espacio público

Hacia una globalización de la memoria.

Hacia una globalización de la memoria

Traduction de Miriam Hernández Reyna
[18/09/2015]
RESÚMEN

 

Una constatación parece imponerse ahora de manera patente: en todas partes del mundo, a pesar de contextos políticos o culturales diferentes, a pesar de la extrema diversidad de herencias históricas, la relación con el pasado no solamente ha experimentado cambios estructurales importantes en el último cuarto del siglo XX y el inicio del XXI, sino que tiende también a unificarse, a “globalizarse”, a suscitar formas de representación colectivas y acciones públicas que, al menos en apariencia, son cada vez más semejantes. Observada a gran escala, esta constatación no se limita ni al recuerdo de algunos eventos recientes, ya que fuesen excepcionales como el Holocausto, ni a un espacio específico como “el mundo occidental”. Ella concierne a la escritura del pasado nacional de un gran número de países y se manifiesta igualmente, desde hace varios años, como una cuestión política mayor a una escala regional (por ejemplo, la de la Unión Europea), o a una escala mundial (principalmente dentro de la Organización de Naciones Unidas). Este fenómeno toma forma según eventos históricos muy diferentes en cuanto a su naturaleza, su temporalidad o su espacio: los recuerdos obsesivos del nazismo en todas partes de Europa; las polémicas recurrentes sobre los efectos de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación japonesa en el Extremo Oriente; la larga memoria de la esclavitud en América del Norte o en Francia; la de la colonización en África; los agitados debates sobre la herencia de las dictaduras militares en América del Sur o las secuelas físicas y morales de las grandes masacres de masa en los cinco continentes. Asistimos, así, a un mismo movimiento planetario, por no decir homogéneo, de reactivación del pasado, y podemos observar, al mismo tiempo, numerosas similitudes en las expectativas de la opinión pública y en las políticas emprendidas para dar su “justo” lugar a la historia y a la memoria en contextos en apariencia muy alejados los unos de los otros.

  • 1 Esta última expresión proviene del alemán y se inscribe en el debate matricial sobre el pasado. Cf. (…)
  • 2 Ver particularmente Aleida Assmann, Cultural Memory and Western Civilization: Functions, Media, Arc (…)
  • 3 La literatura reciente sobre la cuestión es abudante: Michel Dobry (coord.), Democratic and capital (…)
  • 4 Proveniente de la antropología, este concepto ha sido desarrollado por François Hartog, Régimes d’h (…)

2Esta evolución proporciona hoy en día una abundante materia a politólogos, sociólogos, filósofos e historiadores. Los cuestionamientos pueden variar con respecto a registros teóricos o empíricos muy diversos: análisis de usos, de representaciones y de “políticas del pasado”1, trabajos sobre el “manejo del pasado” (Vergangenheitsbewältigung), o el “deber de memoria”, sobre el patrimonio y la patrimonialización o incluso la “cultura del recuerdo” (Erinnerungskultur)2, sobre la justicia “transicional” o “restaurativa”, que reposa sobre interpretaciones normativas del pasado reciente3, en fin, sobre el fin de la guerra, de la guerra civil o de la dictadura. Todos estos trabajos abordan, explícitamente o no, cuestiones concernientes a un posible cambio de “régimen de historicidad”4. Por régimen de historicidad, entendemos una evolución profunda de la naturaleza, el lugar, el rol y los efectos que el pasado juega en el presente de las sociedades, en un lugar determinado y en un momento dado (ahora, al final del siglo XX); y a una escala que debe precisamente determinarse.

  • 5Cf. Ian Buruma, Wages of Guilt: Memories of War in Germany and Japan, New York, Farrar Strauss Giro (…)

3El presente texto propone, en efecto, la hipótesis de que ese cambio no concierne solamente a la civilización europea, sino que abarca un espacio mucho más amplio, sin duda global, con todas las precauciones que implica actualmente el uso de ese término. En una primera versión, este texto sirvió de introducción a un número especial de la revista francesa Vingtième siècle, dedicado a un análisis comparativo de la memoria de conflictos internos o externos en Europa y Asia, concentrándose particularmente en el establecimiento de un paralelo entre la prolongada gestión del pasado nazi y las disputas reactivadas en torno a la “guerra de los Quince años” (1931-1945) en Asia oriental.5

4La elección de los términos de la comparación reposaba, principalmente, sobre una proximidad evidente: la Segunda Guerra Mundial, en el sentido amplio del término, forma no solamente una matriz histórica común a los dos continentes, sino que constituye, tanto en Asia como en Europa, un evento central en la historia reciente, cuyos efectos aún se recienten no solamente en un plano memorial, sino también en un plano político y social y, aún más, en el plano de las relaciones regionales e internacionales. Sin embargo, aun si ello puede naturalmente explicar ciertas similitudes en la gestión del pasado, las diferencias de situación en la historia respectiva de la post-guerra en Europa y en Asia, especialmente en Alemania y en Japón; más aún, las diferencias de cultura, particularmente en lo que concierne a las relaciones entre tradición y modernidad, eran suficientemente grandes como para que predominarán más diferencias que semejanzas. Ahora bien, este no es el caso si tomamos en cuenta los diferentes textos publicados en dicho número especial, que mostraba, más bien, grandes similitudes en la gestión y en los usos del pasado reciente, como si las singularidades nacionales o continentales no afectaran plenamente. Además, el número especial tomaba en cuenta, igualmente, procesos históricos de otra naturaleza, como la memoria del comunismo o la de conflictos localizados, como el de Irlanda del Norte, lo que permitía extender el campo de la comparación sobre los fenómenos de la memoria. Es así que nació el presente texto, preguntándose sobre algunas explicaciones posibles de puntos en común, de transferencias, de posibles préstamos recíprocos en el mantenimiento del recuerdo y de la gestión del pasado a una escala global.

