “quedada” en el “mundo real”.
Otro de los elementos a los que debe enfrentarse el investigador al realizar su etnografía en Internet es el no control de muchas variables tales como: la propia presencia de los informantes que busca, el “lugar virtual” donde se encuentra, el tiempo que va a permanecer conectado a la red, etc. Es decir, en su trabajo de campo el etnógrafo debe considerar una serie de casuísticas que no puede dominar. Debe admitir su incapacidad para controlar la relación interlocutoria con sus informantes, al igual que le ocurre en el “mundo real”.
A su vez, existen nuevas estrategias de investigación en la WEB que nos posibilitan analizar las trayectorias de nuestros informantes, los vínculos y portales a los que acuden, los canales de chat que frecuentan, el cómo, cuándo y para qué, los protocolos particulares y comunes que utiliza, etc.
Por otra parte, el antropólogo puede participar en conferencias internacionales en contextos virtuales del ciberespacio, creando debates y recogiendo experiencias de sus informantes, independientemente del lugar físico donde se encuentren. Como afirma Hauser (2000) “la comunicación a distancia teniendo un claro sustento en la dimensión espacial y siendo ésta precisamente el ámbito de su definición, no ha incorporado de la misma manera una reflexión sobre el factor temporal que conlleva”. Además, ahora el etnógrafo gracias al soporte tecnológico tiene acceso inmediato, casi instantáneo, a grandes cantidades de datos desde cualquier lugar y en cualquier momento.
De otro lado, en el ciberespacio las relaciones que se establecen son diferentes a las del “mundo real” pues “los individuos se ven agrupados por intereses comunes o temáticas, concentrándose alrededor de forums o grupos de discusión, sin tener en cuenta cualquier otro condicionante social, siempre que estos no se antepongan a los intereses del grupo en cuestión. Desde un primer momento, el proceso globalizador queda totalmente patente y más si lo comparamos con los diferentes niveles de relación que se establecen en la vida cotidiana. Todos formamos parte de un entorno cultural y dentro de él desarrollamos uno o más roles que configuran nuestra vida” (Faura, 1998). Roles que en muchas ocasiones se esconden tras el anonimato que posibilita Internet y que nos enfrenta a una forma de interrelación y sociabilidad anónima, donde los sujetos pueden recrear su propia identidad.
Refiriéndonos al anonimato que permite la interacción social en Internet, y las condiciones de privacidad y seguridad de, por ejemplo IRC, nos interesa reflexionar como propone Mayans (2000) sobre la posibilidad que tienen tanto nuestros informantes como el propio antropólogo de construir personalidades e identidades ficticias o de proteger las reales en estos entornos cada vez más masivos pues la comunicación y la identificación se establece a través de un nick tanto dentro de un canal público como de una charla privada.
Aunque Internet no es anónimo, y cuando los usuarios se refieren al anonimato, a lo que en realidad hacen referencia es a que su vida ‘real’ y su vida online no se mezclen (Mayans, 2002, e.p.). Porque uno de los mayores atractivos de las comunicaciones interactivas en Internet se basa, no tanto en el concepto de anonimato, sino en la capacidad para establecer una personalidad que no depende del aspecto físico o connotaciones ‘reales’ de quien está tras el teclado (Mayans, 2002, e.p.).
Con respecto a los dilemas éticos que se nos pueden presentar en el trabajo de campo en el ciberespacio varios son los aspectos que proponemos para la reflexión. Por un lado, la transparencia en la investigación puede venir facilitada si el etnógrafo tiene su propia página WEB donde remitir a los informantes que soliciten conocer más en detalle la investigación. De este modo el investigador puede clarificar sus objetivos, su proyecto y publicar online algunos artículos y resultados de su estudio que a su vez pueden ser debatidos y juzgados por sus propios informantes. Este proceso de retroalimentación implica que la construcción del conocimiento, en este proceso de recogida de información, se hace con la coparticipación del investigador y los informantes.
Tal y como señalan algunos antropólogos (Uimonen, 2002) la recogida de información en el ciberespacio presenta a menudo diversos dilemas sobre la autoría de los textos: por una parte algunos documentos se hallan en la Red como publicaciones oficiales, mientras que otros son mensajes y opiniones personales colgados en mailing list y grupos y foros de discusión. Es en el segundo caso, cuando el antropólogo se plantea la autoría y divulgación, con o sin consentimiento de sus autores, de las opiniones personales referidas. Así, puede optar por ocultar la identidad del informante o bien intentar ponerse en contacto con él a través de e-mail y pedirle su consentimiento para la divulgación o publicación de su mensaje.
Por otra parte, las N.T.I.C se presentan para el antropólogo como útiles y nuevas técnicas de investigación tanto en la recogida de datos como en el proceso de redacción y producción del producto o texto etnográfico resultado de nuestra investigación. Sirva de ejemplo, utilizar el correo electrónico como una excelente herramienta a la hora de contactar con informantes por primera vez y para realizar entrevistas. De algún modo viene a sustituir o complementar la interacción con los informantes cara a cara. Otras técnicas o útiles para la investigación antropológica son los newsgroups, listserves, chatrooms, netmeeting y las videoconferencias.
De otro lado, el antropólogo debe detenerse en el análisis del discurso en la WEB, tanto del texto como de la imagen (estática y/o en movimiento). Y es que consideramos tanto el texto como la imagen en la WEB como fuente directa de información sobre los contenidos culturales que podemos analizar en la etnografía del ciberespacio.