Las modalidades comunes de gestión del pasado

5Dos series de elementos permiten sostener ad minima la idea de una globalización de las relaciones con el pasado: una proviene de la puesta en evidencia de temporalidades comparables en la cronología de la memoria de episodios traumáticos, la otra, sobre la cual insistiremos más aquí, de la emergencia de un nuevo espacio público mundial.

  • 6Cf. Paul Ricœur, La mémoire, l’histoire, l’oubli, Paris, Seuil, 2000.

6Si observamos la evolución de la memoria y de las representaciones de eventos como el Holocausto, la Segunda guerra mundial, las guerras coloniales de los años 1950-1960, incluso eventos o procesos más antiguos, como la esclavitud, nos percatamos de que existen semejanzas entre ellos. El fin inmediato del evento traumático – el fin de genocidios o el fin de dictaduras – se traduce en general en el desarrollo de un intenso debate sobre el número y la naturaleza de las víctimas, sobre la suerte reservada a sus verdugos, sobre la posibilidad o no de juzgarlos o simplemente de alejarlos, de destituirlos de las funciones que ocupaban en el aparato de Estado, en el ejército, en la policía, etc. Es también el momento en que se establecen las primeras formas de conmemoración, se erigen los primeros monumentos, se deciden las primeras formas de reparación y de compensación, a la manera en que sucedió cuando se derrumbó el III Reich en Europa. Enseguida, a través de modalidades diversas y después de una duración que pueden variar según el caso, comienza un periodo durante el cual la elección del olvido, de la amnistía, del silencio sobre los crímenes del pasado, parece predominar en una parte de la opinión frente a las necesidades de la reconstrucción física y moral del país y a las de reconciliación y de unidad nacionales. Después, en un tercer momento, a veces mucho tiempo después, como en el caso de la memoria del Holocausto o la de las guerras coloniales (como la guerra de Argelia en Francia), a veces mucho más rápido, vemos aparecer, al contrario, el deseo de reabrir el pasado y de no darle vuelta a la página, de mantener procedimientos jurídicos en proceso, de continuar el “trabajo de memoria” y de vigilancia frente a la presencia posible de antiguos criminales o responsables dentro de las élites de poder. Esta última fase puede constituir una verdadera anamnesis, como fue el caso de Europa Occidental al final de los años 1970, respecto al pasado nazi. Ella puede incluso desembocar en una fase de “hyperamnesia”, en el sentido dado por Paul Ricoeur, es decir, una cristalización de un conflicto no resuelto, para el cual el trabajo colectivo de memoria no encuentra una salida final ni logra calmar el resentimiento legítimo de las víctimas o de sus descendientes.6 Tal fue el caso de la memoria del Holocausto, a pesar de las políticas de reparación a gran escala durante los años 1990-2000 en Alemania, en Francia y en Estados Unidos. Es el caso a fortiori en conflictos para los cuales no hay ningún proceso, ni juicio, por tanto, ninguna identificación precisa de hechos, de víctimas ni de reparaciones posibles.

7Siendo todo ello así, la novedad no consiste tanto en la posible repetición de esta secuencia ternaria – duelo inacabado, amnesia, anamnesis – en contextos históricamente diferentes, sino en el hecho de que converge, al final del siglo XX, una tendencia, un deseo general, cualesquiera sean los lugares y los episodios históricos concernidos, antiguos o recientes, de recordar los crímenes del pasado, de repararlos, de juzgarlos, de impedir toda forma de olvido. Que este deseo haya sido parcial o completamente saciado es otra cuestión, lo que cuenta aquí es la convergencia en la visión de un pasado que no debe pasar, que debe permanecer presente, como un guardián del porvenir.

  • 7 Ver, por ejemplo, Jean-Pierre Rioux, La France perd la mémoire, París, Perrin, 2006.
  • 8 Cf. Henry Rousso, « History of Memory, Policies of the Past: What For?” in Konrad Jarausch and Thom (…)
  • 9 Sobre este concepto de la sociología de la acción colectiva, ver Michel Offerlé, Sociologie des gro (…)

8Este nuevo régimen de historicidad que valora el recuerdo, que elabora el tiempo histórico privilegiando la visión del presente, se desenvuelve a la par de la emergencia de un nuevo espacio público mundial que contribuye a cambiar nuestra visión de la Historia. En primer lugar, de un lado al otro del planeta, los Estados se encuentran hoy confrontados a visiones en competencia y alternativas del pasado, que ponen en cuestión la tradicional dominación de la historia nacional. Hipótesis sostenida múltiples veces en Francia, principalmente después de las disputas memoriales de 2005-2006, ella sería una consecuencia del debilitamiento del sentimiento nacional y del progreso del “comunitarismo”, entre otros factores culturales.7 Aunque no pueda decirse que el argumento no tiene pertinencia en una perspectiva puramente francesa, y sin duda en el contexto de otras naciones europeas, sí pierde singularmente su impacto cuando se le sitúa en una escala no exclusivamente nacional, la única posible hoy en día para comprender los fenómenos de memoria.8 En realidad, la novedad radica aquí menos en la existencia de relatos históricos o de memorias singulares fundadas en la lengua, la etnia, la religión o una experiencia comunitaria compartida – que son una realidad desde siempre, especialmente en áreas en que los sistemas políticos y sociales otorgan un lugar importante, cuando no confieren derechos equivalentes a las minorías – que en la formación de un espacio público, en el plano nacional, regional (especialmente europeo) y mundial. Este espacio se caracteriza por una creciente toma de la palabra por grupos que proponen narraciones históricas tendientes a rechazar no solamente la historia nacional, sino también una parte importante de la historia científica, académica, sospechosa, en el mejor de los casos, de ceguera frente al destino de los “olvidados” de la Historia o, en el peor, de ser una “historia oficial” productora de “tabús”, más aún, de contribuir a mantener un sistema de dominación. Esta toma de palabra cada vez más manifiesta, tiene como efecto abolir las fronteras tradicionales entre el discurso del científico, del político, del actor, del militante, y de abrir hacia una pluralidad, más o menos bien controlada, interpretaciones del pasado, cuyo impacto reposa menos en la validez y veracidad de los propósitos emitidos, que en la capacidad de los actores para hacerse escuchar y, en ocasiones, para inscribirse en una lógica de “escandalización”, es decir, de una provocación deliberada destinada a suscitar “ruido”, en particular gracias a la rapidez y reactividad de las nuevas tecnologías de la información.9 Este proceder fue ampliamente utilizado en el marco de la memoria del Holocausto y lo es hoy en día en otros campos, como el recuerdo de la esclavitud o de la colonización.

9En este sentido, las modalidades del debate sobre la historia (o la memoria) no difieren fundamentalmente de aquellas observables sobre otros temas, como la salud, el clima o el medio ambiente, que ponen en juego igualmente numerosos conflictos de interés entre enunciados científicos, emociones populares y políticas públicas. Una de las consecuencias paradójicas de este fenómeno ha sido la vigorosa escalada y la mayor visibilidad de “revisionismos” históricos de todo tipo, ya sean legítimos, es decir, inscritos en un espacio de discusión común con la historia “ortodoxa” y que se presentan frecuentemente como “contrahistorias”, o de carácter más perverso, como el negacionismo antisemita, que tiene como objetivo explícito causar errores a favor de un clima general de puesta en cuestión de la historia reciente en Europa durante los años 1970-1980, por insistir en esta brecha.

  • 10 Ver Annette Wieviorka, L’ère du témoin, París, Plon, 1999 et surtout Avishai Margalit, The Ethics o (…)

10Este nuevo espacio público se caracteriza, en segundo lugar, por el creciente poder de la figura de la víctima, y de la víctima que testimonia de sus sufrimientos pasados, incluso tardíamente, delante de cortes de justicia o de comisiones de la verdad o reconciliación: en este sentido, la “era del testigo” ha sido la era de la víctima, y comenzó no sólo con el juicio de Eichmann en 1961 sino con el final de la Primera guerra mundial, que fue la primera experiencia de violencia de masa extrema, conducente a la producción de miles de testimonios inmediatos de personas anónimas o sin ningún grado.10 Todo ello va a la par con el creciente, e invasivo, lugar que ocupa el recuerdo de los crímenes del pasado en las sociedades contemporáneas, reduciendo el campo de la Historia o, más bien, de lo que es digno de ser recordado en nuestro presente y en una sucesión de perjuicios y de masacres. Ésta es una de las razones que explican que la “memoria” se haya vuelto, a este punto, un valor positivo casi universal , una tradición reinventada que se opone al “olvido”, mismo que se convirtió en un valor negativo: se puede olvidar una buena acción sin muchas consecuencias, pero olvidar un crimen sería como cometerlo por segunda vez. Este credo, hoy casi naturalizado, evidente, funda numerosas acciones memoriales contemporáneas, aun cuando sea discutible en el plan ético, político o jurídico, y a pesar de que no constituya de ninguna manera una constante en la larga historia del final de las guerras: al contrario, el olvido, la amnistía, el perdón han sido, hasta una fecha recientes (hacia los años 1970) modalidades mayores que han permitido a algunas sociedades poner un término realista a conflictos externos o internos, principalmente en áreas dominadas por la cultura judeo-cristiana. Agreguemos que este proceso concierne, ante todo, a eventos próximos, particularmente a las secuelas de la Segunda guerra mundial o a los sistemas coloniales del siglo XIX y el siglo XX, pero se extiende actualmente a episodios cuyas raíces se remontan cada vez más lejos en el tiempo, como atestiguan los intensos debates sobre la memoria de la esclavitud. No hay nada que se oponga, desde ahora, a que todo episodio en la historia humana pueda ser objeto, en un momento u otro, de una reivindicación o de una política memorial: nos situamos aquí en una de las más nítidas manifestaciones del “presentismo”, la de un desvanecimiento imaginario de las fronteras entre el presente y el pasado, que transforma a los contemporáneos en narradores, jueces y expiadores de todos los crímenes cometidos por “nuestros” ancestros. Esta evolución ha creado, de facto, la idea de que existe una responsabilidad temporal colectiva que extiende la imprescriptibilidad general a diversas acciones humanas, al menos las más oscuras, y que ya no tienen ahora el derecho de entrar en la categoría de un pasado resuelto.