Entendemos que el soporte básico en Internet es el texto, es decir, la principal vía de comunicación entre los usuarios de la Red es el texto escrito, lo cual nos lleva a interpretar la cultura como si de un texto se tratase. Texto en el que el inglés se presenta como la lengua hegemónica y uniformizante. Pero no nos estamos refiriendo a un texto escrito y “muerto” sino en continuo proceso de redacción, de remodelación de autocorrección por parte de sus propios protagonistas, nuestros informantes.
Como bien afirma Mayans (2002, e.p.) “el hecho de que por primera vez en la historia una gran masa de población disponga de un instrumento a través del cual establecer vínculos sociales de forma anónima e incorpórea (con todo lo que la incorporeidad supone) en espacios públicos y en lo que se llama ‘tiempo real’ (es decir, de forma inmediata) ya es, de por sí, algo llamativo. Si además, el medio que para ello utilizan es de tipo textual, nos encontramos ante un fenómeno lingüístico y social de considerable magnitud”.
A su vez, el investigador debe analizar cómo se construye el discurso científico y cómo se traduce en la cotidianidad de los sujetos cibernautas, los usos sociales de las nuevas tecnologías en diversos contextos culturales.
Junto al texto, en Internet encontramos la imagen en sucesión, el vídeo como un nuevo “texto simbólico” que debemos descifrar y analizar antropológicamente. Este soporte, el audiovisual en la WEB, es más rápido que el texto y nos exige a los investigadores socializarnos en esta cibercultura para poder entender y descodificar las imágenes y las representaciones ideológicas que las sustentan. Puesto que la imagen en Internet es un producto cultural, una manifestación artística si se quiere, cargada de representaciones ideológicas llenas de información interpretable.
Así pues, para realizar estudios etnográficos en el soporte tecnológico de Internet se hace preciso considerar tanto las imágenes como el texto como elementos centrales para el análisis y la deconstrucción de los discursos, puesto que es necesario estudiar el formato de los materiales o datos etnográficos que se utilizan en y para la comunicación en este denominado ciberespacio.
Reflexiones finales
En esta comunicación nos hemos centrado en reflexionar sobre la necesaria adaptación metodológica que los antropólogos debemos acometer para realizar estudios en el ciberespacio. Puesto que la utilización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación nos plantea diversas cuestiones metodológicas sobre las que es preciso discutir, tales como: el trabajo de campo en Internet, la ética del antropólogo y el anonimato de los informantes-usuarios, la realización de entrevistas a los informantes a través del correo electrónico, los grupos de chat como grupos de discusión, etc.
Así pues, abogamos por la pertinencia de la investigación antropológica en Internet y la nueva sociedad de la información, lo cual conlleva inevitable y convenientemente la innovación experimental y nuevas reorientaciones de investigación que van más allá de lo hasta ahora establecida desde los modelos clásicos de la etnografía y su modelo académico tradicional. Como afirma Picciuolo (1998) lo más importante es poner a prueba nuestras propias ideas y herramientas conceptuales, nuestra experiencia en la observación de las conductas y aspectos cognitivos del ser humano en un nuevo ambiente, el ciberespacio. Puede que se trate simplemente de adaptar nuestra herramienta en la recolección de datos o en la interpretación de los mismos y también puede ocurrir que se estén generando situaciones nuevas, que requieran incluso repensar el paradigma que nos está sustentando.
Siguiendo a Hauser (2000) afirmamos que la cibernética es una ciencia de la comunicación y ha sido el gran campo de desarrollo de los últimos cincuenta años. Así, la irrupción masiva de la comunicación tecnológica ha provocado profundas transformaciones, de enorme velocidad de realización y que afectan todos los campos de la actividad humana, sería impensable que no afectaran la vida académica. Cierto es que vivimos en la cibercultura y también de alguna manera ya somos aunque no nos demos cuenta “cyborgs” es decir, seres que han incorporado las máquinas y sus producciones a sus organismos (Hauser, 2000).
Porque como ha señalado Hauser (2000) “la utilización del soporte tecnológico se constituye en un imperativo de impactos profundos en las diversas áreas de la actividad humana. La educación superior no sólo es un ámbito preferencial, sino que constituye un laboratorio privilegiado, tanto para la aplicación como para la reflexión acerca de los efectos de las TICs en el proceso de transmisión de conocimientos”.
Por ello, queremos concluir estas páginas destacando la importancia que estas nuevas tecnologías de la información y la comunicación presentan como recursos didácticos en la docencia de la antropología y la creación de universidades virtuales, portales temáticos en Internet, redes académicas internacionales, publicaciones electrónicas, y un largo etc. que depende, en gran medida, de nosotros.
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NOTAS
1 Dra. ANASTASIA TÉLLEZ INFANTES, profesora de la Licenciatura de Antropología Social y Cultural en la Universidad Miguel Hernández de Elche (Alicante)
Universidad Miguel Hernández (www.umh.es)
División Departamental de Antropología Social y Cultural
Avda. del Ferrocarril, s/n
Edificio Torreblanca, 2ª planta. Elche 03202 (Alicante)
nasta70@hotmail.com y atellez@umh.es

Nota : este trabajo de fecha  marca los inicios de la metodología de la Antropología Virtual. En 2017 hay un corpus establecido que permite evaluar esta metodología

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