11La existencia de un nuevo espacio público se traduce, en tercer lugar, a partir de nuevas formas de acción política. Casi en todas partes, en varios grados y bajo formas evidentemente diversificadas, podemos observar aspiraciones convergentes manifestadas por formas similares de acciones públicas y de movilizaciones colectivas que se desenvuelven sobre un mismo modelo, principalmente si se trata de tomar en cuenta una “historia criminal”. Ellas se inscriben en la fase de anamnesis descrita más arriba:

121er tiempo: la necesidad de una toma de consciencia de “errores” o de “crímenes” del pasado; términos que pueden recubrir un largo abanico de situaciones históricas que los contemporáneos son invitados a “afrontar”; es durante esta fase que las asociaciones de víctimas y sus modalidades de acción juegan un rol esencial, dado que está en juego crear o promover el resurgimiento de su destino como problema público importante, que es necesario analizar y resolver;

132do tiempo: la exigencia de un reconocimiento de las víctimas así identificadas, particularmente a través de la voluntad de inscribir el recuerdo de su sufrimiento en un relato histórico colectivo renovado, incluso revisado, incluida la necesidad de una calificación (o recalificación) penal de hechos resueltos, como fue el caso de los juicos tardíos de los criminales de guerra nazis o en el caso de las “leyes memoriales” en Francia que permitieron, por ejemplo, calificar retroactivamente, la esclavitud y la trata trasatlántica occidental (y únicamente ésta) de “crímenes contra la humanidad”;

143er tiempo: el otorgamiento eventual de diversas formas de reparación por los daños sufridos, a través de acciones jurídicas nacionales o internacionales, penales o civiles, por medio de políticas de indemnización, por la instauración de rituales tradicionales (erección de monumentos, creación de conmemoraciones) o de un género nuevo (las comisiones de reconciliación en América del Sur o en África, los textos jurídicos que reinterpretan el pasado según las normas del presente). El abanico de políticas públicas del pasado no cesa, sin embargo, se ampliase desde hace algunos años, y esta creciente y sistemática interpelación de los poderes públicos (en sistemas democráticos abiertos) desemboca cada vez más en una escucha atenta, principalmente en los países europeos, de manera que el rechazo a aceptar el imperioso “deber de memoria” puede constituir actualmente una desventaja más o menos agobiante para las élites políticas. Asimismo, esas demandas y esas acciones públicas son frecuentemente difundidas por organizaciones no gubernamentales o por instituciones internacionales como fue el caso, de manera emblemática, del proceso Pinochet y de casi todos los procedimientos revestidos de una dimensión penal.

Elementos de explicación

  • 11 Sobre este aspecto, que se abre hacia otros horizontes disciplinarios, ver por ejemplo Jean-Claude (…)

15Si admitimos estas proximidades, estas concomitancias, estos puntos en común, sin olvidar que la constatación realizada aquí resulta de una observación bastante amplia, se impone una pregunta simple aunque persistente: ¿cómo explicar esas convergencias en las relaciones que las sociedades contemporáneas mantienen con el pasado? Podría evocar aquí explicaciones de orden estructural sobre la gestión del duelo, la clínica del traumatismo, la relación entre la psicología individual y el imaginario colectivo11. Sin embargo, me apegaré a un registro más estrictamente histórico, a saber, a la existencia de una coyuntura particular, sin que ello constituya una explicación univoca.

16La globalización de fenómenos culturales, la existencia de lugares y repertorios de acción a nivel trasnacional o internacional, especialmente en materia jurídica, la uniformización – relativa – de ciertas prácticas políticas (la transparencia democrática), de ciertos valores (la defensa de los derechos humanos), pueden explicar la creencia en una acción reparadora o retroactiva respecto al pasado. Esta coyuntura se encuentra claramente más marcada por los efectos de dos eventos de naturaleza diferente.

  • 12Cf. Daniel Levy, Natan Sznaider, The Holocaust in the Global Age, Philadelphia, Temple University P (…)

17El primero es, evidentemente, la exterminación de los judíos por los nazis, un crimen de una naturaleza y de una amplitud sin precedentes en la historia, que conllevó, después de 1945, a formas, también sin precedentes, de gestión del pasado, término que se inscribe igualmente en el contexto post-Auschwitz. Estas formas se desarrollan inicialmente en el marco de la República federal alemana, que proporcionó el modelo de la Vergangenheitsbewältigung cuya historia, en cierta medida edificante, es hoy cuestionada, tal como atestigua la trayectoria y las polémicas reciente en torno al escritor Günter Grass. La memoria del Holocausto se expandió enseguida a los países vecinos, en consecuencia o paralelamente a conflictos de memorias autóctonas (como la cuestión de Vichy, en Francia), posteriormente a escala europea e internacional. La memoria del Holocausto es, sin duda, un elemento central de la creciente importancia de la noción de memoria en los años 1970. Desde entonces, y a través de un proceso que no estaba anticipado, el combate por el reconocimiento de un puñado de víctimas, acompañado por la reparación parcial de crímenes cometidos por los nazis contra los judíos, tomó una amplitud sin precedentes, hasta convertirse en el paradigma memorial por excelencia. Ya sea a través de las formas de la acción colectiva a favor de la memoria, la construcción de problemas públicos vinculados a interpretaciones del pasado, o incluso la definición de repertorios de acción específicos, fundados, por ejemplo, sobre la posibilidad de reparaciones jurídicas, simbólicas o financieras, la gestión reciente de esta memoria ha suscitado, al mismo tiempo, formas de deseo, de mimetismo, de competencia, al tiempo en que ha contribuido a la globalización del problema.12

18El segundo acontecimiento es la caída del muro de Berlín, aunque sea preciso evitar convertirlo en la explicación de todo fenómeno histórico reciente. La caída del comunismo y el fin de la Guerra fría significaron formas de democratización en Europa central y oriental y, sin duda, precipitaron la desaparición duradera de otros sistemas dictatoriales en América Latina, o el apartheid en Sudáfrica, conduciendo a varios países a cuestionarse sobre la gestión inmediata, o a mediano plazo, de su pasado a una escala inusitada desde 1945. No hay, sin embargo, una relación sistémica, incluso después de 1989, entre un proceso de transición democrática y la emergencia de un modelo memorial. Por otra parte, si aún queda una memoria por construir, es efectivamente la de la herencia comunista, en el amplio sentido del término, que constituye incluso una excepción notable frente al modelo aquí bosquejado. Las representaciones y los usos del pasado comunista permanecen acotados a espacios políticos, geográficos, mentales, infinitamente más restringidos que la importancia del fenómeno comunista en el siglo XX. Éstos continúan incluso a separar, con una línea invisible, las tradiciones del Este o del Oeste de Europa, como testimonia la dificultad de hacer emerger en Rusia una memoria del Gulag. La cuestión es saber si se trata de una excepción estructural o si la fase de amnesia relativamente actual desembocará, como en otros lugares o en otros tiempos, en una amnesia de gran escala, siguiendo el modelo esbozado más arriba. Por otra parte, los fenómenos de amnesia, de victimización, de reparación del pasado, no son un rasgo exclusivo de los Estados democráticos: también aparecen en China, en un contexto totalmente diferente, en que el país entero se presenta como una víctima olvidada respecto a su rivalidad con Japón.

19Además, hay tanto diferencias como semejanzas entre Asia oriental y Europa en lo que concerniente a la memoria de la guerra, para retomar el ejemplo que es punto de partida de mi reflexión sobre un posible nuevo régimen de historicidad globalizado. Las guerras asiáticas de la primera mitad del siglo XX no pueden, por ejemplo, ser consideradas como concluidas, como el conflicto mundial de los países europeos que llegó a su fin en 1945 o, en el peor de los casos, en 1989, si nos apegamos al punto de vista de cierta historiografía del Este europeo. En contrapartida, en los dos casos, podemos identificar elementos comparables. Así, los debates de Corea del Sur relativos a la amplitud y los efectos de la colaboración con los invasores japoneses, el resurgimiento reciente de una historia ocultada, los dilemas creados por una colaboración duradera que contribuyó en parte a la modernización del país, nos recuerdan la situación de ciertos países europeos hace unos veinte años. Lo mismo se puede decir para los debates transfronterizos sobre la posibilidad y la difícil emergencia de una “historia compartida”, antídoto de los nacionalismos, cuyo modelo explícito es aún la reconciliación franco-alemana. En los dos casos, las semejanzas no provienen solamente de la proximidad de los fenómenos históricos en cuestión – la colaboración con el enemigo en un país ocupado es un problema genérico, cualquiera sea la situación histórica – sino, más bien, del contexto general en el que esos debates aparecen de manera concomitante y casi simultánea en los años 1990.

20Aunque limitado y ciertamente incompleto, este breve ejercicio comparativo ha tenido como objetivo incitar una reflexión sobre la historia de la memoria fuera del marco nacional. Si los historiadores u otros investigadores en ciencias sociales pretenden participar plenamente en los debates públicos sobre el pasado, que tienen un carácter nacional limitado, no deben contentarse simplemente con reaccionar a las polémicas. Su contribución mayor reside menos en la defensa de una postura, sin duda necesaria, que en el trabajo teórico y empírico, comparativo y pluridisciplinar, en torno al reto mayor del siglo XX que es la evolución incierta, intrigante, y hasta inquietante, de nuestra relación con la historia.

Haut de page

Notes

1 Esta última expresión proviene del alemán y se inscribe en el debate matricial sobre el pasado. Cf. Norbert Frei, Vergangenheitpolitik. Die Anfänge der Bundesrepublik und die NS-Vergangenheit, Münich, Beck, 1996 [trad. al inglés : Adenauer’s Germany and the Nazi Past: The Politics of Amnesty and Integration, New York, Perseus Books Group, 2012].

2 Ver particularmente Aleida Assmann, Cultural Memory and Western Civilization: Functions, Media, Archives, Cambridge, Cambridge University Press, 2011.

3 La literatura reciente sobre la cuestión es abudante: Michel Dobry (coord.), Democratic and capitalist transitions in Eastern Europe. Lessons for the social sciences, Dordrecht et Boston, Kluwer, 2000; Sandrine Lefranc, Politiques du pardon, Paris, PUF, 2002 y, bajo la dirección del mismo autor, Après le conflit, la réconciliation?, Paris, Michel Houdiard editor, 2007; Jon Elster, Closing the Books. Transitional Justice in Historical Perspective, Cambridge University Press, 2004, y Jon Elster (coord.), Retribution and Reparation in the Transition to Democracy, Cambridge University Press, 2006. Ver igualmente una obra clave de Mark Osiel, Mass Atrocity, Collective Memory & the Law, New Brunswick, Transaction Publ, 1997.

4 Proveniente de la antropología, este concepto ha sido desarrollado por François Hartog, Régimes d’historicité. Présentisme et expériences du temps, Paris, Seuil, 2003. Ver igualmente, del mismo autor: Croire en l’histoire, París, Flammarion, 2013.

5 Cf. Ian Buruma, Wages of Guilt: Memories of War in Germany and Japan, New York, Farrar Strauss Giroux, 1994; Christoph Cornelissen y alii (coord.), Erinnerungskulturen. Deutschland, Italien und Japan seit 1945, Francfort, Fischer, 2003. Sobre la memoria en Japón, ver igualmente: Claire Roulière, La mémoire de la Seconde guerre mondiale au Japon, Paris, L’Harmattan, 2004; Philip Seaton, Japan’s Contested War Memories: The « memory Rifts » in Historical Consciousness of World War, New York, Routledge, 2007; Sebastian Conrad, The Quest for the Lost Nation. Writing History in Germany and Japan in the American Century, Berkeley, University of California Press, 2010 [1ra ed.: Göttingen, 1999].

6 Cf. Paul Ricœur, La mémoire, l’histoire, l’oubli, Paris, Seuil, 2000.

7 Ver, por ejemplo, Jean-Pierre Rioux, La France perd la mémoire, París, Perrin, 2006.

8 Cf. Henry Rousso, « History of Memory, Policies of the Past: What For?” in Konrad Jarausch and Thomas Lindenberger (ed.), Conflicted Memories. Europeanizing Contemporary Histories, New York/London, Berghahn Books, 2007. Cf. iguallmente: Małgorzata Pakier and Bo Stråth (ed.), A European Memory. Contested Histories and Politics of Remembrance, New York, Berghahn Books, 2010; Muriel Blaive, Christian Gerbel, Thomas Lindenberger (ed.), Clashes in European Memory. The Case of Communist Repression and the Holocaust, StudienVerlag, Vienne, 2011.

9 Sobre este concepto de la sociología de la acción colectiva, ver Michel Offerlé, Sociologie des groupes d’intérêt, París, Montchrestien, 1998.

10 Ver Annette Wieviorka, L’ère du témoin, París, Plon, 1999 et surtout Avishai Margalit, The Ethics of Memory, Cambridge, Harvard University Press, 2004.

11 Sobre este aspecto, que se abre hacia otros horizontes disciplinarios, ver por ejemplo Jean-Claude Métraux, Deuils collectifs et création sociale, prólogo de René Kaës, Pars, La Dispute, 2004.

12 Cf. Daniel Levy, Natan Sznaider, The Holocaust in the Global Age, Philadelphia, Temple University Press, 2006 [1e ed.: Francfort, Suhrkampf Verlag, 2001].

Pour citer cet article

Référence électronique

Henry Rousso, « Hacia una globalización de la memoria », Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En ligne], Débats, mis en ligne le 18 septembre 2015, consulté le 21 mars 2018. URL : http://journals.openedition.org/nuevomundo/68429 ; DOI : 10.4000/nuevomundo.68429

Auteur

Anuncios

Lugares de memoria de la Dictadura en Chile. Memorialización incompleta.

Lugares de memoria de la dictadura en Chile Memorialización incompleta en el barrio Cívico de Santiago

  • Autores: Roberto Fernández
  • Localización: Bitácora Urbano-Territorial, ISSN-e 0124-7913, Vol. 1, Nº. 25, 2015 (Ejemplar dedicado a: La ciudad y el hábitat en el posconflicto en Colombia y el mundo)
  • Idioma: español
  • Resumen
    • Desde el regreso a la democracia en 1990, la memorialización del espacio público en Chile mediante la construcción de lugares de memoria ha sido una forma de abordar tanto la reparación simbólica a las víctimas, como la instalación de una cultura del “Nunca Más” que asegure que no se repitan los atropellos a los derechos humanos ocurridos durante la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990).
    • Como señalan diversos autores, la memorialización del espacio público a través de los lugares de memoria ha tenido avances notables. Sin embargo, en el presente artículo se sostiene que este proceso de memorialización ha sido parcial e insuficiente en el barrio Cívico  de Santiago de Chile porque no condice ni con su relevancia como espacio público, ni con los hechos ocurridos ahí durante el golpe de Estado.
    • Para fundamentar esta interpretación, se analizan las intervenciones urbanas realizadas por el gobierno central en ese entorno y se proponen algunas hipótesis que permiten comprender las causas de dicha memorialización incompleta.

¿Arte Público o Arte en Público?. Trabajo en Equipo, solidaridad y reciprocidad

Por Jorge Rubio Soto (*)

“Stgo. es nuestra casa” el eslogan de la segunda versión del festival de intervención urbana, “Hecho en Casa”. Acá participan distintos exponentes dentro de esta forma de hacer y mostrar arte. Un evento que este año reunió a 19 diferentes artistas y colectivos y que intervino en distintas localidades de la región metropolitana, desde pintar pasos peatonales hasta reemplazar murales como el de Agatha Ruiz de la Prada, en las afueras del metro Bellas Artes.

Y la importancia de este festival es que, de cierta forma, acerca distintas manifestaciones artísticas a la comunidad, invitando a volver la mirada hacia el lugar que habita y que muchas veces ignora por culpa del rápido ritmo de la capital. Sin embargo, “Hecho en Casa” es una iniciativa que invita a ser espectador, pero no partícipe de las obras que se hacen en el espacio de todos. Pues, esa es su misión y la cumple de forma efectiva.

Por lo mismo, hay que entender que Hecho en Casa es un festival de intervención urbana, concepto muy distinto y que, según entienden algunos especialistas en el tema, limita muy de cerca con el arte público, pero que no logra serlo. El arte público, además de invitar a la comunidad, la hace parte y cuenta con ella en la ejecución y utilidad del producto final.

"Inti"

“Inti”

ARTE PÚBLICO VS. ARTE EN PÚBLICO

Lograr concentrarse en una definición sobre lo que es arte público, como en todo, resulta casi imposible. Varios entendidos en la materia han postulado distintas visiones sobre lo que significa e implica el concepto, partiendo por la delgada línea que separa entre hacer arte en público y hacer arte público.

En primer lugar, hay que entender al espacio público como el lugar donde convergen las distintas perspectivas de los individuos y que conviven entre sí. Esto quiere decir que es el punto en común de la sociedad, y que según Jürgen Habermas, es el espacio “accesible a todos” . Para el filósofo alemán, el espacio público se caracteriza por ser inclusivo, igualitario y abierto a todos. Es en este espacio donde se nace el hombre como un ser político y cimenta las bases de la democracia.

A esto mismo apunta Yayo Aznar Almazán y María Iñigo Clavo en su artículo “Arte, Política y Activismo”. En el texto, Aznar e Iñigo establecen que la esfera pública es aquella que se encarga del desarrollo de la política –entendida como la actividad que desarrolla cualquier ser humano dentro de una sociedad– y que “el arte que en él se hace como un arte que participa en o crea por sí mismo un espacio político, es decir, un espacio en el que asumimos identidades y compromisos” .

Es en este mismo espacio político donde el arte público funciona como un instrumento más para la inclusión y participación de la comunidad. Esto mismo es respaldado cuando Estela Paredes es citada en “El arte como herramienta para la transformación social” de Corinne Johnson, señalando que:

“El arte propone naturalmente una estructura democrática e inclusiva, donde se borran las diferencias de género, cultura y nivel socioeconómico, y se rescatan valores como el trabajo en equipo, la solidaridad y la reciprocidad”

Sumado a esto, una de las definiciones más claras sobre lo que es e implica hacer arte público es la que hace Lucy Lippard en el capítulo “Mirando alrededor: dónde estamos y dónde podríamos estar” de “Modos de hacer: arte crítico, esfera pública y acción directa”. En el apartado, Lippard propone que el arte público es:

 “Cualquier obra de libre acceso que se preocupa, desafía, implica y tiene en cuenta la opinión del público para quién o con quién ha sido realizada, respetando a la comunidad y al medio”

Comprendiendo esto, se puede entender y diferenciar al arte público de la intervención artística, ya que una integra a la comunidad y la otra –como bien su nombre lo dice– solo la interviene. Por ejemplo, la obra que realizó Inti en Metro Bellas Artes es solo una intervención urbana porque no consideró a la comunidad que rodea las dependencias del mural para poder hacer su arte. Es un trabajo individual que solo se guío por la creatividad del artista y que, si bien existe un nivel muy básico de participación de audiencia; no desafía, implica ni tiene en cuenta la opinión dentro del proceso de ejecución.

Metro Bellas Artes

LA VICTORIA DE LOS MUROS

La Población “La Victoria” es la primera gran toma en Latinoamérica. Se fundó el año 1957, cuando cerca de 1.200 familias que vivían en el llamado “Cordón de la misería” del Zanjón de la Aguada, ocuparon una gran explanada dentro de la comuna de Pedro Aguirre Cerda, en Santiago.

Dentro de esta comunidad, el concepto de “apropiación” se funde junto a la identidad de ésta. Desde el hecho de hacer suyos terrenos que legalmente no les correspondían, “la ‘apropiación’ que el poblador hace del espacio implica que el terreno deja de ser una mera mercancía y adquiere una connotación y significación particular que lo dota de autenticidad” .

https://i0.wp.com/www.lamuralla.cl/f/111_2.gif

Fueron los mismos pobladores quienes crearon su espacio público y privado, delimitándolos según lo que a cada uno le acomodaba y al resto también. La identidad de La Victoria se fue moldeando, entonces, en base al empoderamiento de su entorno y la creación de un espacio público en común.

Hoy, con sus calles revestidas de diversos murales que nacen de las manos de sus mismos pobladores, las propias casas sirven como lienzos donde se registra la historia que ellos mismos viven. Por lo mismo, se repiten las pinturas donde retratan a los sacerdotes André Jarlan y Pierre Dubois, ambos comprometidos con la comunidad victoriana y férreos defensores de los pobladores y los derechos humanos en tiempos de dictadura.

https://i2.wp.com/media.biobiochile.cl/wp-content/uploads/2012/10/la-foto-3-630x470.jpg

Tanto el muralismo, como el diseño de las calles y pasajes dentro de la población, responden a la necesidad de quienes viven en ella por conservar y traspasar la identidad de La Victoria a las nuevas generaciones. En términos básicos, calza con el concepto de “arte activista” definido por Aznar e Iñigo y que es entendido como “una forma de arte político que se mueve en un territorio intermedio entre el activismo político y social, la organización comunitaria y el arte” . Precisamente, son los mismos vecinos quienes deciden, diseñan y elaboran los murales que hay dentro de su población, asimismo con las pinturas en las calles de los pasajes.

Según cita Johnson a Ljungman en su texto, “las actividades culturales y la identidad cultural que se produce tienen un efecto estabilizador en comunidades y alivia el estrés psicológico que la pobreza produce”. Esto se fundamenta en el hecho de que el nivel de pobreza que viven los pobladores de La Victoria, sumado al diario convivir con narcotraficantes de localidades cercanas, se supera –o neutraliza– a través de las distintas manifestaciones artistas y culturales que ellos mismos generan (entre tantos, el carnaval de aniversario de la fundación de la población en octubre de cada año).

Entonces, considerando que el muralismo hecho por los victorianos también son intervenciones artísticas en un espacio público, y tomando en cuenta la definición de Lucy Lippard, estas pueden ser consideradas como arte público porque son obras creadas íntegramente por la comunidad a la que afecta. A diferencia de cualquier otro mural que pudiera hacer cualquier artista en el mismo territorio, los murales de los vecinos de La Victoria los identifica, implica y representa en su totalidad.

CONCLUSIONES FINALES

No se puede negar que las intervenciones artísticas realizadas por el festival Hecho en Casa no implican arte público. Si bien, en estricto rigor, no lo son, generan un espacio de reflexión en torno a ellas que les otorga un pequeño nivel de participación y generación de un “espacio público”. Pero hay que hacer una clara separación entre la obra que se hace en comunidad y la que se hace de forma individual sin considerarla.

El ejemplo de La Victoria gráfica exactamente lo que Lippard establece como arte público. Cada obra tiene un valor intangible en la medida de que cada victoriano se siente parte de la historia de cada mural. Y mucho más allá, se siente creador, dueño y espectador junto a sus vecinos.

He ahí su trascendencia. Por lo mismo, es incierto si la obra de Inti en Bellas Artes conserve el valor que hoy se le da por borrar un trabajo que no respetó su entorno y ni contexto. El impacto quedará solo en la participación del proceso, más allá del valor simbólico que tenga para quienes tengan que convivir con ella en la cotidianidad. Sin embargo –y de forma lamentable– está destinado a pasar desapercibido con el paso del tiempo.

Por otro lado, los muros de La Victoria mantendrán viva la historia de su comunidad. Su vigencia se deberá porque el sentido de la obra va más allá de lo estético o lo no estético. Es la creación hecha por y para sí misma.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Aznar, Y., & Iñigo, M. (2007). Arte, política y activismo.
Cortés, A. (2007). El relato identitario y la toma de terrenos de la población la victoria. Centro de Investigación Social Un Techo para Chile, 86-02.
Habermas, J. (1982). Historia y crítica de la opinión pública. Barcelona: Editorial Gustavo Gili S.A.
Johnson, C. (2006). El arte como herramienta para la transformación social. La casa amarilla.
Lippard, L. (2001). Mirando al rededor: dónde estamos y dónde podríamos estar. En P. Blanco, J. Carillo, J. Claramonte, & M. Expósito, Modos de hacer: arte crítico, esfera pública y acción directa (págs. 51-71). Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca.

Previous postLa invisibilidad de lo público.

A %d blogueros les gusta esto: